11 agosto 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (21)

MUSEO DEL HORROR (1964. Rafael Baledón)

La innegable apostura de Rafael Baledón (padre) hizo que entrara en la cinematografía de su pais en calidad de astro. El fue un buen galán, sobre todo durante la década de lo años cuarenta (se le recuerda su prestancia y charme latino del lado de la diosa escultórica Maria Felix en un título capital de ésta última: Maria Eugenia, nada menos). A través de ese conocimiento que muchos actores van adquiriendo tras innumerables horas de rodaje, saltó al campo de la dirección en los años cincuenta, siendo prolífico artesano como ya comentamos en su debido momento. La edad y la relevancia decisiva de su hijo en ese mismo ámbito motivaron que a partir de los ochenta, este hombre de cine fuese abandonando la dirección para acabar retomando sus iniciales cometidos como intérprete, si bien ya en el fenómeno televisivo de los culebrones (patriarca de todas las verduleras con ínfulas de heroínas), como cabría esperar. Evolución muy consecuente, si lo pensamos un poco.
El Baledón director nunca hizo ascos a género alguno. Y desde la sagacidad del artesano con instinto de éxito supo apartarse de aquellos que, según iban declinando en popularidad, dejaban de dar dividendos en taquilla. En el terror, aportó un título tan entrañable como El pantano de las ánimas, otro incógnito pero seguramente muy sabroso El hombre y el monstruo, y, desde luego, su gran obra maestra: Orlak (de La loba ya nos ocuparemos esta semana).
A mediados de los años sesenta, el terror mexicano estaba dando síntomas de agotamiento. Sus más fieles representantes lo constataban abandonando nuevos proyectos y relegando el filón del susto a las baratas producciones en cadena de Santo y similares. Baledón, de la mano de guionistas que habían visto mucho cine de terror norteamericano, aún conservaba ese sentimiento respetuoso por el género, al que de desigual forma trató de infundirle un aroma romántico (por no decir, gótico), típico de la mejor tradición. Con el Museo del horror, filme fallido por entero, se alió con José María Fernández Unsáin (stajanovista crónico y autor también del script de la alucinante La nave de los monstruos), con la intención de reinterpretar la historia clásica de Los crímenes del museo de cera y su figura romántica por antonomasia: el escultor Jarrod (interpretado en su momento por Vincent Price, y que terminó encasillando a este gran actor en papeles torvos, alejándolo de esos inicios en la Fox como villano elegante que servía para rotos y descosidos, idóneo en el melodrama de camafeo, perfecto para la orientalia de bazar). Había pues material suficiente como para, a partir de él, adaptarlo a una sensibilidad mexicana. Pero las ambiciones del guionista no pararon ahí. Estaba fresco el estreno de El fantasma de la ópera de Terence Fisher y chapuceramente se refundieron ambas fábulas sin acabar de funcionar ni la una ni la otra.
Nos hallamos pues ante un personaje negativo (que interpreta el solvente Joaquin Cordero), un actor retirado (el tema escénico de El fantasma...) que vive amargado por una cojera que le impide seguir actuando encima de las tablas (¡si la Bernhardt hablara...!). Vive concentrado en su museo particular, compone figuras de cera (sólo femeninas) que representan a las más célebres mujeres de la dramaturgia universal (Ofelia, Electra, la Margarita de Goethe...). La película arranca con el horrible crimen callejero a una bella mujer por un enmascarado de rostro oculto por una careta macabra. Este ser la conduce a su guarida y, ya allí, atada de pies y manos, le arroja al rostro la cera hirviendo contenida en una enorme tinaja. Evidentemente, desde el primer instante el espectador sabe quien es el asesino. Lo cual no debería ser un hándicap para que una película pueda seguir resultando entretenida. Sin embargo, Baledón de manera inverosimil (culpas del guión), trata de oscurecer la claridad de los hechos enredando la madeja de forma innecesaria, desviando la acción hacia las pesquisas de una policia que ve demasiados posibles culpables a su alrededor. La excesiva preponderancia de los detectives en la acción empobrece la parte sentimental (y por ende, romántica) de ese protagonista enamorado de la muchacha que lo admira tanto. Con lo cual, la película ha quedado hecha un estropicio. Además, de alguna manera, Baledón nos quiere hacer tontos. Procura que pensemos que el asesino embozado pueda ser otro: desde un médico noctámbulo o un embalsamador misógino hasta el pretendiente eterno de la chica (un pimpollo Julio Alemán), demasiado celoso por el creciente enganche de su prometida hacia el dueño del museo. Y una historia tan hermosa como ésta jamás necesitaría de empastes de thriller para aumentar el interés. Incluso esos fugaces intervalos románticos (hombre atormentado, incapaz de amar a esa doncella tan sólo porque está viva, tan sólo porque no es Julieta Capuleto y que demostraría que se trata de un claro ejemplo de mitómano de necrofílico subido) se chafan al descubrirse que hasta esa cojera la simula, que en el fondo nos topamos ante un villano no demasiado diferente a un forajido de western malo. Es ridículo que esconda sus crímenes tras una máscara putrefacta. Y como lo es (máscara y no llaga), no alcanzará jamás a poseer la entidad decadente y autodestructiva de un Jarrod, la autenticidad perversa de un profesor Petrie (ambos sí de rostros destrozados por las llamas). La diferencia entre querer ser y serlo de verdad. Ese abismo.
Un final pésimamente realizado termina por dar al traste tan -a priori- interesante proyecto (la muerte de Cordero en el teatro carece de tensión, hay planos innecesarios que rompen la dinámica, existen demasiadas panorámicas que impiden recoger el detalle concreto). Ni siquiera unos momentos de gran brillantez, como serían las pesadillas de la cupletista en las que ve resucitar muertos del panteón, salvarían de mi quema a esta aventura baledoniana a costa de los fantasmas marmóreos de la diosa Talía. Es posible que el no va más del terror museístico ya lo hubiera dado el año anterior el entrañable enmascarado de Plata en la estupenda Santo en el museo de cera (1963. Alfonso Corona Blake). A el, pues, me remito.

continuará mañana con
CIEN GRITOS DE TERROR
(1965. Ramón Obón)


FOTOS 2 y 3: Rafael Baledón y Joaquin Cordero, respectivamente. En los años cuarenta el primero y en los cincuenta el segundo.

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