20 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (20)

LA INVASION DE LOS VAMPIROS (1963. Miguel Morayta)

Continuación en toda regla de El vampiro sangriento, rodada poco después con el mismo elenco técnico y artístico (y si, también repite el score loco del maestro Bretón. Aquellos horrísonos que vacilaban entre la experimentación, el ruidismo y la música de iglesia). Por lo tanto nos volvemos a topar en la hacienda de las Animas, lugar de residencia de los Frankenhausen, condes insólitos donde los haya. Morayta, libre de retóricas, prescindiendo de teorías perogrullescas, con la seguridad de que el espectador iniciado conoce de que va el asunto de marras, despliega ahora toda su delirante concepción de lo macabro apurando la emoción, renunciando al estatismo teatral (defecto inconcebible de este autor en su previo Vampiro, a no ser que estuviera pretendiendo imitar a Browning cuando se encontró con Lugosi) en beneficio de una historia a la que se deberá encontrar un desenlace como sea. Con respecto a la anterior, los personajes principales (me refiero ahora a los condes) se exhiben con una actitud algo diferente pero no por ello dejan de resultar interesantes. Asi, el vampiro vivo (Carlos Agostí) diríase que ha perdido la facultad de llevar el mando de la hacienda de manera ortodoxa (el empleo de las llaves, en el fondo, siempre le debió resbalar pues lo suyo es traspasar paredes), pasando a ser controlada en exclusiva por la siempre prepotente Frau Hildegarda, gobernanta de armas tomar. El conde Frankenhausen pese a conservar un status de señor y de residente, al menos diurno (su camita en la cripta sigue caliente) se obstina en ser amenaza oculta tras las ventanas de las habitaciones. En cuanto a la condesa Brunilda (Erna Martha Bauman), prosigue hipnotizada pero ya se yergue de su lecho para acogerse en su nuevo estado sonambúlico a una suerte de erotismo descafeinado, en tanto que pasea en camisón por dentro y por fuera de la hacienda (pena no haberse apurado un poco más la escenita en la que se introduce en las aguas). Por lo demás, Morayta depura los diálogos (suprimiendo monólogos didácticos), concentrándose en un reducido casting (con la penosa, eso sí, inclusión del cómico Mantequilla en un rol de caganas), para que no se diluya el interés de unas situaciones ya previamente desarrolladas. Se incorpora como héroe el atractivo galán Rafael del Río, enviado por el conde Cagliostro para que termine con el escándalo de los vampiros. En seguida se aliará con el abuelo de Brunilda que permanece en la casa desesperado por la salud de su nieta, a la que cree necesitada de transfusiones, al menos eso es lo que le ha dicho la engañadora Hildegarda. El doctor, que no tiene nada de tonto, pronto le hará entrar en razón, pues sospecha que Hildegarda es la verdadera causante, no sólo del estado catatónico de la muchacha sino también de debilitar mentalmente al abuelo con sus infusiones. Vuelve a salir a colación el tema de la mandrágora negra y del ácido bórico para, en el ínterin, regalarnos el director una estupenda secuencia de acción: el ataque de Frankenhausen- en su entidad de murciélago enorme- al jóven médico (a pesar de que el bicho está diseñado con chusquedad, siempre será preferible a ver a Agostí enseñándonos sus caries con ese bigotillo de cantante de rancheras). Y si en la anterior parte no nos había gustado demasiado aquello mismo, ahora en cambio nos entusiasma porque el contacto entre ambos rivales llega hasta el fondo. Rafael es mordido (o más bien, zarpado) en la cara no sin antes atravesarle la cabeza al atacante con una lanza. También resulta de lo más reconfortante el paseo forzoso de los vampiros muertos (de una calidad espectral que les faltaba por completo a los zombies de Santo, el enmascarado de Plata).
En definitiva, Morayta aprueba con nota en esta continuación. A pesar de que no haya un arranque magnífico con árboles de ahorcados ni carretas fantasmas que lo amparen. Se entiende que los defectos de la anterior (que eran tantos) aqui han sido subsanados desde la reelaboración. Actitud que siempre viene pareja a la seguridad del que dirige y que redunda en un ritmo más ajustado y en una eliminación de lo superfluo (puesto que el enfatismo ya es algo congénito en lo latino vulgaris).

Ya habíamos contado telegráficamente que Morayta era un español en el exilio. Sería interesante a lo dicho, añadir un poco más de su curriculum vital. En los años treinta cursó los estudios en Toledo, y prosiguió en la academia militar de Segovia hasta que en 1936 estalla la guerra civil y en vez de ponerse al servicio de los golpistas continúa fiel a la República. El único contacto cinematográfico que mantuvo durante esos años tan caóticos fue el haber conocido a la realizadora y escritora Leni Riefensthal y a otras personas de los estudios UFA. Durante lo que quedaba de guerra pasó por diferentes campos de concentración hasta que fue indultado, logrando escapar a las Américas (al parecer, en el viaje en barco coincidiría con Alcalá Zamora, presidente del defenestrado gobierno español, el cual confesó tiempo después que el futuro director carecía de una ideología definida). La intención de Morayta era la de instalarse en Argentina, pero al recalar primero en Mexico y tomar contacto con diferentes profesionales de lo audiovisual decidió quedarse y estudiar en este nuevo campo. Asi con el tiempo, su nombre siempre irá ligado al cine de géneros (el más popular, el menos comprometido. Zamora apuntaba bien en sus reflexiones marítimas) de ese país (consiguiendo dirigir a compatriotas como Lola Flores o Joselito, estos en sus múltiples giras, cesareanas o no), asi hasta conformar una de las filmografías más prolíficas del cine continental (llegó a firmar la friolera de doscientas películas). Termino la reseña, señalando que Morayta sigue vivo. Ha superado los cien años. Hablamos pues de un superviviente de todas las batallas y, como tal, de un individuo no exento de un misterio diríase que ultraterreno, como Frankenhausen.

continuará el mes que viene

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

A mi que el terror cinematográfico mejicano.....¡Como no que no......me ilusiona.....!