28 octubre 2008

SEMANA KENNETH ANGER (2)

A partir de hoy y durante tres días consecutivos voy a intentar acercarme a la filmografía de Anger. Advierto que faltarán algunos títulos, justo los que no he podido visionar. Solventaré el problema dejando constancia de su existencia, el año de su realización y, mientras me sea posible, una breve reseña de fuentes ajenas (citando, por supuesto, el lugar de donde ha salido cada transcripción).

FIREWORKS
(1947)
Junto a Scorpio Rising, el filme más mitificado por Maciste Betanzos de toda la carrera de su autor.
Desde el conocimiento de su existencia hasta que pude acceder a una copia del mismo debieron haber transcurrido la friolera de diecisiete años. Sin ser una obsesión, durante ese largo período fui elucubrando en mi mente las excelencias del conjunto, ordenando en mi fantasía las secuencias, descifrando los posibles efectos ópticos para elementos concretos, dirimiendo la posibilidad de un atrevimiento pornográfico más o menos osado teniendo presente la época en que fue realizado el corto.
Y por fin, cuando vi Fireworks, tal vez en la misma semana que Pink Narcissus (1971. James Bigdood) y Chante d'amour (1950. Jean Genet), no pude más que relacionar los tres trabajos, eligiendo vencedor al filme de Anger. Primero, porque no me había defraudado en absoluto y segundo, por pionero con respecto a los otros dos.
No sería una boutade definirlo como el Ciudadano Kane de los sodomitas. La precocidad del autor (aún no tenía la mayoría de edad), la insólita planificación de cada encuadre (un tour de force sin duda para el cameraman que le ayudó) y la fuerza de las imágenes lo elevarían a tal condición sin por ello habernos salido de madre. Sin embargo la crítica prefiere tildarlo de psicodrama, género introducido en el mundo artístico por la realizadora Maya Deren.
Contaba una fábula homosexual en torno a una brutal iniciación erótica de su protagonista (el propio Anger). La crudeza con la que se nos presenta la fornicación entre hombres está expresada desde términos sadomasoquistas en los que Kenneth, jóvencito de torso nubil y vaqueros desafiantes, opta desde un principio por asumir el rol pasivo. Su falocracia es insultante.
Partimos de un sueño. Pero el sueño se confunde finalmente con la realidad. La anomalía mental , pues, de todo homosexual dislocado en su complejo de peterpanismo. Lástima que el país de Nunca Jamás, Anger lo focalice en los bares de marineros, en estrecha competencia con las putas de la Piquer /Rafael de León. Y el marinero más fornido le brinda unos minutos de exhibicionismo: posturas sacadas de cualquier revista del físico, a bragueta abierta. Pero cuando el inocente le ofrece una copa entonces el otro se la desprecia de muy malas formas (si hubiese sido Kenneth una muchacha aquello hubiera acabado en beso). Entonces cuatro marineros más se unen a la orgía. Kenneth cae al suelo y sobre él se echan todos (algunos provistos con cadenas). Anger, en calidad de mártir, se entrega al frenesí que acaba en desfloramiento. La metáfora, siempre impactante (de un surrealismo completamente atroz, que hubiera sonrojado al propio Dalí) de introducir sus dos dedos en las fosas nasales hasta provocarse un chorro de sangre que le deforma el rostro, cumple su función en tanto que viene a significar que se ha producido una rotura anal de consecuencias irreversibles. La siguiente metáfora es quizá más obvia pero al llevarla a cabo de manera tan superlativa no deja de tener gracia: uno de los violadores vacía una botella de leche sobre la cara de Anger. Leche y sangre, símbolos del acto nefando tan ansiado por su protagonista.
A continuación vuelve a aparecer en la habitación. Ya no reposa en la cama como en un principio, sino en el suelo (aunque siga conservando un turbador parecido con el Dean Stockwell de Compulsion; es más, podría ser un precursor físico). En el lecho quien se halla ahora es el marinero que lo desvirgó, el cual lanza desde su pene erecto (tomado a tanta distancia que bien podría ser cualquier objeto fálico) unos fuegos artificiales que coronan el corto con una pátina estrafalaria.
Resulta enternecedor, morboso, siempre sugestivo ver Fireworks. Sonreir ante planos brevísimos de un báter de época donde yace, cual Mesalina de cloaca, un marinero desnudo (probablemente el propio Anger jugando con el vestuario de su amante en calidad de fetiche) y que inequivocamente nos retrotrae a las cosas que sucedían en Pink narcissus con el motorizado y el chaperillo de Bidgood. Pero, independientemente de regodeos homosexualistas, interesaría aún más el tratamiento que efectúa Kenneth de la relación del individuo con un colectivo y como éste (el grupo) finalmente es asimilado por la personalidad del primero (será una constante que reaparecerá en futuros filmes como Scorpio Rising o Inauguration of the pleasure dome).




Fireworks (Parte 1)




Fireworks (Parte 2)



PUCE MOMENT
(1949)

Otra de las constantes de Anger ha sido el retrato de la colonia hollywoodiense, en tanto que conocedor de todo el tinglado que se cuece en aquello que él terminó llamando la nueva Babilonia. Pero además como erudito de la cultura pop (mucho antes de que se acuñase el término pop art). Hablábamos ayer de que su abuela, personaje influyente durante su infancia, había trabajado en el cine mudo como encargada de vestuario. En Puce moment veríamos un claro homenaje del autor a esta mujer a través del retrato de esa estrella del celuloide, que bien podría ser Barbara La Marr o Alma Rubens o Gloria Swanson (la decadance). Utiliza los cromatismos de manera nada tímida. Y aquello que es la preparación de una estrella en su boudoir para una fiesta loca termina por convertirse en un festín de lo artificial, en una orgía de colores pastel donde los vestidos que se agitan en un primer plano cobran protagonismo absoluto (al menos durante los primeros minutos). El satén, el raso, las pailletes, el detalle de un vuelo, de una caída de tejido se revelan esclarecedores del sentido queer de un Anger todavía obsesionado por su pasado de niño prodigio y su presente de frívolo embaucador. Una tal Yvonne Marquis será la encargada de posar en el espejo del tocador, sonreir, sentirse estrella. Finalmente se tumba en el lecho orgullosa y accesible.
Quizá el único "pero" que podamos ponerle a este cortometraje de seis minutos sea su banda sonora, completamente anacrónica con respecto al contexto, a la anécdota, a esa época que se ha pretendido idealizar.




Puce moment



RABBIT'S MOON
(1950)

El siguiente trabajo de Anger (en su propia productora, la Puck) es una preciosa feerie. Un cuento de hadas que implicaría que su pasado en la prestigiosa (aunque hoy en día algo anticuada) adaptación de Reindhardt del Sueño de una noche de verano seguía inspirándole en su mundo de irrealidades. Esta sería una apreciación rápida y convencional, pues en Rabbit's moon se hallan, si escarbamos, influencias tan variopintas como la tradición japonesa, Cocteau y La bella y la bestia, la Commedia dell'arte o los esoterismos de Crowley.
El personaje del Pierrot, por ejemplo, independientemente del rol que desempeñó en el teatro italiano lo habría escogido Anger por tratarse de un elemento que en la carta del tarot del afamado ocultista significaba el Loco, el cual vive en una ficción permanente, buscando siempre el lado espiritual y creativo a las realidades más prosaicas que le acontecen (el soñador). Y Pierrot ansía la luna. Pero ésta es inalcanzable. Surgen de la naturaleza nocturna personajillos que pretenden ayudarle. Asi Arlequin, conmovido por su tristeza pretende divertirle con sus acrobacias y bailes. Al no conseguirlo, recurre a su prometida Colombina, pero la bella muchacha también desiste. Finalmente, Pierrot se deja vencer por las circunstancias y se arroja al vacío deshaciéndose, descomponiéndose, como muñeco roto.
Un fascinante cortometraje, que Anger volvió a rehacer en los años setenta con una nueva banda sonora a cargo del grupo A Raincoat (y con el que tendría problemas de derechos de autoría, al apropiarse sin permiso de su tema It came in the night, aunque también existe una versión de principios de los sesenta compuesta con temillas pop del todo encantadores). Esa luz selenita le concede a la fábula un más que convincente carácter onírico. Casi es un ballet con ínfulas de Film d'art que no cae jamás en la cursilería ni lo rancio de ambos estilos. Porque en un momento sublime, de repente, Anger introduce símbolos esotéricos que salen proyectados de una linterna mágica y que terminan desasosegando no sólo al protagonista sino al propio espectador, que a esas alturas ya está tan desconcertado como embriagado por una sensación plácida de alcoba y duermevela. La inclusión del conejo lunar provendría a su vez tanto de una leyenda del este de Asia como del fenómeno psicológico de la pareidolia.




Rabbit's Moon (Parte 1)




Rabbit's Moon (Parte 2)


continuará mañana

1 comentario:

Louella dijo...

MARAVILLOSO (como siempre)!