22 junio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (13)

EL ESPEJO DE LA BRUJA (1961. Chano Urueta)

Chano Urueta, de quien ya hemos tenido en esta colección uno de sus grandes obras (La bruja) y de quien hablaremos más en sucesivos post, es uno de los pioneros del cine mexicano. Su primera película data de un lejanísimo 1928 y era muda. A partir de la década de los 30, siendo un treinteañero se volcó en su trabajo de director de manera infatigable, terminando por crearse una filmografia tan copiosa como inaprehensible.
Pienso que es un autor muy interesante, que si bien careció de la genialidad de determinado Indio, por poner un ejemplo de lo más sobado, al menos solventó sus limitaciones intelectuales con un enorme olfato narrativo. Su artesanía impecable brilla en lo más alto en este Espejo de la bruja, que no es continuación de la otra, como se podría deducir a la ligera. A partir de entonces, sobre todo cerrando la década de los sesenta, cuando la crisis de la industria cinematográfica nacional atravesaba sus estadios más repugnantes, Urueta emprendía su triste decadencia con vehículos para lucimiento de rivales de El Santo y poco más. Lo mejor de si mismo ya lo había dado en el cine de géneros: drama, negro, aventuras, musical y, sobre todo, el western y el terror. Fue tan prolífico en estos dos últimos que nunca nos parecerá insólito que hubiese adaptado la leyenda de Sleepy Hollow a su manera ( la manera azteca) en El jinete sin cabeza (1957).

Para abordar El espejo de la bruja convendría citar otro nombre indispensable (suele serlo la figura del productor en este invento maravilloso). Hablo de Abel Salazar, actor de cierto parecido físico con Alberto Sordi, y a quien defenestré (con el debido respeto) por causa de sus sendas apariciones en el díptico draculino de Fernando Méndez. Habría pues que restituirle, ahora que hay tiempo, su importancia en la historia del terror mexicano al haber producido tanto la serie vampírica como el Espejo de Urueta. Por fortuna, en ésta no aparecía de actor: el papel protagonista masculino se lo adjudicaron al más experto Armando Calvo, galán muy popular en nuestro país (sobre todo a raiz de haber sido el amante de sienes plateadas de la Montiel en El último cuplé) que, aún estando horrendo en su histrionismo, mantiene ese tono de gravedad exacervada que un Salazar, en cambio, hubiese sido incapaz de aportar.
Como en el caso de la mayor parte del cine de terror mexicano, este Espejo reúne un montón de ingredientes bien dispares (o no tanto como pudieran parecer a bote pronto) dando como resultado un plato sabrosísimo (en lo tétrico). El gourmet lo degusta con pasión, quedando bien saciado (y aqui ya no hay tiempo para el humor, y muy poco para el amor. Y las canciones ahora son sólo melodías a piano que a John Badham le hubiesen inspirado un Concierto macabro). Blancanieves y los siete enanitos, Rebeca y Las manos de Orlac como fuentes argumentales se alternarían con los estilos impuestos por la incipiente Hammer, Poe según Corman o la escuela italiana (las streghe de Barbara Steele, mismamente). La bruja de Blancanieves se reflejaría asi pues en el espejo de Cocteau para preguntarse quién es la más gobernanta (o la más ama de llaves). Quiero decir que esa bruja del título no es otra que la sirvienta enlutada (se llama Sara y la interpreta Isabel Corona) del doctor Eduardo Ramos (Armando Calvo) que estuvo casado con la hijastra de aquella, de nombre Elena. Sara, que tiene el don de la brujería, conociendo la enfermedad maniática del doctor, utilizaba un espejo para proteger a Elena de las locuras del doctor. El conjuro falló y la muchacha murió en extrañas circunstancias. La vieja jura venganza, atormentando a Eduardo, que se ha vuelto a casar. El tormento psicológico alcanzará en seguida a la nueva mujer (Deborah, interpretada por Rosita Arenas) que presencia aterrada como el piano de la difunta toca sin ejecutantes la pieza favorita de los anteriores esposos, o cómo las puertas se abren de repente en golpes alucinantes de viento, o los objetos se caen al suelo sin razones aparentes... El doctor, que hasta entonces creía mantenerse juicioso en todo el proceso brujeril, terminará perdiendo el control de si mismo cuando ve, acompañado de Deborah, el reflejo de Elena en el espejo clamando venganza (este será uno de los momentos más impactantes del filme: Deborah lanza sobre el cristal el candelabro que rebota sobre si misma, cubriéndose de fuego, lo que le deja el rostro y las manos carbonizados). A partir de este terrible hecho, el marido le promete reconstruir sus partes dañadas hasta que ella vuelva a estar como al principio. En la soledad de su trabajo y acompañado de un fiel ayudante, decide que hay que salir a buscar cadáveres de chicas hermosas. Consiguen dos, lo que hará a la policia ponerse suspicaz. Operado el rostro, que todavía se protege de vendajes, sólo resta apoderarse de unas manos. Vuelven al cementerio y seccionan las de una cataléptica. La bruja, que adivina por completo todas las macabras acciones de su señor, invoca al fantasma de Elena para que se presencie de inmediato en el laboratorio y cambie las manos de la pobre enterrada viva por las suyas. Asi sucede. Cuando Deborah luce las nuevas la situación adquirirá tintes de delirio. De manera mecánica, sin que su cerebro actúe mandando instrucciones, Deborah interpreta al piano la pieza musical de Elena. Cuando Eduardo acude aterrado a su encuentro lo intenta estrangular. Y....

...Y esa secuencia final de auténtica antología. Paroxismo a la enésima potencia, tras todo un festín de atrocidades góticas que no escatiman el tópico más infalible con tal de llevar a la catársis al espectador más desprevenido. La sana táctica de la "sucesión de sustos". Ahora resultan encantadores los planos -hasta cierto punto, accesorios- del gato negro o la puerta que se abre de golpe, y nos desarma la utilización de la banda sonora altisonante y dilatada en el tiempo para en la escena cumbre retirarla por completo: gran acierto que ni la Hammer o Corman osarían plantearse. Como tampoco debería minusvalorarse la eficacia de los efectos especiales (esas manos que caminan solas) en plena era tecnológica, porque cumplen a la perfección su cometido (al cinéfilo de buen corazón con lo que hay le debería sobrar y bastar).
El espejo de la bruja es un turbador entretenimiento, un ejercicio para diez dedos amputados, digno de ser visto más de una vez. La atmósfera, again.


continuará el mes que viene

2 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Giuliano Gemma sigue viniendo a España cada dos o tres años

maciste II dijo...

Pues me apuntaría ipso facto a un homenaje, sin duda.
Supongo que entenderá y hablará con aceptable naturalidad el espagnolo. Así que si en algún momento leyese ésta mi exaltada glosa a su trabajo (y,sobre todo,a su figura) en los sixties,que sepa apreciarla desde esa simpatía innata tan suya. La misma con la que adornó tan bien la serie B europea (en su apartado "Heroes de cine de barrio").

Un saludo,amigo Filomeno.