18 septiembre 2008

SEMANA ESPECIAL "Album de fotos de INFANCIAS VERDES" (4)


4. CHARMANT COUSINS

Sabrá Zeus dónde estaríamos aqui Albertito, Dani (hermano de éste, no hijo en adopción) y moi. Me suena que era a las puertas de una piscifactoría. Pero ahora que veo a un perro guardián, me entran dudas. Porque si asi fuera hubieran puesto a Don Gato. No sé.
El caso es que mientras íbamos de excursión con nuestros respectivos padres yo estaba tranquilo. Pero lo que es cuando llegábamos al chalet de Albertito... El terror. Una suerte de campo de concentración para niños delicados.



Uno de los grandes hallazgos de mi búsqueda fotográfica de la semana. Apenas tengo material donde aparezcan mis primas y aqui están dos de ellas: Beti, a mi lado (en el fondo me idolatraba, pena que se sintiese más apegada a sus muñecas y a su coquetería insufrible. Aun asi, fue mi novia platónica) y Lolita (un amor, distanciándose convenientemente de mí por culpa de la diferencia de edad). La otra gente que sale no la he podido identificar (pero parece que hay una hidrocéfala).



Beti, Alberto y Maciste posando sobre el mítico 1500 de papá. Un domingo de verano cualquiera, a mediados/finales de los años setenta.



En mi Auschwitz particular. Pocos eran los momentos agradables que vivía yo en la finca. Tal vez esta época fue una de las menos beligerantes. Dani todavía no daba demasiada guerra, dada su corta edad.



Típicas situaciones en el interior de aquel campo castrense. A la izquierda: Dani me apunta con un Winchester 73 (sumamente peligroso). A la derecha: Habitual reacción monguística. Servidor se agacha, recoge el misil y se lo entrega, deseándole que para la próxima dé en el blanco.



Actos absurdos a los que me vi arrastrado para introducirme en el grupito familiar de los "normales"

1. Yo y las posibilidades lúdicas que ofrece un balón. En un partido entre folclóricas y finolis tenía bien claro el rol a desempeñar: el de árbitro... de la elegancia.



2. Sobre una motocicleta (de la que era incapaz de guardar un mínimo equilibrio. Nada raro, estaba obsesionado con el soniquete del verano, aquel Battiato del Centro de gravedad permanente). Cuando la moto arrancó, por el efecto de mis manos suicidas, solo me restó encomendarme a San Cristobal y a mi ídolo del momento, el fenomenal Eric Estrada de Patrulla motorizada.



Las faldas de mi madre no eran un buen refugio. Más que nada porque ella estaba como dios con sus sobrinas en el chalet, viboreando y jugando a ver quien era la última en salir trasquilada por un comentario definitivo. Mientras, los hombres se volvían verderones y escuchaban el éxito gutural (y por ende, felático) del alemán TRIO, ponían chistes subiditos de tono de Santi Sans o Eugenio o comentaban las últimas habilidades de una Chambers de whisky bar de por la zona.
Sin ayuda del mundo adulto, Maciste se las arregló para buscarse la paz por su cuenta. Y el coche fue un buen zulo. Un búnker personal donde llevarme para leer revistas del corazón que había desperdigadas por el chalet, o suplementos de los periódicos de papá que recalentaban en el interior. Me ahogaba de calor, si. Pero también me libraba de tener que subirme a un puto árbol o darme de morros contra algún primo en una piscina hinchable tan pequeña como la bañera de mi casa.



Sin embargo, mi verdadero salvavidas en Small Auschwitz fue, paradójicamente, el único alemán de aquella caterva de jodíos: este estupendo perraco llamado Tobi al que quise de una manera desnaturalizada e instintiva. Era lo que me faltaba por probar. Pero lo probé. Y me gustó.


*Sigan las peripecias con mis primas en el capítulo correspondiente. Su link:

INFANCIAS VERDES. Capítulo decimoséptimo


Continuará mañana con...
ENCUENTRO CON LAS LETRAS