16 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (16)

SANTO VS. LOS ZOMBIES (1962. Benito Alazraki)

En estos dos rescates santeros, he optado en primer lugar por este título zombiesco antes que por su cualidad de filme de terror (que no lo es) por la peculiaridad, hasta ahora inédita en el coleccionable, de la incorporación de la figura del no-muerto. Lástima que esta inolvidable creación de ineludibles orígenes antillanos (véanse las aproximaciones más fidedignas de Jacques Tourneur y Val Lewton para la RKO en los años cuarenta) sea tomada con aplastante ignorancia y ordinariez por parte de unos guionistas antes obcecados en inventarse enemigos a troche y moche para el buen héroe que de dotar a estos de una idiosincrasia particular. Ya no hablo de un halo poético, sino tan siquiera de diferencialidad dramática. Más diferencias habría en este sentido entre los infinitos super villanos de la serie sesentera de Batman que en estas santerías (y no digamos, cuando estas afrontaron la gran crisis de los setenta). Con todos los defectos del mundo, esta nueva aventura del enmascarado de Plata conserva un encanto irreductible, fruto de una época especialmente fructífera, coincidente con el trasvase del actor a la Filmadora Panamericana, productora que le dio unos cuantos títulos de cierto interés, hasta notables y casi siempre identificados con el cine de terror, incluídas esas atmósferas tan genuinas que jalonan con brillantez la filmografía de un Curiel o un Méndez. Es pues un héroe autóctono todavía no maleado, cuyo físico (de cincuentón) sigue haciendo soñar a los más críos con su fortaleza idonea para gestas increibles.
Esta no lo es menos. Media docena de zombies de todas las edades (especialmente inolvidables los más jóvenes, carne de wrestling que camina erguida con un automatismo de lo más resultón. No tanto los más maduros, que aún osan avanzar por el mundo agachados para no ser vistos, como si temiesen que sus tropelías les pudieran costar la vida) son manipulados por un encapuchado con claras intenciones delictivas en contra de la humanidad. Parapetado en una gruta desde donde dirige los movimientos de sus compinches, aspirante a gurú de una secta moderna, y cuyo alcance maléfico puede ser infinito gracias a avanzados elementos tecnológicos típicos de un laboratorio chiripitifláutico.
Santo no es un fuera de la ley. Siempre estará de parte de esta, únicamente que opera en paralelo (cuenta en su residencia además con un sistema de cámaras excelente que le sirve para controlar a tanto sinverguenza). Esto, unido a haber sacado el carné de conducir para desplazamientos a larga distancia, lo hacen un pequeño dios. Asi pues, y con el pretexto de la denuncia que efectua la guapa Lorena Velázquez de la desaparición de su padre, de profesión profesor, se comienza una dura investigación para aclarar el paradero del anciano. Por parte de la ley, se hallan la señorita Irma Serrano (tigresa de la canción que terminó siendo la Tigresa de un Enmascarado en horas muy bajas: principios de los setenta) y del interesante Dagoberto Rodriguez, como detective Almada. Como jefe de policia, Jaime Fernández.
Entre tanto, las tropelías de los zombies (cuyo vestuario ya era una tendencia estética inventada por los figurinistas mexicanos para engalanar a los extraterrestres: uniforme de Robin Hood con cinturón que emite destellos eléctricos. Nada susceptible de mitificación, desde luego) son constantes: robos a joyerías, asalto a orfanatos al necesitar el gran encapuchado de carne fresca... Ni los tiros de la policia ni los mandobles de un emascarado de Plata que persiste en la incomodidad de luchar con su famosa capa bordada, hacen mella en los obstinados esbirros. Inclusive, sabiendo del inminente combate de Santo contra Dorrell (encarnado por el importantísimo wrestler Fernando Osés: guionista de muchos de los filmes de Santo, pero también actor de doblaje y productor) se procede al secuestro del segundo para transformarlo en zombie. La intención del malvado gurú es la de liquidar a nuestro héroe desde el propio ring (su lugar de trabajo oficial). El desenlace se aproxima en el momento en que también es secuestrada Lorena Velázquez. En la gruta, la bella se enterará de que su padre es un zombie más. Pero es inútil que oponga resistencia alguna. Es atada a una camilla donde también pasará a engrosar la lista de los no-muertos. Sólo que Santo, que ha sobrevivido a las llaves peliagudas de un Dorrell hipnotizado, llegará antes con el consiguiente desbaratamiento de toda hecatombe que hubiera hecho peligrar la armonía mundial, según las leyes del comic. Será en estos minutos finales, cuando el insulso director Alazraki (más afecto al cine chocarrero de los cómicos locales y sus parodias del arte mayor) eche el resto en esa bajada a los infiernos (que, por supuesto, no llegan a dantescos, ni siquiera a Freda mirando al Dante) clavando (por si estuviese poco apuntalada) esa imágen romántica de salvavidas con mayúsculas del protagonista cuando llega la despedida habitual, cuando el héroe pone rumbo a su hogar y su trabajo, al dia a dia de un ciudadano normal y a la vez extraordinario. Justo en ese momento, en el que desaparece de las pantallas, Jaime Fernández tiene a bien responder a la pregunta que formula Irma Serrano de quién es en realidad Santo. Una leyenda, una quimera. La encarnación de lo más hermoso. El Bien y la Justicia. Ese es el Santo. Eso le responde el menda en cuestión, y sin partirse de risa ni tan siquiera sonrojarse, porque no habría motivo alguno para el sentimiento de ridículo o para el chiste. Porque, aunque servidor siga prefiriendo títulos como Las mujeres vampiro o Santo en el museo de cera, debería admitir que el aura naif pero consistente del luchador permanecía aún lo suficientemente potente como para que en esta aventura/desliz de zombies desorientados, las palabras rimbombantes del policia fuesen del todo compartibles. Hasta para los menos "fantasiosos".

continuará mañana con...
SANTO VS.LAS MUJERES VAMPIRO
(1962. Alfonso Corona Blake)