10 octubre 2008

ESPECIAL TERCER ANIVERSARIO. The best of...?

MI NOCHE CON... ANNA MAY WONG

Anna May Wong (1907-1961)


El exotismo de la Wong brilló con formas refulgentes durante el período mudo del cine norteamericano. Era un exotismo falsificado, bastardo, o si se prefiere, pasado por la sensibilidad simplista del departamento de publicidad de los estudios de Hollywood. Anna May no era china auténtica, pues había nacido en Los Angeles, pero su familia (y la rigurosa mentalidad de su padre, en especial) eran netamente orientales. Pese a tanta hibridez, ella era fantástica, su belleza considerable, sus piernas magníficas y sus manos...guau,. había algo en sus manos que resulta todavía hipnótico. No son las manos de Bruce Lee, que sabemos cuando se agitan a dónde pueden ir a parar. Las de la Wong eran palomas sutilisímas, que podían ofrecer tanto una caricia como la propia muerte. El espectador, al entregarse al tópico para ella creado, siente su misterio no sin escalofríos. Y ella al aceptar su condición de chinoisserie, aplica sus poderes para que el resultado conforme a todos.
Le agradecieron muy poco su entrega los capitostes de Hollywood: mal pagada (en comparación con sus compañeros occidentales) y subordinada a secundarios, cuando no rechazada escandalosamente para personajes en los que sería muy idónea. Y ésto por el sólo hecho de que estaba prohibido plasmarse romances interraciales. En cuanto a esto último (un ejemplo evidente de racismo idiota), sus papeles de china iban a parar a actrices norteamericanas quedando la mayor parte de ellas francamente ridículas por los burdos maquillajes (entre otras cosas). Si bien en el período silente pudo demostrar que podía ser un bocado apetecible para un anglosajón, su destino trágico parecía ya venir marcado desde un principio y lo que le quedaba a la exótica era prepararse para la muerte final.
La Wong como orfebrería de luxe no tiene precio. Sus fotografías la envuelven de ropajes increibles, sobre dioramas y forillos que terminan siendo de un onirismo descabellado en la mejor tradición pictórica del XVIII. Pero cuando ella se mueve por escenarios más actuales la combinación de exotismo-modernidad es capaz de producir efectos súblimes en tanto que anteceden al estilo art decó que pronto se impondría (y el decó en su impureza daría ejemplos igual de delirantes cuando se puso en boga la fiebre egipcia, a raiz del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, mismamente en joyería). En la secuencia del baile oriental en Picadilly (un Dupont que seguía en plena forma con sus asuntos relacionados con los celos) el escenario de la sala de espectáculos queda transformado en espacio ritual donde la divina china nos ofrece sus movimientos minimales, su arcana gestualidad, de una lentitud tan majestuosa como calculada. Amparándola (o mejor, adornándola), cuatro enormes candelabros acabados en velas fálicas van rotando al compás de la música, inventando de paso una iluminación que otorga al recinto una sensación de fantasmagoría increible, rayana en lo psicodélico. Es como si todo hubiese sido inducido por la carismática Anna que en sus juegos de manos hace prodigios.
En ese mismo filme, donde por cierto aparece en un corto papel Charles Laughton, la lucha de razas se reproduce en un transfondo sentimental. La Wong, que se llama Shosho, arrebata al hombre que le interesa (el empresario que la contrató) de los brazos de la protagonista en buena lid. Pero la muerte le espera desde la ambiguedad de las luces y sombras (heredadas del expresionismo) : no fue la despechada la que la disparó detrás del biombo sino el chino que la amaba en silencio. Sea quien fuere, Anna bordaba este tipo de escenas fatales con arrojo y sinuosidad. Tenía algo de felina cuando emprendía el retroceso, y mucho de maga cuando se tapaba parcialmente el rostro con aquellas anchas mangas transparentes con bordados arabescos. Era su hábitat el Limehouse de los fumaderos de opio, de los restaurantes con vestíbulos intrincados en angostas escalerillas dónde se podía jugar una timba junto a otros orientales dudosos. Por lo tanto, era imágen de peligro y marginalidad. Cuando salía al exterior no podía ejercer de otra cosa más que de mujer fatal. Su sexualidad, a pesar de estar a flor de piel, aportaba un bonus etéreo, en consonancia con la forma de entender los asuntos cameros que les presuponemos a las mujeres no judeo-cristianas. Y, aún cuando se topó en un tren que iba a Shangai con la más característica del género, la Marlene más pavo real de la Paramount, no retrocedió un milímetro ante su artificiosidad. Los resquemores de su homicidio (defensa personal) los superaba muy bien pintándose los labios de rojo dragón en el interior de su vagón privado. En eso Sternberg era generoso: barroquismo para todas...y todos (recordemos el tratamiento visual concedido a Victor Mature en El Embrujo...: Dietrich por triplicado) .
Los años relevantes de nuestra invitada son, pues, los años veinte y treinta. Hollywood en pos de la aventura y el misterio con los chinitos más idealizados o perversos, adaptando la literatura superventas de Pearl S. Buck o los pulps de Sax Rohmer. Del colonialismo romántico al peligro amarillo del doctor Fu Manchu. Todo en calidad de estreno a lo grande, como grande era el Chinese Theater de Hollywood Boulevard. Y Anna ni siquiera fue la abnegada Madame Butterfly, la prefirieron mejor pérfida princesa Turandot (en teatro) para que no se desviase de su imágen más vendible. ¿Acaso no parecía la mismísima hija de Fu Manchu en Old San Francisco (1927. Alan Crosland)?. Allí estaba ella, en la Barbary Coast más bárbara. O sea, Chinatown. Entretenida del usurero Warner Oland, que pasaba por norteamericano pero en verdad era chino de lo peor (como bien sospechamos los adictos al cine mudo, de Oland nunca hay que fiarse), adorante de un Confucio demoníaco, manteniendo enjaulado a su hermano aquejado de dwarfismo para que no revele su verdadera identidad. Y la Wong (cuyo nombre se ha vuelto piropo lírico de los que no admiten los padrones, Una flor de Oriente) se muestra ardilla, astuta a velocidad del rayo, presta para ayudar a su amante en sus planes nocivos (pena de terremoto mítico: en las entrañas de la tierra quedaba ella y muchos como ella).
Aunque en Mr. Wu (1927. William Nigh) estaba muy próxima a Lon Chaney (el protagonista), no nos engañemos: ni el actorazo era Fu-Manchú (pese a que influyó lo suyo su caracterización de mandarín al futuro personaje de Karloff) ni Anna May era la hija de un pérfido. Chaney, a quien los espectadores razonablemente habían aprendido a temer (como a Von Stroheim a odiar), en cambio, no es un ser negativo. Es implacable, hasta cruel pero hay en el fondo una grandeza de espíritu que nos lo hace próximo. Terminamos comprendiendo sus actos, aunque no los compartamos. Se basan en un férreo acatamiento a tradiciones ancestrales. Su cumplimiento, casi siempre sangriento, se producirá tras el profundo dolor moral que precede a toda reflexión que implica un sacrificio. La Wong prorrogaba su destino de abnegada, perrilla fiel de una Reneé Adoreé que se llevaba la mejor parte de un pastel dramático que devoró malamente (de nuevo, el síndrome Butterfly). Era la Adoreé la hija de Mr. Wu, fascinada por los hombres rubios, preñada de un occidental, contraviniendo toda regla milenaria. La Wong presiente el triste final de su compañera y está fantástica, creible. No así la otra, que se pasa en sus recursos teatrales, trasnochados por completo.
Triunfa, por encima de todo, el envoltorio lujosísimo de la Metro Goldwyn Mayer, el sentido lírico de Nigh (un obseso de lo chino: en el sonoro dirigió a Karloff en la serie de Mr. Wong, por ejemplo) y la fina elegancia del director artístico Cedric Gibbons que parecía haber tomado buena nota de los alardes preciosistas de un Cameron Menzies para el Ladrón de Bagdad de Fairbanks (1924), mientras de paso inventaba el art decó en interiores, que a su vez iba a inspirar retazos de las supremas imaginerias de artistas como Hans Dreier para Tres lanceros bengalíes (1935. Henry Hathaway) o Stephen Goosan para la Shangri-La de Capra (Lost Horizons).
Hubo en la carrera de Anna May méritos para el prestigio: fue la protagonista principal de un tecnicolor hoy descolorido, The toll of the sea (1920) y además, se la calificó como una de las chinitas más elegantes de la comunidad cinematográfica USA. Sin embargo, nunca pudo contraer matrimonio (por las leyes de la época) a pesar de que entre otros romances figura el director Marshall Neilan y, además, su carrera dio un giro forzoso hacia el mundo de la televisión, visto el trato que le ofrecían las productoras. Una de sus últimas apariciones en pantalla grande fue haciendo de criada sumisa de la potente glamour woman Lana Turner (Retrato en negro.1960). Murió de un ataque al corazón y cirrósica perdida un año después del estreno de aquel melodrama.
Resulta entrañable que una de sus sucesoras más indirectas, la sublime pero demasiado fugaz Nancy Kwan (n.1939) sea la encargada de rendirle tributo en su página oficial en Internet. De Wong (Suzie) a Wong (Anna May).






ALBUM DE CROMOS SUEÑOS DE JUVENTUD

Cromo nº 23: JOHN MOULDER BROWN (1953- )


Hubo un tiempo, en los gloriosos sixties, en el que el cine británico contó con un niño prodigio llamado John Moulder Brown. Y cuando ese niño atravesó la pubescencia, y aún su espléndida veinteañez, se transformó en un hermoso doncel moderno, de flequillo Chelsea y maneras refinadas. En los años setenta Moulder Brown fue un inquietante sex symbol privado para erotómanos aparentemente tan dispares como Skolimowski, Visconti o Eloy de la Iglesia. Inquietante a la fuerza, pues siempre nos pareció verlo como un jóven refinado y de buenas maneras, con pinta de pequeño lord de la era laborista, como una criatura que nunca rompió un plato, de sonrisa tímida y reacciones prudentes. Su fugacidad en el cine coincide plenamente con la fugacidad de su belleza juvenil (a pesar de que nunca se haya retirado del cine, seguimos prefiriéndole en los primeros años setenta. Cuando el mini boom Moulder Brown estaba en su apogeo).
Cuesta reconocerlo en sus primeras intervenciones en el cine inglés. Pero fue golfillo de siete años en la golfa Un lugar en la cumbre (año 1959), uno de los puntos de arranque del free cinema. Un tipo de cine completamente distinto al que nos proponía la serie Doctor at... Y en cambio figuraba en el reparto de una de la tanda, Doctor in love (1960) . Los productores le cogieron cariño al chavea al ver que apuntaba maneras. Era muy despierto, tenía un físico agraciado. Además los ingleses no eran muy de niños prodigio. En los sesenta todo lo más, los veían como unos seres inquietantes, odiosos y terribles (salvo Hayley Mills, claro). Recordemos los infantes de El pueblo de los malditos (1.960), aquel increible William Dix de The Nanny (1965) para la productora Hammer o los canibalines de Viento en las velas (1965. Alexander MacKendrick). Moulder Brown era una actualización del eterno Freddie Bartholomew (a escala menor) con incrustaciones dinámicas del
primer Dean Stockwell (dicho esto con todas las distancias). Antes de que llegasen las turbulencias y los autores personales a su carrera prometedora, el paso de John por la gran pantalla va discurriendo a ritmo de sonido beat con la inmensa excepción de las danzas de la época de Enrique II, cuando hizo una breve aparición en el clásico Becket. Era posiblemente, una de las varias crías del monarca, a quienes el genial Peter O'Toole calificaba como reales gusarapos. Aquel Enriquito iba sin numeración, sin ninguna acreditación. ¿Qué falta hacía frente a la excelente forma de un regente sobrado de furia?. Al atravesar la edad del pavo, quince años más o menos, sorprendió a los pederastas de su país, al aceptar ser para la televisión el Pedro de una Heidi niña (Jennifer Edwards, a la sazón la hijastra de Julie Andrews e hija legítima del director Blake Edwards). Cualquier chiste verde entraría dentro de la norma, al ver a John pletórico de testosterona rodeado de cabritillas, una niña anonadada y el gran empalago general típico de este perenne título de la literatura infantil. Para la historia, este fue el primer contacto con el actor Maximilian Schell, para el que un par de años después se pondría a su órdenes en Primer amor.
Pero antes aparec
ió el realizador de TVE Narciso Ibañez Serrador en su vida. El español hacía su debut como cineasta (nefasto) y le ofreció un papel relevante en su ópera prima. El artefacto se llamó La Residencia, pieza de culto para todos lo que no tienen otra cosa que hacer que inventar piezas de culto donde no las hay. Puro derroche de sensacionalismo seudo porno con el goticismo como pretexto para saltarse a la férrea censura, la cual operó de manera implacable quedando el resultado final en un quiero y no puedo, tamizado por la genialoide personalidad de su autor. Se partía de una historia del propio Narciso y el especialista Juan Tébar. Contaba las peripecias eróticas en un internado extranjero entre un grupo de colegialas adictas al sexo y una gobernanta lésbica con hijo en edad de caer en la tentación de la carne en deshabillé. Se beneficiaba de un reparto internacional que encabezaba la sublime Lili Palmer y de una holgura de medios inaudita en la época para un filme de género. Tenía un toque de peli de terror mala de la Hammer sólo que con sus dosis de sexo forzado. Una pena, porque la idea de que John Moulder Brown fuese seducido por doquier era muy estimulante. A pesar de que lo edípico no fuera preponderante, la Palmer ejerce muy bien su tiranía de preservarle de las internadas (las iba asesinando) , aconsejándole que esperase hasta que encontrara una mujer como su madre.
Lo importante es que Moulder se estaba dejando notar en la cinematografía europea, convirtiéndose en el inglesito pop más jóven de la cuadrilla Chelsea. Cuando recibe ofertas del exterior empieza su peregrinaje por otras cinematografias. Maximilian Schell le requiere para ser el protagonista de Primer amor, horrible adaptación de un cuento de Turgeniev ambientado en la Rusia zarista. Completamente inconexa y mal dirigida, lo único salvable del embolado era la fotografía del bergmaniano Sven Nikvist y la belleza de Moulder Brown y su amor platónico Dominique Sanda. El resto, un muermo supino.
Más gracia tenía Dead End (1971. J. Skolimowski). Pese a lo curioso del argumento (John era un chaval de clase baja que al acabar el curso escolar encuentra trabajo en unos baños públicos londinenses... donde en vez de encontrar a Joe Orton encuentra a una chica mayor que él y se enamora y bla, bla, bla) se volvía a insistir en el tema de las iniciaciones adolescentes con maduras (ella era Jane Asher) que etiquetará por un tiempo al muchacho. Una característica más o menos in
teresante para sus fans dependiendo de lo subiditas de tono que sean estas secuencias concretas.
Cuando Visconti, gran experto en belleza de ambos sexos, le echó el objetivo el tratamiento fue bien distinto. Y eso era muy de agradecer porque aquel adolescente parecía ser una premonición de Jorge Sanz. En cambio, arropado por el esteticismo de luxe del maestro brilló muy alto. Es posible que Viscon
ti hubiese pensado en su tiempo en darle el papel de Tadzio para su Muerte en Venecia (también pensó en su ahijado Miguel Bosé) pero prefirió a un actor más jóven que se adecuara más a la edad efébica del personaje de la novela (John ya había cumplido los veinte). En cambio, en Ludwig estaba en la edad justa hasta para ir a la guerra. Era el príncipe Otto, hermano menor de Luis II de Baviera. Volvía de luchar contra los prusianos y austríacos en un deplorable estado mental. Su hermano le daba consejos que eran en realidad reflexiones sobre la caducidad de la vida, dentro de su megalomaníaca neurosis y finalmente, era recluido en un sanatorio. Los planos compartidos con Berger son de auténtico frenesí homoerótico. Se le recuerda frágil y a punto de romperse por dentro. Acontecimientos del alma que sólo Visconti supo sacar del inglesito.
Y como no pudo ser Tadzio, jugó a ponerse el jersey marinero a rayas de aquel y a mirar a la mar con guedeja al viento en la fallida (e insoportable) Díselo con flores (1974. Pierre Glimbat), coproducción franco-es
pañola que presentaba a una Rocío Durcal inmersa en su nueva etapa de madurez, justo antes de que hiciese la tijera con Barbara en aquella "extrañeza" de Lara Polop. En el reparto también figuraba la espléndida Delphyne Seyrig (completamente ida e innecesaria en su locura) y, para coronarlo, un torturado Fernando Rey que aportaba sabia decadencia. Lo malo es que al ser un producto demasiado francés, la decadencia quedó del todo esterilizada y al final no comprendimos qué es lo que les pasaba a cada uno de los protagonistas de semejante coñazo á la Riviera (las consecuencias de la segunda guerra mundial, o algo así). Tan sólo nos percatamos de que Moulder Brown había entrado en el cénit de su belleza y que ahora bebía los vientos por su institutriz (Marieta de rubia). De todas formas apenas se llevaban nueve años, asi que sus encuentros platónicos perdieron el valor transgresor de todo rollo iniciático/pedófilo (además el ya superaba los veinte). Pese a esto, viéndolos en un mismo plano, semejaba el muchacho tal cual una Marisol con testoterona, así que el refocile morboso ya estuvo asegurado (el que llevara medio rostro asquerosamente quemado no le impidió deslumbrar al personal. Esto ya lo sabíamos los cinéfilos, pues nunca lució más guapa nuestra Montiel en México como cuando en Piel canela aparecía de tal guisa). El filme duró cuatro días en cartel en Madrid. Por algo sería.
A buen seguro que Eloy de La Iglesia se fijó en lo tadziano del jóven al contratarle para que entrase en el huis clos tremebundo de Juegos de amor prohibido. Los comentarios en el Data Base apuntan a este filme como de una clara influencia con Saló. Yo creo que es más de Visconti que de Pasolini (ya puestos a desbarrar). Pero no de Ludwig, sino de Confidencias al presentar a unos personajes de distintas generaciones y posiciones sociales encerrados fisica y moralmente en un caserón decadente. Moulder Brown e Inma de Santis serían la parte jóven del cuarteto protagonista. Javier Escrivá y Simón Andreu los maduros que retendrán con artimañas casi caníbalescas a los muchachos. Como en el caso de La Residencia, la censura cohartó buena parte del delirio tremendista del realizador vasco, aún asi quedan bosquejos estimulantes, como el amago de spanking que casi le infringe Escrivá o la pelea cuerpo a cuerpo (ligeramente Women in love) entre John y el bisex Simón. Y, por descontado, sus diálogos con la delicada De Santis, más que un téte a téte el reflejo en un espejo narcisista (parecían dos gotas de agua de rosas).
Estos basicamente fueron los poderes del ex niño prodigio, hoy semi olvidado. Su último filme es Alexander, the great of Macedonia (2006. Jalal Merhi), la cual desconozco si ya se ha estrenado en nuestro país. John hace del rey Filipo, imagino que con la experiencia que le da el haberse vestido en el pasado unas cuantas veces de antiguo.





HETERODOXOS BASICOS

11. JORGE CUEVAS BARTHOLIN, el Marqués de Cuevas (1.885-1.961)


¿Adonde ha ido a parar la aristocracia?. ¿Existen en la actualidad personalidad
es tan poderosas como los Roschild, los Vanderbilt, los Rockefeller, los Kennedy?. O en otro orden, ¿aquel marques de las Marismas, el de Santo Floro...?. ¿Dónde están los perversos fin de race (con un punto de luciferinos) como el Marqués de Vinent (ya tratado en esta misma serie) y el Duque de Feria...? O, siguiendo ahora por un Gotha falsificado, los que vivieron del cuento, en una ficción permanente y genial cuya culminación fue Araciel. Ni tan siquiera un compañero de videncias como Octavio Acebes (por mucha Venecia que se haya estudiado en los suplementos dominicales de los periodicos) puede parangonarse con el raído encanto de los aristócratas/impostores de antaño. Se habla mucho de Pocholo, pero este infraser que vive tan deportivamente, no merece demasiadas distinciones, primero por venir de la carcundia Franco (familia de traumas) y luego por tocarle una época tan fea y descolorida como él mismo (alimento de reality shows canibalescos). Siento decirlo, pero que Pocholín se contente con ser El vividor de CRAG a pesar de que su himno hubiera mejor cuadrado con la Macarena de Los del Río versión Ibiza Mix.
Asi que yo sig
o preguntándome , ¿adónde te has ido Alfonso XII, dónde, triste de tí?. O mejor su hijo, aficionado a ir de putas, pornoadicto dichoso de su parasitismo cobarde. O cuando la nobleza la formaban los actores bigger than life, a los que se sumaban artistas, toreros y canallas. Las fiestas de Luis Escobar, las reuniones en casa de Lucía Bose y Luis Miguel Dominguín con Antonio, el bailarín y Lola Flores.
Y el Marqués de Cuevas, qué personaje. Chileno locaza. A principios de siglo armaba la revolución con sus ademanes, volvía loquitas a las madres con sus brillantes conversaciones sobre cocina, moda y urbanidades mil. ¿Sectario?.
Por supuesto, qué le vamos a hacer. Pese a que era pobre, el lo que buscaba era la superación. Ser alguien, ser un nombre importante en los salones más selectos de la Vieja Europa. Que Santiago de Chile estaba de pena. Existía una high society capitalina, desde luego. Pero para el adolescente Cuevas, eran caquita en comparación con lo que se intuía afuera y que de buena cuenta informaban las revistas de actualidad. Luego de acabar el Bachillerato, nuestro heterodoxo ingresa en la Universidad católica para estudiar derecho. Inutil refrenar por una burda abogacía su enorme potencial como decorador y estilista. Tenía don de gentes, podía ser excelente chevalier servant de cualquier dama de posibles. Entre eso y su pericia para embellecer mansiones, confeccionar vestidos (cosía y bordaba de muerte) y revender antiguedades se percató que lo suyo no iba a ser estudiar leyes.
Uno de los momentos más celebrados del estilo Cuevas aconteció en el bodorrio de la directora de la Escuela Pública en una villa. Los agricultores, familiares de la moza invitaron a diferentes personalidades de la cultura y educación, y también a Jorge. El, además de encargarse de llevar versallescamente la cola del vestido de la novia, hizo de orador entre los más conspícuos comensales. Y su discurso fue tan extraordinario y completo que encantó a la concurrencia: alabando a la merluza, a las corrientes del río que hacen tan prolífico tan sabroso pescado, habló del cutis, dientes y osamentas de las gentes del lugar. Y todo a través de excelentes metáforas que delataban en él a un escritor en ciernes (de un modernismo decadente y que hubiera encantado al propio Rubén Darío).
La grandeza de l
os sin un peso, pero con más vivacidad que cualquier altoburgués (zombies apoltronados en sus propios vicios y costumbres). En Santiago de Chile y en los años diez del siglo XX, Cuevitas (que así le conocían todos) se dejaba ver por la mítica Confiteria Torres. Era un Carpanta exquisito. Nunca tenía plata pero sí la esperanza de que apareciera por allí alguien que lo invitara a tomar algo. Por el lugar también se encontró muchas veces a su amigo, el también excéntrico y florido, Joaquín Edwards Bello, escritor tremendo, escándalo de la buena sociedad y que convertiría a Cuevas en uno de los personajes más entrañables (más que personaje, era la otra cara del protagonista principal) de su recomendable novela autobiográfica El inútil (1.910). Pero a pesar de que el lector vea al alter ego de Joaquín como un insustancial y un frívolo, el autor se decanta por él, en tanto que más le hubiera valido dedicarse a hablar más con las señoras, tener don de gentes en vez de limitarse a pasar la vida leyendo y leyendo.
Mundano Cuevas. D
eseando poner pies en polvorosa. País de machos. Su afeminamiento le da más de un quebradero de cabeza. Tan pronto puede se va a París. Conoce a Lifar, a Chanel... es una lumbrera. Dice ser bailarín. Y en el ballet hace historia. Pero antes tiene que redondear su idea de cómo tiene que ser su vida: si quiere acceder a la aristocracia deberá casarse con una millonaria. Y lo consigue. La elegida es la hija de John Rockefeller, Margaret Strong. Los salones más suntuosos por fín se le abren. Y aunque no tenía títulos, se los inventó. Fue a partir de entonces el Marqués de Cuevas, coreógrafo y dueño de una compañía de ballet del mismo nombre.
Por ella pasaron los mejores bailarines del mundo. En 1.940 fundó en Nueva York una escuela de danza para los niños pobres. Departe con Balanchine, le hace una caidita de ojos a un tal Jerome Robbins, se explaya con Martha Graham...
En 1.944 creó en la misma ciudad la compañía Ballet Internacional, efímera, pero que enriqueció el arte de la danza con el Tristán Fou de Salvador Dalí y Massine; Constantia de William Dollar y La Mujer Muda, de Antonio Cobos. Contemporáneo y arriesgado. Para cerrar esa década venturosa tomó la
dirección de los Nouveaux Ballets de Montecarlo, que se convirtieron por un tiempo en el International Ballet of The Marquis de Cuevas. Cocteau lo admiraba, esa carga de snobismo y ensoñación agradaron al autor de Orfeo. Su viejo amigo Edwards lo visita en Paris. Le comenta que está escribiendo una novela titulada Criollos en París, que su personaje Dueñitas se parece mucho a él. La tierra le llama, aquel Chile que dejó ya no es el mismo. La gente lo aclama, cúan diferentes de los de la época en la que lo insultaban por su homosexualidad exultante. Nadie rechaza la invitación para asistir a una fiesta suya. Hay quien dice que no volvió a nacer un personaje igual en esa tierra. Salvo, al parecer, Gonzalo Cáceres, el peluquero predilecto de doña Lucía de Pinochet.
Ni zorra idea de
cuales son los valores de ese mago de las cabezas siniestras. Ahora bien, lo que está claro es que la casta de un Marques de Cuevas tiene todos los visos de haberse extinguido. Todo lo más, ha evolucionado hacia otro tipo de frivolidad más ordinaria e insulsa. Lo de genio y figura hasta la sepultura le cuadró a la perfección. Por cierto, en su funeral tuvo unas sentidas palabras hacia él nada menos que Maurice Chevalier. Como para no decir AMEN.



ALBUM DE CROMOS LATINO MOZOS

Cromo nº 10: JORGE RIVERO (1938- )

Rivero fue el papasote por antonomasia del cine mexicano en los años setenta. Un ídolo erótico tanto para la mujer internacional como para la maricona carroza azteca. Pregúntale a Juan Gabriel por él y se corre por la pata p'abajo, a pesar de la próstata, no más pronuncies su nombre.
Con la liberalidad de su
década, pudo disfrutar de los mayores momentos de exhibicionismo físico que jamás un compadrito gozase antes. Y su físico era soberano. Musculoso, velludo en su punto justo y muy armonioso (por lo menos hemos de creerle natural en este aspecto y, desde luego, en comparación con los hipertróficos y artificiales cachas de hoy en día). Una mariquita extrema diría que Rivero olía a pino silvestre. En realidad, era un producto de la tierra no exento de derivaciones mestizas. Aunque nacido en la capital mexicana, tenía en sus genes algo de indio y algo de español. Exactamente lo que hacía enloquecer a las gringas. Cuando apareció desnudo en el Playgirl se demostró que además estaba muy bien dotado. Fue la plataforma definitiva no sólo para Rivero, una importante ristra de papaítos de generación pasaron al poster colectivo de la mujer civilizada para solaz hasta de las más concienciadas. El cuerpo del macho latino como material erótico de primera calidad dio mucho juego en un tipo de publicaciones femeninas que de manera absurda prorrogaban la vulgaridad de su equivalente para los hombres (el Playboy, por ejemplo), en nombre de un supuesto avance hacia la consolidación de la igualdad entre sexos.
Rivero no entraba en discusio
nes de este tipo, bizantinas a todas luces. Porque siempre fue un placer para la vista. Además no era tan engreido como Andrés García (uno de sus competidores) y tuvo mejores oportunidades que su más claro rival Juan Miranda. A pesar de que se había graduado en la Universidad de su país en la disciplina de ingeniero químico, pronto lo dejaría para dedicarse al mundo del espectáculo. Empezó por el suyo propio, o sea, por su cuerpo que desarrolló en gimnasios. Era un tiempo en que el mexicano no frecuentaba este tipo de lugares a no ser que fuera boxeador o jugador de catch. Curiosamente, la primera oportunidad en el cine le vino con pequeños papeles en películas de lucha libre (El asesino invisible, Los endemoniados del ring...). Sería el año 1965. Combatía con el heroe titular y punto (incluso por lo común ni siquiera se veía su rostro, debido a la costumbre de los aztecas de luchar embozados o con máscaras). En estas tesituras era lógico que terminase probando la fuerza sobrenatural de Santo, el enmascarado de plata en dos de la serie (y de las más flojitas de su edad de oro) : Operación 67 y El Tesoro de Moctezuma. En estas dos rarezas el fenómeno Bond, el de los agentes secretos terminó alcanzando a tan entrañable héroe y así vimos a un orondo Santo tan inexpresivo como de costumbre metido en bretes de espionaje internacional. Al menos contaba con la inestimable ayuda de Rivero que en las escenas de destape deslumbraba hasta tal punto que el propio Santo ya se veía pensando muy seriamente en la jubilación. Descubrimos a su vez que a pesar de ser todo un caballero embozado no le hacía ascos al voyeurismo. Asi cuando Rivero se entregaba a la pasión amorosa Santo se contentaba con vigilarle con dolor senil a través de micro cámaras infiltradas en los albornozes del juvenil titán. Tales escenas picantonas mostraban al pupilo con escuetos bañadores rojos o nauticas azul celeste que realzaban más si cabe su espléndida epidermis. Con el complemento ideal de super hembras de nombres Reneé Chabot, Elisabeth Campbell o Maura Monty (normalmente vampiresitas traicioneras, espias exóticas y jamonas de la Interpol) la serie del enmascarado subió en temperatura erótica (algo que se veía venir desde Atacan las brujas). En cuanto al fondón heroe se tapaba lo que podía con sus sempiternas capas, pantalones y máscara para no desmerecer frente a tanta tersura. En el gimnasio se resarcía con sabios consejos: Las pesas son buenas si quieres competir en el Mister Universo, Jorge. Pero para la lucha libre hacen falta otro tipo de ejercicios. No importó. Rivero como el agente Jorge Rubio fue el gran hallazgo y las dos películas las primeras en color de la serie.
Entre tanto mandoble, llave autóctona y revolcones en la arena nuestro Apolo achaparrado tuvo la fortuna de conseguir un pequeño papel, pero muy importante en la estimable adaptación de la novela de Juan Rulfo Pedro Páramo (1967. Carlos Velo). Era uno de los tantos hijos del legendario personaje y se le recuerda vestido de charro, arrogante y chulazo, arrasando a su paso cuanto le era posible, incluido a la mujer que le tocó, una Julissa sensual a la que le daba muy mala vida.
En 1969 intervino en dos de los hits a escala local que consolidarían su imágen erótica: Al rojo vivo (de Gilberto Gazcón) y El Pecado de Adán y Eva (de Miguel Zacarías). La primera era una burda crítica a la juventud mexicana, una suerte de revisitación tardía del filme de Nicholas Ray Rebelde sin causa pero con un transfondo moral de lo peor. Además Rivero no encabezaba el cartel. En cambio tuvo una buena escena de ducha y otra camera con una dama. Era un bribón que al final se redimía. Poca cosa, pero de culto para algunos.
Igual que la del pecado original. Como nuestro primer padre estaba desde luego cañón. Es de creer, viendo esta maravilla de la ridiculez y el camp, que Dios al séptimo día no descansó sino que creó el gimnasio, pues no hubo en la historia de la cinematografía mundial un Adán tan a la Buonarroti. Lástima que la hoja de parra reglamentaria se sustituyera por un taparrabos tarzanesco. Aún así bastante de su culo se vio.
Y eso ya fue suficiente para que Hollywood lo reclamara al instante. La primera
vez para hacer de indio en Soldado azul (1970. Ralph Nelson), vomitiva vuelta de tortilla a la manía del racismo en el western: en este caso, los cabrones eran los yanquis y los santos los indios. No sólo no nos creímos la historia que nos contaban sino que hasta nos cabreamos con aquel maniquieismo pueril.
En c
ambio, estuvo mejor cuando se vistió de cowboy en la última película de Howard Hawks, Río Lobo (1971), la que cerró con todos los honores su serie de Ríos. Planteada casi en tono de comedia, quedó una muestra admirable de talento dentro de un género que a esas alturas había ya recorrido tantos caminos, tantas desviaciones, contemplado tantos crepúsculos... Rivero era el compañero de un otoñal John Wayne y entre todos redondearon un enésimo cántico a la camaradería entre hombres tan emocionante como era de preveer en tamaño especialista.
Con todo, nuestro cromo latino tenía los días contados en Hollywood. Se encontraba más a gusto dentro de la idiosincrasi
a de su país. Y allí volvió, para hacer telenovelas y mucho cine mediocre, cuando no infecto. En el mozo se cumplía a la perfección ese arquetipo que tanto molesta a las gentes sensibles: la rudeza asfixiante, la ultra masculinidad, el machismo en su máxima potencia. Como decía el título de una de sus películas más significativas: Los hombres no lloran (1975. Raul de Anda jr.). Podía amar a cuanta hembra se cruzara en su camino pues iba de irresistible. Ya podían ser jovencitas o maduras, calentorras o frígidas, mexicanas o españolas. Todas se derretían ante su piel morena, ante su carita entre viril y aniñada... Nacía el gran macarra típico de los años setenta. Y cuando lo juntaban con otros papitos de envergadura los resultados fueron de alto voltaje erótico y, paradojicamente, de ligero tufillo homo. Así en El caballo del diablo (1975. Federico Curiel), cine de vampiros in extremis con apoyaturas folclóricas, debió de retarse con nada menos que Juan Miranda, de profesión ¡mecánico!. Ambos eran coyotes que debían trasladar mexicanos a los Estados Unidos, cogiendo de paso a muchas gringas. En sus escenas de cofradía comparten lecho y ducha. O sea, momentos en paños menores o cuando los heteros extremos terminan fijándose en sus físicos. Y así Juan le llega a preguntar a Jorge en el baño: Usted no está tan desnutrido, ¿qué deporte practica?.
Pudo ser el boxeo, pues púgil era en Bellas de noche (1975. Miguel M. Delgado), horrible comedia erótica en la que Jorge al afrontar una mala racha en el cuadrilátero se veía obligado a buscarse la vida de camarero en el local El Piruli, antro de encueratrices inenarrables.
Antes pasó por Italia para protagonizar un giallo de nombre Eroticofollia (1974. Mario
Sicilano) que lo presentaba manipulado mentalmente por una secta satánica. La misma que le instigaba a cometer horribles crímenes tal como mandaban las leyes del subgénero. En el reparto figuraban los españoles Eduardo Fajardo (increible de mayordomo echando sapos y arañas por la boca), Terele Pávez (de puta intensa, pero pésima) y Pilar Velázquez (la más guapa de todas, con un desnudo frontal inédito- por supuesto- en nuestro país). El toque erótico de Rivero quizá lo marcaba una breve secuencia en la ducha en donde supimos que en esos instantes de higiene personal le gustaba compartir el fluor dentífrico con sus acompañantes de grifo (qué le quieren, eran los tiempos de la mantequilla y El último tango).
Como ejercicio de exhibicioni
smo supino destacaría El angel negro (1977. Tulio Demicheli) y, ésta la reseñaría aún mas a título personal, en tanto que su personaje se llamaba...¡Jorge Ramos!.
Ya de lleno en la infecta boga del cine de ficheras (la degeneración del entrañable "de rumberas", al socaire de la mayor liberalidad erótica de los años setenta) fue ingeniero con serias dudas sobre su heterosexualidad al verse muy alterado por la belleza de una Sasha Montenegro que se hacía pasar por baliarina de una compañia de "travestistas". Esto sucedía en Noches de cabaret (1978. Rafael Portillo), y pese a su
zafiedad global, resulta divertido ver al último gran macho mexicano de la pantalla en estas tesituras existenciales (que a punto lo llevan al suicidio). Pero aún más asombra su categoria de anticipadora de un filme destinado poco después a ser éxito mundial como fue Victor o victoria (1982. Blake Edwards) que, aunque era remake (el original era alemán, allá por los años treinta), en su incorporación de música y baile lo equipararía más al mexicano (hay secuencias idénticas). Toda una sorpresa que no carecería de precedentes latinoamericanos si indagamos con profundidad en el cine ínfimo de otras épocas. Porque ahora me pregunto ¿no habría Edwards reparado asimismo en el planteamiento de La niña de fuego (1952. Carlos López Ríos) con la argentina (y siempre andrógina) Lolita Torres para su película?. Sin duda el toque sutil del Wilder de Con faldas y a lo loco le quedaba a Blake muy grande... Y pocas sutilezas nos depara este Rivero que deja perlas de la fraseología de la categoría de: Me revientan los maricones (a lo que le responden en justa reciprocidad: Vaya, y a los maricones les encantan que se lo revienten...). Lo dicho, momento divertido, teniendo en cuenta que a Rivero lo tienen en un florido altar las locas cincuentonas de esas latitudes.
Hizo el amor en la ficción (una ficción de fotonovela) a las españolas Amparo Rivelles (Indio), Amparo Muñoz (El tahur), la ya citada Pilar Velázquez (Eroticofollia), Sandra Mozarowski y Monica Randall (El angel negro) y a todas las mexicanas de su época (Isela Vega, Lupita Ferrer, Fanny Cano...). Y por si fuera poco, entre Landa, Lopez Vázquez, Ferrandis y él inventaron el viagra en una astracanada que se llamó Profesor Eroticus (1980. Luis María Delgado) y que si no la has visto no te has perdido nada, pero que a mí me gusta mucho por él. Parte de la idea fue plagiada poco después de manera tan o más burda ( ya sin la sal de unos secundarios made in Spain) en la bazofia Las tentadoras (1980. Rafael Portillo), cuyo único aliciente estribaba en juntar a los dos galanazos del cine azteca de esa década; esto es, Rivero y Andrés García. Sin embargo ellos no coincidieron en escena alguna puesto que tan endiosados actores, dentro de su rivalidad, exigieron que cada uno brillara por su lado. Tanta idiotez estelar forzó al director a plantear el filme bajo la estructura de sketches (un invento que en Italia hizo furor pero que Mexico apenas tocó), sólo que en este caso, la cosa degeneró en pura y simple partición de dos historias a guisa de pegote: Rivero se autointerpretaba en el papel de un actor de cine, Andrés era un mago envuelto en un secuestro con aroma a vodevil rancio con ficheras de fondo. Lo único que quedó claro de tanta mierda es que el hecho de que García ocupase más tiempo en pantalla era signo de que la hegemonía de Rivero como macho man local estaba llegando a su fín.
Duro momento el del relevo generacional, incluso para los sementales latinos.
El buen Jorge, a quien a mis veintipocos años le dediqué un poema guarrísimo que titulé Rivero on my face. Por sus buenos beefcakes en una década irrepetible va el cromo de latino del mes de marzo




ALBUM DE CROMOS
ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 23: MARISA ALLASIO (1936-)

Siento gran debilidad por la rubia Marisa Allasio. Con respecto a sus compañeras de generación (ella y algunas más fueron el reemplazo de las veteranas maggiorate a partir de la segunda mitad de los años cincuenta) llegaría más lejos que ninguna otra en el asunto del descoco. Había en la chica algo del atrevimiento de la Bardot, justo en el momento en que la de Saint Tropez empezaba a gozar de merecida fama. Hasta ahí el punto francés de la Allasio, porque en el resto era italianísima total. En ella muy mal encajaría el término lolita, pese a que a menudo jugó con su adolescencia como quien utiliza un arma erótica para enloquecer al machito de turno. Lo suyo era obvio, directo, sin pretextos intelectuales. Tal que la primera BB. Salvo esto, Gainsbourg no sería capaz de hacerle jamás una composición. Y a ella tampoco le hacía falta tamaño lobo feroz, teniendo a su lado al incomparable Renato Carosone a pie de piano, dedicándole Maruzellas y cuanto rock'n'roll mediterraneo le fuera menester.

Marisa no poseía carnet de ingenua. Parecía querer gritar a los cuatro vientos que ella, llegada la edad, sólo necesitaba amor. Dudo mucho que en su época las muchachitas italianas se sintiesen identificadas con tanta precocidad (a las españolas ya ni te cuento: pocas pelis de la moza pasaron la censura franquista) . Eran ideales las gacelillas del estilo Lorella de Luca, ingenuas pijinas que se quedaban siempre en un quiero y no puedo con sabor a helado de fresa y sidral de verbena. Es como si a nuestro cromo le interesase más recoger las enseñanzas de seducción que la Mangano, la Loren y la Lollo habían dejado ahí, en ese momento en que estas tres grandes abandonaban el movimiento maggioratístico para emprender caminos más ambiciosos (sus carreras internacionales). Pero no piensen ustedes que aquella Marisa iba de felatriz devoradora. En absoluto. Ahí radica el encanto del viejo cine, de las comedias antañonas. Que conservan ese grado de inocencia y verdad en cantidades suficientes como para mantener siempre a la Allasio en un status de criatura adorable: picaresca en su coquetería, conmovedora en su sentido del romanticismo, libre en su manera de desvestirse.

Ya en su primer gran papel, Le diciottenni, se encuentra la Allasio definitiva: una pollita en edad de salir del cascarón ( un internado de señoritas), vivaracha y soñadora, tendente a enamorarse de los maduritos (en este caso, un guapísimo profesor de química) y provocadora de enormes fregaos al debatirse su corazón entre las personas que la quieren ( sus amigas) y las que la rechazan (pero que ella adora).
En esta película sin importancia, que era velado remake de un viejo título de su mismo director Mario Bonnard con Alida Valli e Irasema Dilian de protagonistas (A las 9, lección de química. 1941), no se potenciaba lo suficiente el erotismo de la teenager (no se trataba de un ajuste de cuentas a la germana Muchachas de uniforme), pese a que tanto la Allasio como su íntima compañera Virna Lisi tenían el suficiente tirón como para alegrar a un personal masculino de tendencias pedófilas. Es más, en muchos aspectos no difería su tono infantil de otras películas con niña repelente al frente y que aún estarían por llegar ( Ha llegado un angel o Canción de juventud, por ejemplo). Con todo, Marisa ya insinuaba lo suyo.

Y pronto vendría su gran éxito. La película con la que se hizo realmente popular: Maruzella (1956. Luigi Capuano) partía de una canción de moda (el impacto social del primer microsurco) y su guión era de cancionero de revista juvenil femenina. En realidad era sólo eso, una fantasía pop destinada a las menores de la clase media, las que empezaban a convertirse en máximas consumidoras de subproductos perecederos. Sin embargo, la cinta se mantiene bien en su candorosa cursilería. Las canciones de Carosone están llenas de brío y Marisa empezaba a evidenciar que de las de su quinta era ya no sólo la más tetuda, sino también la más culona. Se trastornaba por el cincuentón de buen ver (Massimo Serato) dejando al músico feo -y con algo de tísico a lo Agustín Lara- llorando tonadas (Renato Carosone).
Con la serie Poveri ma belli, tan inquietante rompecorazones se salió de pantalla. El encanto de estas dos comedias de Risi (en realidad fueron tres, pero la última ya fue sin ella) sigue perenne. Una milagrosa combinación de factores a cual más genial, caso semejante al de la saga de Pane, amor e... (sólo que a mi me gusta más Poveri) se unieron para dar humor y erecciones a partes iguales en el marco incomparable de una Roma gritona y cuajada de vida. La Allasio era sastra y de ella se prendaban los hermosos Salvatori y Arena. En el juego del cortejo se producían continuamente situaciones divertidísimas. Y Risi midiendo tanto el gag como la exhibición de los físicos con pulso maestro.
Quizá fue tanto despliegue carnal lo que llevó al exquisito Mauro Bolognini a proponerle a la actriz el papel de Marisa la civetta (1957). Contaba con la participación en los diálogos de Pasolini y la incorporación de actores españoles a un reparto, por otro lado, italianísimo. Es una de mis películas preferidas de ella. Además fue la primera vez que se remojó vestida, una de sus debilidades (la regaba con rabia Renato Salvatori. Luego ella también le haría lo mismo, para que el regocijo visual fuese ecuánime). El despliegue de bellezas masculinas era inmejorable (no en vano, Bolognini y Pasolini entendían de ello) : asi figuraba Paco Rabal como guapo maduro, Salvatori como robusto popolano y Angel Aranda como efebo bastante hirsuto.
Y siguiendo con los entendidos se puso a las órdenes de Franco Zefirelli en lo que fue su debut como director, una comedia titulada Camping (1957) que imagino que el esteta querrá borrar de su curriculum con premura. Todos sabemos que Zefirelli puede ser grande en lo suyo (sea lo que sea lo suyo, llámese cursileria) pero que Dios no lo dotó para la comedia es público y notorio. Eso sí, con la Allasio de excursión al campo de la mano de su novio y un hermanito protector (el siempre bobalicón Nino Manfredi) ya había una excusa convincente para que saliera con un bañador a reventar de carnes y darse el chapuzón de rigor en el río.

De improviso la real moza se volvió recatada, santa y ciega en Las esclavas de Cartago (1957), un caso de insolite en su carrera que no se entiende a no ser por el supuesto de que la actriz empezase a pensar en un futuro de respetabilidad y que pronto confirmaría con su casamiento con un conde. Lo cierto es que en la película de marras ella era salvada de morir en la cruz por Jorge Mistral, con lo cual de nuevo veíamos que le privaban las sienes plateadas...¡y aún con la mirada perdida!.
El cine popular siguió llamando a su puerta y en Susana, pura nata (1957. Steno) retornó a su bendita costumbre de despelotarse a la mínima de cambio (era repartidora de tartas -más bien pastelera- y volvía tarumba a un taxista que no perdía comba desde el espejo retrovisor a sus cambios de vestuario). Finalizó su carrera con un poco más de lo mismo y otra rareza con sabor turístico. Dentro del primer apartado, con Carmela é una bambola (en donde practicó el exhibicionismo de ropa interior y camisón so pretexto de padecer sonambulismo) y Venecia, la luna y tu (junto a Sordi y su inseparable Manfredi) en una comedia a todo color con bellos exteriores venecianos (y con un brevísimo plano para un debutante Giuliano Gemma en calidad del gondolero Brando en una noche de verbena: quitaba el sentido, de verlo Jean Paul Gaultier inundaría de lágrimas la Serenísima). En el segundo apartado, figuraría su inclusión en el vehículo de Mario Lanza Las siete colinas de Roma (1958. Roy Rowland). Justificación elemental tanto para que el magnífico tenor interpretase a su manera bellos cantables con sabor a trattoria como para la inclusión de planos copiosos de la Ciudad eterna para no defraudar a quienes les gustó Creemos en el amor.
Tras esto y a punto de finalizar los años cincuenta, la Allasio anunció su retirada del mundo del cine para casarse con el Conde Calvi, con quien tuvo descendencia y, por descontado, un futuro financiero la mar de saneado. Con su desaparición de la pantalla se iba también la pionera del sexo juvenil made in Italy, la anti lolita del primer pick up.




KEVIN WILLIAMS

Recuerdo que la primera vez que ví a Kevin Williams fue en 1.989, en el insólito marco de una cabina en la única sex shop (todavía) que había en mi ciudad. Cabina llena de semen rancio por todas partes y acribillada en sus paredes lampareadas de mínusculos agujeros comunicantes. Los primeros tiempos de esta sex shop histórica nutrían sus apartados gays con videopacs legendarios de la productora FALCON (del mejor período, dicho por los entendidos, de esta modalidad de la pornografía entre hombres: finales de los setenta/primeros ochenta).
Kevin empezaba a despuntar como formidable pasivo en la era precondom, cuando los actores no se tapaban con gomas, cuando todavía no habían caído fulminados por la enfermedad americana por antonomasia.

Quedé fascinado por él, era un prototipo perfecto de lo que se dio en conocer dentro del slang del gremio como twink: o sea, un muchachito muy jóven, casi siempre rubio, sin ningún vello corporal, ideal para ser dominado dada su inferioridad física (la musculatura tenía que ser la justita, nunca exagerada) por grandes machos (o bears) para que el contraste diferencial diese los efectos buscados y, aún por encima, que tuviese en su cara toda la expresión dumb que también se les suele presuponer a tan angelicales adolescentes en edad legal. No confundir con el efebo. Para un norteamericano estos ni siquiera son los recomendables boy scouts (horror a las leyes anti pedofilia). Un twink es un surfista niñato y preferentemente rubio (que siempre dan más femeninos).
Recuerdo a Kevin en In your wildest dreams y aún me empalmo con la emoción. Es un sentimiento ambiguo, que mezcla el morbo pajeril con el encoñamiento amoroso. Era un pasivillo con cara de mamón. Siendo su trasero hipnótico, expresivísimo yo siempre me veía en un brete pues fue de los pocos actores que en un monótono primer plano de penetración lo que deseaba era que el director cambiase a su rostro de mejillas encendidas, de tez de colores rojizos debido a su excitación (cosas de los rubios naturales) y... por encima de lo anterior su manera maravillosa de sorber los mocos. Era el mocosete ideal que pese a su juventud radiante llevaba un trajín encima como para laurearle con el Bottom de honor.

Por descontado que ya de aquella me molestaba la fiebre gym en la que había entrado el género o su prenda top de fantasía que lo amariconaba bastante... pero, por fortuna, se la quitaba a tiempo para ser follado extraordinariamente bien por un macho a la antigua usanza de nombre Chad Douglas, bigotudo mítico que murió de lo de siempre pocos años después.
Kevin durante mucho tiempo fue mi obsesión de sex shop (cuando aún no tenía video reproductor en casa). Buscaba en los estantes pelis Falcon o Catalina donde apareciese el blondie dorado y obligaba al encargado a alterar sus programaciones estupidamente heteros (y digo lo de estupidamente en tanto que el ochenta por ciento de su clientela eran maricones con mucho dinero en el bolsillo para gastarle y a la vez buscando rollo en el interior de las cabinas) haciendole poner las de mi ídolo muerdealmohadas, claro. Porque para activo ya tenía a Stryker, mi otra obsesión primera.
El Apolo siempre me daba más por mis monedas de cien pesetas (pena que el contraste de donde estaba yo - cochiquera lamentable- y donde estaba él -siempre Melrose Place- fuese tan irreconciliable) : su ano ya era a esas alturas (1.990) una hermosísima casa de huespedes en donde hasta los objetos más insólitos decoraban su acogedor pasillo (mudanzas díldicas en su culo incluyeron enormes bolas chinas parecidas a las que encadenaron en tiempos a los hermanos Dalton, vibradores de caballo y... casi casi hasta columnas románicas).


En este último aspecto no estaría de más el recordar que la primera parte del clásico de William Higgins Hot Rod 2 fue censurada debido al controvertido follamiento al que fue sometido el rubito: aparte de todos los accesorios de tienda erótica antes citados que se probó se remató con una increible doble penetración que puso a los moralistas del porno (que también los hay) con los pelos de punta. En cambio yo aplaudí todas y cada una de las proezas de mi super heroe robinesco. Tamañas desnaturalizaciones dilatadoras sólo me asquearon en el último sketch (en donde ya no intervenía) de su Wildest dreams cuando una sesión de fistfucking entre VIH Bears adquiría una sensibilidad de quirófano, que entre eso y el grumo de semen que cubría parcialmente la pantalla de la cabina, el olor a ambientador chungo y el calor insoportable estuvieron a punto de provocarme una bajada de tensión bestial.


Williams desapareció de la industria videográfica a principios de los noventa. Se rumoreó que podría estar enfermo o haber muerto ya. El caso es que todo era mentira. Creo haber leído por algún lado que estuvo viviendo en Amnsterdam. Lo importante entre comillas es que a finales de los años noventa reaparecería en su casa de toda la vida (FALCON) con otro clásico -aunque menor- llamado Betrayed, la de la imponente portada. Ya no era un twink, se había convertido en una rata de gimnasio, su lozanía de antaño se sustituía por un tipo de belleza absurda y del montón en donde los contrastes físicos en cuanto a su partenaires carecían por completo de aquella original enjundia. Tom Chase se lo beneficiaba en una piscina soleada, de pura fantasía american way of life. Pero el espantoso Chase, hacia la mitad del número, quedó entre disminuido e invisibilizado al pasar el protagonismo al enorme intestino de mi ex heroe. El recibidor máximo de todo tipo de monstruosidades cerámicas.
Fullfilled (1.999) sencillamente fue un dolor (para mí, ya que él gozaría bien). Cinta mediocre y polvo más mediocre todavía para una estrella como Kevin Williams. Y ni siquiera él se salvaba. Ya no existía brillo, luminosidad en su imágen. Era una especie de freak anabolizado, de cara rarísima, no de este mundo... Una parafilia distinta y en la que me negué a entrar. Los años no pasan en balde. La degeneración del glamour convierte a sus criaturas en monstruos. Demasiado para un admirador apasionado que lo tuvo durante el final de la adolescencia en un altar.


Recomiendo pues las siguientes cintas:
* Hot rods 2: The young & the hung (1.986)
* The switch is on (1.985. Con Jeff Stryker. Peli BI: Williams come coños mientras lo enculan)
* Big guns (1.987. Sexo con el versátil Mike Hanson. Ambiente Dynasty. Hace de niño pijo, presto a los servicios de los masajistas de hotel con piscina)
* Stryker force (1.988. De nuevo con el semidios Stryker. Guerrillas absurdas en trópicos de plexiglás. Viste ropa militar de camuflaje)
* In your wildest dreams (1.988. Ya comentada)
* The best of Kevin Williams (1.989. Lo mejor para honrar al mejor twink que tuvo la productora CATALINA, en contrato al alimón con la Falcon. No confundirlo con su primo Chris Williams, fallecido en los tempranos noventa porque los cócteles son muy explosivos)




EL CHICO DE MAYO



PIERRE BUISSON (1963- 1987)

Este angel caído tendría que haber sido mejor el chico del mes del próximo noviembre, que es cuando se cumplirán los veinte años de su muerte. Pero como no sé muy bien que será de este blog para entonces, adelanto el aniversario de exequias y de paso me pego un gustazo reconfortante, recordando un mes florido al más florido de los garçons de Jean-Daniel Cadinot, uno de los directores más singulares que ha dado la pornografía visual del siglo pasado (en general, sin etiquetas tontas, sin compartimentos estancos: en cualquier caso él debería ser el ejemplo a seguir por tanta monotonía USA de pacotilla).


Habría que hacer un aparte en el tema de mis prejuicios contra lo gabacho. En mi adolescencia robé de los kioscos unas cuantas fotonovelas bisex originarias del país vecino. La cutrez de los escenarios, la fealdad simiesca de sus modelos, el estúpido reclamo sexual de la estética de gimnasio de importación me parecían lamentables. Se llamaban Golden Gay. Era éste un detective todo cuero (el stud Karl Forest: una especie de Joe Dallesandro a la francesa, o asi pareció entenderlo el director Phillippe Vallois al darle un papelito de lonesome cowboy en su setentera Johan mon eté 75) cuyas aventuras me llamaban la atención desde los estantes (a los catorce la testosterona te hace ser un tipo excesivamente curioso en estos asuntos). Vistas luego, sólo me gustaban por la transgresión bisexual, sus tramas rocambolescas en las que se incorporaban hasta sectas malignas de sodomíticas maneras y ciertos guiños a la cultura pop. Pero el trauma ya se había producido en este jóven lector pajillero (en aspectos de alta cultura, Francia ya me revolvía el estómago). Con la apertura de sex shops en mi ciudad, al pronto de cumplir la mayoría de edad para entrar en dichos antros me embebí de cuanto producto de luxe made in USA apareciese en las cabinas. Un ex, que trabajaba en uno de estos locales me había recomendado con fruicción las cintas del tal Cadinot, pero al ver que este tipo era francés (y yo de aquella abominaba de casi todo lo francés que me recordase a sus pedanterías) me negué en rotundo. Es, por lo tanto, un director al que me he enganchado muy tarde. Sigue haciendo películas y estas ya no son nada recomendables. En cambio, el repaso de sus clásicos de principios de los ochenta, tras haber superado servidor un par de sustos en forma de detalles pretenciosos, me han parecido una de las grandes revelaciones de los últimos dos años en mi faceta de consumidor de material X. Desde luego, una alternativa a la por otro lado excelente mercancía USA de ese mismo período (los primeros años del sistema videográfico).

Cadinot es un autor. Sin duda lo fue entre 1979 y 1986. De aquella estaba muy interesado en fundir el sexo explícito con ideas provinientes del estructuralismo y de las teorías posmodernas. Alguien lo definió como el Bresson de la pornografía. No entraría yo ahora en si es o no exagerada la definición.En cualquier caso, indicaría a las claras que se trata de un tipo con una concepción nada convencional del género. No es momento tampoco de honrar a este director del que estos últimos meses no paro de acaparar con gran regocijo todo el cine de ese período (maravilloso su debut en el cortometraje Tendres adolescents).


Sí lo es, en cambio, para rendir tributo (insuficiente, pero es que escasísimos son como suele ocurrir en estos casos, los detalles biográficos de los actores pornos) a Pierre, quizá su mayor hallazgo. A pesar de su predilección por los muchachos árabes o simplemente étnicos, el inolvidable protagonista de Aime... comme minet (1982) era un francesito cien por cien. Su look es connatural a los primeros años ochenta (yo diría que se da un aire con Eva Nasarre, puestos a desdramatizar). Era suave, era sensual, era femenino y a la vez estaba escandalosamente dotado. Nunca traspasó la delicada raya del afeminamiento, en cambio. Y si bien tiendo a quedarme con sus partenaires, que lo trataban siempre de forma brutal (por exigencias del guión, querencias del director por el rape) en modo alguno dejo de apreciar la extraordinaria presencia de aquel en su gran filme. Tres sketches en los que siempre aparece como la estrella pasiva. Y en montaje paralelo, una sesión de fotos donde posa en un sofá.


El sonido es fundamental, como en el cine de Bresson: los clicks persistentes de la cámara de fotos, la música feliz de algún epígono de Alain Chamfort, la obsesiva voz en off del propio Buisson relatando sus previas experiencias sexuales... y luego los tres clips: el primero, es una violación espléndida a la que le someten dos compañeros de cocina.


Si bien tal hecho pierde parte de potencial transgresor en tanto que delito, al presentarnos a Pierre excesivamente coqueto como pidiendo a gritos que sus pantaloncitos de puta sean inmediatamente desgarrados por los pinches, la eficacia con la que está todo filmado sin caer jamás en lo sórdido, la persuasiva interpretación de los tres (en donde hay una víctima, un verdugo y un mirón a cual más irresistibles) y el machacón empleo del score consiguen su propósito: la edificación del morbo en nombre de lo anómalo.


El segundo clip parece una estampa que vacila en estética entre el realismo poético y el impresionismo del XIX (todo aquello en lo que profundizaría en su encantadora Gamins de Paris), en la que cabría una tonada de Kosma, de hecho creo que se oye un acordeón. Dos muchachitos que son veinteañeros pero que quieren aparentar menoría se apresuran en la calle para llegar a la casa de uno de ellos. Tienen ansias de follar. Uno es Pierre, el otro el increiblemente protéico Luigi di Como. El edificio es de corte antiguo, de amplios pasillos con escaleras que se curvan, puertas enormes, se intuye gran vecindario. Es en las escaleras donde desarrollan el acto. Estas sirven para agarrarse, probar equilibrios, y en sus curvas arquitectónicas Cadinot experimenta angulares... nunca perdiendo de vista los físicos hermosos de ambos: la blancura de Buisson frente a la morenez gitana del demasiado chaperil Di Como. El sonido de fondo de nuevo se vuelve omnipresente: griterio de niños y de matronas que aportan esa emoción del poder ser descubiertos en cualquier momento. En cambio, al escuchar tanto tumulto yo no pienso en eso, yo pienso en Pagnol. El tercer clip es más convencional, menos interesante. Buisson prueba las delicias del ser activo. Todo en un principio parecía indicar lo contrario. Además el ambiente es feo, un poco alcantarillesco.


Es su gran clásico. Sorprende ahora que el director, al que se le vió tan entregado con el jóven (parecía un poema de amor), no le hiciese nuevos homenajes tan preclaros a posteriori. Pierre se limitó a engrosar la cada vez más extensa cuadrilla de garçons durante un breve período y que comprendería dos películas más: Charmants cousins (1983) y la obra maestra Les minets sauvages (1984). En la primera, tan sólo brilló Buisson un poco en aquel balancín improvisado en un granero. Sin embargo, en la segunda se perdió en el barullo de intereses lividinosos de los chicos malos del correccional, donde se hallaba sino despersonalizado si por lo menos reprendido por un Cadinot que parecía beber ya los vientos por el nuevo descubrimiento Didier Hamel (y sí, al que también le preparó una hermosa presentación a guisa de rape brutal. De lo mejorcito que filmó nunca).


El impacto Buisson por tanto fue demasiado breve. Pero dejó nostálgicos por doquier. Es un actor de culto, cuyas repercusiones míticas se revalorizarían a partir de su trágica muerte de sobredosis (era heroinómano) en 1987 a los veinticuatro años. Quedan imágenes imperecederas de su rostro (esos labios tan bien perfilados, tan bardotianos), ese trasero mayestático de ojo espectacular, trasero ideal para los juegos lentos, dilatados en el tiempo, tan caros al cámara y que más de un aficionado sabremos valorar y, desde luego, agradecer por siempre.





ALBUM DE CROMOS JAMONCITAS FIFTIES

Cromo nº 16: TUESDAY WELD (1943- )


Las andanzas infantiles de esta rubita preciosa fueron de las más especiales que ha dado Hollywood. Su carrera no incluye títulos sobresalientes aparte de esa etapa de madurez que dejaría a todos los espectadores boquiabiertos (sobre todo, su Carol de Erase una vez en America). La mala suerte, el poco olfato para aceptar buenos papeles (o papeles de éxito), la preminencia de su vida familiar a su carrera motivaron el que Tuesday Weld nunca fuese una gran estrella. Y, sin embargo, con el tiempo una legión de admiradores jóvenes le rinden culto, en lo que sería una sublimación mitificadora de los aspectos más personales de la actriz. Fue niña prodigio, pero como ni cantaba ni actuaba se limitó a posar como modelo infantil. A los tres años de edad mantenía a su familia, rota por la muerte repentina del patriarca. A los ocho aquejada de crisis nerviosas por exceso de trabajo tuvo que someterse a una cura de reposo. A los diez empezó a beber. Un año más tarde ya flirteaba con hombres mayores. A los doce se intentó suicidar... Todos estos eventos extraordinarios bastarían para encumbrar a una estrella del rock. Sólo que en su caso, la precocidad le añadiría más morbo si cabe. Casi volvía una hedonista a Judy Garland (sin tener el talento de ésta, claro). Cuando entró en la maquinaria neurótica de la fábrica de los sueños lo hizo para ser una adolescente de moda, una pollita del rock'n'roll. Estaba por ver si su fama (con leyenda o sin ella detrás) poseía la misma dudosa consistencia de aquel baile enloquecido.
Desde la revista SISSI se la presentaba hermosísima y desequilibrada en su etapa previa al cine. Mucho se temieron las lectoras de la revistilla que el nuevo medio poco haría por que se asentara. Cuando la pusieron al lado de sus equivalentes masculinos en belleza (Rickie Nelson, James Darren, Doug McClure, Warren Berlinger, Fabian, Dwayne Hickman...) se ganó buena fama de devoradora de yogurines, de sex kitten (así se llamaba por cierto una película que rodó en 1960, Sex kittens go to college). Era una ninfómana teen. Cosa que me parece muy bien, fuera lo que fuera una muchacha así. A saber como serían estas mozas en los años cincuenta (según la opinión pública) comparándolas con las lobas del siglo 21. A lo mejor quedaban en nada.
A sus fans les pareció maravillosa. Y en verdad lo era. Tenía un permanente halo virginal y puro que por otro lado era contradecido no bien se aireaban sus ligues del saturday night. Eso la hacía más atractiva. En el fondo, seguía a rajatabla las normas salvajes del rock, eso que tanto oía. Pero sus líos de alcoba adornada con teddy bears a escala natural no fue su handicap. El verdadero problema es que la chica no atinaba a la hora de escoger trabajos. Su primer gran error profesional fue el haber rechazado interpretar la Lolita de Stanley Kubrick. A años vista, sabemos que hubiera estado inapropiada. Más que nada porque casi era una veinteañera (ya Sue Lyon daba mayor para el papel teniendo menos edad...). En cambio le hubiera reportado una enorme popularidad y dinero. Vistas las pocas posibilidades que se le presentaban en pantalla grande se especializó en la pequeña, saliendo en cortos papeles en innumerables series de principios de los sesenta. En 1.965 casó con Claude Harz de quien al poco tendría su primer hijo. Y de nuevo dijo que no a una gran oportunidad para levantar su carrera como era la de ser la outlaw Bonnie Parker en el Bonnie and Clyde de Arthur Penn (1967). Ella alegó que estaba de lleno en el cuidado de su bebé. Y aquella Bonnie encumbró finalmente a una novata Faye Dunaway, como bien explican los libros de historia del cine.
En 1.968 Roman Polanski pensó seriamente en la rubia para el papel protagonista de Rosemary's baby. La veía ideal. En cambio los productores no la encontraban con el suficiente tirón popular para arrastrar masas en la taquilla, eligiendo finalmente a la Farrow (muy querida por el público gracias a Peyton Place) que, huelga decir, fue una Rosemary perfecta, otra sería impensable. La Weld tuvo que conformarse ese año con secundar al gran Tony Perkins, en iguales horas bajas, en un thriller psicológico modesto pero muy competente titulado Pretty Poison. El chico como siempre era débil mental y ella que parecía cándida no lo era: era una maligna manipuladora de emociones ajenas que lo arrastraban a cometer crímenes por doquier. La sombra de Psicosis planeaba durante el metraje así que no resultó nada aburrida la película. De alguna manera ambos intérpretes estaban sujetos a un pasado de anomalías que los hacían embaucadores, hubo cierta química entre ambos y repetirían juntos en la década siguiente en otro filme de psiquismos extremos en sanatorios para enfermos mentales en Play it as it lays (1972) pero la peli ya no la vió nadie. Pese a esto último la Weld recibió por su rol un Globo de Oro.
Tuesday por entonces ya se había divorciado y estaba a punto de volverse a casar, en esta ocasión con el aberrante cómico inglés Dudley Moore (sólo para estómagos fuertes) con quien tendría un nuevo hijo. Cometió otro error al rechazar uno de los papeles femeninos en la comedia sexual Bob & Carol & Ted & Alice (1969) que fue una película histórica para el nuevo Hollywood por el desparpajo con el que se abordaron temas como el intercambio de parejas y el amor libre. Ahí sí que hubiera estado muy apropiada. Y de repente su salida de tono al negarse en redondo a ser Lady Macbeth para la adaptación de Polanski de la tragedia de Shakespeare dejó a sus incondicionales de piedra (¡sólo porque no quería salir desnuda bajo la excusa de un paseíto sonambúlico de la arpía por su macabro castillo!). Se había de repente vuelto recatada y pudorosa. El papel lo heredó la estupenda pero desconocida Francesca Annis. Con todo el filme buscaba más el prestigio europeo que el gran espectáculo yanqui, a pesar de que fuese producida por la revista Playboy. El resultado fue muy diferente a anteriores aproximaciones al clásico (mismamente la de Welles, a la que Polanski decía detestar).
No será hasta 1977 cuando la Weld atine de una manera definitiva aceptando hacer de hermana de Diane Keaton en la extraordinaria Buscando al señor Goodbar, de Richard Brooks. Filme complejo al que estupidamente las feministas tacharon de misógino, es sobre todo un retrato certero y profundo de una personalidad femenina poseída por complejos educacionales. Maravillosamente interpretada por la Keaton y que aquí casi nos hace olvidar a Tuesday, pese a que también esté muy bien. La madurez de Brooks es proverbial. Gracias a que esta coincidió en una década tan permisiva para la sexualidad como fueron los años setenta pudo abordar temas otrora impensables.Y tanto este Goodbar como poco después Ricas y famosas de Cukor (con sus diferencias más o menos pronunciadas a cuestas) me parecen dos de los testamentos más impactantes de grandes directores que rubrican no sólo sus carreras sino una década de buen cine (entendido desde el concepto más clásico del término, pues ambos son filmes a la antigua usanza, pese a su superficie para adultos).
Y por el gran fresco leoniano Erase una vez en America (1984) pasó la actriz en su espléndida madurez. Era Carol, la niña rica, coqueta, bailarina fina que enamora perdidamente al niño De Niro antes de ser enchironado y salir casi treinteañero para volver a encontrarla en circunstancias adversas. La megalomanía del genial director italiano le permitió realizar hallazgos narrativos, independientemente de que su historia careciese de enorme interés, siendo más importante la reflexión sobre el tiempo que transcurre inexorable por unos personajes de vuelta de todo. Nada que se le pareciese en garra y brío a la mamarrachada habitual del Joel Schumacher, director irritante donde los haya, en Falling down que aquí se tituló Un día de furia (1993). Sólo de pensar en el director y que la protagonizaba Michael Douglas, experto en productos prefabricados de temporada, acertaríamos en dar con sus plúmbeos resultados. En cualquier caso, la America planteada, con o sin la Weld, no me interesaba en absoluto, prefiero la de Leone, o cuanto menos la que salía en Taxi driver (al parecer la de Schumacher era una variante del filme de Scorsese).
Los enamorados de la actriz todavía confiamos en que un director con verdadera sensibilidad nos la rescate un buen día, otoñal o como sea y le ofrezca un nuevo papel a su altura que reafirme su poderío de gran actriz que siempre fue (y esperando que no se obstine en dar nones llegado el caso, esa es otra).



DIRIGIDO POR... FA: Louis Delluc y FIEVRE (1921)

LAS PRIMERAS PUTILLAS DE VANGUARDIA

Entre el Surabaya Johnny de Bertold Brecht / Kurt Weill y el Tatuaje de Rafael de León siem
pre han habido más analogías que diferencias. Al menos sustanciales. Ya sé que mientras la primera iba destinada al halago de las minorias selectas europeas, la segunda encarnaría la inmortalidad de la copla española. De acuerdo, pero el tema sería el mismo: la puta portuaria de taberna que espera al marinero que al fin llega y en donde el destino trágico (típico de la heroina negativa) ofrecía el desenlace correspondiente al que parecen ir abocadas siempre las gentes de la malavida. Además ambos textos eran magníficos. Louis Delluc, buen escritor y afecto desde la teoría (más que en la práctica) a la sencillez y lo anti artificial conseguiría con esta Fievre, acercarse a la esencia de ambas tonadas. Era como ponerle imágenes a un hipotético clip en donde la spagnolade (siendo como era un francés muy francés) en cambio no tendría jamás cabida. Ni siquiera en su anterior guión para su compañera Germaine Dulac, La fiesta española (1919), había caído en el falso pintoresquismo de una pasión cargada de manolas salerosas y facas a la luz de la lunita lunera. Y es que Delluc era un estudioso del cine norteamericano y nórdico. Por un lado, del primero aprendería lo que suponía la fuerza de las imágenes en movimiento, la validez decisiva del montaje para hacer progresar la acción, el ritmo siempre adecuado para mantener en vilo al espectador. De los nórdicos, era lógico que se prendase de las posibilidades que aquellos desarrollaban con la iluminación y las audacias técnicas (las sobreimpresiones, básicamente). Por lo tanto Delluc, puestos en su altar privado -con la misma importancia y categoria- De Mille y Sjöstrom, se convirtió a mediados de los años diez en el adalid de un grupúsculo de autores que se dieron en denominar los impresionistas (tambien conocidos como "la primera vanguardia" para que no se indujera a confusiones con respecto a los impresionistas pictóricos del siglo anterior). En cambio, lo de impresionistas sería una etiqueta que les venía más que adecuada. Pues sus integrantes (que eran cinco: Gemaine Dulac, Jean Epstein, Marcel L'Herbier, Abel Gance y él) optaron por un estilo etéreo, nada explícito, destinado a sugestionar, a "impresionar" al espectador. Siendo muy diferentes entre sí, mantuvieron esa audacia de rehusar una lectura convencional de la historia, la cual era despojada de todo artificio, procurando lo más diafanamente posible que esta se entendiese por si misma, sin añadidos ni falsas dramaturgias. Partían pues de la forma para llegar al fondo. Las obras que dejaron para la posterioridad no serían obras maestras pero al menos servirían para restituirle a la palabra "vanguardia" su más honesta significación: esto es, algo que sirve para hacer avanzar un arte, no un ejercicio narcisista con el único fin de acojonar.

Louis fue el teórico
, decíamos. El pionero, además, de la crítica cinematográfica (por encima del seminal Ricciotto Canudo), el fundador, decano de los Cineclubs. Por desgracia, su poderío creativo pronto se derrumbó a consecuencia de su muerte de tuberculosis a los 34 años. Es pues, un caso de obra fílmica breve y, a vuela pluma, no tan importante en comparación con la de sus otros colegas de grupo. Pero, al menos, dos de sus títulos si que estarían considerados como pilares fundamentales del movimiento. Uno fue La mujer de ninguna parte (1922) y otro este Fievre.
En ambas trabajó c
on su esposa, la actriz teatral Eve Francis, tratada siempre en calidad de diosa (su poder de fascinación era muy grande, algo de lo que no estaban exentas pocas mujeres de su generación, desde luego). Si bien en un filme anterior a los acabados de citar, El silencio (1920), película perdida del francés, había utilizado como recurso preminente elementos de escritura interior, un poco a la manera literaria (tal como venían haciendo un Proust o un Joyce), en Fievre buscó más referencias en el mundo del cine, concretamente en el nórdico. Su película es menos importante a nivel argumental como a nivel de sugestión. Ya hemos hablado de que la acción recrea ese ambiente de tasca de puerto con sus golfas y sus marineros. Lo que prima es mediante el montaje dotar en el espectador una sensación de pesimismo y de angustia que, por otro lado, no carecería de implicaciones teóricas ajenas al medio (así, en el espíritu de desesperanza de la literatura fin de siecle y en la eclosión médica del psicoanálisis). Durante media hora de metraje los estímulos a los que nos somete Delluc reincidirían en la intensidad de miradas (de deseo, de nostalgia, de odio, de muerte) y movimientos (el baile, la gresca, la mímica). El exotismo aparece en la persona de la china que se trae del barco el marinero Militis y que causa los celos de Eve Francis (Sarah), a su vez liada con el camarero Topinelli (el actor Gaston Modot, visto en esta época en algunos filmes de Abel Gance y Luis Buñuel), al que le llena de ira la llegada del viejo amor de su chica. Esto último provocará el altercado final, después de haberse bebido en exceso. El final trágico es muy interesante por cuanto las sensaciones provocadas se agudizan en el cerebro del espectador ante una serie de imágenes en realidad espléndidas: la flor como símbolo de pureza a la que se aferra la muchacha oriental, el dolor que ella misma nos transmite mediante su postura reclinatoria (pero sin llegar a acuclillarse en el suelo), la teatralidad justa y necesaria de la Francis que abraza el cadáver del marino. Es decir, momentos donde el montaje se revela desnudo de toda técnica, digamos, supletoria (mismamente en el arranque del filme las constantes yuxtaposiciones del interior del antro con las tomas del barco que arriba al puerto acababan delatando cierta monotonía).
Repito que la corta labor autoral de este cineasta no debería ensombrecer sus verdaderos logros en el campo de la
teórica cinematográfica (su estudio de la "fotogenia", por ejemplo) y, por descontado, su herencia artística que fue muy grande pues sería retomada (y perfeccionada) por sus compañeros de generación (entre otros seguidores) con mayor tiempo y riesgo.




MI NOCHE CON... TRACI

Traci Elizabeth Lords
Es un hecho constatable que el encanto infinito de esta muchacha que un día creció y se volvió mayor de edad, se esfumó hace muchos años. Basta con darse uno una vuelta por su página web o encontrarla en cinevideojuegos tipo Blade para percatarse de que la increible lolita del 85 se ha transformado en una espantosa madame de burdel internautico o en su defecto, en la presidentessa de una agencia de modelos de lujo (que para efectos es lo mismo). La historia de Traci es la misma que la de cientos de suripantas que en el porno han sido: la de la trepa inteligente que usa la plataforma del porno para dar el salto al cine comercial. Salvo en un detalle bien sabroso: haber forjado la leyenda de haber hecho porno siendo menor de edad. Esa ilegalidad es la que la convierte en figura de culto, pero es que además, es que era magnética, sobre todo gracias a que tenía sus quince añitos cuando hizo lo que hizo. Una lolita en agraz vence por puntos a cualquier zorrón maleado al uso. Volver a ver su producción (prohibida en Estados Unidos, menos su última película, Tracy I love you, pues ya había cumplido la mayoría, y de la cual tiene ella los plenos derechos) es reencontrarse con un material que sólo por ella ya es exquisito, bocatta di cardinale del que la terrible moda eighties pudo haber terminado anulando. Pero ella sigue imbatible ante las tropelías bárbaras de unos peinados espantosos, de unas sudaderas, calentadores y modelitos gym horribles, de una lencería bochornosa. Su carita es imbatible. Es, repito, el poder de la adolescencia del que jamás podrían vanagloriarse sus compañeras Annette Haven, Christy Canyon, ni tan siquiera la maravillosa Ginger Lynn. Es el morbo de la prohibición, rigurosamente cierto en su caso. Y aunque al pasar el asunto a los tribunales, las productoras condenadas que le dieron trabajo se justificaron alegando que ella los había engañado presentando documentación falsa, está bien claro que eran plenamente conscientes de su minoría edad. De que ese atajo de pervertidos (de los cuales me solidarizo) se ponían cachondos al máximo cuando veían a la colegiala entrar en los estudios con sus libretas de la high school para abandonar las piruletas de fresa y ponerse con otro tipo de chupetes gainsbourgianos. Y ahora que ha aparecido el viejo Sergio, sería conveniente resaltar que la belleza de Traci trascendería la barrera all-american para acercarse a un tipo de lolita afrancesada, con esencias tanto de una Jane Birkin o Adjani como de una temprana Bisset. De cualquier forma, pasó con sobresaliente la tortura de un vestuario y aderezos imposibles. Queda para los restos su espontaneidad, su vocecilla de gatita arrulladora y su maliciosa mirada. Y, por descontado, su cuerpo que iba creciendo cada mes algo más. Este último detalle es un capricho para el heterosexual más refinado (que no es mi caso, pero tonto no soy. Ahora encuentra tú a un hétero que venere a Gary Wilde. El más sutil dirá: ese es un tío. El más diplomático dirá: Es que a mí el porno no es lo que más me interesa. Vamos, que no hay). Nadie en su sano juicio (de la inclinación sexual que fuese) debería pasar por alto a este mito de los años ochenta, cuya carrera pornográfica duró nada más que dos años y medio, para luego pasar a la standarización más inconcreta (aunque prevalecen los títulos de serie B de terror, también hay super taquillazos tan efímeros como un fuego de artificio, innumerables series de televisión y papeles secundarios para emocionados admiradores, como Corman o John Waters).
Lo que más nos interesa es su etapa 1984-85. Justo cuando solía esconder en la mochila de colegiala el carnet de identidad.

Mi mini ciclo de la niña prodigio

*What gets me hot? (1.984)
De las primeras (sino la primera) apariciones de la muchachita de Ohio. El comienzo es la risa: duo lésbico con sobreimpresiones de un espacio exterior como de la serie Galáctica. También recuerda, en su desfase, a cualquier videoclip de La Bola de cristal sólo que para adultos y con música tipo Phil Collins. Esta cabecera impresionante en realidad se trata de un sueño de Traci, sueño bastante intranquilo pues no para de moverse revolviendo las sábanas y babando almohada. La niña de labios pintados está soñando con la vía lactea. Al despertar se va al baño y se pega una ducha, pero es observada por un maromo, no sabemos por qué, porque aquello no degenera en nada. Pero la ducha está perfecta porque descubrimos sus hermosos pechos y sus pezones de galleta María. En realidad el argumento, casi inexistente, presenta las dudas constantes que sufre Traci en torno al delicado tema de su orientación sexual.
En cuanto a los chicos del lote, ya se empiezan a definir en el porno yanki los futuros modelos físicos que imperarán per secula seculorum: o sea, prototipos de gimnasio que enmascaran a una caterva de tíos gays que follan con las pavas por pelas. El resto de las tías lucen imágenes desfasadas, con preeminencia de la rubia de peluqueria con greñas a lo Morgan Fairchild.
La gran secuencia de la película la protagoniza Traci, de nuevo solita en la cama, recordando el polvazo doble que le echó el novio en el jardín: tras la primera corrida, se la vuelve a meter en la cueva y al poco la saca para de nuevo eyacular. Este montaje paralelo de la chica tocándose gracias a sus pensamientos y el coito está tan mal montado que es una pena.

*The G Spot
(1984)
Pues sí. Estaba de moda aquello del punto G. Y he aquí una buena excusa para que la parejita ideal Ginger Lynn-Harry Reems lleven a cabo uno de sus números preferidos nada más comenzar la cinta: el sexo debajo del agua, vía piscina. El ambiente marítimo cubre el total de los exteriores de esta mediocridad que sólo es destacable por el trío que se marcan Traci y Harry Reems (porno actor legendario, de la vieja escudería) con otro gachó más delgadito y puro Falcon en el camarote de un barquito velero. Momento impactante: los golpes de polla sobre el ojete de la niña (sus sensaciones de ese instante las conozco a la perfección y no me extraña que grite como lo hace).

* Tracy's dilemma (1984)
Se supone que es un corto. Sea lo que sea, es de mis favoritos. Parece que hasta cuenta una historia. Evidentemente no muy complicada pero que siempre es resultona en su pequeña trascendencia. El dilema de Traci es el de tantas jovencitas de su edad: perder o no la virginidad con ese novio tan impetuoso, que le mete tanta prisa. Ella en principio lo rechaza. Están en el banco de un parque nocturno y el tío se pone muy pesadito. Traci lo planta. Luego al llegar a casa demuestra haber quedado bastante caliente pues osa con toda la naturalidad del mundo en vigilar el polvo que están echando sus padres. Tambien se toquetea. Por la mañana, hay una escena increible, que es la Lords con un picardías tan horrendo como mínimo desayunando en familia (la mirada que le echa papi al levantarse la nena de la mesa es graciosísimo). El dilema le dura poco. Esa misma tarde se trae al novio a casa y echan un soberano casquete en su cuarto.

* Traci Lords in heaven (1985)
Especie de burda copia del mítico Devil in Miss Jones con reminiscencias plásticas incluso del cine de los Mitchell Brothers. Demasiado para un director mediocre pero, pese a los tontos resultados, aún resulta interesante visionar esta cinta aunque sólo sea para ver a Traci interpretándose a si misma y visitando el mismisimo cielo. La ambientación celestial consiste en un decorado neutro lleno de humo y cámaras en flou: o sea, que casi no se ve nada. Traci conversa con un señor con barbas y túnica blanca, que como no es San Pedro (porque San Pedro en el cine nunca fue como es este señor), pues quien tiene que ser es el propio Jesús de Nazareth. Entre tanta nubareda parecen estar en realidad en una sauna de fornicio. Empiezan a follar. Cuesta pillar genitales. Lo que está bien claro es que la jovenzuela lleva un lacito malva en el cabello literalmente espantoso. Al acabar, el cabrón de Cristo le espeta que está muerta. Pero que le va a conceder el don de poder regresar a la vida justo seis años antes de aquel cruel destino. Asi la vemos de nuevo en la Tierra, haciendo vida de puta: gritando como una perra en los duetos bollos, susurrando cositas de su ass hole cuando la sodomizan, que enternecen (por lo menos a mí), perdiéndose en el tumulto de las gang bangs de chalet...
La escena tremenda viene momentos antes de su muerte (que se supone que se produce por un paro cardíaco motivado por un exceso de furor sexual, yo creo que le estalla una venita de su linda sien). Encima de la cama se masturba gritando como la niña del exorcista (pero en guapa). Se intercalan sobreimpresiones Mitchell de llamaradas que deben evocar al infierno y ella, de colorines ketchup, sin dejar su vagina un minuto en paz. Sufre el colapso. En el cielo queda bien.

*Holly does Hollywood (1985)
Supuso esta cinta el lanzamiento de la horrenda, pero muy tetuda Christy Canyon. La acción se desarrolla en el ambiente de la fotografía de moda. Christy y Traci tienen una sesión de fotos vestidas con ropa de aerobic y al acabar se dan una duchita con rollito torti por medio. Pronto aparecerán los seudo machos que entran en el baño y terminan chuscándolas a ambas. Hay orgía y poco más. Un porno del montón.

*Physical 2 (1985)
Sin pies ni cabeza. Con un montaje loco y chapuzero. De haberse filmado con un mínimo estilo, podría haberse tratado de una parodia de programa de televisión relacionado con el sexo explícito. La presentación corre a cargo de Traci que patina en el look de zorrón (lo de presentar sin bragas es un tópico, que...vaaale, es efectivo). También folla en directo mientras da paso a otros videos. Al final, hay unas sobreimpresiones muy de época con la multiplicación de todas las parejas vistas con anterioridad, en lo que es un montaje muy burdo pero que al espectador cinéfilo le hace gracia al recordarle una secuencia parecida (de opuestas intenciones, claro está) dentro del filme de Antonioni Zabriskie Point.

* One hot night of passion (1985)
A Traci la ve un tipo por la calle y la sigue. Averigua donde vive pero nada más. Ya tiene suficiente para la paja mental/física que se va a hacer esa noche en la cama. Se imagina que entra a esas horas en las que todo el mundo duerme en su habitación, separa las sábanas y contempla su cuerpo de diosa pagana (el coñito aquí ya lo airea semi depilado, como adelantándose a la moda 90's). Este señor es sin duda un soñador empedernido, pero es lógico que haya colocado a Traci en el terreno onírico pues es la gran obsesión de todo norteamericano de la era Reagan. De nuevo, la ve en una tumbona de playa masturbándose frente a él. Ella se levanta y se le arrodilla para comerle la tocha (lo que quereis todos). Pues nada, para que el espectador no sólo se identifique con este gachó sino que acabe con un buen gustirrinín, el sueño se convierte en realidad: Traci acude al domicilio del menda con unos pantaloncitos de puta, rojo chillón, estupendos y ocurre lo inevitable.
A destacar que sale ¡Ron Jeremy! en un partido de strip tenis. Ron Jeremy es la hostia, otro de los grandes de la vieja escuela.

* Aroused (1985)
Porno lujo con guiños muy evidentes al previo éxito de Hollywood Risky Business. Empieza la cinta con Traci y un fulano en un Mercedes que es casi limousine. Pronto averiguaremos que ella tiene un trabajo muy importante en un gran holding. Es medio secretaria, medio puta. Bueno, es más puta que cualquier otra cosa, porque como mecanógrafa le vemos muy pocas pulsaciones. La dejan en una gran mansión y dos tiparracas la engalanan con un precioso arreo de cuero para perras que le colocan en el cuello. Luego las tres se esposan y lo que bien pudiera haber sido un grato número de sadomasoquismo light se reduce a la mamada a tres bocas de la polla de un niñato que ni se quita las gafas negras, en clara alusión al Tom Cruise de la peli antes citada.
Aquí la música si cabe es más ochentas que en las anteriores (onda Porkys o las bobadas juveniles de John Hughes) y Traci demuestra estar perfectamente adorable con su oficio de secretaria, con sus gafitas de mentira bajadas hasta la punta de la nariz y sus uñitas pintadas aporreando la Olivetti.

Esta es una mínima parte de la ingente filmografía pornográfica de este mito del siglo XX. Recordarla eternamente adolescente es de los placeres más hermosos que tiene el erotómano de ley. Y sin embargo, aquella dulce guarrilla escondía un pasado turbulento y doloroso. Violada por su padre de niña, huyendo del seno familiar a los catorce años con un fotógrafo cuarentón que la introduce en los mafiosos terrenos del modeleo y derivados... Y luego sus casi cien pelis para adultos que fueron un escándalo pero que aun cogieron una buena época de permisividad dentro de la propia industria del porno. La permisividad de la era precondom, cuando aún se introducían temas como el incesto o los ambientes estudiantiles en sus esqueléticas tramas. No importa que la muchacha sobreactuara o gritase de más. Su público la adoraba por ello. Tampoco que fuera ella misma la que habría avisado a la policia para delatar a sus jefes y asi quedarse con el monopolio de su popularidad. Lo único que me molesta de este icono es que por ese lavado de imágen he visto imposible el poder meter una sóla fotografía en este post de Traci con el conejito al aire. Y eso, para alguien que la adoró, es un dolor.





Mi noche con Betty Boop

Betty Boop fue una sexy muñeca insólita en la historia de los cartoons. Incorporó un prototipo que sólo tenía parangón en el mundo del cine, y por descontado de la literatura: la jóven emancipada y actual, capaz de pilotar coches y hasta aviones, de abrirse en un mundo de hombres, con las únicas armas del voluntarismo y la frivolidad. El personaje iría evolucionando con los años, obligado por los tijeretazos castradores del vomítivo Hays y desde luego lo hizo a peor. Pero hay que decir, en favor de la gran Betty que ella siempre fue un constante vaivén de rostros y de manifestaciones antropomórficas que la hacen un buen camaleón estilo decó. Fue la Joan Crawford del mundo animado.
Nació perrita, novia de Bimbo y dado el éxito que tuvo se transformó en lo que una generación de norteamericanos conocieron: una stalette con restos de flapperismo pero totalmente incorporada a los aires de la post depresión norteamericana. Conservaba intactas las cualidades físicas de los años locos, su manera de vestir, sus ademanes coquetos, su estilo de pintarse y de peinarse pero en consonancia con el nuevo status rooseveltiano la empezamos a ver aburguesada y conservadora ( más rolliza) según avanzó la serie. Su carita se ensanchó hasta extremos de hinchazón ( ¿tomaría cortisona?) mientras sus piernecitas eran las mismas patas de codorniz que nos bailaban incansables el hula hula. En cualquier caso, fue una chica moldeable a la imaginación de sus creadores: los hermanos Flescher, pioneros en el arte de la animación y de la sincronía de imágenes y sonido. A este respecto son admirables, siempre teniendo en cuenta una época no tan sofisticada en cuestiones tecnológicas, las virguerías de estos señores a la hora de mezclar imágen real con dibujo animado en muchos episodios de la serie. En la maravillosa Rise to fame (34) Betty está más juguetona que nunca trastornando a los propios dibujantes a los que termina arrojando al rostro el contenido de un tintero.
La aparición de Betty y sus amiguitos a lo mejor partía del título de una canción de moda. Se invitaba a los intérpretes en carne y hueso para cantar hasta que se interrumpia momentaneamente para pasar a las aventuras de la mocita, que con toda naturalidad seguiría con esa u otras melodias siempre alegres. Es curioso pero el procedimiento por el que se buscaba la popularización de las tonadas consistía en un rudimentario proceso de seguimiento de los textos de sus letras sincronizados con la propia canción, adelantándose en este sentido al karaoke japonés. Si, si. Betty Boop inventó el karaoke. Los compositores eran espléndidos: un castrense Berlin aportando una melodía de barracón, Porter regalando una arrullante pieza de amor... Esos intermedios musicales son cien mil veces más soportables que los de los hermanos Marx por la misma época (por más que a Jonathan Ritchman le ponga lírico el pesado de Harpo tocando el harpa).
Las estrellas eran de primer orden: una Ethel Merman, un Rudy Vallee, algún duo minstrel, Cab Calloway o el propio Louis Armstrong, que yo no sé cómo se atrevió pues había una tremenda rémora de racismo en el episodio en el que colaboró ( quizá su sentido de la autoparodia le impulsó a hacer lo que hizo). Porque claro, el punto chunguito de la serie era el racismo que de vez en cuando afloraba. Si, Betty Boop era racista. Ve el genial Out of the inkell (38) y me cuentas: la Boop aprende las técnicas del hipnotismo y entre otras cosas casi consigue transformar a un criado negro en blanco.
Sin embargo como madrina no tiene precio. Fue en un episodio de la serie donde apareció por primera vez Popeye, el marino. Se hizo tan popular que se independizó creando su serie propia. Verlos a los dos juntos fue delicioso. Ni que decir tiene que Olivia salió perdiendo en el combate de féminas: no había nadie que pudiera vencer a una Betty Boop en plena danza del hula hula.
Y es que la chica era una artista del music hall. Su estilo boop-a-doop ( luego recuperado por la Monroe en "Con Faldas y a lo loco") era nueva herencia de los años veinte. La cantante que prestaba la voz al dibujo era la estupenda Helen Kane, que se especializó en este tipo de interpretaciones de timbre agudo y cosquilleante.
El pizpiretismo, el sentido camp en su máxima expresión lo alcanza Betty en episodios como A language all my own (35) . En esta joyita de lo queer Betty nada más acabar la actuación en un teatro de Nueva York sale disparada con su descapotable hacia el aeropuerto. Allí su avioneta personal la está esperando. Rauda se monta y emprende vuelo, pilotando ella misma, a tierras japonesas. Llega justo a tiempo para actuar en un teatro de Tokio...¡en kimono y cantando en japonés!. Amablemente se despide del vasto público con simpáticos arigatos. De nuevo monta en la avioneta, cargada de flores orientales de vuelta a los Estados Unidos. Giras muy apretadas.
El hogar de la muchacha es funcional. Una casa de campo con los lujos justos. Vive con su encantador perrito Pudgy y siempre hay ratones. El perrito de Betty protagonizó muchos episodios, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años treinta cuando la censura impuso ciertos cambios drásticos en la serie de Flescher. Se acercó más a Disney, aunque los espectadores la siguiesen viendo provocadora, con sus caracolillos en el pelo, sus caiditas de ojos, su chic sin igual. De cualquier manera tengo mis serias dudas de que la muchacha fuese caliente, me da que era un poco frígida. Nunca tuvo compañero después de dejar de ser perrita. Recuerdo ahora a este respecto otro episodio memorable, en color, que se llamaba Red Hot Mama y que se desarrollaba en una especie de infierno. Los diablos que acechan a nuestra heroina no hacían más que amenazarla escupiendo fuego...Ella se defendía con su sola mirada que lanzaba ráfagas de hielo capaces de derretir las olas de lava que la rodeaban. Yo creo que en parte esto es una alusión a aspectos de su sexualidad que la definirían bastante. Son sólo suposiciones. Pero, bueno, también Grace Kelly decían que era una sexy fria ( yo en Atrapa a un ladrón la vi tremendamente picarona).
Lo que importa es que el personaje pervive fresco y espontáneo. Repasar sus cortos son una delicia camp. El culto a su figura en internet demuestra lo que digo. Fuera o no una cachonda.



MIS DESAYUNOS DOMINICALES

Hoy... DIEGO A. MANRIQUE


Uno de los impactos más singulares que tuve en mi época de pre adolescente precoz fue el descubrir en la gloriosa, por entonces, Radio 3 un programa musical nocturno llamado el Diario Pop que daba a conocer de un modo lúdico e inagotable a un montón de grupos que hicieron desperezarme y arrinconar mis rayados discos de Parchis y Regaliz sin por ello sentir que estuviera traicionando a mis ídolos de infancia. Alaska y los Pegamoides, Metal y Ca. o Los Nikis eran igual de dicharacheros y, aunque de aquella no fuera consciente, suponían en parte una prolongación de aquel mundo naif. Como tampoco me daba cuenta que los grupos que promocionaban los chicos del Diario formaban parte de un fenómeno cultural llamado la movida madrileña destinado a marcar un antes y un después dentro de la evolución de la musica pop española. Y cabría no exagerar en esto, hace poco leía las declaraciones del otrora fotógrafo de la movida, Pablo Pérez Minguez, que señalaba sin rubor que aquello fue el acontecimiento más destacado en lo que iba de siglo desde los tiempos de la generación del 27.
En fín, sin salirnos de madre, es lícito asegurar que gente como la del Diario Pop tuvieron un gran tino a la hora de radiar a grupos que ahora ya son pieza clave de nuestra música y de nuestro acervo sentimental: Radio Futura, Nacha Pop, el tándem Berlanga-Canut, Derribos, Décima Víctima, La Mode, etc.
Diego Manrique fue uno de sus fundadores, atrás tenía ya una labor intensa como pio
nero de los programas de música alternativa de TVE, desde los tiempos en que la televisión era en blanco y negro, en directo y con férrea censura (censura que no se acabó con la muerte de Franco, seguiría en pleno felipismo, que quede aquí constancia). Aparte es uno de los hombres que más sabe de música en este PAIS (con todas sus polankistas letras), con una etapa gloriosa en el primer de ROCKDELUX, incluso. Un espíritu inquieto que se traduce en su eclecticismo rayano a veces en la provocación, sobre todo si los provocados son cabezas cuadradas. Pluma brillante, demoledora e inteligente, y, por encima de todo, viajero a prueba de bomba. Escucharle en el AMBIGU, en las tardes de Radio 3 o leerle en el FM es siempre asistir a una lección de estilo.

INICIOS

Maciste B.: ¿Cómo fueron tus primeros contactos con la música pop?
Diego:
Yo siempre que lo cuento es como si lo hubiera soñado. Pero, vamos, creo que fue real. Yo vivía en un pueblo en el norte de Burgos que está en un valle. Tenía muy mala recepción de las ondas radiofónicas. Pero curiosamente por la noche si que se escuchaban Radio Luxemburgo y radios francesas. Y una noche salió un concierto de los Beatles en el Olympia. En aquel tiempo, los Beatles en España eran unicamente motivo de ridículo: se les sacaba en las revistas con la cabellera rapada, se les veía como un ejemplo de perversión o de degeneración cultural... Y yo, sin haber escuchado nunca rock'n' roll se me pusieron los pelos de punta. Y me empezé a sentir excitado. Curiosamente, a mi lado estaba mi madre que me decía: Quita ese ruido. Con lo cual quedó ahí marcado que a mi eso me iba a gustar.
Maciste:
¿Y recuerdas el primer disco que compraste?
Diego:
Recuerdo que compré discos antes de tener tocadiscos. Y los discos eran Rolling Stones, Tom Jones, Brincos y el primer Donovan.
Maciste:
Hombre, pues para empezar no está mal. Sobre todo por lo del primer Donovan.
Diego:
Je je je.

PRENSA
Maciste:
Muy pronto te pones a escribir de música en publicaciones culturales universitarias como la histórica Apuntes Universitarios, que más tarde devino en la semi subversiva Ozono. ¿Qué ambiente se respiraba en ellas?.
Diego:
La verdad es que yo antes estuve en la revista Triunfo que era la revista señera del antifranquismo. Y yo desde la ingenuidad de mis pocos años les mandé una carta diciéndoles que todo lo que estaban escribiendo de rock gentes como Vázquez Montalbán...(la izquierda divina de Barcelona, digamos) eran muy malos. Hacían artículos simplones. La gauche divine de Bocaccio se iba a San Francisco, se fumaban unos porros, se tomaban unos ácidos y volvían pensando que ya tenían las claves de la contracultura californiana. Yo les mandé una carta a los de la revista diciendo que esos textos eran impresentables y me invitaron a colaborar. Allí estuve con los intervalos de cuatro meses o asi en que la revista era suspendida. Pero, al contrario de lo que se suele decir, lo musical no estaba invadido por los cantautores. Había una curiosidad por todo tipo de músicas y el rock y el pop eran símbolos y síntomas de modernidad.
Maciste:
La aproximación a la cultura jóven de estas revistas era ya completamente diferente al estilo naif, moralista y bastante iletrado de las FANS o FONORAMA de la década anterior, ¿no?.
Diego:
Completamente. Estas revistas tenían más interés en lo que era de fenómeno social. Que la música no está detrás del mayo del 68 pero si que lo está detrás de todo aquel movimiento que acaba con la intervención estadounidense en Vietnam. Dudo que muchos de los responsables de esas revistas se pusieran a escuchar el Sgt. Peppers pero había una tolerancia para que escribieras de lo nuevo. Date cuenta que muchos de los discos clásicos de la historia del rock no estaban editados en España, era imposible ver a los artistas en directo y el estilo de vida que identificamos con el rock estaba totalmente prohibido.
Maciste:
Junto a Mundo Jóven y Disco Express formarían los cimientos de una prensa musical seria y adulta.
Diego:
Hombre, ehm... Discóbolo también tuvo una etapa muy interesante..., Fonorama tenía una actitud juvenilista (aunque uno de los fundadores de la revista terminaría luego en la más extrema derecha relacionada con el 23 F).
Maciste:
Ostras, ese debió ser el Alvarez. Vaya, vaya. Llegaste a colaborar con las barcelonesas Star y Vibraciones (de A. Casas) en la premovida madrileña. ¿Existía más agitación cultural por entonces, año 75, en Barcelona que en Madrid?.
Diego:
La segunda mitad de los años 70 en Barcelona es absolutamente extraordinaria. Había varias discográficas importantes como EMI y Ariola, toda la industria editorial de libros y bastantes revistas. Nunca ha existido una revista sólida, que haya durado años, en Madrid. En cambio en Barcelona, si. Era un mundo bastante diferente: frente al estrechamiento y grisura de Madrid, Barcelona estaba super abierta en esa época del 76 al 79.
Maciste:
En la editorial literaria STAR sacaste un libro, incluso una traducción de la novela del entonces relevante Nick Khon.
Diego:
Si, incluso una traducción del poeta beat Gregory Corso.
Maciste:
Centrándonos en Nick Khon, ¿fue tan influyente en aquella época su libro "Auanbabuluba balanbambú" para toda una generación de críticos como se suele señalar a menudo?.
Diego:
Yo, la verdad, es que tenía bastantes dudas de los valores absolutos que pregonaba Nick Khon. Pero sí que en Madrid prendó mucho con su idea del rock muy elemental, aquello del "es sólo rock'n'roll pero me gusta". En Barcelona quizá había una idea más... sofisticada, más hacia el jazz o a otro tipo de músicas. Pero, si si: marcó estilo Nick Khon.
Maciste:
¿Qué opinión tienes de los fanzines españoles actuales?. ¿Sigues alguno?.
Diego:
Si, sigo evidentemente el Mondo Brutto. Me resulta, por un lado, tremendamente irritante por su causticidad. Pero, por otro, hay algo que me alucina y es la cultura que poseen, la cantidad de ilustraciones que manejan... Me deja fuera de combate. Y siguen siendo los mejores, a pesar de que a veces te dan ganas de escupirles a la cara, pero su gusto por la erudición o por ir a la contra (conmigo a veces se meten por mi afinidad por lo caribeño, ¿no?), su inteligencia, aunque a veces se convierta en enfermiza, es una inteligencia del máximo nivel.
Maciste:
En Ediciones La Piqueta sacaste un libro dedicado al rock macarra en la mítica colección De qué va. Tambien escribieron allí cosas el legendario Haro Ibars y Ordovás. ¿Nunca se reeditaron esos libros?.
Diego:
Pues no. La Piqueta era una rama anarquista de una editorial muy cercana al Partido Comunista. Te ofrecían escribir libros a cambio de una cantidad que yo no sé si eran veinticinco o cincuenta mil pesetas. Yo tengo un buen recuerdo de ese libro porque, aunque me equivoqué a la hora de traducir el término punk rock en rock macarra, es el primer libro sobre el movimiento que se publica en el mundo. Aparece meses antes que otros que salen en Inglaterra o en Francia.
Maciste:
Publicaste por entonces una Historia del Rock and Roll en dos volúmenes, empresa que en los ochenta retomarías para EL PAIS esta vez ayudado por un montón de colaboradores. ¿De cuál de las dos te sientes más satisfecho, tal vez de la primera en tanto que existía una unidad del producto?.
Diego: Si, además la de EL PAIS fue una verdadera pesadilla. Se hacía semanalmente, dependiendo de un montón de gente que a lo mejor te fallaban. Fue una etapa de auténtico sufrimiento: localizar las fotos... Pero bueno, yo creo que el criterio era el mismo que en mi primera Historia del Rock'n' roll, es decir: grandes personalidades, grandes movimientos y, sobre todo, la conciencia de que los artistas no salen de la nada sino que detrás de ellos hubo otros que hicieron lo mismo a lo mejor con menos volúmen o menos ritmo pero, que en realidad, hay muy poco por descubrir.

RADIO
Maciste:
Las grandes estrellas de Popular FM y Onda 2 lo pasábais, en cierto modo, mal. ¿Existían contratos, os teníais que pagar los discos que radiabais?.
Diego:
En realidad yo llegué a Onda 2 en los primeros días de 1.980 y aquello era pura ficción. Además era pintoresco porque te pagaban la colaboración en billetes y pesetas metidas en un sobre (unas ochocientas treinta pesetas). La Onda Media estaba separada de la modulada pero había veces que te venía el jefe de Onda Media y te decía: Hombre está bien esa música pero no estaría mal si un día pusieras a Rocío Jurado. Y yo, de aquella, no era tan ecléctico para poner a la Jurado al lado de PIL o de Can.
Maciste:
Ja ja ja. Me imagino. Y aparece Radio 3 y ahí estás entre los fundadores. He leído en algun lado que ya hacías un programa de salsa que se llamaba Canela 3. ¡Menudo pionero en este género tu!.
Diego:
No, no era exclusivamente salsa. Sonaba mucho brasileño. Tropical en general. No fue un programa muy apreciado pues, de aquella, ni siquiera el reggae era demasiado respetado en el mundo musical español. Pero, bueno, si ser pionero es el que se lleva las hostias, pues sí, fue pionero.
Maciste:
Ja ja ja. Y ¿cómo recuerdas aquella etapa del Diario Pop?.
Diego:
Pues una etapa de mucha tensión pues la idea de hacer un informativo sobre música pop era novedosa pero al mismo tiempo no teníamos la disciplina de lo que necesita una revista radiofónica (secciones...). Costó entrar en esa dinámica (bloques separados) y eran tiempos excitantes: que Dinarama diese su primer concierto y Ordovás estuviera allí, seguidamente cogiese un taxi y con la cinta iba directamente a la radio a ponerlo era fascinante. En el 81-82 lo pasamos algo mal, porque fueron los años en que muchos grupos se quedaban sin compañía discográfica (caso de Radio Futura) y teníamos que ver con estupor cómo la gente no entendía la grandeza evidente que había allí. Además las chicas estaban guapísimas, llevaban unos pelucones fantásticos...
Maciste:
Y que algún fotógrafo como Miguel Trillo plasmó muy bien. Era el canto del cisne de la nueva ola madrileña.
Diego:
Era la transformación. El demostrarse que nuestras reivindicaciones no eran tan disparatadas. Eran tiempos agridulces: ver como muchos proyectos no fructificaban, como en el caso de Las Chinas o de Fernando Marquez (que él insiste que yo le tengo en no se cuál lista negra, y no es así).
Maciste:
¿A qué grupos promocionabas tú más?
Diego:
Me aproximaba más a los sofisticados, yo los llamaba los estilistas. Pues... los grupos de Fernando Marquez... y al mismo tiempo...
Maciste:
La vanguardia.
Diego: Si, Esplendor Geométrico cuando no eran todavía ruidistas... Pero tambien me gustaban mucho Nacha Pop e incluso el repertorio llorón de Los Secretos.
Maciste: Tu llevabas el Aeropuerto Internacional, me acuerdo que empleabas como sintonía el International Jet Set de los Specials.
Diego:
Si, en algun momento sonó. Incluso la música de Misión Imposible. Era un bloque dentro del Diario más... sofis.
Maciste:
Se habló mucho de vuestras batallitas radiofónicas. ¿Te arrepientes de algo que hicieras por ser el primero en radiar tal o cual novedad?.
Diego:
No. Creo que eso es un vicio absolutamente dañino: el confundir novedad con bondad. Creo que nunca he entrado en ese tipo de luchas. Y lo único que no tolero es que alguien diga que no le den un disco a determinada persona porque yo le quiero tener durante equis días o semanas. Pero sí que hubo durante el Diario Pop (aunque yo no me preocupara tanto por las novedades) guerras, y guerras muy antipáticas que terminaron por romper amistades.
Maciste:
En el 84 abandonas el Diario Pop y te embarcaste en la aventura de hacer un programa matutino, SOLO PARA ELLAS, cuya filosofía (poner música bonita y atemporal, sin estar sujeto a la esclavitud de lo ultimísimo) parecía una premonición del actual AMBIGU.
Diego:
Si. Tenía un doble sentido. Siempre quise hacer un programa para las mujeres, a las que considero con mayor percepción musical. Pero ante todo, el ELLAS del título eran las grandes canciones.
Maciste:
Antes del AMBIGU estuviste en la onda media con aquel programa a duo con Rosa María Mateo.
Diego:
Si. Es que hubo una temporada que a mi me echaron de Radio 3 por una cacicada. Y reaparezco en Radio 1, que fue una época dura pero bonita. Hasta 1992 en la que me reintegro a Radio 3, a la que considero mi casa, desde luego.
Maciste:
Con la Mateo, resultaba estimulante oíros hablar sobre Bola de Nieve o las Vainicas a la hora de los postres. Ahora que no nos lee nadie, ¿ella se enteraba de algo?.
Diego:
Si, si lo que pasa es que la imágen que se tiene de los presentadores de telediarios es como de una careta.Y resulta que detrás es otra cosa. Ella tenía una cultura musical bastante amplia, un hijo que la mantenía al tanto de lo más reciente... o sea, que no era un personaje al que se le tuviera que explicar quién era Tom Waits. Sabía quien era Tom Waits, tenía discos de Tom Waits.

TELEVISION
Maciste:
De tu paso por televisión, tanto con Tena como sin él, ¿cuál fue el programa del que te sientes más satisfecho?.
Diego:
El que marcó época fue Popgrama, por aquel tiempo no había nada parecido. Pero del que me siento más orgulloso fue FM 2, que ya era una responsabilidad cien por cien mía.
Maciste:
Si, porque yendo un poco por orden, del fugaz Caja de ritmos sólo quedaría la definición de haber sido el escándalo de la Transición. Nada más...
Diego:
El problema es que teníamos a los grupos pero no supimos darles la imágen adecuada. De mi etapa televisiva recuerdo lo duro que era pero que en el fondo gozamos de participar en ella en lo que fue la última etapa digna de su historia. FM 2 termina cuando están a punto de entrar las televisiones privadas . Yo de aquellas no estaba demasiado ilusionado pero ni me imaginaba la degradación a la que estamos siendo sometidos.
Maciste: En Pop qué? también estabas. Fue uno de los concursos más insólitos que vi en mi adolescencia. No me lo perdía nunca.
Diego:
Je je je. Debí estar más porque había algunas preguntas realmente marcianas: ¿Cuantos díscos sacaron nosequé grupo de tercera fila...?. Buff, es una pena que la idea, que no era nada mala, no se hubiese prolongado.
Maciste:
Tal vez tu programa más polémico fue el Qué noche la de aquel año. Sin embargo en él aparecía Moncho Alpuente, con el que también habías trabajado en Popgrama.
Diego:
Y Wyoming. También fue un programa en el que mi input fue mínimo. Fue emocionante... pero también decepcionante conocer por ejemplo que uno de mis ídolos, Fernando Arbex, personaje al que yo había adorado alrededor de veinte o veinticinco años... era un miserable.
Maciste:
(silencio valorativo) Popgrama tendría que reponerse en algún canal de estos de pago.
Diego:
Cuando teníamos los pelos largos... Era una amalgama un tanto desordenada. Allí había desde punk hasta rock sinfónico, cantautores... La Edad de Oro yo creo que era más coherente y tenía más unidad, aunque de vez en cuando, cuando ves las entrevistas de Paloma Chamorro es como para echar a correr.
Maciste:
Si es que además en Popgrama estabais todos... era como el Para vosotros, jóvenes en la radio. Tú, Casas, Tena, Trecet...
Diego:
Trecet muy poco. Je, je, je, era..., ya de aquel tiempo era intolerante.
Maciste:
Y al final, en FM 2 todos nos enamoramos de Cristina Rosenvinge. ¿Qué piensas de la trayectoria que ha seguido esta chica?.
Diego:
Yo creo que el problema de esta chica es que no ha sabido venderse bien. Pero vamos, sigo teniéndole mucho cariño. Cuando la veo recordamos aquel programa. Por ejemplo, yo la había mandado entrevistar a Leonard Cohen y para ella era como un peñazo ir a ver a un señor tan mayor y ahora es uno de los recuerdos más emocionantes que guarda de FM2. Cristina estaba en una época de paro musical, en el ínterin apareció el Hago chass, Eurovisión y se le creó una imágen de chica feliz... Y no era así. Era más bien una chica triste, atormentada y no llegó a integrarse bien en el equipo. Pero lo que concluí de su paso por FM2 es que este país tiene una carencia o fascinación por las rubias nórdicas que supera todo lo superable. Je je je.


RECOMENDACION FINAL DEL CHEF
Maciste:
Cual sería para ti el pop indispensable para aderezar un guateque siglo XXI.
Diego:
El soul. No hay música que de más rendimiento que el soul. Tanto en la versión salvaje de los Estados Unidos como en la versión más sofisticada del Norte, de Chicago o de Detroit. La elegancia, las voces, los conflictos eternos que están en esas canciones. Yo siempre apostaría por el soul como la música que ha aguantado mejor el paso del tiempo.

3 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Rosa María Mateo, tertuliana en "No es un dia cualquiera", RNE, presentado por la orensana Pepa Fernández

maciste II dijo...

Anda últimamente muy orensano, don Filo, uhmm.

Anónimo dijo...

Los orensanos suelen destacar para bien: Julio Iglesias, Eulogio Gómez Franqueira, Pepa Fernández......