16 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (26)

HASTA EL VIENTO TIENE MIEDO (1968. Carlos Enrique Taboada)

La fuerza del recuerdo de este filme en el alma del mexicano de una cierta edad podría parecernos incólume, inalterable al paso del tiempo. En cambio fue el propio Tiempo quien la ha envejecido en gran medida, demasiada como para que no despierte en una revisión moderna una honda melancolía por los aromas perdidos. Esos espectadores que la vieron entonces, sobre todo, en sus pases por televisión y que conforme crecieron fueron creando alrededor de ese recuerdo una aureola de mito, quizá ahora al recobrarla al fin, gracias a las excelencias del DVD, es posible que comprueben que aquello no había sido tan consistente. Es lógico. Las trampas de la memoria, siempre caprichosa, se hallarían en desventaja ante una experiencia cinéfila mayor y que ajustaría más o menos la vigencia de un fetiche. Experiencia dolorosa del que se nutre de esa ensalada nostálgica que conforma lo más entrañable de nuestras propias biografías (la huella imborrable de las pequeñas cosas).
Sin embargo, la aparición reciente de un remake mexicano (Gustavo Moheno), dice mucho de lo que una generación nueva de cinéfilos, tal vez niños cuando se estrenó el original, le deben a una figura menospreciada (fuera de su pais) como es Carlos Enrique Taboada. Que Guillermo del Toro y otros de su quinta se planteen seriamente modernizar viejos títulos del maestro apuntaría a un perfecto ajuste de cuentas con respecto a los críticos extranjeros pero también como un pago en justo agradecimiento de una deuda contraída hacia el que bien pudieramos calificar como el artífice del terror moderno mexicano.
Y moderno desde el más respetuoso, honesto y amplio de los significados. Aportando novedad a la vez que recogiendo lo mejor del pasado. La esencia de lo gótico, no los tópicos más facilones en los que incurrió el género (no ya en su pais, sino en el mundo entero, o aquel mundo que quiso un día asustarse desde la platea).
Y si ese viento del título pudiera ser una pista de que podríamos encontrarnos con "más de lo mismo", esta es una pista falsa. Pues considero que Taboada utiliza el viento de manera machacona desde el paroxismo, lo neurótico, lo exacervado, lo desmitificador. El viento es un leitmotiv con pinta de personaje, y es tan importante como una buena banda sonora firmada por Raul Lavista. Es como si, salvando las distancias, Sjöstrom decidiera alterar el comportamiento de bonitas chamacas, después de haber dejado sorda perdida a una diosa muda de apellido Gish (el viento era alli -y ahora- el gran villano).
Tomándolo como una abstracción, este filme (que fue su primer terror) funcionaría mucho mejor que si lo vemos bajo una lectura convencional. Y en cambio, es más que evidente que fue una película con afán de comercialidad, en la línea de todo lo que se venía haciendo hasta entonces. Es cuando nos daríamos cuenta de que el guión adolece de muchos defectos. Por ejemplo, ¿a santo de qué tanto airecillo nocturno si estamos en pleno fin de curso?. ¿Dónde se hallan los papás de estas "niñas" pijas que se les matan, que se quedan sin vacaciones por un castigo de la directora?. ¿Dónde está el mundo real más allá de un noviete que salta un muro para verse con una de las alumnas en clara concesión erótico-angelical, como expondré más adelante?, ¿hay algo fuera de esa residencia de señoritas con torreón lúgubre al frente?, ¿tal vez no existe la policia en esa comarca?. Inclusive, Taboada despista nuestra atención al centrar durante una hora de metraje el elemento inquietante de la acción en la tiránica directora (la veterana Marga López), para en la recta final emborronarlo y volver a dibujar el personaje convirtiéndolo en vulnerable y atormentado, autoculpabilizador. Es el momento en que lo inquietante ya es el espíritu que se ha apoderado de la jóven Claudia (Alicia Bonet).
En otro orden de cosas, la elección de las estudiantas en muchos casos me parece un error. Estas crías superan la veintena en su gran mayoría, lo que hace perder morbidez pedófila al asunto (parafilia que el remake también ha pasado por alto. ¡Si es que cuarenta años no son nada!...). No hay nada más ridículo estéticamente que un adulto haciéndose pasar por un menor (vean si no videos de Marujita Diaz interpretando Mama, cómprame unas botas. Otro tipo de terror, pero terror a fin de cuentas). Doblemente censurable, si se juega con el erotismo como jugó Taboada (tal vez de manera ingenua pero nunca inocente). Porque el erotismo adolescente es tan importante aqui como pueda serlo el suspense y sus cosquilleos. Las chicas hablan y bromean entre ellas con enorme desparpajo sobre sus represiones y sus apetencias (el colmo de la osadia conversacional se produce cuando una le dice a otra, que tiene novio: Si tu chico no vale para eso -esto es, satisfacerla en su lecho- que se dedique a lo otro. ¿Qué es lo otro?-le pregunta la, más morbosa que ignorante, compañera. -Tu ya sabes. Y ahí termina la plática), hay escenas de ducha y, sobre todo, una leve corrupción de una de ellas (la desnudan, mientras alguna atrevida comenta la posibilidad de divertirse a su costa a continuación) para culminar en ese (lamentable) striptease de una tal Kitty, demasiado talludita (en modo alguno nínfula sexy, da putón y de lo más experimentada) como para despertar sentimientos menoreros (promociona su nada improvisado número con una frase esclarecedora: como en Paris). Lo único sobresaliente de ese instante es la mirada entre pudorosa y excitada de una de las más apetecibles pollitas (la que más pasa por serlo), mordiéndose la comisura de los labios con candoroso rubor.
Taboada siempre mostró gran predilección por el mundo infantil y sus quisicosas. De hecho hay algo en los impulsos transgresores de la autómata Claudia o la aventurera Kitty del Henry James de The turn of the screw y, por descontado, de su respuesta cinematográfica: The innocents, con toda probabilidad la mejor película de fantasmas del siglo XX (influencia ya totalmente descarada en su siguiente El libro de piedra). Tan loable obsesión culminaría en Veneno para las hadas (1984).
Lo que permanece irreprochable en Hasta el viento tiene miedo es esa labor de Taboada como director. Su empleo de la cámara, del montaje, de los sonidos, de la narrativa es de una madurez asombrosa. Continuaría derrochando esas excelencias en la antes citada El libro de piedra (que veremos mañana) y, en la siguiente década, cerrando su trilogia gótica en Más negro que la noche (1975).

continuará mañana con...
EL LIBRO DE PIEDRA
(1969. Carlos Enrique Taboada)