21 octubre 2008

SOLO PARA SIBARITAS

SESSUE HAYAKAWA (1890-1973)

La elegancia nipona
Mucho antes de que Toshiro Mifune deslumbrara al público exigente con su interpretación en el Rashomon de Kurosawa (1950), existió otro actor japonés que alcanzó en su momento enorme prestigio. Se llamaba Sessue Hayakawa y en los años diez accedió a la inmortalidad gracias a sus interpretaciones mesuradas y sobrias. Algo de agradecer, teniendo en cuenta que la mayoria de actores del mudo pecaban de lo contrario. Cuando en una revisión actual, cantidades de grandes estrellas nos despiertan una sonrisa conmiserativa ante sus ademanes ridículos, emerge siempre Sessue como rara avis, como dueño y señor de la naturalidad. Muchos de sus logros actorales de su etapa como galán juvenil permanecen inéditos para las nuevas generaciones en tanto que un buen número de sus películas se han perdido con los vaivenes del tiempo. Tan sólo un otoñal Hayakawa por su coronel Saito en el clásico de David Lean El puente sobre el río Kwai (donde fue nominado al Oscar como mejor secundario) debería cuanto menos que despertar la curiosidad del cinéfilo del siglo XXI en torno a sus bondades
Era allí un actor soberano, al borde del retiro, que dejaba atrás cuatro décadas de insumisiones y zozobras. Había iniciado su carrera en plena primera guerra mundial, debió sortear los penosos cambios de moda (esos que encumbran y liquidan a actores, incluso a los más talentosos) y, finalmente, terminó por asentarse en el divino espacio de los secundarios con solera. Esto último siempre y cuando las películas estuviesen ambientadas en el Japón, en conflictos bélicos de un Occidente americanísimo con el Lejano Oriente (siempre tan suyo) o, ya puestos en confusionismo de Confucio, perdidos en un Chinatown con inesperados bushidos onda Gilbert & Sullivan. Hollywood nunca dio para más al acercarse a otras etnias a las que siempre consideró inferiores o peligrosas. Y Sessue vivía en una contradicción dolorosa: se rebelaba en busca de una dignificación pero a la vez ansiaba estar integrado en la industria norteamericana, aún a costa de padecer los inevitables ramalazos racistas de aquella.
Desde el arquetipo rompió moldes. Aportó una elegancia, un refinamiento que lo alejaban del tradicional villano japonés. Era un hombre cultivado: publicó obras, novelas, realizó exposiciones de sus acuarelas en diferentes universidades... Y en un momento en que todavía las matronas neovictorianas no habían descubierto aún los elixires del latin lover, esas mismas ya se dejaban en cambio humillar ante el poderío de un oriental superlativo.
A partir de sus conocimientos del teatro milenario, de sus facultades para la pintura, Sessue fue administrando sus saberes en muchos de sus más memorables roles. En la ficción, se fundieron romanticismo nocturno de tuxedo con sus profesiones diurnas de marchante o pintor, lo que le daban un toque de savoir faire irresistible. Algo que cualquier dama de la alta sociedad (o una socialite, como la excelente Fanny Ward de The cheat) sabía apreciar... mientras el otro no presionara, claro.

La marca de fuego
The cheat
fue la película que colocó a Sessue en el mapa de la popularidad. Anteriormente había participado en unos títulos inocuos de la mano de su descubridor Thomas H. Ince (como The wrath of the gods, a mayor gloria de la galanura del futuro director Frank Borzage y en donde, de forma insólita, pese al enfrentamiento de culturas Occidente-Oriente que siempre surgían de los amores interraciales, se consiguió sublimar la tendencia xenófoba con un curioso mensaje en el que la intolerancia de Buda y Jesucristo se daban la mano en la destrucción común de una localidad de nombre Sakura-Jima), pero será con su avieso Hashiru Tori en la mentada The cheat (La marca de fuego. 1915) a las órdenes de Cecil B. DeMille cuando selle un estilo propio en la larga lista de amantes perversos de la historia del cine.
No deberíamos llevarnos a engaño, aunque se trate del divino DeMille (un DeMille atento a los claroscuros y la luz a la Rembrandt, ojo). No estamos hablando de una sexploitation más de su colección. The cheat es un melodrama magistral, muy ligado en pretensiones a la ópera verista fin de siglo. Una trama plagada de chantajes, excesos y redenciones. Una mujer de la alta sociedad ve como su marido por problemas financieros es incapaz de costearle un vestuario acorde a su rango: dama con una imágen pública que cuidar. En un momento de debilidad es captada por Sessue, marchante aficionado a grabar con hierro candente sus propiedades, que la chantajea a cambio de favores sexuales. Cuando la mujer al fin recupera legitimamente el dinero, tratará de desembarazarse del japonés. Pero ya le es imposible. Sessue no admite renuncias y marca a fuego en la espalda a la hembra como símbolo de pertenencia. Ella le dispara dejándole herido. Su marido llega poco después y se hace cargo del petate. En el juicio los caballeros acuerdan que el marido ha sido culpable. Y el juez lo sentencia. Será cuando ella descubra ante todo el mundo la marca de la verguenza, dejando la película en un final feliz que no obvia el componente racista, antes bien lo enfatiza de forma escandalosa en ese dilatado plano de la enfervorizada masa que pretende arremeter físicamente contra un Sessue perfecto en su rictus de desprecio, no de malvado anecdótico sino como víctima de la ley occidental. Nos asombra en el actor lo que al principio apuntaba. Sofisticación y un encanto antes nunca visto en los hombres orientales. Lo que podríamos denominar charme y que luego, bajo otras coordenadas culturales, potenciarían al máximo tanto un Chevalier como un Charles Boyer, caprichos de importación, desde la France.

Búsqueda del respeto a través de la independencia
Es lógico que a partir de The cheat el público femenino pidiese más Sessues en estas tesituras hombrefatalistas. Sin embargo, y en un golpe de efecto oportunísimo, el actor decidió romper el clisé. Con una pequeña fortuna ganada, se embarcó en 1918 en la aventura de fundar su propia productora: la Haworth Picture Corporation. Su intención era de rodearse de una compañia de actores fija, en la que estaba como partenaire femenina la estupenda Tsuru Aoki (a la sazón, su señora esposa) y transmitir al espectador no japonés tanto una idea distinta a la que daba Hollywood de su país como de los sentimientos reales de los inmigrantes que no llegaban a asimilar el mal llamado Sueño Americano. Por desgracia, muchos de estos títulos se han perdido. De entre todos, he podido ver The dragon painter (1919. William Worthington) y considero su trabajo aqui sublime. Se trata de una fantasía con estructura de fábula en la que Sessue interpreta a un pintor rebelde, separado de la sociedad por su condición de lunático. Trabaja en estrecho contacto con la naturaleza y vive en la ilusión de encontrar a su musa: una princesa encantada, leit motiv de su existencia. Un estudiante de bellas artes lo rescata de su hábitat y se lo lleva a la ciudad, justamente al hogar de un maestro pintor, personaje que malvive con el estigma de carecer de descendientes varones que puedan perpetuar su arte. Pero tiene una hija y Sessue ve en ella a su musa. Mas cuando la posee pierde total interés en su trabajo, se ha esfumado el estímulo. Lo que permite al director efectuar una insólita reflexión en torno a los miedos y debilidades del creador frente a las relaciones humanas. Psicologismo exquisito, podríamos definirlo. El tratamiento paisajístico (unos exteriores muy idealizados) remiten constantemente a la tradición pictoricista del Japón del XVIII, lo que convierten al filme en una pequeña obra de arte, razonablemente olvidada por el público llano. Aqui el actor se camufla en la máscara del rebelde, con ataques de ira no tanto por su personalidad de artista bigger than life como por su juventud desbocada, en azogue contínuo, asilvestrada. Y de nuevo está inolvidable.
Casi un héroe americano de seriales parecía en The tong man, de ese mismo año, filme también de Worthington ambientado en el Chinatown de los gangsters orientales. Sessue era propietario de un importante local de opio y era captado por una banda mafiosa que lo obligaba a asesinar en un plazo corto de tiempo a un comerciante del barrio, padre curiosamente de su amada. Importa, en este caso, ver a Sessue en unas tesituras trepidantes, dando saltos, ocultándose en bocas de dragón, corriendo por tejados, bordeando la crueldad gore al propinarle un hachazo en pleno rostro a un rival, sin perder ni un sólo momento la compostura. Era ayudado por un fiel sirviente de nombre real Yukata Abe, jovencito muy guapo, experto en lanzamiento de puñales y en llegar a tiempo en las situaciones comprometidas. Daba la impresión de que había nacido un paladín de la aventura versión amarilla (cual futuro Bruce Lee en The green hornet).
Pero por desgracia, en 1922 su impacto a nivel popular había caído en picado (entre otras cosas, aparecía Valentino) y su carrera en Hollywood sufrió un impasse que solventó viajando a Europa. En Francia protagonizó Le Bataille (1923), melodrama salpimentado de artes marciales (no en vano, dominaba judo, el kendo y el jiu-jitsu) y en el Reino Unido, SenYan's devotion (1924) y The great prince Shan (1924).
De vuelta a los Estados Unidos, fundó en Nueva York en 1927 una escuela de zen, aunque no sería hasta 1950 cuando le nombraron sacerdote budista. Lo que explica esa sensación que nos entra en sus interpretaciones postreras de un actor de enorme nobleza, con unas caracterizaciones entre la severidad y lo apacible.

De nuevo Francia
Mientras Hollywood no lo ubicaba (y en los años 30, en Hollywood montones de actores del mudo habían caído como moscas cuando el micrófono apareció en los platós), se embarcó en proyectos teatrales de envergadura. Asi encarnó a Hamlet (1932) y montó por su cuenta y riesgo una Vida de Buda (1931), de la que, además, era autor. A pesar de debutar en el cine sonoro de la mano de la igual de fascinante Anna May Wong (Daughter of the dragon.1931) y en donde su voz apareció de pronto sobrecogedora, de acentos tan imperfectos como misteriosos, su tendencia a la huida en busca de una calidad imposible le llevó a retornar a Europa. De ese período (años treinta) sobresale un remake innecesario de The cheat (Le Forfaiture. 1937) y, más que otra cosa, su interpretación en el Yoshiwara de Max Ophuls. Alli Sessue tiraba del carrito que trasladaba a la noble Kohana al barrio de las geishas y las casa de té (el barrio de Yoshinara) por culpa de las deudas contraidas por su familia. El sufría en silencio las calamidades de su señora, que terminaba cayendo en lo más bajo por el amor a un embaucador oficial ruso con problemas de espionaje. Huelga decir que la sombra de Madame Butterfly planeaba sobre la historia, que el problema de los estereotipos estaba ahí. Pero que gracias al sentido decadente, preciosista de un Ophuls enloquecido pudo remontar la vulgaridad de partida, quedando un título tan ignoto como fascinante. Ese barrio depravado, entre brumas (que a veces parece de Tokio y otras una callejuela de Viena o el pueblito de los hermanos Grimm) tan pronto se llena de vicio y de señoritas francesas con el rabillo del ojo alargado hasta que parezcan lo que no son - fulanas oblícuas del Moulin con sombrillitas de papel- antes que con otra cosa se identificaría mejor con cualquier carnavalada genial del Von Sternberg más suelto. Y para sibaritas, Sessue, independientemente de su condición de siervo, también ocupaba sus ratos libres confeccionando ilustraciones, lo que lo redimía de una vulgar existencia como simple cochero.

Saito
Tras la segunda guerra mundial, Sessue Hayakawa logró estabilidad en el cine norteamericano a través de papeles secundarios y siempre aludiendo a su condición racial. El broche de oro lo constituyó el ya nombrado coronel Saito, rival de sir Alec Guinness en El puente sobre el rio Kwai. En verdad, estuvo memorable. Tanto o más que Guinness. Ambos gozaban de un mismo rango militar, pero afrontaban el conflicto desde coordenadas distintas. Asi frente al estoicismo imperialista del inglés, lo ceremonial del otro. Su código de conducta es el del guerrero japonés. Tal cual lo vemos al principio del filme, vestido a la manera tradicional. Y a su lado, siempre su espada. La misma que pondría fin a su vida, en un acto de hara kiri (única solución honrosa ante el doblegamiento al enemigo) y con el que alcanzó la grandeza (tanto en su personaje como en su carrera de actor). Por desgracia, Hollywood no le recompensó la noche de los Oscars de aquel año. Premiaron en su lugar al pesado de Red Buttons, por su interpretación llorica del soldado norteamericano que se suicida con la japonesa en aquella casita rosicler del Sayonara de Marlon Brando. Increible pero cierto.

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