18 junio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (9)

TRILOGIA DE LA MOMIA AZTECA
(Tercera parte)

LA MOMIA AZTECA VS. EL ROBOT HUMANO (1958. Rafael Portillo)

Y a la tercera va la vencida. O habría que decir la derrota final. Portillo insiste en la estructura de flash backs de la anterior para alargar un metraje de sesenta y tres minutos (cuán preferibles eran los "en el capítulo anterior..." de los seriales de la Republic, sesenta segundos que sintetizaban trepidantemente lo mejor de la trepidación). Y, aún por encima, nos regala con media hora de ellos que es para matarlo. La excusa es el relato de los acontecimientos sucedidos hasta la fecha (cinco años han pasado) por parte del dr. Almada (Ramón Gay) a unos compañeros de profesión que se preguntan del paradero de los sobadísimos pectoral y brazalete (no, no son unos cómicos al estilo Mantequilla y Resortes, son unos objetos muy preciados, de calidad típica de un Todo a 1 euro pues salta a la vista, propiedad de la princesita Xochitl, amor imposible cuatrocientos años ha del fetichista Popoca, alias La momia). Al menos esa media hora de refritos nos sirven para dos cosas: a) para enterarnos de que Almada se ha casado con Flor (Rosita Arenas), la que hipnotizada de mano en mano va; y b) de que El Murciélago/dr.Krupp (para las consultas) sigue en libertad e ideando nuevas tropelías.
Estas pasan primero por secuestrar a Rosita que, bajo los efectos de algún suero enajenante, los conduce al nuevo escondrijo (lugar de reposo) de La momia. El comodón se ha instalado ahora en un panteón precioso ¡y muy bien iluminado! donde dormita al tiempo que proteje sus preciados objetos. Lo que no se concibe es que teniendo El Murciélago a tiro de piedra a su mayor rival, opte por no aniquilarlo. Lo azuza su ayudante, un gángster tremebundo cuyo cara fue desfigurada tras el último ataque del monstruo. Ni con esas. El Murciélago es listo. Sabe que aún no debe acabar con él, porque si no ¿cómo se justificaría una película que sólo durase cuarenta y cinco minutos?. Tampoco se apodera del pectoral y el brazalete, al parecer no le importa mucho el tema. Sin duda, este mad doctor es un lince, planea en su megalomanía chiripitiflautica un auténtico kali yuga de proporciones desmesuradas. En su laboratorio se aprovisiona de placas de plomo, además va a necesitar mucho radium y, como guinda, deberán traerle un corazón humano de esos que proliferan en los cementerios. Estos son los accesorios básicos con los que construye, tras cinco años de trabajo, el robot humano del título. El que aniquilará a La momia azteca sin contemplaciones, librándonos a los pobres cinéfilos exigentes de más secuelas innecesarias, posibilitando tal vez que arranque una nueva con el hojalatero recién estrenado. Tan pronto La momia desaparezca, esto piensa Krupp, sólo le restará construir cuarenta o cincuenta robots más para acabar por adueñarse de todo el planeta (pasa del Nobel de Ciencia y de hostias, hace bien).
Quizá esta tercera sea la más divertida de la serie. Por su desfachatez, por el encanto de un robot que de plomo no tiene ni el carácter (es, todo lo más, un cartón plastificado muy barato) y cuyas lucecitas que se apagan y se encienden (las que adornan su pecho y cabeza) encima ayudan a que veamos las cosas que suceden, detalle que el iluminador de la saga fue incapaz de mostrarnos jamás.
El combate entre ambas fuerzas sobrenaturales es grandioso en su ridiculez. Nos asombra cómo La momia parece que quiera hablar y eso la honra porque la hace más culta (a Theophile Gautier le hubiese encantado, a pesar de su aspecto de bruja Piruja) pero aún más nos desarma, en este sentido, que entre gruñidos haya optado por lanzar palabras proféticas y que anticipaban lo que se nos echaría encima a los españolitos dentro del universo catódico del siglo 21: cuñaooo lo repite varias veces.
Ahora que lo pienso, comprendo porque un director tan sinverguenza como Jerry Warren hubiese utilizado un montón de material de estas Momias para crear su Attack of the Mayan Mummy o The face of the screaming werewolf (ambas de 1964). Si no fuera porque Portillo entraría dentro de la categoría de directores todoterrenos, diríanse que eran tal para cual.

continuará mañana con...

EL GRITO DE LA MUERTE (1958. Fernando Méndez)