01 septiembre 2008

ANTINEAS IV


TAMARA LEES. Antinea (de re
vista) en 1950

Poco tiempo después de que la inexpresiva Montez decretara que Antinea antes que nada era una vampiresa de lo más maleable, los italianos, muy duchos en tomárselo todo a broma, retomaron el mito literario con proverbial desfachatez. Esta película es, básicamente, Totó (insigne cómico, príncipe de la risa, napolitano universal, que por culpa de una producción masiva de artefactos totescos se hubo de conformar con una universalidad de lo más localista); Totó- decía- de hijo del caid perdiéndose en las profundidades de un desierto (Atlántida quería ser) demasiado parecido a Cinecittá en pleno ferragosto.
Con él al frente de la bufonada, al borde del astracán, no hay porque llevarse a equívocos. Su personalidad es tan fuerte, su estilo tan marcado que es de los tipos a los que adoras u odias sin términos medios. En mi caso, lo admiro profundamente. Esa gestualidad, esa verborrea, esa capacidad de transformación... En aquella posguerra que a nivel popular requería evasión más que denuncia, un cómico atento a las modas del cinema internacional, hizo reir a una generación de italianos con sus desdoblamientos únicos. Por encima de sus mil disfraces, vencía su gracia plagada de arabescos. Y la enorme sorna. Lógico que sus ironías no respetasen el fenómeno de los orientalismos made in Hollywood. Exotismo de chirigota es la definición. Fue un tremendo Toto Le Moko (1949), un año antes de conquistar la Atlántida. Y no sería la última vez que se inmiscuiría en el sol africano, pues en los sesenta retomó en plena boga péplica sus incursiones en Totó de Arabia y Totó e Cleopatra (por no hablar de Totó contro Maciste, ¡que manda truco!, como decimos por Galicia).
Este es el reino del disparate, del surrealismo mediterráneo. El que no rehusa la vulgaridad, antes bien cayendo en ella con alegria y desparpajo, de manera sana. Luego vendría Steno que en su decadencia rebasaría lo chabacano. Pero Steno es otra historia. Aqui dirigía Mario Mattoli, que siempre fue autor de comedias con encanto, amante de las señoritas muy jóvenes, de las colegialas de fotonovela rosa, de las bañistas adolescentes en parajes turísticos de moda... Del color. Y de Totó, jeque o no jeque. El arrevistado, acompañante idóneo de suripantas en paillete, contrapunto viejoverdista a las tiples jacarandosas de algún teatro de variedades. Señoras de una vez que ansiaban pasar por sultanas de serrallo. Chicazas topolino entregadas a la danza de los siete velos, con arreglos musicales entre la tarantella y el boogie boogie. Así, antes de que Antinea aparezca, vemos a la increible Kiki Urbani, cuyo nombre ya de por si es un lujo para su época, para cualquier época. Ya no hay putas que se llamen Kiki (no Kikí, que aquella era la de Montparnasse) Urbani. Apareció en unas pocas películas en el período comprendido entre 1950 y 1955. Bailaba. No hacía otra cosa. Era Pampanini Charisse (o Silvana Tcherina, como gusten). Lástima que aqui no baile con crótalos. Pero se retuerce para Totó, y éste pone los ojos en blanco ante ese escorzo que acaba escote. Aún no está en la Atlántida pero tantos placeres saharauis despiertan al chiquitajo una sed polisémica. Ha comido cus cús (pues el opio no existe en el sainete blanco) y esto propicia uno de los mejores gags del filme: el de la cuba de agua que echa agua para todas las bocas menos para la suya (otro de los mejores momentos tambien tiene forma de tonel, justo dentro del que viaja de manera clandestina, a bordo del barco que lo conduce a la legión. Plegadito, encojidito. Al sacarlo de ese incómodo escondite, el tronco del cómico ha desaparecido. Y es entonces cuando nos divierte con uno de sus grandes hallazgos como artista original: el Totó marioneta).
En una hora de metraje le han pasado tantas cosas... Ha sufrido tantas caracterizaciones... Empezó siendo mayordomo (con aires de gran señor) para una marquesa con problemas con un hijo que padece de amores. El vástago se alistaba en la legión extranjera para olvidarse de todo. Asi que la marquesa se veía en la obligación de mandar a Totó que lo siguiese, que lo cuidase. Era cuando embarcaba oculto en un tonel. Al salir, lo confundían con el hijo del caid (como el inmortal amante italiano del celuloide). Y se liaba con la princesa Fatma. Pero como reaparecía el pequeño marqués en calidad de prisionero, dejaba el juego valentinesco y se escapaba por el desierto con su señorito. Allí los atrapaban y enterrábanles en la arena, dejándoles los tahures nada más que la cabeza al descubierto (otro estupendo gag: Totó luchando con una mariposa que tiende a posarse en su anguloso rostro). Tan enterrados están que caían en la Atlántida. Un reino de music hall, de falsos oropeles, de plástico dorado. Restos probablemente de lo que se salvó de tanto epic mudo.
Antinea hacía acto de presencia. El colofón. Venía a cerrar tanta insensatez. Ella que en realidad era inglesa recién llegada y que fijo no entendía ni papa de italiano (ni de actuar, dicho sea de paso). Los veía a los dos (señorito y mayordomo) y no le cabía duda. Prefería a Totó. Prefería reir. Quería (como todas) un hombre que la divirtiera. Pese a que Tamara Lees es más inexpresiva todavía que la Montez. En seguida se produce una guerra de piscina interior entre atlantes y beduinos, lo que aprovechaba Antinea para hacer las maletas, teñirse el pelo (de la cabeza) de rubio platino y salir por la puerta de atrás con su amor y el marquesillo rumbo a Italia. Y vaya que llegaban. Cuando los veía la oronda señora marquesa, le retornaban a ésta las ganas de vivir. Quedaba contentísima con esa escultural moza que se había traído el cómico, ahora en traje chaqueta y zorros plateados, que más parecía la entretenida del estraperlista José Nieto que otra cosa. No sabía si ponerse a servir para ella o meterla de criada.
¿Usted vio algo igual, señor Benoit?. Sin duda, a esas alturas la invención de monsieur había sido totalmente usurpada (para nunca más volver) por la voracidad fecunda de unas felices carcajadas marca Age-Scarpelli.

continuará este viernes