28 julio 2008

ANTINEAS


Mas no hay grandes indicios de que esta isla sea ese mundo nuevo que acabamos de descubrir, pues tocaba casi con España y sería increible que la inundación la hubiera apartado hasta donde está, a más de mil doscientas leguas, aparte que lo que las modernas expediciones han descubierto ya casi no es una isla, sino tierra firme, unida por un lado con las Islas orientales y por otro con las tierras que están bajo los polos, o que sí está separada, lo está por un estrecho o intervalo tan pequeño que no merece por ello ser considerada isla.
El otro testimonio de los tiempos antiguos con el que se le quiere relacionar este descubrimiento de Aristóteles, al menos sí es suyo ese libreto de las "maravillas inauditas". Cuentan en él que algunos cartagineses, habiéndose lanzado a través del mar Atlántico fuera del estrecho de Gibraltar y habiendo navegado durante largo tiempo, descubrieron por fin una isla grande y fértil, cubierta de bosques y regada por anchos y profundos ríos, muy alejada de cualquier tierra firme, y que ellos, y después otros, atraídos por la riqueza y fertilidad de la región, fuéronse allí con sus mujeres e hijos, empezando a acostumbrarse a ella. Los señores de Cartago, viendo que su país se despoblaba poco a poco, prohibieron expresamente, bajo pena de muerte, que nadie fuese más allí y expulsaron a los nuevos habitantes, por temor, según dicen, a que con el paso del tiempo llegaran a multiplicarse de tal forma que los suplantasen a ellos y arruinasen su estado. Este relato de Aristóteles tampoco concuerda con nuestras nuevas tierras.
MICHEL MONTAIGNE



1. STACIA NAPIERKOWSKA. Antinea en 1921


L'Atlantide de Jacques Feyder es magnífica. Poco importa que los críticos dictaminaran en su momento que la mejor es la de Pabst, o que la más popular fue la protagonizada a finales de los años cuarenta por Maria Montez. Con el paso del tiempo, todo termina ocupando el lugar que le corresponde. Y para Feyder el tiempo juega siempre en su favor. La reedición en DVD de buena parte de su obra fílmica durante el período mudo, corroboran su entidad de autor imponente, capaz como aqui (o, quiza mejor, aqui más que nunca) conciliar corrientes realistas y fantásticas de manera admirable. Como buen francés, estaba muy sujeto a los orígenes literarios del material de partida, pero no por ello resultaba demasiado cargante. Su fidelidad a la obra nos hace catalogarlo de hombre respetuoso con artes hasta entonces consideradas superiores. Su decorativismo poco kitsch, de personaje exquisito y puntilloso.
La excelsa novela de Benoit en sus manos es contínuo homenaje a los misterios del desierto, a la nostalgia de los paraísos perdidos, a la superioridad de civilizaciones extintas. Conserva por entero la atmósfera de fatalidad, de amour fou (siempre entre humaredas de hashís de lujo) y aún permitiéndose la osadía de compaginar el Follies Bergére con las vanguardias, las técnicas mágicas de un Méliès con el realismo descarnado de un Zecca (y ambos nombres no eran incompatibles, en absoluto: repasen si no el caso Dreyfuss a la manera del prestidigitador Méliès y se darán cuenta de que este pionero indiscutible de la fantasía también lo fue de muchas más cosas, de que dejó demasiados herederos en su injusta miseria, ruina económica, aparte de un Gaumont o un Pathé).
Feyder dicen que fue el que mejor retrató el Paris de los bajos fondos, pero también a la gitanería andante le dio un buen repaso en su Carmen. Por cierto, que este apego por las mujeres de armas tomar (y que culminaría antes del sonoro con las esposas adúlteras de la Garbo) sirvió cuanto menos para darnos a conocer a actrices de la envergadura de esta Stacia rusa, exiliada de la revolución, como la Blacanova o Mousjoukine, que trasladaron con desparpajo sus carnes (robustas, exuberantes, fértiles) a una Francia promíscua y libre.
Porque esta Stacia fue la Antinea más rozagante que imaginarse pudo Benoit. Y aunque su irrupción en el drama nos la hacen pensar una ilustre tapada (enorme mantón bordado que le empieza debajo de los ojos y le acaba en los pies) pronto se verá que de tapada nada, que ella es la más inmune de pudores en ese continente sumergido. Luciendo despampanantes escotes que apenas cubren unos senos turgentes, poderosos, dignos de una matrona de la belle époque está inolvidable. Majestuosa cabellera, altivez en la mirada... Pionera y marcando la pauta. Sólo que Feyder no la pone a jugar al ajedrez como luego se pondrían otras Antineas (por ejemplo la Montez, que llegaba a sublimar, ironías de las diosas, la ridiculez de su inoperancia en el juego con la genialidad de un inolvidable lance de miradas venenosas) tal vez porque en ese paraíso hedonista, letal y letárgico, donde los días y sus horas parecen no pasar a ritmo normal, todo es en el fondo una enorme ludopatía de consecuencias irreversibles. Una mágica guardería para adultos prisioneros del amor.
El vestuario de la hechicera es barroquería pura. Gorritos medio frigios medio vikingos, penachos de plumas enormes, tailleurs que se pegan a la carne con pasmosa sensualidad. Stacia lo luce todo con arrojo de bicha. Se tiende sobre divanes o colchones enormes, cubiertos por cojines de bordados orientalistas, o pieles de leopardo en calculado desorden... Pasa mucho tiempo en horizontal, como reposando sus infinitos éxtasis, acentuados por el sopor del mal de Africa, rodeada de una pequeña cohorte de siervos (incluida esa pantera que en realidad es un gato montés).
Soberbia flageladora de todos los zares. No importa tampoco que su Antinea beba de las fuentes directas de una Theda Bara, a fin de cuentas esta señora firmó su autoría de lo vamp (lo que ella mordió va a misa). Lo vampírico en Stacia tiene su plasmación más obvia cuando se ve obligada a ocultar de espanto su rostro ante unas sobreimpresiones de la cruz cristiana. Y ampliando, a partir de lo bariano, sus referentes acabaríamos encontrándole connotaciones con la ilustre Cleopatra VII (en algún momento hasta se la llega a comparar. Ambas dominaban las lenguas, lo que las ayudaba a negociar con los gobiernos de muchos países).
Lo egípcio en esta Atlántida de Feyder no es nada casual. Los hallazgos arqueológicos de los años veinte impusieron una moda en este sentido evidentísima y hasta machacona. De ella no se libró ni el primer Fritz Lang. Si hilamos fino encontraríamos tanto en el director de Las arañas como en este Feyder deudas con lo exótico, que no en vano partirían de una raiz francesa: la de los primeros seriales de Feuillade (y en Les vampires de éste último debutaba la escapada Stacia). Diseño artístico aparte, esa biblioteca en donde se pueden encontrar joyas literarias como el Macbeth o el Quijote serían trasunto -y a escala reducida- de la de Alejandría.
Pese a su dilatada duración (casi tres horas) el interés no decae nunca hasta extremos de bostezo. Y sobreviven ante todo escenas oníricas como las finales, en el desierto o las del asesinato premeditado del capitán Morhange. Justo ahí es donde mejor estaría expresada la tirania de Antinea, envuelta en unos claroscuros casi expresionistas, arrastrando a la perdición a un hombre ya enloquecido, que deberá eliminar a su mejor amigo por culpa de un amor tóxico.

continuará el próximo lunes