13 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (23)

LA LOBA (1965. Rafael Baledón)

Volvemos a las posticerías. Qué le vamos a hacer. Dentro de lo que cabe es un mal menor. Además el filme abordaba el tema de la licantropía por primera vez, y eso ya es todo un tanto (si exceptuamos aquel El hombre y el monstruo del propio Baledón en 1959, en donde el titular casi era un hombre lobo, sino fuera porque se le enchían a sus perseguidores la boca con palabras como fiera sobrenatural o satánica). Y, qué caramba, siempre resulta de lo más estimulante contemplar su versión femenina. Exactamente una Kitty de Hoyos demencial y subyugante, tan ridícula como sublime en sus ataques de luna, implacables eran. La de dios.
Tomándola como se debe, es un gran divertimento. Exploitation en toda regla, con insólitas concesiones a lo sanguinolento, al splatter (que dicen en USA). Aqui no hay romanticismo que valga. A pesar de que la loba quiera al lobo (con piel de Cordero, don Joaquin), como vemos en esa traca final alargada con total impudor, en la que ambos agonizantes se buscan las garritas para morir unidos. Entonces, el cinéfilo de siempre, tenderá en un ataque de lucidez en pensar en ellos como una premonición tercermundista del amor prehistórico que vivirían en breve la Welch y John Richardson en Hace un millón de años (1966. Don Chaffey). Y digo tercermundista pues sus atrezzos son pobretones de más. Pero ¡ay, la Kitty!... está desopilante en su entrega. No convendría minusvalorarla, ni a ella ni a la película. Su crueldad, llevada hasta el paroxismo en su empecinamiento por comerse a la niña sordomuda, es de lo más insólito para la época en la que fue rodada. Nunca hubo monstruo mexicano que no se doblegara ante la mirada de un crío. Y encima si luce una tarita. La De Hoyos en eso no transije.
Claro que hay atmósfera. La atmósfera ya es parte esencial del terror patrio. Es imposible desprenderse de ella porque es como un perfume intenso que se impregna hasta el mareo en una piel, como una tonalidad indefinible que se ha aplicado sobre un lienzo y que no se borra.
Los diez primeros minutos son bárbaros. No se dice palabra alguna pero suceden tres espantosos crímenes. Y hay tensión y regodeo en la sangre. ¿Alguién da más por menos?. Tanto esta parte como todo el desenlace (puramente orgiástico) es lo mejor. En medio quedarían una mediocre sucesión de inexplicables y obsesivos montajes paralelos, un incremento paulatino de los personajes secundarios (como el absurdo Noé Murayama y su Rin Tin Tin mata licántropos), un avejentado y casi zen Crox Alvarado en calidad de columna de mármol o faro vigía, una desperdiciada Columba Dominguez (y aún nos la quieren hacer creer mamita de la Hoyos, cuando por fecha de nacimiento bien pudieran ser hermanas) y un sano erotismo a cargo de la loba oficial a través de esa transformación que implica la exhibición de una desnudez que acabará- demasiado rápido- cubierta de las pilosidades de rigor. El erotismo masculino en cambio brillaría por su ausencia, puesto que Cordero bestializado, cuando salta por los montes con sus camisas desgarradas, más parecería un Hulk Ferrigno al que se le hubiera deshinchado todo el método Weider.
Me atrevería a afirmar que la repercusión de este filme en otros países fue más importante de lo que muchos "ortodoxos" supondrían. Dos ejemplos (la Welch, aparte). Encuentro muy veladas apropiaciones /inspiraciones en años sucesivos en dos cintas españolas de diferente pelaje y/o calidad. Creo firmemente que el gran Pedro Olea la debió tener presente para su soberbia El bosque del lobo (1969) -licantropía sin carnavalitos ni concesiones al tópico, antes bien de una sequedad rayana en lo malrrollista que aún hoy da repelús: y no precisamente por el lobo- en la parte en la que Columba queda atrapada por el cepo destinado a los licántropos (Jose Luis López Vázquez era capturado de esta guisa. Y la misma crueldad infanticida -si bien sin regodeos, tomada como un estigma que lo llena de infelicidad- en este caso, con la niña Inma de Santis) y, por otro lado, la visión de una Hoyos de cabellera desmadejada, cubierta de una curiosa pelliza (y peludas zapatillas de andar por casa) , enseñando colmillos y brincando al ralentí me recordó a Barbara Rey o Loreta Tovar en la inenarrable La noche de los brujos (1973. Amando de Ossorio) buscando del tal guisa sangre fresca, de camping en camping, por un Africa más falsa que sus inmortales seudónimos.

continuará mañana con...
EL IMPERIO DE DRACULA
(1967. Federico Curiel)