17 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (y 27)

EL LIBRO DE PIEDRA (1969. Carlos Enrique Taboada)

Siento gran debilidad por El libro de piedra. Está igual de bien elaborada que su precedente, pero la veo más adecuada a las inquietudes de su director. Porque aqui ya la infancia cobra el máximo protagonismo. La infancia y sus delirios, esa atracción que algunos críos sienten hacia el mal. Si bien desde un punto límite. Algo que excedería a una reinterpretación psiquiátrica.
Es pues una historia de fantasmas, de brujería y de supersticiones. Y Taboada la afronta con el ojo bien puesto en la ayer mentada The innocents (1961. Jack Clayton), absurdamente titulada en España Suspense. Un detalle de gran gusto de nuestro mexicano.
La trama es similar pero no igual. Una institutriz (Marga López) llega a una casa de campo para educar a una cría problemática (su padre cree que está loca). Con el tiempo, la confianza de la maestra dará paso a la congoja frente a lo inquietante de unas situaciones del todo anómalas, propiciadas por esa niña que mantiene una relación de amistad malsana con una estatua de piedra que se halla en el jardín. Esta estatua es un niño sonriente leyendo un libro. La cría lo llama Hugo. Conoce el origen de esa figura, sabe de la maldición que se cierne sobre ella (según cuenta la leyenda, era hijo de un hechicero que lo convirtió caprichosamente en piedra). Hugo es su obsesión. Le habla, dice estar jugando con el cuando se halla en la habitación o en el granero, le presta libros. Es decir, se mantiene en un estado de realidad paralela para perplejidad de los mayores. Pero no sólo eso. Las artes adivinatorias de la niña, además, asustan por doquier. Es capaz de predecir hechos que acontecerán en un futuro cercano, manejar el destino de personas que le disgustan o le han contradecido, o porque simplemente se burlan de su amigo imaginario. Entonces los acontecimientos se tiñen de drama. Poco a poco, se irá descubriendo que los pinchazos como cuchilladas que siente inexplicablemente su madrastra ( la Kitty de Hasta el viento, hecha toda una mujer...) son motivados por el vudú (una muñeca que pende ahorcada con un pañuelo propiedad de la madrastra y al que le han clavado sucesivos alfileres en diferentes partes de su anatomia). Por no hablar de la hecatombe final, con el accidente de coche del amigo de la familia, que osó pintar el retrato de Hugo ante la desaprovación de la niña.
Es pues admirable, que una historia que bebe en la esencia de una fuente tan importante como la novela de Henry James (repito que, sobre todo, de esa impresionante adaptación, escrita para la gran pantalla por Truman Capote) sea capaz de volar en un momento dado libre, escapar de las comparaciones, atrapar una originalidad y autonomía. Existir por si misma. Claro que de otro modo hubiera sido un doloroso "quiero y no puedo" del todo descorazonador. En ningún caso, por ejemplo, Taboada aborda el tema de la represión sexual (tan capital en aquella, de una sutileza encomiable, gracias a la profesionalidad de Deborah Kerr). La institutriz (Marga López disfrazada de la Kerr toda la película) confia en la niña al principio. La defiende ante las amenazas de los padres de internarla en un psiquiátrico. Pero lo hace no sólo desde su experiencia como docente, sino por que ella también tuvo una hija, una hija que perdió en el pasado (en alguno de sus melodramas urbanos, fijo), es decir; se justifica su conducta y la de la niña a partir de un sentimiento maternal (muy latino). Se incorporan las figuras de esos padres, cosa que no era nada relevante en el filme de Clayton. Pero su relevancia es algo arbitraria, hasta molesta (la relación de Joaquin Cordero con su hija ha sido casi inexistente desde que la cria empezó temprano a mostrar sus anomalías).
Sobre todo, a Taboada le importa más ese mundo infantil, capaz de alimentar las más oscuras sevicias desde una fascinación que brilla por su ausencia en esos adultos (incluida Marga Kerr). Y consigue que la simple visión de un niño de rostro ufano, en camisón y caminando por un jardin en plena noche pueda sobresaltarnos (cuando esa imágen en realidad tendría que despertarnos sentimientos opuestos). O que los sustos y sospechas de la López (la súbita aparición de un camafeo que perdió horas antes en el lago, por ejemplo) sean del todo razonables. Ahi está la grandeza de todo. La ausencia de gratuidad. Y como colofón, el shock final.
Habría que mentar, a lo mejor, el relativo fallo (por reincidente) de volver el autor a dejarnos llevar por el punto de vista de personajes que luego pierden buena parte de protagonismo al ser relevados por otros que quizá nos hagan menos gracia (es el caso de mi querida institutriz, que a partir de la ultima media hora se desinfla su importancia en favor de la madrastra, algo anodina, impartiendo métodos severos. Es cuando añoramos sin ambajes a la genuina Miss Giddens, cuando en aquella secuencia antológica y candelabro en mano, iba enloqueciendo, expresando en un largo travelling temor y deseo a partes iguales, mientras buscaba fantasmas interiores en aquel caserón victoriano).
Al igual que Hasta el viento tiene miedo, también ha sido objeto de un remake reciente. Y de este mismo año, dirigido por Julio César Estrada (en colaboración con Gustavo Moheno)

FIN DEL COLECCIONAB
LE
(a la espera de un futuro anexo)

2 comentarios:

diego dijo...

Hola, escribo acá porque no hay opción de comentarios en el ultimo post de Maciste, el de "hasta el viento tiene miedo". Es para decir que estoy bastante de acuerdo con la reseña, y con la apreciación acerca de "The Innocents", a mí también me parece que es la mejor película de fantasmas del siglo XX. No conocía las peliculas de Val Lewton cuando vi "Hasta el viento...", pero ahora que leo la reseña y rememoro la cinta, creo que Taboada debió verlas con fruición, hay escenas de hecho, que están entre el homenaje y la influencia no sé si conciente o inconciente (secuencia de la torre muy semejante a una de "I walked with a Zombie"), en peliculas posteriores de Taboada, menos logradas, veo en cambio una influencia, inoportuna a mi juicio, de Dario Argento y el Giallo.
Asimismo, quiero hacer una recomendación, la película "Picnic in Hanging Rock" de Peter Weir, ambientada en un colegio para señoritas a comienzos del siglo XX, la reseñé alguna vez, es semejante a "Hasta el viento", pero mucho menos ingenua, lástima que su director luego se dedicara a hacer basura comercial

un saludo
diego

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todas las historias deben ser contadas
www.68revoluciones.com

maciste II dijo...

Creo que de todo este último coleccionable (imperfecto e incompleto)lo que queda claro es que todos estos cineastas vieron mucho cine norteamericano. En este repaso de cuatro meses me he llevado más de una sorpresa con sus divertidas apropiaciones.
Anoto tu perspicacia lewton/tourneresca y me sumo a tu gusto por el film de Weir, en materia de internados del terror con coletas. Soy santo de esa devoción.
Gracias por estar ahí, amigo. Suerte en tus proyectos.