05 septiembre 2008

ANTINEAS V


ARLENE DAHL. Antinea (apócrifa) en 1953


La carrera cinematográfica de la majestuosa Arlene Dahl no duró mucho, pero dejó un grato recuerdo de distinción y belleza con glamour entre los aficionados nostálgicos de los años cincuenta. Aún por encima era pelirroja (fetiche importantísimo para el que lo sepa apreciar, pues pocas lo fueron y todas eran magníficas) y su vida privada fue en la cima de su popularidad regularmente aireada por las revistas del potín (con la culminación de parir a Lorenzo Lamas). Dio en eso tanto o más juego que con su ciclo de aventuras exóticas, donde siempre estuvo elegantona y estatuaria. O sea, princesa. Y aunque no perteneció a productora alguna, paseó su palmito por todas con sinigual brillo. Tanto hacía de cabaretera moderna como de belle of the nineties, de dama negra como de heredera de pais de tebeos. No importó su cometido pues cuando aparecía en pantalla sabía mandar. La quisieron rival de Rhonda Fleming (la otra pelirroja del momento) pero ambas eran bien distintas. Partidarios de una y otra tuvieron oportunidad de deleitarse al verlas juntas de hermanísimas en un título hoy de culto por eso y alguna razón más solida (aunque no más carnal) : Ligeramente escarlata (1956. Allan Dwan). No es momento, desde luego, de enfrentarlas y sí de reconocer en Dahl unos valores fotogénicos muy lustrosos.
Nunca estuvo tan bella como en esta apócrifa Antinea bautizada Morjana, que se parece a la de Benoit lo que Mae West tiene de santa Teresa. Pero resulta que el filme La legión del desierto lo dirigía Joseph Pevney y la productora era la Universal lo que ya de por si era símbolo de garantía, de que todos sus elementos estarían cuidados al máximo, de que se tenía que lograr a la fuerza entretenimiento a manos llenas. Y eso hubo. Pevney siempre fue un director sólido, si no está reivindicado convendría hacerlo ya. Lo más importante de su labor estriba en su muy escasa concesión al kitsch típico de la orientalia (y sus subdivisiones exóticas), siempre estéril. Comprendió que en esta historia, a unos legionarios franceses dispuestos a defender su patria no hay que arrebatarles tales honores en beneficio de empalagosos romances, de sets sobrecargados, de cromatismos chillones, de redundantes panorámicas de falsos paisajes (lindos forillos) como salidos de un almanaque de la Panamerican o con desfiles de señoritas Miss California disfrazadas de odalisca, prestas a cubrir de espuma Palmolive a su princesa en las horas de baño.
Y lo curioso es que todo esto también estaba en la película. Sólo que muy bien dosificado. Pevney prefirió la acción a la contemplación pompier: hay momentos que parece aquello un western de Sturges o Boetticher (nada raro en el género. De hecho esta derivación de un mundo literario islámico hacia el western fue una necesidad narrativa que viene de los tiempos del mudo y que redundaba en beneficio de la trepidación visual, del sentido del espectáculo entendido "a la norteamericana").
Y los tópicos no fallan, pero son certeros. Confiamos en ellos como el niño que abre su cómic de aventuras confía en que nada de lo que le apasiona faltará entre sus páginas. Asi, puñales o cañones de pistola que se asoman entre los cortinajes, villanos que utilizan el paño colocado de turbante para estrangular al heroe, heroes que sufren mil torturas pero que al final salen de todos los entuertos gracias también a la ayuda in extremis de una princesa de incógnito que baja a las mazmorras provista de un cesto de comida donde oculta las armas que le servirán para escapar... Y también la danza de rigor (qué mejor recibimiento al extranjero) a cargo de unos bailarines hindúes que serían muy requeridos en este tipo de cine: Sujata y Asoka y, por descontado, de escenas de amor (y de baño. En este caso se baña él) : si ella es Arlene, el es Alan Ladd, tan pequeñito como apuesto, además astuto como una ardilla y ágil como una liebre (no en vano fue un gran nadador antes de entrar en el mundo del cine).
¿Qué ha quedado de la Antinea, original o no, literaria o audiovisual?. Muy poca cosa. Del personaje femenino, suntuosidad en el vestir y va que chuta (velos, transparencias, rasos que se pegan al cuerpo que ya es estatua de diosa pagana, hombreras anchas con un toque Jacques Faith u hombros desnudos para livianos conjuntos de gasa que advierten que el calor argelino es tenaz...). De la obra, reminiscencias estilisticas.
Todo partía de una novelita de George Arthur Surdez (Demon caravan) que recogía influencias de la Atlántida en tanto que Madara era una ciudad muerta, perdida entre montañas argelinas. Sin embargo la mirada de Surdez también debió estar puesta en Shangri-la, pues gobernaba un utópico y pacifista anciano (padre de la princesa Morjana), con la única voluntad de perpetuar ese estado de perenne bienestar y del que dependería el matrimonio de su hija con un hombre que fuera luchador y noble con la causa. La maldad de Richard Conte (muy poco visionario, realista y dictador) hará dificil que se cumpla su sueño. Pero ahí está Alan Ladd, para complicarle la vida al insurrecto. Y Arlene (de la novelita al lienzo de plata) es bella sin alma en expresiones, aunque su entrega al macho sea incondicional, siempre más próxima a la inofensiva Montez que a una Stacia (la mejor Antinea hasta la fecha).
A no dudarlo, la sombra montezca es alargadísima. De hecho, se aprovecharían para determinadas secuencias planos de sus Mil y una noches. Esto no sólo es privativo de esta Legión del desierto, la esencia de los enormes éxitos de la Universal (con el reinado de las otras sultanas potentes, como Yvonne de Carlo o Maureen O'Hara) también proseguiría en innumerables títulos de la productora a principios de los cincuenta (algunos con la firma de Pevney) : Su alteza el ladrón, La espada de Damasco, El hijo de Ali babá, Los hermanos Barbarroja, Yankee Pasha y muchos más (los sesentones que me lean puede que se acuerden de muchos de ellos).

termina el próximo miércoles