26 mayo 2008

MOVIOLA

Revisión y ampliación del post publicado en FANTASIA MONGO II el 5 de mayo de 2007



ALBUM DE CROMOS SUEÑOS DE JUVENTUD

Cromo nº 99: SAL MINEO (1939 - 1976)


Mineomanias
La Mineomania en Maciste va y viene como el Guadiana. Es un virus que se reaviva o se adormece desde hace veinte años. Lógico que se comporte así. Nadie soportaría un apasionamiento continuado de esta índole. ¿Qué es eso de la Mineomania?. Bueno, originalmente era así co
mo se denominó todo el furor que generó este mancebo en Norteamerica a finales de los años cincuenta. El fenómeno fans estaba en su punto álgido (Elvis, rebeldes, pretty faces...) y Mineo se aprovechó lo que pudo. Las revistas de colorines no dejaban un sólo número de incluir reportajes del idolillo, se convocaban encuestas en las que la ganadora tendría la posibilidad de pasar un día con él, intervino en múltiples shows televisivos y se inmiscuyó en el mundo discófilo grabando unos cuantos (insustanciales ) discos de corte adolescente. Todo funcionaba muy rápido, era como si en el muchacho se obrara una operación publicitaria de fulminantes resultados en el sentido de que se quería apurar una fama preconcebida ya como efímera. Algo que lo fue. Ningún mandamás del merchandising en cambio pudo pronosticar que Mineo, según avanzó la década de los sesenta, iría a originar un culto bien distinto y que atañía directamente a otro tipo de sensibilidades (contracultura y homosexualidad nunca estuvieron tan unidos por un mismo poster como cuando el antiguo Plato empezó a salir del armario). E incluso su relación intransferible con el filme Rebelde sin causa derivaría en pleno revival seventies en otro curioso (y tanto o más inexacto, al abarcar un aspecto parcial de la totalidad de su figura) que fue aquel que lo vincula desde el movimiento rocker al subgénero de cine de delincuencia juvenil. Creo que fue Ben Vaughn que en uno de sus combos firmaba como "el hijo secreto de Sal Mineo" (puede que el dato sea inexacto, aunque mi memoria tiende a identificar al cantante con Mineo por alguna extraña razón). Son dos visiones distintas de un crío moreno, casi chaparrito, de ojos enormes y despiertos, de rizos onduladísimos y sonrisa generosa que a pesar de su poco brillante carrera dio mucho que hablar.





Rebeldes enamorad
os entre ellos
El comienzo de todo, a sus quince años tenía mucho de fulgurante, de revelación, adolescente que supo ocupar e
l sitio adecuado para engrosar de bruces en el Olimpo de los inmortales. Finalmente todo devino en tragedia y en sordidez. Que es algo de lo que bien se nutre la década que nos lo arrebató de mala manera, los años setenta.
Y en Rebelde sin causa afrontó un rol histórico en la historia del cine norteamericano: fue el primer adolescente h
omosexual que cruzó una pantalla. Constantes revisiones del filme de Ray no dejan lugar a dudas, a pesar del grado de proselitismo sexual que tenga cada cual. Quedarse en la mera anécdota de una búsqueda del menor de unos padres en los personajes más adultos (pero sin pasarse) de Natalie y Jimmy sería empobrecer una historia cargada, como no podia ser de otra manera viniendo de quien venía, de lirismo. Entre otras razones porque James y Natalie no eran lo que se podía decir la pareja ideal para decorar portadas (como cantó una diosa). Todos tenían sus problemas (¿caducos?, de acuerdo, pero atiendan que hablamos de 1954). Mineo con su Plato ya de entrada se nos muestra hipersensible y raro entre los demás estudiantes del instituto (lee libros de Historia, la foto de un pavo -Alan Ladd- ocupa un lugar preferente en la taquilla de su aula y, encima, no es muy respetado por los pandilleros que lo ven débil: ergo queer). Desde el mismo momento en que conoce a Dean se le ilumina la mirada, le presiente heroe y algo más: toda su admiración se transforma en pasión sentimental, que incluye hasta un ramalazo de fetichismo por las prendas en verdad osado para la época y que en absoluto se insiere desde el morbo (la cazadora roja del semidios es olida y acaricada dulcemente por Plato tras el otro regalársela). El director lo único que hizo fue aprovecharse del encoñamiento que en la vida real sentía el mancebo Mineo hacia Jimmy. Estuvo a punto de rodar una escena de beso fraternal entre ambos pero, finalmente, lo deshechó por la censura, pero también estilisticamente hubiera supuesto una redundancia: con tantas miradas se podía hacer ya un manto de besos. Gore Vidal en su libro Palimsesto comentó que había hallado signos de relación sexual entre Mineo y el propio director. Algo que nunca se pudo comprobar. En cuanto a la intimidad a la que llegó Sal con Dean, el primero siempre negó que hubiesen hecho nunca el amor (él era demasiado jóven e inseguro, el otro demasiado alocado: se repetiría de alguna manera el asunto Dean /Pier Angeli que terminó abortando la integración en el establishment del rebelde oficial al no pasar por vicaría).



Delicado delincuente

Mineo por su interpretación fue nominado al Oscar. Tal honor popular facilitó que a partir de entonces le salies
en papeles parecidos, sólo que inferiores en calidad y en medios: blanco y negro de serie B en donde encabezaba cartel. Su imágen habia evolucionado un grado: como buen chico del Bronx no le hacía ya ascos a las navajas, a situarse por encima de la ley. Ya no había tiempo para lloriqueos (Boys don't cry fue uno de aquellos títulos) y ahora hasta el heroe llevaba su nombre en las marquesinas (Dino). Como la unión hace la fuerza y la fuerza la da la pandilla, compartió la autoría de un inoportuno crimen en las calles con otros dos rapazuelos ( John Casavettes y Mark Rydell) en Crime in the streets y se terminó ganando el apelativo de Switchblade kid, siempre con un punto necesario de redención para que su mitología siguiese presentándose dulcificada, acomodada a su blandura. Asi en Crime in the streets, dicha redención la facilitaba el sacerdote de turno, un James Whitmore que recogía el título de salva almas de un Spencer Tracy con Mickey Rooney pero en tesituras más contemporáneas (el rock and roll mató al delincuente del swing). Salvo esto, coincidiría una última vez con su amigo James Dean en Gigante donde hacía un pequeño papel que acababa en muerte (por variar).
En Marcado por el odio, era un alma cándida de suburbio, amigo del boxeador Graziano, antes de que este triunfase en los rings y fuese leyenda de barrio. Pero Mineo no era un ganador, Mineo tiritaba, se le intuía enfermo, vivía en un zulo: era una premonición del Hoffman de Midnight cowboy sólo que mucho más digerible y enternecedor (es maravilloso que Mineo a pesar de vivir todo el momento dorado del Actor's Studio nunca pecase de manierista insoportable). Y cuando le tocaron las comedias ligeras, aquellas en las que lo disfrazaban de marinerito risueño (A private's affair) o de muchacho moderno y pijales (Rock pretty baby) nunca perdió encanto, antes bien lo sublimó con un dinamismo twistero de lo más agradecible. Fueron sus mejores años. Películas que no le reportaban nada más que dinero e histerismos de sus fans. A ellas se debía. Fotos beefcake del chavea justifican cuan cotizado estuvo su cuerpo, que poco a poco se volvió atlético y sensual. El erotismo efébico tuvo en Mineo, como años antes en el primer Tab Hunter, a uno de sus mejores representantes. Su obsesión por el físico alcanzaría su apoteosis narcisista en los años sesenta.
Pero tampoco le hizo ascos a los nuevos ropajes generacionales. Vistió muy bien americanas con el escudo del college en la solapa, además de blue jeans, camisetas blancas de algodón y bañadores estampados para improvisadas beach parties.
Y aunque en la emblemática Rock pretty baby (1956. Richard Bartlett) era un pijín más, d
entro del combo musical que capitaneaba el prometedor John Saxon, sus orígenes italoamericanos redimían todo posible componente middle class en su persona, al presuponerle un estigma marginal. Acogido al estereotipo, fue sin problemas el más simpático del reparto, follonero y muy vivaz. Tocaba la bateria (instrumento que acabaría perfeccionando cuando fue el legendario Gene Krupa) mientras Saxon lo hacía con la guitarra solista y el siempre insólito Rod McKuen llevaba la voz cantante. Si bien la música que hacían era lo suficientemente impura como para agradar a los futuros componentes de The Meteors (básicamente, una reminiscencia del boogie woogie) al menos, Rock pretty baby sirvió para airear a la sociedad que la juventud norteamericana estaba reclamando su puesto en el mundo. Y por ser un filme Universal, se libró de las pobretonas consecuencias de otros filmes que estarían por llegar y que acabaron en su baratura llevando a la decadencia al subgénero (las delinquent movies). La película en realidad era un vehículo idóneo para el lucimiento del bellísimo efebo John Saxon que aqui estaba soberano en materia de destapes. Abundaban las escenas playeras, con lo cual los menoreros disfrutamos una barbaridad viendo al semi dios y su troupe en bañador, con unas desinhibiciones muy de agradecer. Y cuando Saxon y Luana Patten se perdían en la noche buscando un rinconcito arenoso donde poder amartelarse, sospechamos en la posibilidad de que se tropezaran con los condones gastados por Burt Lancaster para amar a la Kerr en la previa De aqui a la eternidad (¡tan parecida era aquella recoleta playa!).
Con Dino (1957. Thomas Carr) Mineo ya no tuvo que golpear ninguna baqueta para que el público se fijase en
exclusiva en él. Dino fue ideado para Sal, asi que el chico aprovechó tal circunstancia a tope para confeccionar un personaje que le iba como anillo al dedo. Estuvo extraordinario en un papel concebido en principio como dramático para televisión. Era el delincuente que abandonaba el reformatorio pero que seguia dándose de bruces con una realidad hostil que impedía su reinserción. Tanto el barrio como su familia adolecían de las mismas carestías que le habían conducido a su internamiento (desempleo, un padre demasiado abotargado en su automarginación de gueto). Gracias a un asistente social (Brian Keith) y a una enamoriscada muchacha (Susan Kohner) el rebelde era asimilado por el Sistema en un final tan forzado como poco creible. No obstante, a nivel interpretativo, Mineo se sale. Hay planos secuencia de verdadero despliegue actoral: pasando de la ira al llanto, de la soberbia a la súplica, del grito al susurro. Y siempre sin caer de pleno en pavoneos... jamesdeanescos, tan peligrosos en su caso. Antes bien, demostrando que la sensibilidad del antiguo Plato no había sucumbido en la fatídica noche del tiroteo en el Planetario. Y como los años no pasaban en balde, aqui disfrutó por primera vez de peleas (con Dick Bakalyan), de un beso de mujer (la bibliotecaria Susan, claro) y era adorado por un hermano menor (el fugaz Pat DeSimone).
En Young don't cry (1957. Alfred L. Werker), en cambio el delincuente era el veterano James Whitmore, cumpliendo condena de trabajos forzados en un paraje próximo al hogar de Mineo. Huelga decir que el chaval no vivía en Peyton Place sino en un orfanato rural, entablándose una estrecha amistad entre ambos personajes, basada al cincuenta por ciento en la admiración y en el interés. Sal tenía una buena secuencia en la que consolaba en el dormitorio a un crio temeroso y desprotegido que me recordó en su honesta ternura a la que años antes sirvió para edificar el estilo de Monty Clift en Los ángeles perdidos (1948. Fred Zinnemann). De nuevo, nuestro cromo parecía querer apartarse de las bogas más trilladas para acercarse a modelos excepcionales. La película se tornaba dramática cuando ayudaba a fugarse a Whitmore (se iban junto
s en un barquichuelo) y, aún más, cuando la policia lo interceptaba sometiéndolo a un interrogatorio cruel. En este sentido, nos dimos cuenta de que el jóven actor albergaba una actitud personal de masoca subido cuando encaraba su tortura desde una pasividad enfermiza.
Y no sólo adivinamos esta anomalía: con la zoofílica Tonka (1958. Lewis R. Foster) estuvimos capacitados para afrontar aún más si cabe el maremágnum de permisi
vidades sexaules que nos traería la nueva década. ¡Y eso que era una producción Disney!. Tonka contaba la historia de un caballo histórico: al parecer, el único superviviente en la célebre matanza de Little Big Horn. Antes había sido adoptado por Mineo, jóven sioux que se pasaba media película queriendo demostrar a los jefes de la tribu su hombría. Esta pasaba por domeñar un equino salvaje y Tonka pareció idóneo en principio. Y es que el animal en seguida se encaprichó del mocito, creándose entre ambos una relación parecida al amor bestial. Para concluir tanta docilidad, también el indio debió pasar por el aro de la sumisión cuando prometía obediencia al rostro pálido que le había salvado la vida en la matanza de Custer (eso sí, trabajaría en el el fort cuidando de Tonka). Cosas de Disney.





Hacia la cúpula del placer retorcido
Justo esta decada arrancaba con el mejor papel posible después de Rebelde, el del judío violado por los nazis en Exodo. Estuvo igual de conmovedor como cuando fue Plato (su declaración al tribunal era sobrecogedora: según él, lo habían utilizado como una mujer). Lo nominaron de nuevo a un Oscar. Pero el declive era inminente. Su tiempo había pasado. Como él tambien otros muchos ídolos fugaces se aferraron a pequeños papeles en películas olvidables. A no ser El gran combate (1964), maravillosa epopeya fin de race en nombre de la estirpe de los cheyennes dirigida por John Ford. Crepuscular y hermosa, en cambio el papel de Mineo fue muy maltratado por el director (un tío bastante racista, que no trató nada bien al actor. Apenas le dio diálogos alegando que su acento del Bronx era una rémora para la fidelidad del personaje).
Conforme la repercusión en taquilla iba menguando, Mineo comienza a acentuar sus escapadas al universo paralelo de los vicios y la sexualidad alternativa. Coquetea con las drogas, es habitual en los garitos para gays, decantándose por la práctica del fetichismo y las relaciones sadomasoquistas. Es
e algo de luciferino que tanto me atrae de estos personajes eclosionó al final en un filme en verdad insólito y que a no ser en los circuitos underground (vía Anger y similares) carecía de precedentes. Hablo de Who killed teddy bear? (1965), bajada a los infiernos en nombre de Bataille con Mineo de psycho killer con tendencias al exhibicionismo más osado. Es un filme de culto, una rareza dificil de encontrar.








El asesino de Te
ddy Bears
He podido al fin agenciarme una copia y me duele tener que confirmar que la cinta ha envejecido bastante. Como exploitation habría ejemplos mejores. Al menos Mineo, que tarda la mitad del metraje en convertirse en ese protagonista principal que nos prometía el poster, apenas bebe del pasado, de ese Hollywood amable que tan bien representó, salvo a no ser por ese forzado final con su trágica muerte (su sino) de un tiro policial en la nuca en medio de una persecución casi injustificable (el espíritu de Plato /Dean parecían emerger de aquella noche tan larga para justificarlo todo, claro). Como asesino en el fondo no era tan terrible, todo lo más evidenciaba un delirante amour fou hacia la verdadera protagonista de la peli, la siempre sexy Juliet Prowse a la que asediaba con constantes llamadas telefónicas de carácter obsceno. El argumento trataba de prejuzgar al muchacho mediante claves psicoanalíticas un tanto pedestres con hermana nerd de por medio, mientras que la tensión exigible a este tipo de cine "de amenazadas" se diluía constantemente por culpa de un ritmo tedioso y secuencias conversacionales demasiado alargadas que hacen perder el interés del espectador como consecuencia lógica . No obstante quedarían como lo mejor de Who killed... el narcisismo gym del ídolo, el jerk que se pegan Juliet y el (Tarantino tomaría buena nota del numerito para su Pulp Fiction) y, desde luego, esa bajada a los infiernos a la que antes hacía mención, con Mineo en estado febril (y es de suponer que eréctil) por las calles del vicio de un Nueva York nocturnal: un via crucis de fuertes connotaciones represivas que incluía visitas a peep shows, sex shops y librerías eróticas (inolvidable Mineo mirando en sus escaparates las ofertas editoriales del momento: así entre las Fanny Hill's de rigor se podían otear volúmenes originales de El almuerzo desnudo de Burroughs) filmado en estilo documental o, puestos en exploitation style, muy mondo.
A pesar de que en l
o sucesivo y hasta terminar la década de los sesenta no volvió a repetir la experiencia de un papel similar, se hace realmente curioso que de cara al final de su vida retomase tanta negatividad en un sitio inesperado: la serie de TV Los Hombres de Harrelson. En el segundo episodio de la susodicha (y para mi el mejor de esa primera temporada) Mineo interpretaba al cabecilla de una secta satánica a lo Charles Manson en donde la polisexualidad, las drogas y el fín último del exterminio de la humanidad regían sus actos. Ese Mineo me resulta tan fascinante como en este mismo sentido pueda serlo Perkins. Durante los primeros setenta (en los que declaró publicamente su bisexualidad, amén de salir desnudo en la emblemática revista After dark) estuvo volcado en las tablas (un poco como Norman Bates cuando se encoñó de Stephen Sondheim: la maravillosa negrura de Sweeney Todd no se entendería sin haber pasado Tony por el lecho del genio del teatro musical moderno). Sólo que Mineo lo hizo en el Off. Con Fortune and men's eyes causó gran escándalo (los presidiarios del dramaturgo John Herbert no se andaban con chiquitas y Mineo por no ser menos levantó un gran revuelo sodomizando noche tras noche a otro preso, un irresistible doncel llamado Don Johnson, recién salido de las revistas criptogays). Preparaba una nueva revisitación del mundo homosexual menos acomodaticio con P.S. tu gato ha muerto junto a Keir Dullea cuando le sobrevino la muerte a manos de un delincuente (¿un Dino de la nueva generación?) que lo apuñaló en el garaje de su casa. Se especuló mucho sobre los motivos de tan brutal hecho. ¿Ajuste de cuentas?. Los amigos que lo conocían apostillaron que si era narcotraficante sería el más pobre del mundo, a juzgar por su forma de vida. ¿Crimen sexual?. Queda en interrogante, aunque su carácter indómito y promíscuo era como para exponerse a cualquier cosa.
Queda el recuerdo en M. Betanzos, que retorna cada cierto tiempo. Es un amigo imposible con ínfulas de fantasma, aquel con el que jugué por teléfono a ser una vez su Dean con Terenci Moix (transmutado mentalmente en su impersonator barcelonés -años cincuenta- para la ocasión), aquel que creí ver mientras en mis brazos reposaba algún muchacho al que le sacaba parecidos ciegos por demasiado moreno, aquel astro cuya imágen en DVD evoluciona hacia el peor de los infiernos pero que en su caso será siempre su verdad. La auténtica dimensión de la rebeldía hallada en la autoafirmación personal.