16 junio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (7)

TRILOGIA DE LA MOMIA AZTECA
(Primera parte)

LA MOMIA AZTECA
(1957. Rafael Portillo)

La aproximación que hicieron los mexicanos del mito azteca de la momia resulta visto en la actualidad sumamente chapucero y pobretón. Siguiendo líneas híbridas, ese picar de aquí y de allá, tan honorable criatura, ennoblecida por el cine norteamericano en 1932 con la creación de Karloff, se transforma en un monstruito más, idóneo para asustar a diestro y siniestro como bien pudo hacerlo la llorona o cualquier vampiro con melena. Lo que en el filme de Karl Freund fue una curiosa variante del gothic feeling pero focalizado hacia una historia de amor ultraterrena y, por consiguiente, necrofílica, en la trilogía de Portillo es una chapuza destinada al cine de barrio y aún por encima carente de ese instinto seductor (esa ráfaga de encanto) tan caro a un Baledón. Sería pues conveniente olvidarnos de Im-Ho-Tep, de la fascinante angloegipcia Zita Johan, de la voz cavernosa y la piel piedra del buen Boris y adecuarnos a una mentalidad latina, siempre presta al cachondeíto y lo elemental para digerir esta primera parte de la trilogía.
Dificil tarea. Pensemos por ejemplo que la momia de marras no aparece en una hora de metraje, (¡lo hace en los últimos veinte minutos!), cuando Karloff nada más empezar la proyección ya se despojaba de mortajas para aterrorizar a un jóven demasiado descarado a la hora de abrir cofres mágicos (teniendo en cuenta que la óptica dada por Freund no giraba por los andurriales del susto sino del estremecimiento romántico, ni siquiera los mexicanos le ganaron tirando por el camino más... "fácilón").
Y es una lástima porque material historicista tenían de sobra. Tierra legendaria en construcciones mortuorias, sus pirámides revisten todo el misterio y la magia que inquietaron a grandes artistas universales. A nivel popular faltaría quizá el pretexto del filme karloffiano en tanto que aprovechamiento de la moda arqueológica de los años veinte (y de la cultura egipcia en general) con el descubrimiento de la tumba de Tutankamon. Es como si Portillo no supiese cómo enfocar tan rico potencial, conformándose en recrear un ya consolidado mito foráneo terrorífico ( sobre todo por las secuelas hollywoodienses) antes que aportar al prototipo un modo netamente autóctono. La incorporación de elementos dispares como gangsters y hasta de un jefe de hampones enmascarado y que responde al apelativo de El Murciélago (aunque luego se descubre que es un tal dr. Krupp vengándose de haber sido expulsado de la profesión por sus experimentos en el terreno de la vivisección) estropean aún más el conjunto que acaba casi convirtiéndose en un vodevil de macanudeces permanentemente en penumbra. Y si El Murciélago citado nos haría pensar en un corte brusco que nos llevaría a un universo de luchadas, el desaprovechamiento de Crox Alvarado (gran gloria de este tipo de cine de embozados en braslip) al confiársele el rol del idiota miedoso y gafudo Pinacate produce un gran dolor en el sentido de que sus gracietas al lado del más valentón y juicioso Ramón Gay (lider de la expedición a la pirámide escalonada de Yucatán y doctor respetado entre los del gremio, lo cual significa que para los guionistas un viviseccionador estaría peor visto en Medicina que un mentalista) son siempre muy mal recibidas por parte del segundo (por momentos parece como si, por encima de hipotéticas ordenes de Portillo, el Gay- actor intentase recordarle al Alvarado-actor que sus aspavientos no hacen más que desviar de género un filme que debe asustar a toda costa. Ver al conjunto picando pared o camuflándose por recovecos angostos es como presenciar una supuesta Rufufú a la mexicana sin Totós que los rediman).
Las tomas en el interior de la pirámide son demasiado oscuras (de nuevo el poderío de Karl Freund, gran fotógrafo alemán de la época del expresionismo, permanecería intacto), lo que hace imperceptibles mucho de los momentos "de susto". Aún con todo, se salvaría la aparición de la momia de marras (un redivivo guerrero Popoca, muerto cuatrocientos años atrás) de maquillaje pintoresco y no menos pintorescos andares (tengan en cuenta que gran parte de la fascinación de la Momia de 1932 partía de lo auditivo), con el sonido entre arenoso y de maraca de Machín que provocaba al arrastrar los pies. La secuencia del monstruo acechando desde el exterior de la ventana del dormitorio de una niña que duerme con la máscara del guerrero (máscara que habían encontrado la cuadrilla de Gay en una primera excursión, junto con el pectoral) es más que aceptable. Como el ritual del sacrificio de Rosita Arenas (cuando fue Xochi) aderezado con toques folcloristas (incluida la voz de una solista más próxima a La India de Oriente que a Yma Sumac) más creibles que Chelo Alonso cuando se le daba por bailarle el mambo a Ercole. Incluso no molestaría en exceso la muerte (hipotética) que le dan al final mediante un crucifijo que obliga al momificado a retroceder hacia las llamas, en tanto que tamaña draculinización también ya venía introducida en el filme de Freund (y no ahí sino en la estructura narrativa, pues la muerte de Karloff era maravillosa y completamente pagana o, al menos, orientada hacia un equivalente egípcio de lo cristiano, con Thor izando su brazo y lanzándole un fulminante rayo destructor). El mensaje cristianoide aportado por uno de los médicos incrédulos de las teorías regresivas de Gay es altamente molesto y, ¡paradojas!, contradictorio al tratarse de un personaje muy supersticioso, siempre agorero de maldiciones. Maldiciones que, por otro lado, no tardarán en producirse, pues ese mismo año y con idéntico equipo artístico se filmaba la segunda parte de la trilogía. Llevaba el elocuente título de La maldición de la momia.

continua mañana con...

LA MALDICION DE LA MOMIA
(1957. Rafael Portillo)

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