14 julio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (14)

EL VAMPIRO SANGRIENTO (1961. Miguel Morayta)

Poco menos que de decepcionante podríamos calificar el paso del manchego (exiliado de la guerra civil española) Morayta por el cine de terror. Y eso que su tendencia a lo redicho abrumaría a cualquiera. Su juego del dropping names a menudo gratuito, casi siempre innecesario, con múltiples referencias (a cual más noble) terminan molestando y, sobre todo, propiciando que ante tanto guiño parecido a la mueca se vaya disparando el metraje de su vampírica cinta. Y es que por regla general, una de terror mexicano oscilaba entre los setenta y ochenta y cinco minutos. A él le salieron cien. Y todo por su poca capacidad de síntesis y sus ganas de complicarse la vida, complicándonosla de paso a los espectadores.
Y, sin embargo, el arranque de esta historia prometía mucho. Por un lado, la música de un tal Bretón es atípica dentro del género. Está basada en una partitura experimental, a veces parece música contemporánea en la que no se desdeñan los sonidos originados con cintas puestas del revés o de discos que frenan (lo cual da a este Breton un toque surrealista a la altura del más señero de los Bretones, el creador del arte surrealista). Por otro (y aqui, sólo contando lo que sucede, servirá para que el aficionado con canas capte al vuelo las ideas ajenas con las que se entretuvo Morayta), la aparición de un carruaje que atraviesa un paraje mexicano semi oculto por una niebla pétrea y que sólo acompaña al vehículo (un vehículo, por encima, silencioso como si sus ruedas circulasen a ras del suelo, pero nunca pisando tierra), viene a significar que la Muerte viaja en carro. O en carreta fantasma. Pronto se verá que eso que sospechan los que la han visto pasar es cierto. Estos caminantes además se han parado justo debajo del árbol donde pende un ahorcado. Buscan la mandrágora que sólo nace de la muerte macabra, ya que de lo que se extrae de la planta surge el antídoto que protege de los vampiros. Estos rastreadores logicamente son médicos locos, extraños obsesos, dominados por las leyendas, la brujería y la magia. Son, en cambio, los elementos positivos de la acción. El médico al ver pasar la carreta indica a los restantes del grupo ( su hija Inés y su prometido) que allí va la Muerte. Entonces la vemos. En calidad de chofer, envuelta en su característico manto negro. Es un esqueleto. Morayta que también firma el guión y la autoria de la historia, se desmarca aqui con respecto a sus compañeros Méndez o Baledón como un usurpador de materiales únicos, con voluntad de huir del tópico. Por un lado, buitrea en el mito de la Mandrágora, bellísima (y escandalosa en su tiempo) novela de Hans Heinz Evers datada de 1911 y que al pasar al cine gozó de innumerables versiones en el cine mudo. Fue, en este sentido, pieza clave del expresionismo alemán (la mejor adaptación la de 1927, dirigida por Henrik Galeen con Brigitte Helm de protagonista). Originalmente, la Helm era la Mandrágora, nacida gracias a los experimentos del doctor Bricken, ocultista que la engendró de los amores entre un ahorcado y una puta. Por otro lado, La carreta fantasma había sido otro título fundamental del cine danés de los años veinte. Sjöstrom (vía Lagerlof, via religión) recreó una fábula en torno a la Muerte y las creencias de una población acogida a la fe protestantista de manera suprema. Morayta es posible que conociese ambas películas. Sin embargo, visto el reciclaje que efectuó de estos mitos no nos extrañaría que los ignorase por completo (no hay ni por asomo una corporeización satisfactoria ni de lo místico ni tan siquiera de un espíritu psicológico) frente a nuevas adaptaciones surgidas en los años cincuenta (así La Mandrágora de 1952 con Hildegarde Kneff y Von Stroheim -e Hildegarda se llamará el ama de llaves que demoniza una barbaridad el ambiente del castillo del conde "mexicano"- y una recoleta adaptación de La carreta fantasma perpetrada por Ibañez Menta en 1960 para la televisión argentina).
No satisfecho con el buitreo, Morayta pisa el acelerador y mete con calzador al genial Cagliostro como antepasado directo de los personajes positivos de la acción. Sabiéndose dueño de unos conocimientos culturales de índole superior, al negativo vampiro que iba dentro del carruaje lo nombrará Conde Frankenhausen (porque aludir a la Shelley, aunque sea solapadamente o mal pronunciada, es de buen tono). Las referencias parecen en este punto no agotarse jamás. Un ama de llaves siempre se inspirará en Judith Anderson, o sea, en Rebeca. La relación que mantienen el conde y su mujer (condesa secuestrada por su marido y que no sale de su alcoba pues vive aterrada por lo que ve-o cree ver-a su alrededor) es del todo morbosa: la tortura mental a la que viene siendo sometida (y las pocimas que le suministra Hildegarda ayudan a desequilibrarla aún más) remiten a cierta Luz que agoniza. Pero, con respecto al filme de Cukor, partiendo de sus fases finales y aún de manera harto curiosa: la condesa sabe que su esposo es vampiro, que se deshace paulatinamente de toda las doncellas que son contratadas, entonces lo zahiere verbalmente y se defiende con enormes estacas que amparan su lecho, pero aún así pervive su incapacidad para huir de allí. Es una Ingrid Bergman entre Pinto y Baldemoro.
En cuanto a la caracterización de Carlos Agostí como el vampiro titular es muy discutible. En realidad, juega gran parte del metraje al aristócrata rancio, con tendencias sádicas y dominantes de toda la vida, no muy alejado de muchos terratenientes que hubieramos visto en las épocas en que Tyrone Power debía padecer a George Sanders en El hijo de la furia, o a las afrentas de Rex Harrison contra Maureen O'Hara en Débil es la carne. Efectivamente, más que de una novela gótica parece haber surgido de un novelón decadente escrito por Edna Ferber. Y, aún por encima, con ese toque grosero que le dan los mexicanos a sus cosas (esas discusiones de pareja entre los condes mal avenidos, estarían más próximas a las catástrofes maritales de un Armendáriz y una Katy Jurado en alguna de Buñuel que de los divertimentos dialécticos de los racionales Hepburn/Tracy).
Asombra que un director tan curtido como éste, que en los años cuarenta y cincuenta era un artesano inmejorable, creador de múltiples melodramas para el lucimiento de mujeres magníficas (Columba, Ariadna, la Peluffo) o de musicales con rumberas (y que eclosionarían en el triste paso de Lola Flores por tierras mexicanas), se mostrara aqui completamente plano, aburrido, adocenado. Hay numerosas escenas que resuelve manteniendo la cámara estática, en un plano general. Ese toque teatral es nefasto cuando lo que prima en tanto dislate son las miradas venenosas, furtivas, de espanto o de simple suspicacia. Inclusive la secuencia previa al final, la del ataque de Agostí transmutado en murciélago se hace monótona, resulta ridícula al carecer de la emoción de un vuelo de alas negras certeras en la mordedura. No hay un timing al que sujetarse, porque ese murciélago enorme no ejerce las funciones de una avioneta ideada por Hitchcock para conservar fisicamente como un junco al señor Cary Grant (Con la muerte en los talones). Pero puestos en este punto, después de haberse pasado buena parte de ese centenar de minutos explicándonos cuestiones tan absurdas como que existen dos nuevas enfermedades en la medicina: el miedo y el vampirismo; que de la Mandrágora negra se saca el ácido bórico que neutraliza la vampirina (?, sustancia que corre por las venas de los mordidos) y demás asombrosas estupideces, Morayta ya será incapaz de terminar la historia con un mínimo de dignidad, optando por dejar al conde libre y disfrutando de hermosos vuelos a rasante y a plena luz del día. Las imágenes finales no se sabe si remiten a un mensaje ecologista con aires de documental sobre fauna de plástico o si tal vez se trate de una versión descolorida de una paloma de la paz con ínfulas de Juan Sebatián Gaviota o de super héroe enmascarado. Al menos nos consolamos con que la sala de torturas nos diera momentos antes una buena espalda flagelada de criado demasiado lenguaraz.
En cuanto a ese desenlace abierto, veremos pronto si la siguiente aproximación al vampirismo del manchego en el exilio conseguirá solucionar tanto dislate. Porque, a bote pronto, y dada su multirreferencialidad, parecería que ¡el vampiro era él!.

continuará mañana con...
ORLAK, EL INFIERNO DE FRANKENSTEIN (1960. Rafael B
aledón)

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