20 junio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (11)

MISTERIOS DE ULTRATUMBA (1959. Fernando Méndez)

Son muchos los bloggeros que le han dedicado tiempo y espacio a esto del cine de terror mexicano y casi todos coinciden en señalar a ésta como una de las obras maestras indiscutibles del género. No convendría exagerar. Es un filme descacharrante si sabes verlo como se debe (esto es, falto de prejuicios y olvidándonos de cualquier racionalismo). Pero seamos sinceros: Méndez, siendo como fue un muy eficaz artesano, nunca dio en la diana de las obras maestras (de nuevo, tal como apunté el mes pasado en la introducción a este coleccionable, este papel se lo llevaría sin problemas un genio llamado Buñuel, desde una óptica no explicitamente terrorífica pero mucho más fiel en su esencia con el mundo de lo desasosegador y lo maligno). Misterios de ultratumba parece haber nacido con voluntad de exhibir un must de todas las propuestas anteriores en materia de espeluzne. Su director llega aqui a autoplagiarse (pues decir que se repetía parecería injusto). La atmósfera, tan cacareada por bloggeros adictos a lo bizarro y por apasionados heterodoxos de una cierta edad, desde luego que es lo más destacable del filme. Aqui ni oso en ponerme a la contra. Sin embargo, es natural que en seguida que veamos secuencias de "exteriores" ( rodadas en plató, of course), casi siempre nocturnas pero brillantemente iluminadas, con esas neblinas tan típicas, pero también juraría que con velos transparentes que podría haber puesto Méndez aposta, no sé si para crear irrealidad en flous o para denotar una decadencia de telas de araña traviesas, mórbidas, infalibles..., nos venga a la cabeza su binomio vampírico con Germán Robles. Habría a ciencia cierta abandonado el look western tan caro a Gastón Santos (por otro lado, uno de los protagonistas principales aqui) para retornar a lo gótico que tan bien le había funcionado entonces. Y al blanco y negro, claro.

La historia es demencial: dos médicos que regentan un manicomio pactan que quien primero fallezca se manifestará ante el otro, a fín de desvelarle los secretos que esconde el Más allá. A partir de ahi, irán apareciendo personajes de diferente rale
a: anodinos los bondadosos, como la bella de turno (Mapita Cortés- no confundir con Mapy Cortés, otra actriz, tía de ésta en la vida real y mucho más relevante en los años 30/40 en comparación con su sobrina, fugaz estrellita-que afronta el rol de hija del médico fallecido) o el propio Gastón Santos, enamorado de la chica, elemento pragmático pero bastante obsoleto (aqui sin traje de rejoneador -es médico- y portando un bigote que le sienta como un tiro); y los monstruos que son, practicamente, todos los enfermos del psiquiátrico. En este último aspecto, Méndez se muestra totalmente desconsiderado, injusto, hasta cruel con estos seres. No niego que es muy cómoda esta salida para un director popular que andaba buscando en lo anómalo un filón. Desde una mente infantil, incluso para un público adulto de otra época, los locos inspiraban enorme rechazo pero hoy en día tamaña demonización del enfermo mental debería ser censurable sin más (Norman Bates desde su peterpanismo pronto demostraría que un ser asi es no sólo admirable, si no todo un modelo de conducta). El que Méndez utilize a los neuróticos sin jamás criticar el estado inhumano en que los mantienen esos sacrosantos doctores (que hasta se permiten el lujo, con sus batas blancas de santidad, de rezar el rosario al final de la historia: ya puestos, el rezar es como el dormir...todo empezar) sinceramente no parece de recibo.

Hilando de los errores (es mi opinión, claro), ¿deberíamos seguir disculpando el papel insu
lso que tiene la mujer en el cine de terror nacional?. Casi parecen seres minusválidos, cuyo único aliciente es una belleza en consonancia con el tópico patrio, desvalidas, a un punto del desmayo y siempre a merced del macho que las eliga. Luego, el mensaje cristianoide (el castigo divino frente al Desorden), terminaría por impedir que la obra maestra surga de tanta cripta.
Si superamos estos tres grandes lastres (y alguna que otra altisonante interpretación de secundarios) con sentido del humor y mentalidad naif, entonces Misterios... es una gozada. Hay imágenes increibles: los brazos de los locos cuyas manos parecen garras saliendo de los barrotes de sus celdas, el efecto invisibilizador de la enlutada señora Rosario, tan poco enfático como un poema valnewtonesco, la secuencia de la ejecución en la horca del doctor Mazali que acaba con sus piernas colgando del atrio para acto seguido pasar-sin un respiro- a la resurrección de Elmer cuyo espíritu ya pertenece a Mazali (tal como había pactado), la muerte envuelto en llamas de Elmer/Mazali, lenta, agónica, evolucionando en planos para conseguirse una mayor angustia del espectador... Y también, esa carga onírica de unos decorados que atrapan de lleno el surrealismo de El hombre sin rostro en tanto deudora de ese pasado rico en atmósferas de misterio (tal como ya he dicho al principio del post).
Ahí estaría la grandeza de este Méndez. Por todo ello, se sigue disfrutando.

continuará mañana con...
LA NAVE DE LOS MONSTRUOS (1960. Rogelio A. González)