19 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (19)

LA VENGANZA DEL RESUCITADO (1962. Federico Curiel)

Curiel ha sido con diferencia el director más empecinado en asentar en México el subgénero fantástico del cine de enmascarados. La tradición del embozado, que partiría directamente de la tradición y que habría pasado del lenguaje oral al escrito por medio de lo folletinesco, es a partir de los años cincuenta un recurrente de lo más tópico. Y asi frente a los Draculines a cara descubierta o los monstruos de careta pilosa se opondría un término medio en la figura del héroe (positivo o negativo) con antifaz o verduguín de cuero. En si resultan muy entrañables. Además consiguieron despertar la imaginación de generaciones muy jóvenes sin desapegarse de la realidad por completo, caso contrario de los habitantes de tanta galería del terror. Pienso ahora en los jinetes que nos ocupan hoy: sus aventuras en defensa de los inocentes, contra las bellaquerías de los bandoleros hicieron que estos centauros de rostro en interrogación arrastraran a los cines a públicos más heterogéneos que otros personajes de ficción de no tan humana índole.
Convendría otra puntualización. Y es que la figura del embozado admitiría a su vez variantes. No es lo mismo Santo o Blue Demon o Neutrón que Latigo Negro o el Encapuchado Negro. Estos últimos se circunscriben a la tradición realista del western, mientras que los primeros derivan hacia el mundo de la fantasía y sus bifurcaciones terroríficas, al menos cuando estas estuvieron más en boga (aunque Santo dejó momentáneamente tanta cripta cuando el furor 007 golpeó las taquillas del mundo, pronto retornó a sus orígenes. En el caso de Blue Demon, super héroe tardío, al aparecer en pleno jamesbondismo su serie se agotó por si misma no bien la moda cambió, debiendo aliarse con Santo si quería subsistir como marca registrada en una larga serie de títulos que de todas formas estaban ayudándoles a aunar fuerzas conjuntas tanto al uno como al otro, pues sus crisis creativas eran más que alarmantes). Pese a esto, los jinetes del western tampoco se librarían del tono terrorífico, pues la taquilla es sagrada. A fin de cuentas, el campesinado que ocupa sus praderas se alimentaba de supersticiones de diversa índole, como ya hemos visto con el mito de la Llorona. Como ejemplo más señero, también nos valdría el cine del torerillo Gastón Santos, que aunque cabalgaba sin antifaz, debió verse envuelto en una serie de situaciones en apariencia dignas de un AbrahamVan Helsing. Curiosamente, el caballo del bueno en esta Venganza del resucitado también responde al nombre de Rayo, como el de Gastón en sus pantanos.
Aparte de esto, no es especialmente reseñable este título, segundo de una serie de tres sobre El encapuchado negro (el primero fue Los encapuchados del infierno y el tercero -y último- La barranca sangrienta, todos rodados ese mismo año por Curiel y con la parejita Julio Alemán-Ana Bertha Lepe de protagonistas). Y es que el argumento siempre es el mismo, ya no sólo con respecto a los otros episodios de la serie sino del western de toda la vida made in Churubusco: malvados que atemorizan a un pueblo por culpa de un tesoro oculto y las vicisitudes que el machito de turno pasará para que venza la justicia.
El rodaje rápido se nota en muchos detalles chapuceros (quizá el más clamoroso de todos sea el de un personaje circunstancial que no se ha enterado bien de los vínculos que unen a la protagonista femenina con la anciana secuestrada por el encapuchado negro -que es su nieta- tildándola de sobrina). Mal interpretada en general, con una Ana Bertha Lepe poco creible en un papel que representaría menos edad, cuando ella ya bordeaba la treintena. Incluso el climax final de la vieja algo machorra, una especie de plato fuerte de la función ya en si es un pésimo error. Pues siempre preferiremos que en estas tesituras se halle una doncella rozagante y ligerita de ropa, suplicando hasta la afonía ser salvada por el héroe antes que una insoportable octogenaria con un vestido de alivio y bufanda en bandolera chillando a la espera de que la desate su Caperucita (tal es el caso).
Y aunque Ana Bertha Lepe esté bastante inapropiada aquí (reconociendo que en la guarida del Encapuchado salía convenientemente realzada en su encadenamiento con grilletes gracias a esa fotografía típica del cine de terror) yo la recuerdo mejor en un título ignoto del pretencioso Manuel Mur Oti. Hablo de Una chica de Chicago (1957) en donde la Miss México 1954 era la protagonista y lo mejor del filme, sobre todo por dos exclusivas frivolités: a) practicando esquí acuático en bañador, a lo Esther Williams y b) bailando una especie de danzón o cha cha chá -no podría precisar ahora- con un apuesto rubiales yanqui que parecía sacado de las páginas de un VIM de la época (ambas escenas se habían rodado en Cuba, donde hizo la Lepe corta carrera).

continuará mañana con...
LA INVASION DE LOS VAMPIROS
(1963. Miguel Morayta)