07 noviembre 2008

Aquellos juncos salvajes (años 1983 a 1988)

Capítulo primero

Buscando afines, gemelos, gotas de agua en el mar de los intereses compartidos apareció Mario. Era cuestión de fijarse bien en el meollo de un aula de más de cuarenta. Y la complicidad que surgió a partir de una anécdota, una frase ocurrente dicha a medio voz en clase de sociales y cuya sustancia humorística sólo pareció captarla uno. Se supone que es una forma muy recurrente de entablar una amistad especial, aquella donde hay química y puntos de conexión entre dos personas y que les motiva a compartir muchas horas juntas. Asi fue con aquel muchacho. De familia bien, claro, que por algo estudiaba en los Salesianos. Vivía en el barrio de los ricos, que como siempre en las pequeñas ciudades ocupa la zona centro de las mismas. Sin embargo, Mario era un tipo especial. Nada pijo. Sumamente extraño. Podía ser tan divertido como cerrado en si mismo. Cuando pasaba lo primero, moríamos de la risa. Pero, a lo mejor de pronto, cambiaba por completo, viraba a una especie de aislacionismo que le transformaba en un incomunicativo, un ser hasta hosco. Se supone que algo de esquizofrenia alimentaba su cabecita bien esculpida. A veces pensé que sólo trataba de estar a mi altura (mi tendencia asocial siempre fue más trabajada, tal vez porque era más real, no ficticia) en tanto que mi narcisismo deliberaba que Mario era un crio que buscaba en mi un modelo a seguir, a idolatrar. Asi pues, su mudez ya no sólo me crispaba sino que me despertaba conmiseración en tanto que lo veía avergonzado por aquel autismo que practicábamos de manera tan exhibicionista. Y no sólo en el colegio. Despreciábamos al populacho con mucho descaro. Pero si yo iba un paso más lejos el se achantaba, quedaba un rescoldo de respeto social que ante mis ojos sólo podía interpretarse como cobardía. A día de hoy esta apreciación mía de antaño la veo cruel. Porque el amigo pasó por tantos de mis aros como para no darle el premio del "mejor perrito saltarín de mi circo freak". Las corrupciones a las que le sometí fueron tantas y tan jugosas que nada justificaría una aseveracion de esta índole, demostrando mejor el carácter vampírico y totalitario de un Maciste siempre insatisfecho con el grado de servilismo de sus discípulos más dóciles.
Mario vino a abrir una etapa, a sustituir la todavía infantilista de Ortiz y Máximo. Estos seguían en el aula pero también encontraron a nuevos amigos que venían de colegios diferentes para emprender el bachillerato, como Varela y Dani, dos pintas que para qué. Por otro lado, los formales seguían acaparando mi atención en sus debidas dosis. Estos eran Carlos y Hector que pronto hicieron migas con Javier, que venía de Barcelona con un acento y una voz que despertaban una hilaridad malsana entre el resto de la gentuza. Asi pues, con mi lado más gamberro y el más serio o creativo bien cubiertos no podía decirse que los fines de semana me viniesen faltos de compañía.
Tiempos aquellos en que todavía la urgencia de sexo no me había vuelto la sombra de M. Llamadas los sábados por la tarde, a medio empezar Primera sesión y quedadas en el centro. Cine y pititos, partidas a la Moon cresta o el Comecocos, hamburguesas baratas que descubríamos en bares para reclutas o nuestros primeros pubs con música de Culture Club y Spandau Ballet. ¿Qué más se podía hacer en una ciudad tan tristona?. Faltaban muchos años para que abriesen el gran centro comercial. Pero a nuestro favor, diré que ibamos bien surtidos en cines. Y aunque no me interesaran las películas, al menos te quedaba el placer de poder compartirlas con tu amigo ideal, aquel que no entendía pero que te importaba un carajo que asi fuera, porque el goce de las bromas, del cultivo del absurdo eran tan poderosos como un orgasmo a la forma tántrica. Crueldad y desmedido afán por transgredir. Mario era muy accesible para mis experimentos infinitos...
Ambos escuchábamos Radio 3 compulsivamente. El mensaje o bien de izquierdas o bien ácrata que me vendían algunos de sus locutores y muchos invitados me llenaron la cabeza de pájaros rojos, hasta el punto que revoloteaban sobre mi ideas absurdas que me definían para mis adentros como un ente espantoso, mezcla de Stalin y Durruti pero con ínfulas de Kurtz vestido por Christian Dior. Dábamos vueltas a todo aquel tinglado hasta que decidimos crear un partido político dispuesto a competir en unas inminentes elecciones autonómicas. Siempre desde nuestro más amateur punto de vista. Nos reuníamos en su casa o en la mía y exponíamos los puntos más destacados de nuestro pensamiento. He de reconocer que eramos muy radicales si, pero contradictorios aún lo éramos más. Por ejemplo, abogábamos como principio fundamental por la abolición del Estado, de todos los Estados. Pero también no veíamos mal participar en el juego democrático electoral con toda su farándula. Posiblemente opinábamos distinto sobre la pena de muerte o el aborto libre y gratuito. Lo que sí es cierto es que ambos teníamos muy presente que habría que llamar la atención como fuera. Y asi en plenas fechas de campaña, montamos un chiringuito bajo unos soportales con mesita donde poder colocar los panfletos y los programas. Poca gente se nos acercó. Es natural, cualquiera no pensaría: Estos pobres niños del rastro quieren vender sus tebeos y sólo ofrecen hojas sueltas. Con lo cual más de uno que pasó de refilón al lado nuestra concluyó que éramos unos postulantes muy poco curiosos.
Huelga decir que lo pasamos de maravilla. Con nuestro poster rotulado. Y las siglas doradas del PTUS (que ahora no recuerdo a qué correspondían, al menos en su totalidad. Habría partido y habría unión, y la S sería por Agata Lys o Mabel Escaño, no estoy seguro por cual candidata a ministerio). Ah, y un radiocasette a todo volumen con nuestro himno. Cantado por nosotros e interpretado con el acompañamiento de flauta dulce.
Y es que eramos unos chicos muy cantarines. Otra conexión música- política fue cuando un día de abril salimos por la calle cantando el Grandola Vila Morena. Los vecinos portugueses estaban de fiesta y nosotros quisimos sumarnos desde la lontananza con el radiocasette en la mano (antes que los raperos de pacotilla inundasen nuestras pistas de skate) y gritando como descosidos (que más que una exaltación de los claveles revolucionarios parecíamos la tuna con los Clavelitos) a plena luz del día. Porque esa era otra. Teníamos catorce años y nuestros respectivos padres no nos dejaban salir de noche aún. Por lo tanto la revolución la retransmitíamos por las tardes, después del colegio. O en fines de semana, cuando las audiencias suelen ser más... escandalizables.

continuará

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

¿Y Quilapayún?