17 octubre 2008

Aquellos juncos salvajes (años 1983 a 1988)

(continuación de mis memorias, iniciadas en INFANCIAS VERDES)

Los jóvenes no son lo que parecen.

Niños que se harán hombres, luego padres, luego viejos.

Los jóvenes dorados
son otra cosa,
seres invencibles
que atraviesan
la vida con la espada desenvainada

Arquetipos (Los homenajes.1976). Juan Gil Albert

Prólogo
En aquel 1983 el mundo se descomponía a mi alrededor mientras yo me dejaba arrullar por mis heroes de la televisión y el cine. Desconocía el alcance del caos pues yo seguía manteniendo en la mesa mi plato de huevos y patatas fritas con salchichas, me dejaban dormitar frente al televisor y las pagas dominicales seguían, aunque congeladas, llenando mis bolsillos. El descalabro económico de la familia Betanzos coincidía plenamente con el paso a mi adolescencia. Fue un momento que mi memoria ahora volatiliza pero que de aquella cobró un protagonismo exclusivo en el hogar.
Mientras yo acudía a diario al colegio, mi padre debía enfrentarse como un jabato a cuantos procuradores, fiscales y empleados rencorosos se terciaran en su camino. Hizo amistades verdaderas en los juzgados. Estudiaba por su cuenta leyes. Además admiraba a los grandes retóricos del pasado, asimilando sus recursos expresivos, indagando en las estructuras gramaticales de sus discursos. En especial, la esplendorosa elegía de un Marco Antonio shakesperiano ante la tumba de Julio César fueron con sus repeticiones interiores hondas lecciones en torno a la diplomacia, la oratoria y el saber convencer ante una multitud (casi siempre adversa). Asi pues, si bien es cierto que aún conservábamos en un cajón de su despacho hogareño el último discurso del Generalísimo antes de ingresar en su Valle de los infiernos, era menester que papá obviase esa retórica tercermundista y trasnochada si quería vérselas en serio con los nuevos cachorros de la izquierda sindical (los malos). Y en los clásicos, encontró los referentes. Muy superiores. A decir de sus más allegados, aprendió todo y más. Pues dejaba pasmados a jueces, abogados y hasta guardias del orden, con su vehemente oratoria. Sabía que estaba en juego el negocio de tantos años, sus pertenencias y, por descontado, la familia.
Por estos detalles, convendrán que yo era a esas alturas una insignificancia, un cero a la izquierda, una nulidad. Pero en mi cerebro de chorlito me creía el rey del mundo, el tirano de mis amigos, la estrella número uno de una clase que en gran medida me rechazaba de pleno. No importaba que hubiera pasado a otro ciclo (entrábamos en el bachillerato). Pues ahora los profesores nos trataban de personitas a un pie de la adultez, llamándonos de usted, sobreentendiendo que ya éramos completamente responsables de nuestros actos. No había lugar para los castigos físicos. Estar allí era obligatorio, pero tampoco te forzaba con tiranía ningún maestro a cumplir con tus deberes de estudiante (si te querías suicidar escolarmente, allá tú). En cambio, yo necesitaba una y otra vez que tirasen de mí. Que reparasen en mi pupitre. Quería resaltar. Y cuando lo hacía se me hundía el mundo encima. Ponía una mueca de niño repelente y terminaba demoralizando a tirios y troyanos. Mi largo bachiller fue una verdadera penitencia que, gracias al empeño de papá primero, y luego por inapetencia a integrarme en el negocio junto a mi madre (ya viuda), conseguiría terminar por completo seis u ocho años después. Repitiendo, cambiando de colegio, acudiendo a nocturnos, yendo a parar a escuelas extrañas donde igual te encontrabas en el aula con un señor de sesenta que quería aprender a leer como a un crío más jóven que tu que estudiaba los mismos insectos (y vive dios que las Ciencias Nasturales se me atragantaban. Es más, me provocaban sarpullidos dignos del mejor ejemplar de mosca cojonera).
Pero, por fortuna, la adolescencia en un muchacho inquieto, que pretende mantenerse al márgen de una sociedad que no le gusta, es un constante fluir de sorpresas y revelaciones extra escolares. En mi apartada existencia, en mis largos ratos de soledad, llegué a entender que mi sexualidad heterodoxa iba a complicar más las cosas de tener que enfrentarme con las mayorías. Sabía que mis apetencias culturales eran un valor innato que tenía que apresar con fuerza si quería sobrevivir, pero a la vez, carecía de nervio, de instinto para encauzar aquello de alguna manera. Dejar las aulas y meterme en una biblioteca hubiera sido una buena solución... si me gustasen las bibliotecas. Ese silencio, esas mesas enormes, esos libros en estanterias altísimas que yo no podía aprehender ni en mil visitas me descorazonaban. No sólo me sentía inferior, sino que me molestaba ese ambiente como de estudio y recogimiento, muy típico de la clase cuando tocaba concentración y codos.
En cambio en una librería las tornas cambiaban. En mis favoritas era dueño y señor. Pasaba un montón de minutos paseando meticón por las secciones más apetecidas, devorando los libros de cine de marcada actualidad por jornadas, apuntando datos y fechas, por ejemplo. Pero cuando la confianza empezó a dar asco, los actos improcedentes (y delictivos) amenazaron con frenar tantos buenos ratos de placer cultural: arrancaba poco a poco hojas con ilustraciones de ensueño, acudía a un encargado del negocio para preguntarle si me podía fotocopiar una lámina del libro en venta y, claro, hasta que robé no paré.
Adelanto acontecimientos. Me envaro en descripciones improcedentes. Me lío en cronologías. Es lógico. El tiempo pasado se apelotona cambiando fechas y trastocando cualquier orden temporal. Es cuestión de intentar reinventarme a partir de hechos verídicos. Sin la sujeción que implica la falta de testigos. Con la libertad del creador. Pero anhelante de que descubran cual era el vagaje de un aprendiz de mongo -casi siempre de negro-en aquella nueva década de cambios.

continuará

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