19 junio 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (10)

EL GRITO DE LA MUERTE (1958. Fernando Méndez)

Nos volvemos a encontrar en el coleccionable con mi Gastón, aquel torero y caballista que os presenté cuando El pantano de las ánimas. Y de paso a su caballo Rayo de Plata, que de alguna manera también cuenta. Pero lo principal, es que este Grito de la muerte (¿o habría que decir mejor Grito de la muerta, pues retorna La Llorona?) de nuevo viene firmado por el eficiente Fernando Méndez, experto creador de atmósferas y más que correcto narrador de historias de corte fantastique.
Partiendo de una estructura de western serie B, el director logra salpicar de sangre y contínuos misterios un mito que daría para mucho en el cine mexicano de entonces. Al igual que en La herencia de la llorona (1949) la acción se sitúa en una hacienda semi abandonada por culpa de las supersticiones de todo un pueblo que presiente cómo el espíritu de su antigua dueña, muerta en oscuras circunstancias (y aqui La llorona tiene ya un nombre, un nombre muy poco lúgubre, por cierto: Clotilde) vaga por sus pasillos y habitaciones desconsolada y también clamando venganza. Y al igual que en El pantano de las ánimas, la inclusión de ese jinete resuelto y bien agraciado que es Gastón Santos, se ajustan a la perfección al género del Oeste, del que esta película bebe en su esencia más tópica. Ambas vertientes resultan muy agradables, no se repelen antes bien se ajustan a un guión que pocas veces cae en lo incongruente. Y aunque Gastón tenga un cuate de lo más chistosito (Pedro de Aguillón alias Coyote Loco) el tal no molesta en exceso con sus cosas, salvo, que yo recuerde, en un momento algo chabacano y que corta el climax de una escena más o menos importante.

Resulta audaz el tratamiento del color, gracias a una fotografía y una iluminación que en sus partes más tenebristas se revelan como excepcionales (a esto ayuda la copia restaurada de la indispensable compañía Casa Negra, salida al mercado hace muy poco tiempo). Como también lo es la duplicación a nivel argumental del personaje de La Llorona (primero la difunta Clotilde y, más tarde, doña María, abuela de María Elena y previamente asesinada por la otra), lo que en una vuelta de tuerca óptima (aunque con trampa, como se verá al final), hará derivar al mito del alma en pena hacia una especie de vampirismo de fácil contagio y notoria promiscuidad. Los asesinatos de Clotilde son lo suficientemente sangrientos como para que nos atrevamos a afirmar que ni siquiera el respetable conde Karol de Lavud habría ensuciado tanto a sus víctimas (al menos esa sangre derramada la hubiera aprovechado al máximo). Lo que consta es que la supuesta Llorona, prefiere primero estrangular (pues vemos que a sus víctimas siempre les echa las manos al cuello) y luego arañar como bestia felina.
Gastón es el héroe. Y como héroe es lo suficientemente pragmático como para dejarse arrastrar así como así por las creencias de un pueblo ignorante. Sospecha que tras esos horribles crímenes se halla alguien con intereses mucho más... terrenales. La bella María Elena (Maria Duval), nieta de la difunta Clotilde posee una estatuilla bañada en oro a la que toma como símbolo de todas las fatalidades. En cambio, Santos lo primero que repara es de dónde se ha extraído el oro que la forma. En su búsqueda de pistas y a lomos de su fiel equino, sortea unos cuantos peligros. Uno está a punto de llevarle la vida. Y es que el muchacho casi se hunde en arenas movedizas (una de las secuencias más impactantes. Al menos a mi desde niño siempre me han angustiado este tipo de situaciones junglescas). Gracias a la agudeza de Gastón y a la eficacia de Rayo de Plata que le obedece (lanza a tiempo la soga del sillar para que pueda desde el pantano enganchar un extremo al caballo, con lo cual sólo resta que el animal tire del amo para sacarlo al exterior), se soluciona el embolado.
Mientras tanto en la hacienda están de luto. Doña María ha sido asesinada. Al bajarla a la cripta, deciden depositar dentro del féretro (y por voluntad de la muerta) una alarma para que cuando venga La Llorona en su busca puedan salvarla los mortales de una eternidad errática. Tan pronto se cierra el panteón, los timbres empiezan a sonar. Tras unos momentos de pavor y de dudas, abren la caja y la encuentran vacía. Nadie da crédito. Por si esto fuera poco a María Elena, que había quedado bajo protección del miedoso Coyote Loco, se le aparece la abuela rediviva (antes de fastidiar el susto este Jinete con sus boludeces, Méndez se mostró inspirado dejando que lo auditivo tome especial relieve: en este caso, los tacones y el ruido del bastón de la anciana acercándose a la alcoba de la bella, en un fuera de plano).

La parte final es muy entretenida y está bien filmada. Sucede en un subterráneo de la hacienda que Gastón descubre por casualidad abriendo una puerta falsa. Alli irán apareciendo las distintas lloronas que no lo son, pues todo se trataba de una urdimbre de vulgares rateros que se habían disfrazado de ancianas y que buscaban la mina de oro de donde salió la estatuilla antes mentada. Hay tiroteos y un último susto. Y, por descontado, un Gastón que ha resuelto un caso tremebundo que implicaba a su vez la desmitificación total de una superstición tremendamente arraigada en el alma popular mexicana. Tamaña transgresión del heroe tendrá su sacrificio moral en el hecho de que su relación con la chica en ningún momento denote un matiz amoroso (como hubiera querido el tópico): sólo hay respeto y admiración (por parte de él, por la hermosura de la doncella. Por parte de ella, por la temeridad, listeza y hechuras del jinete ultraista).
Méndez volvería a solicitar a Gastón en sus dos siguientes filmes. En Los diablos del terror (1959), de argumento muy parecido al de El grito... (pero con resultados algo inferiores) y en Misterios de ultratumba (1959), tal como veremos mañana.

continuará mañana con...
MISTERIOS DE ULTRATUMBA
(1959. Fernando Méndez)