18 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (18)

EL BARON DEL TERROR (1962. Chano Urueta)

Si lo tomamos con una cierta gravedad, este filme es muy decepcionante. Pensemos que viene de ese Urueta magnífico de El espejo de la bruja, por ejemplo, rodada por el mismo tiempo. Pero es que ese año, el director firmó hasta cinco películas, algo que muy pocos directores serían capaces de soportar, al menos con un mínimo de dignidad (pienso ahora en un director clásico de Hollywood, William A. Wellman, capaz de no dar en sus años más fecundos-primeros de los treinta- una película mala). Como no es el caso, tanto miserabilismo, tanta inoperancia técnica, tanta desfachatez estética a la larga (y como bien apunta el crítico Carlos Aguilar) acaban despertando en el aficionado un sentimiento de misericordia, no exento de guasa. Precisamente por ese humor totalmente involuntario, esta película que quiere pasar por seria, una típica "de miedo", consigue lo contrario. Y nuestra hilaridad (mezclada con una mueca atónita, como de "esto no es posible") se mantendría a lo largo de todo el metraje. Lo cual ya de por sí es un mérito.
También es verdad que echando un vistazo al extenso reparto, a priori parecería que nos hallamos ante un proyecto de alta importancia (se reencontraban los principales protagonistas de los vampiros de Méndez, sumándose Federico Curiel en un rol detectivesco). Pero no nos llevemos a engaño. Si asi lo hacemos, nuestro gozo queda en un pozo (y no cormaniano) al percatarnos que el barón titular no es otro que el siempre chusco Abel Salazar. Que no niego que tuviera un talento innato para la comedia facilona ni olfato para producir títulos de calidad dentro del género. Pero es que Dios le dio una cara tan coñona que le impidió siempre despertar algo que se aproximase al desasosiego.
Como mucho la historia presenta una novedad (con respecto a este coleccionable): el tema de la Inquisición. Justamente, Salazar era un barón que en su momento (segunda mitad del siglo XVII) había sido ajusticiado, acusado de hereje, de apóstata, de ladrón de cadáveres y de un montón de sanas actividades extra religiosas más por el santo tribunal y liquidado en plaza pública. Pasados los siglos, el barón gracias a un peculiar alimento consistente en cerebros humanos consigue sobrevivir y clama venganza contra todos y cada uno de los descendientes de aquellos inquisidores ruines que le quemaron en la hoguera. Poco a poco sus propósitos se harán realidad. Además en 1960 ya sabemos que la policia mexicana no estaba para demasiados trotes. Y más aún tratándose de un caballero que con moderadas dosis de sesos (y que ingiere con ese touch que tienen los aristócratas: abre la vitrina, saca el caliz de plata con el alimento, hunde en el interior una cucharilla como si estuviera comiendo un flan y para adentro) se transforma en monstruo (básicamente, cabeza y garras) quedando su auténtica apariencia humana impune por tal motivo.
Es en el diseño del monstruo donde los mexicanos no tuvieron ningún sentido del decoro. Sobre todo, esa lengua enorme y bífida que cada vez que la saca a relucir borra de un plumazo la poca donosura brumellesca de su portador. Y esas manos como alicates... Sólo Ed Wood solía caer tan bajo. No en vano, este filme es un buen equivalente de muchos de factura norteamericana que nutrían los drive-in's en los años cincuenta-sesenta. Ya no existe "atmósfera", todo es pura exploitation.
Otro de los momentos más descacharrantes es el del aniquilamiento de Germán Robles e hija. Salazar siempre opera de la misma forma. Primero hipnotiza, luego paraliza y, finalmente, transformado en monstruo cascabelero, los manda a tomar por culo. Pues bien, el caso Robles es increible. Salazar ya está de lleno en el proceso hipnotista (se le encienden a la altura de los ojos unas luces parpadeantes, típicas de un conductor de coche al que desde el otro lado de la via le meten unas luces largas). La expresión de sorpresa y perplejidad de Robles, con esos ojos bien abiertos que ven cómo Salazar seduce a su hija delante de sus narices para, acto seguido, metamorfosearse en bestia, es literalmente para caerse de la butaca de la risa. Es un absurdo. Es surrealismo. Y lo mejor es que va en serio. Otro tanto sucede con otro de los invitados a la fiesta, que alucina in pause con el numerito del beso impune a su esposa (acabará el cornudo abrasado en una caldera que esconde el barón en la pared de la salita, donde normalmente quedaría mejor un cuadro ecuestre). De hecho, me estoy replanteando mi juicio desfavorable sobre la calidad interpretativa de los actores mexicanos. Pienso que si después de esto pudieron retener el pis es que en realidad estaríamos hablando de titanes escénicos (y a la altura de los encuentros Blake Edwards-Peter Sellers, otro caso histórico de gravedad a punto de ser abortada por sonoras carcajadas y ojos cubiertos de lágrimas en el set de rodaje) . En esa fiesta (que no guateque, ya que ha salido a colación Blake Edwards) en la que se congrega la flor y nata de los nuevos inquisidores, el anuncio de los invitados es divertidísimo. Salazar capta por la fisonomia de los rostros quién fue quién. Y vive dios, que muchas de las similitudes son del todo inverosímiles (una bella muchacha bajo el efecto de la transparencia puede ser un otoñal juez con melena por el mero motivo de que todo es válido en el reino de los despropósitos).
Un final tópico y bien filmado (aunque nos reserve una última guinda de delirio con los ayudantes del policia muy brutos acabando con el vengador a base de lanzallamas, artilugios peligrosísimos por sus efectos desproporcionados para la integridad de los "buenos" que por allí pululan), no debería a esas alturas llevar a malentendidos a nadie. En resumidas cuentas, El barón del terror es una pieza maestra del humor involuntario que dice mucho de la ingenuidad del pueblo mexicano a la hora de ponerse a desbarrar a cuenta de sus monstruos favoritos. Sabiéndola mirar, es toda una gozada.

continuará mañana con...
LA VENGANZA DEL RESUCITADO
(1962. Federico Curiel)