12 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (22)

CIEN GRITOS DE TERROR (1965. Ramón Obón)

Obón es capital en este coleccionable. Su labor de guionista dio títulos claves como El vampiro, Misterios de ultratumba, La marca de Satanás, El grito de la muerte o La loba. Adaptó para la imágen la figura emblemática del tebeístico Santo. Además fue dialoguista y encargado de puestas en escena en variopintos filmes durante la década de los cincuenta. Le faltaba pasar a la dirección (como hizo Taboada, por ejemplo). Y ahí dejó para la posterioridad una única cinta, un filme isla, una delicatessen que, de alguna manera, iba a romper en Mexico con todo lo que se había venido proponiendo en materia terrorífica hasta ese momento. Porque sus Cien gritos de terror abandonaba las recreaciones históricas, los fantasmas autóctonos o importados, la comercialidad y sus quistes con formas de comicastros y rumberas. Todo lo liquidó de un plumazo y con una cámara, cámara que de pronto se volvía loca y anticipaba una sicodelia que en ese país o no llegó nunca o lo hacía sólo para aliñar las siluetas rozagantes de Maura Monti y similares.
Contemporaneizaba el terror por fin. Abogaba a los miedos más cercanos del ciudadano medio (y universal). Ese que parte de las pequeñas cosas, de lo cotidiano y que se filtra en nuestra mente entregada a la histeria bajo diferentes apariencias (a cual más escalofriantes). Pese a Freud y De Cordova en sus infinitos destrozos emocionales (El hombre sin rostro, En la palma de tu mano, El...) aqui ya estamos más cerca de Bécquer o Calderón ( es decir, unos pulsiones anímicas de alta literatura que abogan por reinvindicar el sueño como fenómeno de fecundidad macabra). Los resultados de un producto tan arriesgado aquejan de mucha ingenuidad pero, a la larga, resultan encomiables. Por lo anómalos. Sobre todo, en su extraordinario segundo sketch (la película se divide en dos historias cortas, ideal para un especialista en short stories como era Obón. Una táctica que venía funcionando muy bien en Italia pero que en Mexico no tuvo continuidad).

PANICO
La primera de ellas. Cuenta la peripecia mortal de un matrimonio en crisis (Joaquin Cordero y Ariadna Welter) que acaban de instalarse en una casa a las afueras de la ciudad. Esta había pertenecido, según le cuenta Cordero, a una familia cuyo esposo e hija fallecieron en extrañas circunstancias mientras la mujer perdía el juicio tras enterarse de todo lo sucedido. La Welter queda muy afectada por lo relatado y sufre un ataque de ansiedad, lo que obliga al marido a ir en busca de un médico. Y queda sola. Entonces comienza su pesadilla. Escucha cadenas que se arrastran, gritos histéricos de mujer. Finalmente ve a la anterior inquilina con rostro cadavérico y se desmaya. Bien pudiera estar muerta. En realidad, todo se trata de un plan de Cordero y su amante (Ofelia Capuleto) para deshacerse de la santa. Pero donde las dan las toman y, cuando van a enterrar lo que creen fiambre, se percatan de que éste ha desaparecido. La situación ahora actúa a la inversa y será la propia Welter la que vaya eliminando a los otros dos, aprovechándose del horror de la amante.
Poco original planteamiento, resuelto por Obón con una técnica modesta pero efectiva. No desdeña el grand guignol (recientemente patentado por Aldrich en el Baby Jane) y con convincentes interpretaciones (sobre todo de la hermosa Capuleto). Dilatado epílogo y algo estridente empleo del score a cargo de Rafael Carrión (uno de los hermanos Carrión, conjunto músico-vocal de gran éxito a principios de los sesenta y con personalidades por separado como la de este Rafael, que trabajó mucho para el cine de su país, uno de los introductores del jazz en sus películas).

MIEDO SUPREMO
Espectacular tour de force entre Jorge Martinez de Hoyos y Alicia Caro. Cuarenta minutos de emoción e intriga psicológica en el interior de una cripta. A ratos parece un capítulo de Alfred Hitchcock presenta. Es claustrofobia elevada a la enésima potencia.
De Hoyos ha ido a visitar a la cripta común a su novia, muerta hacía seis meses. Sólo dispone de media hora. Por casualidades del destino queda encerrado en el lugar. Se queda dormido. Al poco, despierta al escuchar gritos de una mujer en el interior de una lápida adyacente. Justo acababan de enterrarla cuando el llegó. Rompe la pared, todavía con cemento fresco y salva a la cataléptica. A partir de ahí, se inicia un proceso de rehabilitación psicológica de esa persona (el es médico), tremendamente alterada por su experiencia. Los esfuerzos del doctor tropiezan con infinitos escollos: le suministra sedantes pero ella teme a la noche, a la oscuridad que finalmente se la llevará al mundo de los muertos. El enciende velas, prueba de mil maneras, pero las candelas se van consumiendo a toda celeridad. Las explicaciones de Alicia tienden a lo apocalíptico. Sin embargo, el trata de buscar justificaciones racionales. Y existen: la humedad favorece la falta de combustión, por ejemplo. Pero el proceso de locura de la mujer ya está muy avanzado. Cuando la oscuridad es más pétrea, el ya no la localiza. La llama. Silencio. Al cabo, la mujer salta sobre él provista de un cuchillo. Forcejean. En una escena antológica la estrangula. El perfil del actor entonces es puritito Lugosi. Admirable momento. Y mejor lo que sigue: amanece y se encuentra solo. Los encargados de la cripta no ven nada anormal a su alrededor. Es posible que todo se tratase de una pesadilla (calla y lo reflexiona en off).
Lo más admirable es la capacidad de Obón de infundirnos miedo partiendo de algo tan cotidiano como es la claustrofilia. Sin supermonstruos ni carnavales del maquillaje. Con poca luz, el espacio reducido, y ese recurso a expoliar nuestros aletargados pánicos infantiles. Pero también el complejo asunto de las patologías en adultos débiles mentales, que ven lo que no hay sólo por haberse abandonado a los instintos. Imposible no adherirse a esta historia que encima está bien interpretada (es decisivo el trabajo actoral en estos casos, como lo era en El ángel exterminador o en aquella atrevida adaptación argentina del Huis clos sartriano perpetrada por Pedro Herrero en 1962).
Una rara avis que marcaba el comienzo del terror moderno en Mexico (a la espera de las cosas de Carlos E. Taboada y los mundos más enrevesados de los petulantes artistas del movimiento Pánico).

continuará mañana con...
LA LOBA
(1965. Rafel Baledón)