19 noviembre 2008

APUNTES MACISTEÑOS

Poco que resaltar en lo personal esta semana. Salvo lo chungo que ando en cuanto a salud y los problemillas con el ordenador (y que revierten en mi economía, siempre al límite, llegado fin de mes).
El viernes fue particularmente un espanto. A Telefónica le importa un carajo abastecerme de unas ofertas que antes me prometieron; en la tienda de informática se han subido a la parra con los precios (mintiendo como cosacos, de paso, que eso me pone ya de muy mala uva); y de ahí, al calvario de los centros de salud. Explico esto último. Me he decidido a operarme un bulto de grasa que tengo desde hace años en el dedo meñique de la mano izquierda. Pues para concertar cita con el cirujano correspondiente me han traído de la zeca a la meca. De un extremo de la capital al otro, mareándome como sólo nuestra seguridad social sabe hacer. Hasta que lo conseguí (la cita, evidentemente, no la extirpación ni la amputación). Dentro de unos días será el aquelarre. Pero ya andaba yo muy depresivo el viernes por la mañana.

Si se tuercen un montón de cosas a la vez, yo ya no atino, se me hunde el mundo encima y las defensas se me bajan. Con el ordenador en casa, me preparo para instalar los programas básicos. Y desde el aparato me aparecen mensajes locos, antes nunca vistos. Ya sé... cuestión de dar a Aceptar a todo. En lo peor de la operación timbra Victor. Y yo medio zombi lo recibo, porque soy un débil del corazón. Se me coloca de espaldas inclinado en la mesa mirando el ordenador. Muy iluso de mí le alerto que no toque ninguna tecla, cuando lo que estaba en realidad haciendo era ponerme una postura provocativa. Lo dicho, catatónico perdido. Fue un medio polvo tristísimo y desapacible. El despelotado y yo preguntándole si no tenía frío. Con esto quedaría explicado a la perfección mi estado anímico. Aún asi, me lo merendé lo que pude. Pero en lo mejor del acto, cuando servidor estaba comenzando a sentir gustirrinines, le suena al mocín el móvil. Era su madre. Y él: Que si, mama. Ya, que te estoy en la ciudad aún. No, no te preocupes. Si, mamá... Y como se le bajó se vistió y se dio el piro. Coitus interruptus. Todo un día de inoportunidades.
A base de paracetamoles y movies pasé el fin de semana más aciago de lo que llevamos de nueva temporada.

El lunes, mientras este blog batía records (siempre moderados) de visitas, yo me encontraba visitando a mi convaleciente amigo Carlos. Lleva ocho meses postrado en una cama por una úlcera, primero; y luego, por unas complicaciones de lo mismo. Fue muy agradable reencontrame con uno de los amigos más veteranos que conservo. Pese a los vaivenes de la vida, seguimos manteniendo una complicidad. Y eso ya indicaría que ciertas crisis pasadas no echan por tierra treinta años de relación, que sigue incólume, a prueba de bomba. Acababan de operarlo y ya sólo le queda el último reposo (que no respiro). Se ha ofrecido a mejorarme el aspecto del blog. Dentro de unos días volveré a su casa para ponernos con el nuevo diseño (o mejor dicho; con un diseño) que tanta falta le hace ( y más si tenemos en cuenta que Fantasía Mongo ha alcanzado un rango evidente de veteranía en el mundillo atípico e insondable de la blogosfera).

¿El resto?. Nada especial. Frío, pocos conocidos con los que parlotear cara a cara y casi ningún muchachín apetecible ante mis ojos que perseguir por la calle. Al menos ahora ponerme a recordar algo de esto me levanta un poco de dolor de cabeza de la de arriba. No... Hay tantos chicos en el mundo, sí. Pero ahora no los siento. Y también hay muchas chicas, no lo dudo. Pero están como arrugadas, como si se les hubieran corrido encima. Y no me apetece ni secuestrarlas, ni mucho menos pagar por ellas veintiocho euros. Explico: he ido ayer por la tarde a una librería y pregunté si tenían este libro de las portadas de discos sólo con chicas que se titula Hay tantas chicas en el mundo. Pues lo tenían. Pero nada cuidado. El estado de las páginas no justificaba ese precio. Y robarlo me dio pereza total. A lo mejor otro día. No lo sé. La verdad es que el librito de Juan Jose Andani está bien. Pero qué caros son los libros, ¿no?.

Anoche ví una película que se llama El gorila asesino. Sale Raymond Burr y Lee J. Cobb. Ah, y Lee Marvin cuando aún no era nadie relevante y sí un espléndido característico buscando su camino, un tipo atípico y algo neurótico (con ese aspecto de sifilítico que tenía a principios de los cincuenta y que no sé por qué asimilo con actores de la talla de Dan Duryea). Era una extraña mezcolanza de cine de fieras salvajes y de melodrama circense. Y vive dios que a principios de los cincuenta no faltaban ejemplos de ambos estilos. Por poner algunos del segundo, baste recordar títulos como Trapecio, Apasionadamente, El mayor espectáculo del mundo, Tres amores...
Y el fín de semana tiré por los clásicos: Cinema Paradiso, La carta y West side story. De la primera me entusiasmó por enésima vez Noiret pero me irritaron las múltiples trampas del corazón a las que me sometió Tornatore, creo que demasiadas por minuto (en un punto, mi emoción desfalleció por completo preguntándome si no me encontraba con un nuevo ejemplo de tontez posmoderna típica del cine contemporáneo. Cambia el destinatario de los guiños: de un público adolescente a uno carroza y parece lo mismo. Lo dicho, en horas bajas uno lo ve todo negro). El domingo debí de sentirme mejor porque La carta me pareció la mejor película de la historia del cine. Mejor dicho: va a ser que La carta me fue curando. Es maravillosa de cabo a rabo. Mágica y elegante a más no poder. Wyler y sus movimientos de cámara, guauu, Qué estilazo. Era amante de la Davis. Se entendían a la perfección. Soberbio el encuentro entre ésta y la Sondergaard. Cuando la segunda, dueña de una máscara inolvidable, tira la carta original al suelo para que la otra (y nunca mejor dicho lo de "la otra") se agache y la recoga en signo de humillación. Y por supuesto, el climax de la película. Con la Davis entregándose en sacrificio. Y siempre mirando a la luna. Como si echase de menos sus momentos de loba.
En cuanto a West side story es un clásico con todos los derechos del mundo. Considero que este musical de Broadway en su momento fue revolucionario en concepto, coreografías, a nivel de script. Parte de eso se traspasó muy bien en su versión al cine. Es un musical cuyos artífices eran todos maricas. Y eso se nota algo en la sutil homofilia que destilan las propias pandillas. Y sus bailes. Y su vestuario. Llegas a pensar que las chicas que salen en algunos números sobraban. Por ejemplo: el del garaje, casi en la parte final y que siempre pasé por encima. Ya ha muerto Russ Tamblyn que es Mercuccio en blue jeans. Pero aún así el resto de los Jets son unos bailarines soberbios. Hay dos chicas en el cuadro de baile, y es cuando te das cuenta de que están un poco de más. Porque la justificación del número partiría del debate de su organización, sobre su futuro como pandilleros, sobre la actitud que deben afrontar los machitos (y sólo ellos) ante el asesinato de su lider por parte de la banda rival. Es un asunto eminentemente varonil (aparte que las féminas a lo largo del metraje, están sujetas a una supeditación de lo machista muy típica de la sociedad de entonces. Ya ni mento a Natalie Wood que junto al blando Beymer parecen quistes espantosos en la piel dura del Bronx, disminuidos físicos frente a los Icaros del switchblade). Ese número en el garaje me entusiasmó. Y pienso que el Thriller de Michael Jackson se tuvo que inspirar en él, sólo que en feísta y antipático (por lo pretencioso).
Creo que West side story gracias a los genios que estaban detrás de la cámara y los que permanecían delante (maravilloso Tamblyn, un poco menos Chakiris, pero soberbia Rita Moreno) no ha envejecido un ápice después de cincuenta años. Incluso el tema de los portorriqueños fuera de su país, la forma en que Rita acusa a su macho de inmigrante (por no asimilar las costumbres de los que malamente los acogieron) podría trasladarse a la España actual con toda su vigente denuncia. Y, qué le quieren, Bernstein haciéndose el Perez Prado es un primor.

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