14 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (24)

EL IMPERIO DE DRACULA (1967. Federico Curiel)

Película realmente mala. En ella se sintetiza toda la decadencia en la que había entrado el género. De hecho, es la última de terror que dirigió Curiel. De terror terror, vamos (luego entraría a saco en los Santos y Mil Máscaras, con toda esa carga de hibridez a cuestas, último refugio para un artesano otrora tan importante. Es por esto mismo, que causa dolor este Imperio draculínico). Porque Curiel había sido el responsable de todo el ciclo del entrañable Nostradamus, por ejemplo. Y con esta versión tan tardía de la creación de Stoker se conformó llenándola de tópicos, revelando su auténtica inutilidad para la dirección de actores (a cual más pésimo) y confiando la efectividad del producto a la siempre agradecible utilización del color (de hecho uno de los principales reclamos si observamos los carteles publicitarios de época). Bien hubiera estado mejor haberla promocionado como la primera película de horror sin diálogos (como cierto Dracula vs. Frankenstein de Jess Franco), pues los pocos que hay son tan irritantes que ni el cinéfago más sensible a lo campy los puede resistir sin adormilarse.
Y no sólo eso. La enunciación de las frases más architrilladas es tristísima, carente de convicción. La gestualidad del galán (o lo que represente ese hombre que interpreta al médico antepasado del Barón) vacila entre lo impersonal y lo átono, pretende distanciarse de los hechos para acto seguido adherirse a la causa con la misma pachorra.
El vampiro ofical es Eric del Castillo, viejo conocido de la saga Nostradamus, y, por lo tanto, ya dirigido por Curiel repetidas veces. Su Dracula apócrifo (un tal Draculstein), cejijunto y casposo al máximo debe ser de los peores que han cruzado una pantalla de cine. Por no hablar de sus acompañantes, las supuestas bellas. Menuda panda de señoritas repollo, chupasangres peponas que cortan la magia del prototipo. Disponen de todos los efectos castradores para el aficionado más cool. Una vampira debe ser ante todo esbelta, de porte elegante, de rostro mórbido, malsano, ambiguo... Cuando la vampira no es fascinante y, en cambio, roza (o rebasa) la petardez entraríamos en otros terrenos: los que nos conducirían al burlesque, al sainete picante y a sus suripantas. Salvemos del dislate a la gran Lucha Villa, la chica de la función, la bravía de la canción mexicana. Un respeto. Su sensualidad y entrega en las canciones de Jose Alfredo Jimenez, su hermosa piel tostada. Cae de cajón que ni ella pertenecía al cine ni el cine la tuvo nunca. Algo similar a nuestra Rocío Jurado. Casos aparte.
El guión corrió a cuenta del hijo de Ramón Obón, que acababa de debutar en esto de escribir para la gran pantalla un año antes en Pánico (1966. Julián Soler), curiosamente una cinta compuesta por diferentes historias independientes entre sí, como la memorable Cien gritos de terror de su papá. Y como aquel, también el junior fue un considerable destajista. Lo llevaba en los genes, sin duda, el retoño. De la dirección de Curiel poco se puede añadir a lo dicho al principio. Es resaltable ese final histérico (muy de apoteósis revisteril), que de alguna manera había puesto de moda la precedente La loba y que a punto estuvo de transformar a los más milenarios monstruos en luchadores de catch en rings- cripta.
Pero, sobre todo, en Fantasia Mongo destacaré el arranque de la historia. El ataque en flashback de Draculstein a un gañán bien gordote y feorro (un chubby). Los especialistas en el género, en su día consideraron ese inicio como una evidente influencia del Dracula, príncipe de las tinieblas (1966) de Terence Fisher. Tal vez no se daban cuenta que aunque esa inmortal secuela se abría con un duelo, este era refrito y era monumental y, sobre todo, era un onanista homenaje a la elegancia suprema de Peter Cushing y Christopher Lee... cuando a ambos se les daba por jugar al "corre corre, que te pillo". En cambio, la mexicana carecía del brio teatral, del touch de la británica. Pero, de manera inaudita, sin pretenderlo siquiera, Curiel aportaría algo tan o más regocijante (por lo insólito y original): el avance persistente y demoledor de Eric del Castillo sobre su sebosa víctima podría con facilidad admitir subtextos homosexuales mucho antes de Warhol, Paul Morrisey, Ayn Rand o, en otra onda, el Deliverance de Boorman. La colocación-magreo de los cuerpos (sin duda, pura casualidad, pero ahí están) que llegan hasta a abrazarse durante unos segundos, alberga un sentimiento homófilo que no encajaba en modo alguno dentro del comportamiento machista del mexicano (por otra parte, imaginarse en esa tesitura a dos gentlemen irreprochables como Lee y Cushing sería de lo más funesto. Sólo aceptable si el coito antinatura se descifrase en forma de charada intelectual, de damero maldito a lo Caine-Olivier en La huella. Y con tormentita de fondo).
Acelerando esas pulsiones, y viendo el aspecto marginal de esos dos infraseres (se trataría de una violación sodomítica donde no hay anos, sino cloacas) raro es que la secuencia hubiera disgustado a un juvenil Fassbinder (si la hubiese visto en su momento). Lástima que el alemán nunca hiciera una de vampiros adultos (produjo Zärtlichkeit der wölfe, pero esta era otra cosa... más langiana. Y no la dirigió. Herzog, el otro innovador del cine alemán de la segunda mitad del siglo, en los ochenta optó por Murnau: curiosamente, un director filogay). Hubiera sido bonito compararla con la aproximación al tema de Herzog. Este último derrochó toda su fascinación hipnótica en Nosferatu (al que habría que añadir la del carismático Kinski), mientras que Fassbinder seguro que hubiera recogido buena parte de esa sexualidad hedorosa (prácticamente gueto) del guevón Draculstein (pero en germano, claro. Que menudo era el puto gordo). Sólo es una hipótesis.

continuará mañana con...
DR. SATAN Y LA MAGIA NEGRA
(1968. Rogelio A. González)