12 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS

INTRODUCCION

Va ser otra prueba de amor incondicional. El cine de terror mexicano en su época dorada (pues de los últimos exponentes actuales - que a decir de muchos parecen estar impulsando el resurgir del género- apenas he visto más que uno o dos títulos) vacilaría entre lo sublime y lo grotesco, creando en el espectador adicto a la cinefilia una sensación de perplejidad no exenta de momentos agradables. La idiosincrasia del azteca, muy apegada a la cultura de la Muerte, justificaría por si misma la existencia de una basta filmografía necrofílica que al conjurarse bajo la óptica latina de lo exacervado (o simplemente histérico) terminarían por perfilar a la perfección unas constantes que se hallan en títulos, por otro lado, tan notables como El vampiro, El ataud del vampiro o El ladrón de cadáveres. Esa inclinación por lo autóctono (y por ende, popular) no haría menoscabar unas excelencias esteticistas que picarían aún más alto: desde una fotografía cuidada (en blanco y negro, casi siempre) pasando por una escenografía que partiría de presupuestos directamente sacados de la cultura con mayúsculas hasta ese sentido de la dramaturgia de más que curiosa efectividad. Estos últimos logros son los que conformarían la famosa "atmósfera" del terror mexicano, muy alabada por los sectores más heterodoxos de la crítica cinematográfica ya desde unos tempranos años sesenta. Eran los tiempos del Midi minuit fantastique, de las locas del Films & filming, de los intelectuales a la Eco y, por descontado, de ciertas plumas refinadas, amantes de lo macabro en nuestro pais como Juan Tébar que supieron sacar oro de tanta penumbra (en el Festival de San Sebastián de 1965 se estrenó por primera vez el Dracula lugosiano a la par que se veía la simultánea versión hispana de George Melford con Carlos Villarias y Lupita Tovar, para regocijo de los fanáticos de las comparativas únicas). Hasta en la larga serie de "Santo, el Enmascarado de Plata" hilaron fino, independientemente del sentido del humor que se debieron echar (siempre obligatorio ante toda aproximación al kitsch), al saber apreciar en títulos como Santo contra las mujeres vampiro o Santo en el museo de cera esas excelencias goticistas, las mismas que ya habían reconocido de manera previa en la obra terrorífica del más especializado Fernando Méndez, por ejemplo.
Y es que el ejemplo de Santo, con sus luchas libres y sus escarceos con el alterne de cabaret (escarceos siempre asexuados en un heroe positivo y casi infantil) es sintomático de un género que admitía todo tipo de hibrideces en tanto que habría nacido con la misión de agradar a un amplio sector del público, al cual convenía entretener a toda costa, alejarle de la monotonía de unas fórmulas periclitadas. De hecho, esta tónica de alternar "ajos con cebollas" ya se había probado desde los años cuarenta, década de la consolidación del cine de géneros con la mezcla alucinante de gangsters y charros en el cine de Orol, mariachis y folclóricas españolas con Lola Flores versus Sánchez Mejías o el melodrama burgués más desaforado repletito de rumberas enfermas del baile de San Vito.

En lo que atañe al terror, por ahí se alternaron los machotes caballistas (El pantano de las ánimas), los comicastros al socaire de las jergas a lo Cantinflas (Tin Tan y La casa del terror, Mantequilla y Echenme al vampiro, Capulina vs. las momias, etc), la ciencia ficción con robots de juguete (La momia azteca vs. el robot humano) o los ya citados luchadores de pacotilla, pero auténticas leyendas a escala nacional (Santo, Blue Demon). De entre todas las derivaciones con visos a conseguir una comercialidad que atrajese al público a las salas de exhibición, hubo también ejemplos que jugarían con premisas más elevadas. Ahí estaría el caso del mito de La llorona, curiosa historia ancestral de maldiciones familiares per secula seculorum (que como tal admitiría remakes ad infinitum) y que la emparentarían en belleza mórbida con el mejor gothic horror de raices románticas, la metafísica del heroe enfrentado a conceptos supremos como Dios, el Demonio o la Muerte en la estimable Macario (1960. Roberto Gavaldón) a partir de la novela de Benjamin Traven que materializaría las esencias del campesino aproximándose a un misticismo trascendente o la definitiva aportación fantástica de Luis Buñuel (el aragonés aunque repartió su vida artística en varios países dio lo mejor de si mismo en Mexico en la década de los cincuenta y aún después, con esa apoteosis llamada El ángel exterminador) aún cuando el material de partida no entrase en los cánones fantásticos (no hay momento más terrorífico de su filmografía que el final de Abismos de pasión -película basada en Cumbres borrascosas- con la cripta que sepulta a un Mistral impagable: necrofilia más Bretón que Bronté, como bien puntualizó en su momento Cabrera Infante). Incluso un filme-isla como El esqueleto de la señora Morales (1959. Rogelio A. González) parecía deberle a Buñuel más de lo previsto: humor negro, surrealismo, recuperación del actor buñuelesco Arturo de Córdova, incorporación de la emigrada española Amparo Rivelles (pese a sus aciertos innegables, el tono general de este filme, vacilante entre lo macabro y lo chocarrero dejaría al acabar un mal sabor de boca en el aficionado a lo enfermizo).
Con la irrupción de personalidades genialoides, Carlos Enrique Taboada aparte, como Jodorowsky y el resto de integrantes del movimiento Pánico esa década pop se desviaría hacia nuevas dimensiones que desde postulados tan arbitrarios como caprichosos abrirían una nueva vía al género fantástico apurando premisas erótico mágicas típicas de una vanguardia con capacidad de deslumbrar con las últimas corrientes que fascinaban a la juventud (lo Zen, Castaneda, el rollo hippie et al).
Sin tantas zarandajas no se nos debería pasar de largo la figura del seminal Juan Bustillo Oro apegado desde el principio al lenguaje del expresionismo ya desde la temprana Dos monjes (1934) y que tendría su culminación en la magnífica Un hombre sin rostro (1950) donde, de nuevo, Arturo de Córdova se enfrentaba a sus pesadillas habituales desde escenarios de arquitecturas deformantes, blandas, casi dalinianas en una curiosa simbiosis de tardo expresionismo, surrealismo y teorías freudianas a la páge.

En esta nueva serie que empieza hoy en Fantasia Mongo, también repasaremos algunos de estos últimos títulos, digamos, más comprometidos con la "seriedad", pero lo que más proliferarán serán ejemplos del cine más popular. Conoceremos a directores tan importantes como Fernando Méndez, Miguel Morayta o Alfonso Corona Blake y, en tanto que mitómanos de un cine como el mexicano, tan directamente ligado a nivel sentimental con la mitomanía, reverenciaremos como se merecen sus rostros más fotogénicos: el gran Dracula azteca que fue Germán Robles y los múltiples encantos de lindas chamacas de nombres inmortales como Lorena Velázquez, Ariadna Welter y, por descontado, mi favorita Ana Luisa Peluffo. Incluso repararemos en un par de cintas del Enmascarado de Plata que por sus connotaciones climáticas se inserirían de pleno en el cine de terror como la antes citada Santo y las mujeres vampiro y Santo contra los zombies. Recorreremos veinte años aproximadamente, dos décadas de espeluzne nacional, empezando por uno de los primeros exponentes de La llorona (1947) y acabando con El libro de piedra (1969) de Carlos Enrique Taboada, tratando de ser objetivos, de acogernos a un revisionado sin utilizar por ello demasiados tics que suenen a tópico, intentando romper clisés histéricos típicos de fanzinosos y, claro es, acercarnos siempre con ternura a un material añejo que en sus mejores momentos supo asustarnos con la misma intensidad con la que nos despertaba una franca sonrisa.
En última instancia, aspirando a entender lo que muchos críticos señeros denominaron "la originalidad del terror mexicano".

continuará mañana con...
LA HERENCIA DE LA LLORONA (1947. Mauricio Magdaleno)

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