10 septiembre 2008

ANTINEAS VI



* Cerramos esta mini serie con una previa aclaración. No he pretendido hacer un exhaustivo repaso de todas las Antineas que han sido en el cine a lo largo de su siglo de existencia, en primer lugar porque o bien no he tenido la posibilidad de verlas a todas (al carecer de una copia de los filmes) o bien porque el período de realización de los mismos excedería mis intereses personales. En el primero de los casos, no estaría de más citar a la Antinea de la palestina Haya Harareet, el mismo año que la de Fay Spain. Ignoro, pues, demasiados datos como para ofreceros una opinión sobre la suya, aunque al ser una producción italiana me aventuraría a conceptuarla de bicha "de peplum" (como la Spain). En el segundo de los casos, convendría recalcar (para los no fieles de FANTASIA MONGO) que mi reloj en el género de aventuras se para justo cuando el filón del cine de sandalias (principios de los sesenta) tiende a la cuesta abajo en tanto que considero que el peplum fue si no la culminación si el que agotó (a base de excesos) unas fórmulas honorables y perfectas que partían de principios de siglo (y, por descontado, en nuestra presente serie, de la versión de Feyder). Luego vendrían otras, pero ya no entran dentro de mis apreciaciones.
Por fortuna, el cine es una contínua fuente de sorpresas que nos lo hace siempre inaprensible. Antineas fueron apareciendo bajo otros nombres, mientras las "oficiales" daban caña al legionario, deformadas a voluntad de cualquier artesano que no deseó pagar derechos de autor. Reinas de ciudades sumergidas, recurrentes divas cutres que plagaron los viejos seriales de los años 30 y 40. Fulanitas de tal (con apariencia de gran nombradía) que bien podrían haberse llamado Antinea si no fuera porque algun detalle las delataba como Ayeshas en potencia (creación de Haggard que también tiene memoles). ¿Acaso la divina Vultura (Lorna Gray) de "Los peligros de Nyoka" (1942) no era una arpía benoitiana consumada?. O la estática Dragon Lady (la medio pin up Sheila Darcy, sujeta a un estereotipo montezco, alejadísimo del original ideado por Caniff) de Terry y los piratas (1940) ¿no mandaba lo suyo en aquel trono de cartón piedra?. O, ya puestos a la conmiseración, la bailonga Princesa del Fuego (Early Centrell con su encanto lumpen, que parecía directamente contratada de un teatro de burlesque) poniendo en un brete al ceñido Hombre enmascarado (1943) ¿no era tanto de lo mismo?. Cualquier dictadora de pais imaginario siempre fue susceptible de acarrear el sanbenito, de antineizarse para regocijo de tantos partidarios de un rol femenino que, bien hemos visto, a lo largo de las décadas iría cambiando en actitudes según el propio cine iba cambiando su concepción de lo que debía ser una devoradora de hombres (de mantis religiosa a simple víctima de sus circunstancias).

FAY SPAIN. Antinea (de peplum) en 1961

La Antinea de la Spain es quiza lo menos importante de esta, tan apreciada por la crítica, Atlántida. A fin de cuentas, por culpa de esa producción masiva de peplums, el tópico de la Devil queen (que dicen los yanquis) había alcanzado una estandarización con propensión al hartazgo. Malvadas con corona las ha habido mejores por aquellos años, no lo duden. Sólo que nuestra Fay venía aureolada de un pequeño culto (al menos un culto a posteriori lo hubo, y mucho). Y es que esta actriz, nacida en Arizona, estaba especializada en la serie B, en el subcine para el consumo nocturno en drive in's (o, luego, en after hours televisivos). Bien rubia bien morena, bien ingenua bien rebeldita, bien enrejada en reformatorios bien libre a bordo de una motocicleta, consiguió ser icono entrañable de la era del rock'n'roll. Asi que, ahora en esta nueva faceta, no podía causar por menos que una expectación.
Y, en cambio, todo gozo se vio en un pozo no bien el gran Cottafavi (director de éste Ercole alla conquista di Atlantide y algún que otro peplum memorable) pisaba el acelerador, no tanto en las posibilidades ornamentales de la dama como en las de una escenografía deslumbradora (resultado de haber gozado de un gran presupuesto, como en los tiempos de las primeras fatiguitas de Steve Reeves, cuando se contaba con capital norteamericano, algo impensable en peplums standard). En ella y por su decorativismo Doré con ramalazos de fumetti a la Rubino, la otrora querida de rockers oxigenados pierde poder real en favor de una fantasmagoría repletita de sorpresas de toda índole. Bien que se encargaron los pedantes de Cahiers de destacarlas en su momento. Fascinados estaban con Cottafavi. Y con Riccardo Freda (quiza éste último el director más puro en su voluntad férrea de alejarse de toda realidad para ingresar en una fantasía militante y, como tal, a veces exacervada). Yo añadiría en el triunvirato de genios de la imaginación (para el consumo, ojo. Pues ahí Fellini no entraría, siendo el mejor) a Mario Bava (que, por cierto, fotografió unos cuantos peplums, pese a que su fuerte no era este género).
De lo que no cojeaban los críticos franceses era precisamente en imaginación. O en tendencia a la boutade. Pues raudos edificaron insólitas teorias que partían del noble (y cinematográfico) recurso de las asociaciones visuales y que, según ellos, estos directores utilizarían para alcanzar un compromiso tanto ético, como político y, desde luego, estético. Son teorías que no carecen de fundamento. No en vano, Kubrick en su escarceo con el epic (Spartacus) había logrado el difícil cometido de incorporar a lo evasivo que supone un combate entre gladiadores un profundo análisis sociopolítico (no ya de la época narrada sino del siglo que le tocó vivir). O sea, convertir un material de encargo en filme de autor. Sin embargo, un Cottafavi o un Freda darían lo mismo sin tantos discursos. Lo cual es muy loable. Desconozco si Cahiers hiló fino en ese sentido, lo que si quedó claro es que se quería buscar a la desesperada la nobilización de un género denostado. Y se hacía sin reparar en epítetos, sin asustarse ante la exageración. No convendría pues excederse ahora. Lo mejor que se podría decir es que sería interesante revisar en profundidad y de entre el ingente material péplico (más que de romanos, me gusta llamarle de la Antiguedad clásica), la mayor parte pura bazofia, títulos clave de estos autores (incluido Duccio Tessari) para a partir de ellos llevar a cabo un proceso de, en su justa medida, revalorización del todo necesario.
Volviendo al asociacionismo de ideas, se entiende que no todo era inocente anacronismo en ese reino sumergido donde van a parar Hércules y cía. Los clónicos rubios de Antinea, su guardia real, pero tambien sus consejeros y guías, responderían en actitud y vestuario (esos uniformes) a una imaginería nazi, ansiosa de ser manufacturada (a la fuerza, se supone). O, dicho de otra manera, tales individuos, con la ayuda totalitaria de la soberana, pretendían implantar (pese a su aislacionismo) un nuevo sistema de valores, típico del Tercer Reich (el tinte los delata) a un resto de la Helade calcadita a nuestra actual Europa. Dicha parafernalia no llegará al extremo de mostrar svástiscas, pero en los diversos broches que luce en su tocado Fay Spain, más de alguno pensaría que no tardaría en vérsele puesta una cruz gamada mientras, a lo mejor, mandaba por una contrariedad amorosa al músculoso héroe a una cámara de gases (esto último pasaba, esos gases al inhalarlos valían como lavado de cerebro. Detalle parafascista donde los haya).
Cuando un espectador actual se ha asombrado lo suficiente con el tratamiento ético, pasaría al estético en ese gusto tan moderno del color (los despampanantes tonos rojizos) y a la no menos asombrosa aparición de seres sobrenaturales, tan necesarios en la aventura heroica (los cándidos monstruos que van transmutando según Hércules los arroja a una distancia mítica, digna de un titán de gasolinera). Y aun con todo esto, todavía se alegra de que aquello en absoluto termine ahí. Y que capte que, por ejemplo, la pelea de arranque del filme sea una anticipación de tantas peleas de cantina que pronto aparecerán en el spaguetti western. O que la incorporación del humor (presente a lo largo de todo el metraje) no en vano con el cambio de década degeneraría en las bufonadas de Bud Spencer-Terence Hill sino fuera porque aqui tal desdramatización opera como autoironía en un género que de siempre fue muy serio... pese a su aplastante vulgaridad (tanto o más dolorosa al tener como base el tomarse los clásicos desde una óptica de puro tebeo).
Y un cine sumamente homoerótico como el peplum, dio en este Cottafavi momentos de alarmante reclamo sexual en la sucesión de poses yacentes (no ya de acción para el lucimiento de unos músculos hinchándose sino en morboso relax, como de invitación al catre), en donde Reg Park posaba como si fuese a salir el mes siguiente en portada del Physique Pictorial. O al menos hacía méritos (pasivos) para engrosar una casa de putos de la Suburra antes que para ser inmortalizado en bronce en el Herakleion. Su actitud perezosa era lo que quería justificar tanto descaro (si bien su cuerpo era ideal para encarnar al hijo de Zeus, su rostro de imbécil lo desvirtuaba por completo. Huelga decir que con esa barbita negra y sus carrillitos hinchados haría las delicias de los actuales consumidores de Colt Studios. Como chubby, los aficionados deberían ponerlo en un altar y ¡de santo patrón!, ¿verdad, Carlo Masi?). En cuanto a su compañero de trabajos, Ettore Manni, decir que por él no parecía pasar el tiempo. Seguía luciendo como una estatua viviente de impresionante apostura (de un apolíneo como para jurar que acababa de haberse escapado del taller de Praxíteles). Lástima que haciendo de Androcles, rey de Tebas su relevancia sea mínima, incluso anodina (pronto tomaría un bebedizo de Antinea, con lo cual ya era rival de su amigo Hércules- trasunto del affaire truncado entre los legionarios Saint Avit y Morhange- sólo que apenas habrá traiciones ni equívocos. Androcles se esfuma, como su memoria).
Finalmente, destacar el estúpido título que el filme recibió en Estados Unidos (probablemente un facilón reclamo erótico que no se ajustaría a la realidad) : Hercules and the captive women. Pues que yo recuerde sólo aparecía UNA cautiva (y muy fugaz en su cautiverio). Era la hija de Antinea (Ismene) que encima iba de rubia ingenua (aquello que era su destino lo padecía incrustada en una roca. Impresionante si, pero de muy poca efectividad lúbrica. Al menos yo nunca he conseguido excitarme del todo y en plan guarri contemplando el Monte Rushmore).

FIN DE LA miniSERIE

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