15 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (15)

ORLAK, EL INFIERNO DE FRANKENSTEIN (1961. Rafael Baledón)

La invención de Mary Shelley aún no había tenido una plasmación
tan patente (o descarada) en la filmografía azteca cuando la recogió Baledón a principios de los sesenta. Aunque, bien es cierto que la bruja de Urueta podía responder muy lejanamente a las características más tópicas y banales del mito (sobre todo, las que atañen al ser que es manipulado mentalmente con fines nocivos por sus mentores). Cuando este director optó por enfrentarse a un moderno Prometeo, confió el guión a un par de especialistas en el género terrorífico autóctono (Carlos Enrique Taboada, luego realizador y Alfredo Ruanova) que por aquel año vivían entregados a la saga nostradámica para el genuino Germán Robles (lamento no traer a este coleccionable ninguno de los varios títulos que conforman el ciclo Nostradamus. Tal vez en un futuro anexo, junto a otras joyas que espero conseguir con el tiempo y que a buen seguro mejorarán estas lagunas blogueras). Curiosamente Taboada, uno de los guionistas más prolíficos del cine de géneros de su país en los años sesenta, es autor de la historia de la magnífica El espejo de la bruja, analizada el mes pasado, y cuyo nombre e importancia fue omitido descaradamente por un servidor. Solventado mi silencio, convendría calificar a este autor de irregular y destajista, pero que cuando daba en la diana, daba de pleno.
Orlak en este sentido es inferior a El espejo, pero aún asi no carece de puntos de enorme interés. Por ejemplo, la estructuración de la historia en cuatro partes (que no actos) la aproximaría a la bendita tradición serializada del cine norteamericano durante los años 30 y 40 (antes de la aparición de la televisión) con tantos héroes del comic, la radio y el pulp sirviendo de complemento para programas dobles. En México, los seriales fantásticos no llegaron a cuajar, salvo el arranque a principios de los cincuenta de Santo, el enmascarado de Plata que como fenómeno pop pronto trascendería a los campos más idóneos de las fotonovelas (independientemente de que la saga cinematográfica del luchador fuese tan eterna como un culebrón de Sax Rohmer, pongamos el caso que adaptado por Ford Beebe). Por otra parte, la fisonomía de este Frankenstein tan sui generis rompe con los viejos esquematismos de la Universal que lo presentaban como un ser deforme, pendiente de sus tornillos en las sienes, parido a trozos a cada cual más repulsivos de cadáveres en seria descomposición (al menos, aunque esa táctica de mad doctor persista aqui también, la creación de una máscara de galán lo aparta de cualquier fealdad marca Pierce). De hecho el monstruo aparece en buena parte del metraje caracterizado por Joaquin Cordero, de apostura magnífica, con lo que veríamos que algo estaba cambiando en el género con respecto a los conceptos estéticos clásicos(no en vano, hubo pronto Frankensteins fisioculturistas que casi transformaban el laboratorio del noble barón en una sucursal de productos anabolizantes marca Joe Weider). Sin llegar a estos extremos, Baledón situa la acción en un turn of the century bien recreado. Con sus cupletistas, sus hombres con sombrero, sus cornucopias y sus polisones. Una época que se estaba impulsando como moda desde la incipiente Hammer en casi todas sus películas de terror (con la apoteosis de la Frankenstein femenina de 1967, con Susan Denberg y ese look tan Moll Flanders).
La historia en si, se basa en la dualidad. Cordero abandona la prisión prometiéndole a su compañero de celda (que no es otro que el profesor Frankenstein, acusado de robar cadáveres pero personaje bondadoso) que lo sacará pronto de allí. Asi ocurre. Escondidos en ese siniestro laboratorio, que estuvo protegido durante la ausencia del anciano por el insólito Eric (el increible Carlos Encira, ya disfrutado en Misterios de ultratumba en un rol similar), se retoman las operaciones con las que se pretende crear un ser humano partiendo de fragmentos de cadáveres. Asi pues, el rostro de Joaquin Cordero es copiado a la perfección, consiguiéndose que la Criatura reaccione a ls impulsos y órdenes del profesor y su ayudante. Lo bautizarán Orlak. Pero aunque parezca perfecto, no lo es. Le falta algo básico. Carece de autonomía mental. Sus acciones son dirigidas ahora por Cordero (el profesor se mostrará condescendiente pues le debe el favor de su liberación). Sin embargo, la manipulación que el galán hace con respecto al monstruo es completamente destructiva. Lo emplea para sus fines de venganza. Orlak, ataviado de capa y sombrero, cual Zorro sin florete para firmas, va aniquilando con sus poderosas manos a cuanta persona haya ofendido en el pasado a su dueño (los dos se comunican por un curioso aparatejo transmisor colocado en la oreja). El único punto débil de tan perfecta máquina de matar es el fuego. Deberá cuidarse mucho de entrar en contacto con este, pues las llamas deformarían su rostro hasta convertirlo en viscosa representación de lo repulsivo.
Mientras, la policia está ante tanto crimen completamente desorientada. Los testigos coinciden en culpar al Cordero ex-convicto. Sin embargo, se mantiene impune dado que siempre consigue demostrar que a las horas en que se producen los asesinatos se halla en otro lado. Por lo tanto, libre de toda prueba (que no de sospecha) se entretiene en el ínterin en una relación amorosa con la bella hija del juez que lo encausó. La chica se enamora una barbaridad, aún en contra de los deseos de su padre. Sin embargo, los sentimientos de Cordero para con ella, aunque parezcan recíprocos son todo lo contrario. Al final, sabemos que la ha estado utilizando para torturar moralmente al juez. La situación se va aclarando poco a poco, cuando el policia -que encarna Armando Calvo- elucubra con la posibilidad de que el asesino sea una persona parecida físicamente a Cordero. A partir de esto, y de la extrema crueldad de aquel para con su novia (o con el propio Eric, al que asesina sin ayuda de autómatas), el castigo contra el malhechor se precipita tan rápido como su propia caida al vacio gracias a un Orlak al que finalmente le han dado el don de discernir (huelga decir, que al verse deforme, sólo sentirá dolor y ganas de huir. Antes salvará a una cría de morir en un incendio, demostrándose que no hay bestia manipulada mala en un género tan noble como el terrorífico).
El climax de la película está muy bien logrado, esos apuntes románticos están bien resueltos por Baledón, que logra en su acercamiento al mito de Shelley una digna derivación, no exenta de ese sentido de fatalidad intrínseco a la obra de la que remotamente parte.

continuará mañana con...
SANTO CONTRA LOS ZOMBIES
(1962. Benito Alazraki)