09 junio 2008

MOVIOLA

Revisión y ampliación del post publicado en FANTASIA MONGO I el 29 de octubre de 2005


ALBUM DE CROMOS " SUEÑOS DE JUVENTUD " Cromo nº 25 : Johnny Sheffield, querubín con taparrabos (1931- )


A pesar de que en mi memoria aparece algún que otro Boy más (¿no era Rickie Sorenson el hijito del Tarzán Scott, a todo color en los años sesenta? ) es sin duda Johnny Sheffield el que se erige como el mejor de la historia del cine. En la mente de los aficionados pervive todavía junto al Tarzán de Weissmuller y la mamá Jane O'Sullivan. El crio más desnudito que recuerda Hollywood en su siglo de existencia se merece estar en mi álbum.
Johnny aportó a su rol de hijo de un salvaje cierto porte aristocrático y refinado digno de un pequeño lord de la jungla. No en vano su madre adoptiva era todo un ejemplo de maneras british que contrastaban asombrosamente con la rudeza del ambiente que les rodeaba.
Hijo del actor Reginald Sheffield, Johnny debuta en el teatro a la tierna edad de seis años con la obra On Borrowed Time, entrando al poco tiempo en el tinglado del cine por la puerta grande. Ficha por la METRO que le da entre otras un pequeño papelito con frase en un vehículo del dúo magnético Garland- Rooney Babes in arms (1939. Busby Berkeley), conocido en España como Hijos de la farándula . Muy farandulero lo debieron encontrar los productores leoninos que pronto pasaria a formar parte de la modesta pero muy americana familia del rey de la jungla. Y con su Boy, los cinéfilos paidófilos babearon con todo el derecho del mundo.



Era el año 1939 cuando Tarzán encuentra a su hijo , que es asi como se titulaba originalmente la cinta en Estados Unidos. Y lo cierto es que el héroe lo encontraba, pues era impensable que hubiera nacido fruto del amor de la pareja adulta de la serie. Fue una licencia simpática que alteraba la fidelidad de la novela de Burroughs pero inevitable dado que las juntas de moralidad pública presionaron a la productora a este respecto. Tarzan y Jane no podían tener un hijo pues no estaban casados, asi que el candoroso Boy apareció entre los restos del avión que había sufrido un accidente en plena selva. Y en verdad que esa adopción no pudo ser mejor recibida por los espectadores de la época. La simpatía y naturalidad del querubín eran palpables. Al contrario de otros niños actores de su época no era en absoluto repipi, sus travesuras a lomos de su elefantito eran del todo comprensibles, y en cuanto a su físico angelical ( esos rizos, esos pezones pura miel...) se integraba a las mil maravillas dentro de un ciclo de películas donde la belleza corporal jugaba una de sus mejores bazas.
Con Weissmuller hizo muy buenas migas. El campeón olímpico le llamaba "Little" John, asi que en reciprocidad nuestro cromo se dirigía al mentor con un merecídisimo "Big" John. En las pausas de los rodajes se convirtió en su particular entrenador personal, aleccionándolo en diversos ejercicios gimnásticos, con especial dedicación en la natación (señalar que por esta época nuestro Tarzan ideal también entrenaría a otro de los niños prodigio de la Metro, el vivaracho Jackie Coogan ). Resulta asombrosa la capacidad de asimilar las enseñanzas del crío, pues ya en su primera película juntos revelaba unas facultades dignas de tritoncito. Las aportaciones de Jane fueron menos espectaculares pero aún asi imprescindibles. Al menos en lo que atañía a su comportamiento en la mesa, en su respeto a los mayores y en los buenos modales en general. Esto último, más que nada para que se diferenciase en algo de la incorregible mona Cheetah, muy servicial para escaldar huevos de avestruz pero insoportable en su terrorífica manera de acaparar planos con sus corta-climax nunca antes vistos, si exceptuamos al mudo Harpo y su puta arpa.
Poco a poco, la personalidad de Boy se fue puliendo, de manera que su integración en el ciclo se ve en la actualidad como el mejor logro que aportaron los guionistas a la creación de Burroughs. De hecho, a partir de su siguiente filme (El tesoro de Tarzán), Boy casi tiene más papel que su padre adoptivo. Gran parte del entretenimiento de estas cintas radica en las travesuras del muchacho y sus contínuas escapaditas por una selva plagada de animales feroces que, por alguna extraña razón que ahora se me escapa, desean zampárselo con verdadera libidinosidad. Entonces, no duda en utilizar sus mejores armas de defensa (trepadas a los árboles, disparos de cerbatana, brilajes asombrosos) . Cuando estas fallan, queda el recurso de la llamada al heroe mediante un gritito que es la respuesta baby pop al baritonal de Weissmüller e, incluso, del asopranado de mamá Jane (los delirios no sólo eran visuales: también sonoros, amenazando más de una vez en convertir aquello en una opereta lounge en toda regla).
Los entuertos finalmente se resuelven y de nuevo la familia se relaja en un cálido baño en el lago californiano de siempre. Un lago perfectamente inolvidable cuando las cámaras submarinas desafíaron al principio de la serie al esperpéntico codigo Hays con desnudeces típicas de una cultura naturista a la germana. Y también en Tarzan y su hijo, cuando optaban los varones por jugar al escondite en el fondo marino, gracias a los parapetos de algún árbol encallado y donde, a lo mejor, el inquieto Sheffield hallaba perlas destinadas a despertar la codicia de científicos ambiciosos (El tesoro de Tarzán).




Pese a tanto asueto, dentro y fuera de las películas, hubo también momentos de auténtico sufrimiento para Boy, como todo buen aficionado sabe: casi lo queman vivo en una pira unos negros malísimos (Tarzán y su hijo), unos exploradores le retorcían el bracín y ¡hasta le daban empujones! (El tesoro de Tarzán), fue abofeteado por los nazis, malos per se (El triunfo de Tarzán), secuestrado por unos villanos espantosos que lo querían vender a un circo (Tarzan en Nueva York ) u obligado por la reina Maria Ouspenskaya a beber de un caliz mortal en un altar de sacrificios (Tarzán y las amazonas) . Si tuviera un servidor que infringirle algún castigo es posible que éste consistiera en introducirle el dedo anular por su delicada abertura. ¡Guauu, qué excitante!. Claro que no hubiera pasado la censura Hays, también es verdad. Pero de entre todos los momentos bondage, no hubo (para mi gusto) ninguno mejor como aquél en el que quedaba prendido de una gigantesca tela de araña en Tarzán y su hijo (1939. Richard Thorpe). Al poco de quedar enganchado, media docena de estos insectos peludos se avalanzaban sobre el mozalbete con venenosas intenciones (este suplicio tan angustioso se retomó sin tanta fortuna en Tarzán, el temerario que, por otro lado, se aprovechaba, en su anythin goes de la boga oriental de Maria Montez y cía.). Detalles así es lo que le dan la grandeza a este tipo de cine evasivo y que entroncaría inevitablemente con el espíritu del comic clásico. No sabríamos hasta qué punto uno y otro mundo se deben las fórmulas. Lo importante es que el aficionado a la fantasía gracias a estas similitudes se lo pasaba en grande. La irrealidad onírica del gran escarpado, de las civilizaciones remotas que surgen de entre lo más recóndito del Africa profunda, las edificaciones de verticalidades retorcidas y puntiagudas, de inexplicable equilibrio (ríanse ustedes de la torre de Pisa)... Lástima que la fórmula fuese agotándose, conforme pasaron los títulos. Ya en Tarzán en Nueva York (1942. Richard Thorpe) nos damos cuenta que la reiteración de situaciones estaban llevando al ciclo tarzanesco del período Metro a un callejón sin salida. Y a pesar de que esta sea una de las cintas más entretenidas de la era Weissmuller -precisamente por la ubicación capitalina de nuestros heroes- no impide que sentenciemos que, mientras no ocurre la histórica traslación, a nuestro Boy ya lo habríamos visto demasiado en tesituras de riesgo frente a algún león con malas pulgas, a Cheetah explotándole a la mala bestia un enésimo coco para su histerismo posterior, a Tarzán monosilábico (e ignorante de que sus tetas se estaban poco a poco cayendo) preguntando erre que erre dónde estar Boy o a Jane acabando con las provisiones de refrescos tropicales guardados en una nevera que bien pudo salir anunciada en el Saturday Evening Post.
Al menos según iba avanzando la serie nos fuimos deleitando con los cambios físicos del chaval: aunque los rizos seguían estando en su sitio las formas se iban desarrollando, el taparrabos era de talla más grande... Lo cierto es que a mediados de los años cuarenta Boy lucía más que el padre, al que empezamos a encontrar fondón, envarado y, sobre todo, cada vez más inepto a la hora de decir "Yo Tarzan".



Entonces la Metro no quiso más películas del hombre mono. Sol Lesser, el productor, se trasladó con la troupe (salvo Maureen O'Sullivan) a la RKO pero la decadencia ya estaba anunciada. Perdió cierta inventiva. Además la pobreza de medios y la impericia de los directores la volvieron cansina. Asi, no se nos hizo raro que no apareciera Boy en Tarzán y las sirenas (1.948. Robert Florey), una de las cumbres del kitsch agridulce rodado en Mexico, pues aquello no daba más de si. Boy se iba a estudiar a Inglaterra dejando al veterano Weissmüller solo luchando por última vez contra un falso ídolo azteca, o algo asi. Anteriormente ya lo había abandonado Jane O'Sullivan, bajo pretexto de que se iba a Inglaterra a servir a los suyos como enfermera en la segunda guerra mundial (Maureen no se reenganchó a la saga alegando encontrarse embarazada de Mia Farrow. Entonces los guionistas, que en un principio tuvieron el buen gusto de respetar el recuerdo exquisito que había dejado la actriz sin recurrir a ninguna sustituta, lo estropearon finalmente poniendo a una nueva Jane en la figura de la americanota rubia Brenda Joyce).



Abandonada la tutela de Weissmuller, Johnny Sheffield se embarcó en otra experiencia aventurera. Ya estaba preparado para pilotar su propia serie y lo hacía en la Allied Artists bajo la dirección de un auténtico especialista en seriales, Ford Beebe. Fue en Bomba, the jungle boy (1949-1955) . Enfrentado a innumerables situaciones de gran físico el adolescente llegaría a protagonizar una docena de episodios. Los productores cuidaron siempre que sus partenaires estuviesen a la altura del atlético bombón. Asi le acompañaron jamoncitas tan suculentas como Elena Verdugo, Peggy Anne Gardner, Allene Roberts o Karen Sharpe. Bomba duró seis años sirviendo siempre como complemento de sesiones dobles en cines de barrio. Su sola mención todavia suena entrañable en mis oidos. Es una pena que sólo dos o tres títulos se estrenaran en nuestro pais. El único que he podido visionar pasa por ser uno de los mejores de la serie. The lost volcano (1950. Ford Beebe) al menos valdría para comprobar cómo las constantes tarzanescas (la de los filmes Metro, puesto que el espíritu de Burroughs, e incluso de los tebeos de Hogarth quedaban ya muy difuminados) servían aún para entretener a las nuevas generaciones de muchachos de los años cincuenta. Bomba no se comunicaba mediante aquel metalizado grito, característico de su anterior padre. En cambio, gorjeaba a la perfección. Se defendía con lanzas y arcos. Incluso sus puños le salvaron de más de un aprieto. En este volcán perdido, además, había la paradoja de que ya transmitía sus conocimientos selváticos a otros niños menores que él (que superaba los dieciocho). La primera norma, curiosamente, era si vas a andar por selvas (aunque sean de plexiglás) quítate la ropa. Asi el crio de turno (Tommy Ivo) quedaba tan sólo con el arreo de unos pantaloncitos cortos dignos de un enfant sauvage improvisado. Lo mejor: a) Johnny sentado en la rama de un árbol, muslos turgentes y abiertos, piel blanquecina, pelando el plátano; b) la Verdugo (que si mi memoria no me falla fue mujer de Joseph Cotten) tiznada de isleña y con sarong a la moda Lamour; c) el enfrentamiento de Bomba con un enorme cocodrilo; y d) por descontado, ciertos planos de la lava volcánica que ahogan -abrasándolo- al villano. Las tomas de la erupción se robaron directamente de la previa One million B.C. (1940. Hal Roach), todo un material riquísimo para este tipo de low- budget filmes.
Fisicamente, Bomba Sheffield era un apetitoso pastel de carne, no tan definido como el primer Weissmuller, pero igual de lampiño (aquella adolescencia suya sin sombra de bigote), con tendencia a engordar y con una carita de lo más interesante (se daba un aire al posterior hijo de la Thyssen antes de no caber en las portadas del ¡HOLA! -perdónenme el desbarre, aunque... tengan en cuenta que Carmencita también fue un poco Jane y un poco Cheetah en su vida personal- y a un mozarrón búlgaro que conocí hace un par de años y que se quería venir a vivir conmigo: era calcadito....y era la bomba). En maneras, poco a poco su aristocracia de college la fue sustituyendo por un dinamismo de atleta universitario.





Tras cerrarse la serie Johnny se alejó del cine. Cursó estudios en la UCLA, graduándose en ciencias empresariales. Nunca volvió a querer saber nada del cine y a pesar del culto que hay en todo el mundo alrededor de su personaje, de las reposiciones televisivas de sus filmes de Tarzán él no ha revivalizado su pasado. Si habla del ayer es para decir maravillas de todos. A la contra que sus compañeros/ niños de su generación invirtió bien su dinero y no se vio en la ruina ( se dedicó a los terrenos en Santa Monica y Malibú ). Fue mi Boy favorito y a cada pase de sus viejas aventuras constato que hay goces para la vista que parece que no se van a marchitar jamás.


* Algunos títulos de la serie BOMBA:

- Bomba, the jungle boy (1949 )

- Bomba and the hidden city (1950 )
- Bomba and the jungle girl ( 1952 )
- El volcán perdido ( 1951 ) * estrenada en España
- El ídolo de oro (1954 ) * estrenada en España