21 junio 2008

¡POST 1.500!¡1.500 POSTS!¡POST 1.500!: MIS TERRORES MEXICANOS (12)

LA NAVE DE LOS MONSTRUOS (1960. Rogelio A. González)

Es uno de mis campys favoritos. La he vuelto a ver anoche por segunda vez y me reafirmo en que Rogelio A. González con este maravilloso bodrio alcanzó la cumbre (de lo chabacano). Afortunada la época en la que fue rodada. Porque estaban de moda en Estados Unidos (y algo llegó a Mexico, por lo que intuyo) la sci fi de serie B, las monster movies, incluso las bastardías musicales dentro del género fantástico. Eso le da un plus de autenticidad. Y le perdonamos todo. Habría tanto que perdonar... Nada hay comprensible en el guión. La interpretación del subdesarrollado Lalo González alias "Piporro" (casi siempre basada en los monólogos entre surrealistas y de jerga local) con canciones incluidas es tan espantosa que ya ni desentona en la ensalada.
Si tuviera que inventarme una frase impactante que actuase de reclamo publicitario estaría sería más o menos: "¿Cómo se comportaría un cantante de rancheras, a medio camino entre Pedro Infante y Cantinflas, cuando lo interceptan unas venusinas y su robot?". La respuesta sería el pretexto para un sin fín de delirios, imposibles de describir si no se entiende hasta qué punto el mexicano es capaz de reirse de todo y más, sin pisadas de freno ni leches.
El halago queer resulta más que triunfador en materia de vestuario, peinados y diseño de bisuterías de las dos amazonas siderales. Ana Berthe Lepe (que si mal no recuerdo fue Miss Mexico 1955) es Gamma. Es la buena, se gasta un tocado Carita inspirado en la Gabor cuando fue reina del outer space. Lleva unos pendientes de corte dadá que le hubieran chiflado a Marinetti si fuese eterno (o eternamente futurista). Con Beta, la mala (Lorena Velázquez, uno de mis fetiches de la época) todo es posible. Y como también es vampira, lucirá cuando le corresponda capa negra. Pero lo fundamental son los bañadores que se gastan las astronautas. Y ese pedazo de cinturón de controles que sirve como no quiere la cosa para ajustar aún más si cabe el talle a la vez que realza el busto (júntenlas con la Pampanini, otra extrema, adicta a los cinturones sin castidad y lo comprenderán rápido). Por siempre agradecidos al responsable de los modelitos, una loca que respondía al nombre de Julio Chávez.

Qué enorme es el poderío mariconil que rebosan estas dos opíparas. Cuando parten a la Tierra, mismamente. La forma que tienen de colocarse en los asientos de la nave.... (Lorena aún se permite el lujo de reclinar su cabeza hacia atrás del cómodo sillón como si estuvieran a punto de aplicarle un gel capilar en el departamento de peluqueria de los estudios Churubusco). Y siendo tan mala actriz como la Lepe, siempre resulta creible en tanto que capitana de la insensatez total. Porque la Velázquez tiene mirada de puta, pero cuando osa preguntarle a Piporro qué es eso del amor, nos creemos por completo que la dudosa ignore el significado de la palabreja. Porque Beta no conoció nunca eso, Beta es experta en el asunto del ludibrio. Fijo. Mírenla si no junto al cómico en su numerito Esto es el amor (mambito de moda a finales de los cincuenta y que popularizó en España el cómico Pepe Iglesias "el Zorro"). Pero no piensen que estas venusinas van de elementales en lo sexual. No, señor. Son teratofílicas. Se han cansado de procrear con un enano con el cerebro de fuera (o sea, un enano cabezón), un cíclope escamoso y con tremenda oreja, el esqueleto de algún galgo con dos piernas y una araña gordísima de pata retráctil. Estes hombrecitos, permanecen hibernados en una cámara de la nave. Su congelación tal vez esté motivada a que las venusinas deben cumplir la misión de encontrar nuevos especímenes masculinos con los que poder seguir reproduciéndose en Venus, que los otros ya no les valen (al menos, luego la Velázquez cuando es mala los utilizará con fines convenientemente desproporcionados: quiere el universo).

Y al aterrizar en un impreciso lugar de Mexico es cuando encontrarán a Piporro. No van solas, les acompaña el robot Tor, que es la leche. Porque si alguna palabra del ídolo local no entienden, ellas lo paralizan y le preguntan al hojalatero qué significa aquello (en un pis pas, aparece en su estómago- pantalla un documental divulgativo al respecto. Ni Google).
¿Qué come el tractor?
-le pregunta Piporro a Gamma.
-Nada. Va a cuerda -responde Gamma.
Este robot perpetrará al final de la película uno de los más grandes momentos kitsch que ha dado el cinematógrafo en todo su siglo de existencia. Me refiero a la ranchera que se marca el interfecto con su prometida la jukebox. Llegados a ese punto, el espectador no puede más que mearse de la risa, pues han sido ochenta minutos que vacilaban entre lo espantoso y lo genial (¿qué me dicen de una vaca que es devorada por un monstruo y que respondía al nombre de Lollobrigida?. ¿A que es un bonito guiño cinéfilo?).
El diseño retrofuturista de la nave es delicioso (esas cápsulas ascensor, por ejemplo. Pero también la nave vista desde afuera). Obra de Javier Torres Torija. Y los monstruos, claro. Puro encanto, que en lo chapuceril van del gigantismo (en una línea muy Harryhausen) a escalas menores (típicas de hombres con disfraces).
Rogelio A. González consiguió con esta nave de los monstruos, abandonada la ambiguedad estilistica de su previa El esqueleto de la señora Morales ese mismo año, equipararse a un Ed Wood Jr o al papito Arch Hall. En este último caso, ambos -el mexicano y Hall- autores de seudo musicales fantásticos que antecederían a la futura boga norteamericana de las monster beach movies.

continuará mañana con...
EL ESPEJO DE LA BRUJA (1961. Chano Urueta)