27 octubre 2008

SEMANA KENNETH ANGER (1)

A mi el señor Anger me empezó a inquietar a la vez que otros ilustres nombres del underground norteamericano (Jack Smith, Warhol, Morrisey, Emile de Antonio) a finales de los años ochenta. Y me inquietó desde la tremenda dificultad de poder acceder a una obra que en muchos casos se daba por perdida o como mucho, restringida a un museo lejanísimo (por lo tanto inaccesible) o en el marco selectivo (y no menos inaccesible) de una universidad (también del extranjero) donde se conferenciaba sobre su arte y milagros. Kenneth Anger apareció en la vida de Betanzos en un afortunado tomo de la Historia del Cine de la editorial Planeta. Compartía páginas del mismo capítulo con los citados nombres de la contracultura y el pop art, páginas profusamente ilustradas, para que las imágenes se me clavaran en la retina a lo bestia dotando a los textos complementarios de una mayor comprensión si cabe.
Ya conocía a Waters, también al primer Almodóvar. Estaba ávido de transgresiones. Y Anger y sus colegas (con la distancia que implica su Hollywood del Nueva York de la Warhola) me la daban a manos llenas. Despertaban mi imaginación de niño eternamente curioso. Corría el año 1988. Por otro lado, Terenci Moix me apabullaba con sus mitos, algunos de un kitsch de lo más chirriante. Meses después de que el catalán egipcíaco empezase a desentrañar con fino humor a sus inmortales para el Blanco y negro, llegó a mis manos la lustrosa segunda parte del Hollywood Babilonia de Kenneth (editorial Tusquets). Mi fascinación por el mundo de las estrellas atravesó su punto álgido, pero no el más intenso. El que implicaba el comienzo de toda revelación, aunque esta fuera con sabor a podredumbre.
El libro Hollywood Babilonia que, tras su compra en la coruñesa libreria Arenal, lucía entre mis manos radiante (como si lo hubiese escrito yo y lo hubiera estado firmando en la Feria del libro de Los Cantones), en la peluquería de San Andrés, donde esperaba a que mamá saliese del secador. Entre tanto devoraba sus pies de fotos con singular glotonería. De vez en cuando, echaba un vistazo al revistero del local femenino y fruncía el ceño ante la falta de Interviews warholianos frente a la abundancia de mediocres Prontos que alimentaban de chisme a las clientas habituales. Entonces una empleadita moderna se me acercó y se le ocurrió preguntarme que quién era aquella gorda que ilustraba la portada del angeriano libelo. ¡Es Elizabeth Taylor!, contesté yo sobreseguro. No puede ser... se horrorizó ella con muequitas hilarantes. Con lo guapa que fue. Con la de fotos bonitas que tiene... Y van a elegir esta, inquirí rematándole la frase. Ya sabía yo por donde iban los tiros del libraco y de los pensamientos ajenos. Porque dentro de mi me sentía superior al resto de la gente al creer controlar a Anger. Y eso sin haber visto sus cortometrajes, sin saber quien fue Aleister Crowley (quien dice Crowley dice el más vedetil Anton LaVey, al que no dudo que mi amigo Carlos dominaría ya desde su condición de heavy de corazón. Y Lavey, como inspirador de muchos melenudos de la guitarra, como fundador de la Iglesia de Satán, cuyos horarios de misas conocían al dedillo los lectores del Popular 1, era de por si un icono para los adictos al rock duro, estilo que a mi me daba alergias. Con el tiempo también nosotros fundamos una cutre secta "de un día" a lo LaVey. Pero aunque servidor se vistiera de gurú con alpargatas, seguía ignorando los preceptos del mejor oficiante luciferino que dio el show business yanqui), sin haberme aburrido, finalmente, con su cine atípico, alucinógeno, que si bien tiende a interrelacionarse con el underground de los años sesenta, era muy diferente del que hacían otros compañeros de generación.
Pasados los años, los mitos tienden a derrumbarse. Hay que tener muchas tragaderas para atiborrarse de Warhols sin no dormirte en el intento. Pasa lo mismo con Godard, que conscientemente recogió muchos de los tics de la "escuela de Nueva York" y los trasladó a los festivales europeos de mayor reputación con vocación de original (los plagios franceses solían definirlos como homenajes), quedando como dios sin revelar sus fuentes estéticas de saqueo. No así Martin Scorsese, al que no se le cayeron los anillos por desvelar que su tratamiento musical para el filme Malas calles estaba claramente inspirado en el que hizo Anger a la altura de Scorpio Rising (la banda sonora pop, el music non stop como leitmotiv generacional, diégesis sintáctica a guisa de pentagrama, que aún tendría su traca final en el American Graffiti de George Lucas). Sin embargo, este sería un triste, incompletísimo tributo al gran Anger. Entre otras cosas porque Scorsese tenía tanto de enfant terrible como yo de la madre Teresa de Calcuta (aunque reconozco que su corto The big shave (1967) es un pequeña maravilla, desde luego muy influenciada por lo que se hacía en los sótanos y lofts neoyorkinos, onda Kuchar brothers, por ejemplo. Pero después de eso, poca revolución aportó Scorsese al mundo del cine, sus logros empiezan y acaban en unos conocimientos incuestionables sobre el mundo de la inmigración italiana y el rollo gangsteril, valga la redundancia, en los Estados Unidos).

Kenneth Anger es un mago de la cámara. Poco ha rodado pero a lo largo de su vida ha vuelto una y otra vez, de manera incansable, a rehacer lo filmado. Con mimo, constancia, sentido del perfeccionismo, como si fuesen órganos vitales o sus propios hijos a los que cada cierto tiempo debe reimplantar o reeducar. Porque Anger es un creador. Se siente Valèry. Poeta de las imágenes. Vive en esa disyuntiva innata a todo artista del cine: una labor individual pero que debe enfrentarse, a la fuerza, a la vorágine de un trabajo en equipo, por muy independiente que éste sea. Ya en un inalcanzable 1951, Anger se asomaba a las páginas de la sesuda Cahiers du cinema (Francia fue la primera en confiar en su talento: su corto Fireworks no fue premiado en el Festival des Films Maudits de Biarritz donde se presentó, pero si que recibió el mejor de los galardones en forma de carta entusiasta de Cocteau) para lanzar a los cuatro vientos su concepción del cinematografo, en una línea de exigencias con resabios más que evidentes de lo que en Europa se empezaba a denominar "política de autor". Gozaba de un personalísimo universo creativo, plagadito de mitomanías y con una querencia por la simbología esotérica que emergía en su obra a través de la yuxtaposición de imágenes aparentemente inconexas, el empleo indiscriminado de lo objetual, las técnicas más misteriosas de la vanguardia de los años veinte o la presencia en sus repartos de sus amigos más "satánicos".
Pero a finales de los años cuarenta, de ese Anger muy jóven se desconoce todo. Es pues susceptible de mil y un chismes, mentiras y dislocaciones biográficas. El, antes de negarlas, las acentuaba con su tendencia a la fantasía. ¿Era o no era Anger aquel principito que aparecía en la renombrada adaptación de Max Reindhardt del Sueño de una noche de verano de 1935?. Nadie a estas alturas desmentiría este hecho, entre otras cosas porque es un arranque profesional delicioso. Un bibelot, un capricho oriental, rodeado de hadas cursis y faunos maliciosos a la Rooney y, seguro, con el rabillo del ojo atento ya a los tejemanejes del off the record, dada su precocidad en lo sibilino y lo lenguaraz.
Tendría cinco años, pues nació en 1930, en Los Angeles. Hijo de una familia de inmigrantes europeos. Y el cine llega muy pronto, ya vemos (o queremos ver), incluso desde el hogar. Su abuela había sido encargada de vestuario en películas de la época silente. La influencia de la abuela será decisiva. Pasaba mucho tiempo con ella, la venerable señora le formaba en gustos e intereses, sobre todo los relacionados con el ocultismo. El mundo mágico, inseparable para siempre de su vida, empezando por esa representación de lujo (pues no hubo nacimiento viviente de parvulario más glamouroso que el suyo): su indiecito a lomos de unicornio antes de que lo raptasen los inolvidables Oberon y Titania.
Kenneth recuerda esos tiempos no con poco orgullo. A los siete años había montado con una cámara y unos amigos una versión del Ferdinand the bull. Y siguió en sus trece, atravesando la adolescencia mientras ideaba cortos locos de títulos (perdidos) Tunnel tree o Prisoner of Mars.
Pero no será hasta 1947 (¡con diescisiete años!) cuando se destape con uno de los más controvertidos, irreverentes, impactantes fuegos de artificio surgidos de un cinematógrafo.





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continuará mañana

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