17 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (17)

SANTO VS. LAS MUJERES VAMPIRO (1962. Alfonso Corona Blake)

Nos encontramos aqui ante un excelente filme de horror, en donde el protagonismo del habitualmente anticlimático Santo mengua en importancia por bien del género. Su papel es casi secundario en comparación con las fuerzas del Mal, y esa ya debería ser una de las pruebas definitivas para entender por qué Las mujeres vampiro sigue siendo un espectáculo del todo recomendable. Los parones argumentales que siempre suponen los combates de ring (aunque en el ring se inmiscuyan elementos ajenos a la noble lucha) aqui más que nunca evidencian la triste inferioridad mítica del héroe en cuestión, que parece seguir encontrándonse más a gusto como golosina idónea para ser consumida por una infancia adicta a los tebeuchos baratos que como portador para un público adulto de una fascinación que sirva de equilibrio a una historia tan supraterrenal como ésta. Y aunque como filme mexicano antiguo de cariz popular se evidencie una estética camp de kitsch subido, la atmósfera y el pulso narrativo de un Blake poco subordinado al divismo enmascarado, emerge como plato fuerte de la función. Sólo el arranque, dilatado durante unos buenos diez minutos asombran por la calidad y el encanto. Y la chicha.
Vampiras que resucitan de sus sarcófagos centenarios en esa cripta situada en un caserón cerca del bosque de abedules. Carnes podridas que bajo el efecto de un encantamiento satánico trocan en bellas chamacas, portadoras de clámides seudo helénicas y peinados a la onda sesentas. Mujeres posiblemente lúbricas que no dudan un segundo en su nuevo status en despertar a sus maromos, los de los colmillos afilados, y en los cuales también resurge una perdida belleza masculina autóctona: la del wrestler notorio. Alucinan en esos momentos las perspectivas de cámara, los focos de luz desde ese ventanuco redondo, la silueta perfilada en sombras del gran amante (el Demonio) colocado en un punto del plano muy bien encajado... Y, por encima de todo, y antes de que haga acto de presencia la zarina de todas las maldades (Lorena Velázquez) la estupenda Ofelia Montesco, que ya como nombre artístico pervierte por su desfachatez shakespeariana. Ella, la más guapa, junto al maromo más fornido descenderán a los ambientes capitalinos para secuestrar a la descendiente de una tal Rebeca (¡qué casualidad, de nueva la De Wynter como lejana fantasmagoría!), causante de la hibernación de la reina Lorena y que ahora vive prometida pero expectante siempre. La culpa de esto último la tiene una extraña marca de vampiro que desde su nacimiento viene llevando sobre el hombro. La muchacha que es víctima de su destino responde al nombre de Diana y es una Orloff. Su padre, adicto a los pergaminos seudo egipcios, sabe de la maldición que se cierne sobre ella. Al cumplir los veintiuno vendrán las fuerzas satánicas y se la arrebatarán. La policia quiere impedirlo, pero la policia siempre anda perdida y desorientada. Es mejor que se lo dejen todo al buen Santo, que como ente indefinible y sobrenatural entiende más de estas materias.
Y, entonces, se apodera del filme Lorena Velázquez, reinando desde la cripta en un trono queer en su máxima potencia, resucitada gracias a algún sacrificio de sangre, con su extraño maquillaje, ese rabillo del ojo pintado como una cabaretera dispuesta a recuperar el original sentido de la palabra vamp. Con mohines autoritarios, con desdenes de tirana, con orgullo de Proserpina. La Velázquez y la Montesco terminan tomando tequila con limón en un cabaret donde la pobre Diana deberá mantenerse en vela toda la noche escuchando boleros. El inspector de turno la protege y la asesora. Pero las bellas de Satán son más listas y sus necesidades urgentes. Se la llevan. La policia se queda a verlas venir. Son los ataques de los murciélagos humanos, formando una curiosa coreografía de los horrores, tipo Berkeley de Guanajuato, que les impiden recuperar a Diana de la voluntad de sus raptoras.
La parte final es extraordinaria. Aunque salga Santo, aunque haya estado horrendamente interpretada por todo el cast. Todo va como la seda. Es la efectividad normal de un director inspirado. Y Santo está porque tiene que estar siendo película de su colección. Además el profesor Orloff ha descifrado un definitivo jeroglífico que indica claramente algo del bosque de abedules, dándole aviso al héroe.
Entonces ya ninguna tortura sobre la virginal Diana, ninguna furtiva e inoportuna erección ante un Santo prisionero, recostado con grilletes sobre una mesa con sus brazos y piernas abiertos formando un aspa, ningún haz de luz que anuncia que han estado tod@s de farra hasta las tantas y que por tanto ya es hora de fulminar de un destello a las otrora "bellas por una noche", absolutamente nada será más contundente a un nivel plástico y/o catártico como cuando Santo liberado baje a las criptas más profundas y con una antorcha vaya prendiendo fuego a los sarcófagos donde malamente se refugiaron las podriditas. Uno de los momentos culminantes de todo el cine de horror mexicano y, en general, la mejor película de Santo, el enmascarado de Plata.

continuará mañana con...
EL BARON DEL TERROR
(1962. Chano Urueta)