22 octubre 2008

APUNTES MACISTEÑOS

UN TITAN SIEMPRE SE SOBREPONE A LA ADVERSIDAD

Finalizo la trilogía de posts personales dedicados a mi crisis financiera con el mejor de los pronósticos. En el cajón, ochenta benditos euros. Toda un respiro con mucho de suspiro, a ocho días de volver al banco a por más pasta. El lunes que viene ingresaré lo poco que me faltaba en la cartilla para la anualidad de los nichos (porque el resto de recibos ya están pagados) y más feliz. Reconozco que en esto de los ajustes he tenido que apretarme el cinturón hasta extremos de conocer lo que en hogares del transeunte denominan nostalgia del alimento (no se asusten; más bien sólo a la hora golosa de la merienda sentía yo esa sensación. Meriendas que desaparecieron temporalmente) y el mono de los pedidos a Amazon (los cabroncetes de Amazon, que el mes pasado me marearon mandándome mensajes incoherentes sobre mi tarjeta con el único fín de que me pusiera nervioso y partiera mi solicitud de un par de estuches de películas en sendos pedidos, con lo cual se incrementaba el tema de los gastos de envío en su beneficio. En ese sentido Amazon, la magna me ha desilusionado bastante y por ello mi mono nunca ha sido tan agridulce) que se ha compensado con mis infatigables descargas en Emule. Tanto en un aspecto (el más prosaico de la supervivencia alimenticia) como en el otro (la supervivencia cultural) querría detenerme ahora. Iremos pues por puntatas.

Supervivencia alimenticia de Maciste and mother
Mamá come como una lima, pero sabe de la situación y no pone ningún reparo a la hora de la eliminación de golosinas a media tarde. Todo correcto. En cambio, en cuanto a ella hubo algo que me ha preocupado más. Ese virus que anuncié la semana pasada y que por fin dio su muestra más visible en una reacción cutánea que incluía inflamación epidérmica. Consulté a la doctora de cabecera el miércoles pasado de mañana (ya lo conté) y, como siempre, no es quién para darme malas noticias. Consuelo de tontos debería llamarse en vez de María Esther González. Por la tarde llamo a uno de urgencias y nos diagnostica a vuela pluma dos posibilidades: o un virus o algo muy parecido a las paperas. Antibióticos a go gó. Sobrecitos diarios durante cinco dias. Ya va a mejor. Y siempre con apetito, lo cual es buena señal.
Entre tanto, vuelvo a coincidir en el parque con mi amiguete, el cincuentón Eduardo. Quedamos para el jueves pues le voy a grabar un DVD con pelis porno (el segundo volúmen) esperando que esta vez sean de su agrado (pasa que en el primero me pasé de listo y le elegí una partida de cintas de la productora Bel Ami, que son una mierda seudo estética y kitsch, ya sé... pero que cotizan muy alto en sex shop, antros que frecuenta, y que van colmadas de chicarrones con cara de adolescentes caucásicos. Resulta que todas iban subtituladas al inglés, pues los modelos son preferentemente de paises del este, y, claro... el muy berzas se despistaba en la proyección prestándole más atención a las letras- ininteligibles para él- que al tomate). A cambio, Eduardo me ofrece patatas y huevos de su granja. Me vendrían de maravilla, le respondí. Y al dia siguiente, aparecí con un disco lleno de músculos de la Colt y algo del mítico Joe Gage (el de la foto de arriba con la cámara) y el no menos inmortal Fred Halstead (el inmediatamente posterior, con la chupa de cuero) en cuartos oscuros seventies donde sonaba mucho punk, afterpunk y new wave. El me devolvió el cumplido con una representación perfecta de lo que es ese sitio donde tanto se enguarra (la finca, se entiende. No el cuarto oscuro): un espléndido bodegón que para mi era cesta de navidad en plena época de la castaña, con no sólo patatas y huevazos cagaos, sino que además venían lechugas, tomates, berza gallega, pimientos, ajos y cebollas...
Como aquello pesaba y las bolsas donde las traía amenazaban con romperse, pilló un bus (va de gratis) y me las bajó hasta cerca de casa. Un primor. Tenían que ver cómo me quedó la nevera de realzada. ¡Si hasta parecía de verdad!. Pasé horas contemplándola extasiado con la puerta abierta. Parecía que teníamos un Sorolla en la cocina. Mamá se puso contentísima, pero también me dijo una cosa rotunda, directa, fantástica, muy de ella: Si, bueno. Pero a ese tipo no lo traigas a casa. ¿Por quién me ha tomado?. Ja ja ja, si en mi club no entran los mayores de treinta.


Supervivencia cultural de Maciste (and mother, sometimes)

Los pases de películas diarios me hacen olvidar este clima de corralito. Aparte del blog, que lo tengo en esta tercera etapa muy currado. Compartir con alguien las experiencias más perdurables en la memoria estimulan mi placer. Es el regustillo ante las maravillas compartidas. Aunque si este es cine en versión original con subtítulos dificil se me hace que la conexión de emociones vayan parejas. Mi madre se pierde en el marasmo de las letras. Yo la ayudo a ponerse al tanto, y aún así... Estaba muy interesado en que viese esa maravilla incógnita con título Abandon ship (1957. Richard Sale). Una cinta de las postrimerías de la carrera (y la vida) de Tyrone Power, el ídolo entre los ídolos de mamá. Me pareció un filme fascinante, de enorme tensión, a partir de un mínimo (pero infinito) escenario que era la alta mar, donde sobreviven un puñado de naufragos metidos en una barquichuela de reducidas proporciones. Más que una película de catástrofes (a lo Poseidón) es una suerte de cine de características filosófico-existencialistas (en su humildad, cien mil veces preferible al coñazo hustoniano de la ballena blanca). Ty era el capitán in extremis. La situación límite. Entre la tripulación rostros familiares del cine y teatro inglés como Gordon Jackson (inolvidable señor Hudson en la serie televisiva de los setenta Arriba y abajo, y muy habitual en las comedias de la Ealing) y que coincidía aqui... ¡con su señor Bellamy! (¡qué curioso!), ambos quince años antes de su feliz encuentro en Eaton Place (y los dos iban a parar al fondo del mar de manera correlativa). Además se sumaba a mi iconostasio Stephen Mesala Boyd vestido de marinero (antes de Ben Hur) y una Mai Zetterling impresionantemente apetecible en calidad de enfermera de urgencias / amor comatoso del capitán. Pero qué grandeza la de Power, qué actorazo, lejana su época de matiné idol años treinta (nunca se vio ejemplo más vivo de cómo hay que mantener la prudencia antes de descalificar a un jóven guapo y principiante porque siempre se puede convertir con el tiempo en un señor actor, tal su caso).
Crueldad y firmeza ante un panorama en el que prima la ley del más fuerte. O se sacrifica a algunos o morimos todos. Jamás tal premisa (fuera de un western o un bélico) le dio al que la esgrimía un aspecto de simpatía ante mis ojos. Pero ahora es distinto. Esa severidad hijoputesca digna de un ideólogo autoritario se torna lógica aplastante. Y de la que no se libraría ni el que la dictó pues, llegado el momento, el propio Ty también se verá herido de muerte (y sus compañeros no aceptan tal condición, ni mucho menos tal resolución) y se arroja al mar al haberse convertido en un bulto inútil más.
Brotaban las lágrimas cuando la vi una noche de la semana pasada. En su reposición junto a mamá ya no fue lo mismo. La conclusión seca de ella fue simplemente que la película la hizo todo el. Pues vale. Estamos de acuerdo. Yo soy de cine forum y ella no.

***
Quise seguir con la emoción y recuperé el sábado Buscando al señor Goodbar. Papelón de Diane Keaton, magistral la dirección de Richard Brooks, un Brooks otoñal... Creo haber dicho en otra parte de este blog que me resulta admirable el trabajo de muchos veteranos de Hollywood en los años setenta, sus obras se aprovechaban de los cambios sociales, del final de la censura, de la permisividad de los tiempos (siempre para bien, nunca cayendo en detalles zafios. Aunque al tan exigente como arbitrario -admiradísimo por mi, en cualquier caso- Angel Zúñiga no le habría gustado nada, incluyéndola en su listado de películas pornográficas, aqui más que nunca vemos cine a la antigua usanza, narrativa clásica pese a leves toques europeistas -lastre de los rompedores sixties, en sus estadios más maduros, dignos de un autor sin alzheimer, con mentalidad contemporánea, a pie de calle, de realidad. Asi, Cukor en Ricas y famosas o Brooks en Goodbar).
En esta ocasión, reparé en la última secuencia en la que se encuentran Diane y su padre, este último al borde de una muerte que no quiere reconocer. Ambos en penumbra se lanzan duros reproches, se avivan sentimientos latentes, se descubren misterios del pasado que podrían dar significación a los hechos presentes de una Diane sin rumbo, abocada a la autodestrucción (el torbellino de estímulos recibidos a partir de las revueltas feministas no hacen más que zozobrar su mente, distorsionándola, eliminando su capacidad de juicio, de mesura frente a la nueva realidad de la mujer de su tiempo). Aqui Brooks, en esta secuencia concreta, de alguna manera, siempre de rebote y desde mi apreciación harto subjetiva, en la forma más que en el fondo, estaba convirtiendo a la ninfómana desubicada Keaton en una respuesta más diáfana de los temores y represiones del Brick de La Gata, en una secuencia similar (la única inteligible de todo aquel tinglado tennesseiano) cuando a Burl Ives se le agudizaba el cáncer y su hijo favorito se le encaraba en tan delicado momento.
Y, por descontado, palpité ante ese final aterrador y sórdido a más no poder con el crimen brutal de Diane a manos de un marica Tom Berenger que se salía de guapo. Justo en ese punto, mis pensamientos me daban punzadas en lo más hondo. Me veía tarde o temprano como ella, víctima de un Victor improvisado en una calle cualquiera. Y, por extensión, a mi ex vecina de la puerta de enfrente, Pili la camarera del puti club de la esquina, muerta a golpes hace un año en una cuadra por un cliente-amigo con serios problemas con el alcohol.

***
Nada que no me impida abrir a Jose, el scatyolista cuando me timbra por el telefonillo del portal. Quién puede resistirse a un muchacho en el colmo de su juventud y fertilidad con ganas de probar el sexo estéril, antinatura que ambos podemos reinventar una y otra vez dentro de un ascensor, en el umbral de la puerta de casa, encima de una silla de mi habitación o en la confortable cama de matrimonio de una madre viuda e impedida. Y ya van tres visitas en este mes. Lo que me lleva a reflexionar si es que su señora anda con el período muy dilatado. O es que a lo mejor es por aquello que le hice y que no le había hecho hasta ahora. Pero de eso profundizaremos más en el próximo Macisterotique. Abríguense, que ya viene el frío.

4 comentarios:

Louella dijo...

Ay, cuánto me gusta esa peli! Y cuánto me alegro por su nevera (también)!

Louella dijo...

Ay, cuánto me gusta esa película... y cuánto me alegro (por su nevera)!

maciste II dijo...

Louella, siento lo suyo. No he querido dejarle ningún comentario por discreción, pero me solidarizo. Sólo de pensar que alguién pueda arrebatarme a través de la tarjeta la paga esa tan estirada de viudez de mamá Bates,me pone de los nervios. Suerte.

Louella dijo...

Oh, no se preocupe. Me deprimí tanto que me compré un bolso (síndrome Anastasia), pero en el banco me dijeron que no me preocupe. Que está a la orden del día... En fin, vivir para ver. Bueno, mañana le leo, que no me da usted un minuto de respiro (¿tiene negros o algo parecido?). ESTOY BORRACHA... ¡Qué felicidad!