18 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (6)

EL ATAUD DEL VAMPIRO (1957. Fernando Méndez)

Esta secuela de El vampiro, rodada inmediatamente después, patina por muchos lados. Empezando por el error garrafal de un guión mediocre, una dirección sin demasiado pulso y unos intérpretes que aunque reinciden en los mismos recursos terminan desconcertándonos por las derivaciones que el guión ha perpetrado sobre ellos. Así el viajante aventurero con aspiraciones doctorales (Abel Salazar, que sigue aprovechándose de su parecido físico con Alberto Sordi para regalarnos una retahila de comicidades guasonas bastante inapropiadas) ahora es un médico en toda regla que ejerce en el sanatorio Luis Pasteur y Marta, muchachita inocente y casta, resulta ser una corista de teatro de variedades con mucho desparpajo sobre las tablas. La incorporación de otro doctor demasiado inquieto en materia de experimentos celulares (sic) favorecen a que la historia del conde Karol de Lavud se retome justo donde la dejamos: en el tapiado muro que alberga sus restos.

Superado el trance de ver a Salazar y la Welter en faenas que no deberían ser de su competencia (y que ella sea bailarina sería otro factor más que ayudaría a Obón y Méndez a aproximar la secuela a la fórmula del emergente Santo, el enmascarado de Plata), el argumento va tirando de tópicos, a cual más trillado. Asi el doctor megalómano contrata los servicios de un hampón (el gran Yerye Beirute, fusión con morbazo de Frankenstein y Rondo Hatton, revelado ese mismo año en la estimable Ladrón de cadáveres en un cometido similar) para que le consiga un muerto del cementerio que le valga para sus propósitos. Este no resulta ser otro que el vampiro Robles que reposa en el ataud atravesado por una estaca imponente. Salazar aconseja a su compañero que se deje de inventos y que devuelva el cadáver al camposanto. En un momento de descuido en el que el ataud queda sólo en la sala de autopsias, Yerye se cuela para robarle el vistoso medallón que cuelga sobre su cuello. Al impedírselo la estaca, el forzudo se la arranca, quedando el vampiro de nuevo con vida. Efectivamente, Robles se incorpora cual muñeco mecánico. Pero no se venga de Yerye. En el fondo le ha devuelto al mundo de los mortales y le perdona. Hace un pacto con él, le exige suprema obediencia.
Yerye tiene un buen escondrijo para el vampiro. Y es que es vigilante de un museo de cera. Antes de emprender rumbo allí, el conde necesita reponer fuerzas y a punto está de chuparle la sangre a una niñita (fijación pedófila) que ocupa una habitación de la clínica (también lo intenta con la Welter pero al final soluciona que es mejor apropiarse de su voluntad a través de la hipnósis. Para ello, el vampiro emplea su medallón que unido a sus palabras solemnes irán sumergiendo a la muchacha en estados catatónicos puntuales, siempre a merced de las lubricidades del tenebroso).

Terminado el periplo hospitalario, la acción se dispersa hacia dos ambientes bien opuestos: por un lado, al museo de cera (lugar tópico en el cine de terror universal, incluso en el mexicano: recuérdese sino la memorable Santo en el museo de cera o El museo del horror de Rafael Baledón) y por otro, al no menos recurrente teatro de varietés. Detalles sueltos, cargados de ingenio no justificarían en su globalidad lo desaprovechados que fueron ambos espacios. A retener sin duda las arquitecturas abovedadas de la entrada y el sarcófago en vertical que se halla en el interior, con tapa interior de pinchos enormes y que a punto están de acabar con la vida de Salazar.
En cuanto al teatro, salvo a un par de elegantes movimientos de cámara y sus consabidas tomas del techo donde camina a las mil maravillas el conde volador, lo mejor acontece en el exterior en lo que es, para mi gusto, la mejor secuencia de la película: el asesinato de la jóven corista rechazada por el director de la compañia. Ese halo poetico alcanzado en la previa El vampiro aqui apura sus últimos restos en un momento mágico cargado de sugestiones visuales, casi de atmósfera onírica, tourneriana, nocturnal, un ejercicio rayano en lo expresionista con la sombra -ya inolvidable- del vampiro, que termina durante la persecución callejera oscureciendo las enormes paredes de los edificios. Es un momento, por otra parte, en el que si algún espectador había depositado un sentimiento indulgente para la figura del conde por parecer que albergaba un mínimo sentido de fraternidad (el haber perdonado la vida al matón, dentro de lo que cabe, era un acto de justicia) se vendría abajo al comprobar como Lavud carece de piedad pues el crímen se consuma (incluso hay un previo instante en el que la chica sale del bar, pasa por delante permaneciendo él imperturbable y en el que de verdad creemos que se ha reblandecido: de hecho conocía el pequeño drama de esta chica que había fracasado en una oferta de trabajo). Basta con la leve indicación de la jóven con la mirada de que le siga para que el vampiro acepte sin dudar su invitación. En el fondo, se trata por un lado de una chica fácil y, por otro, de un conde que en su inmoralidad se nos estaría revelando una profunda moralidad represora.
Ante una secuencia tan magistral como ésta, Fernando Méndez cuanto menos sabe que deberá estar a la altura cuando llegue el desenlace del filme. Los últimos cinco minutos contienen trepidación, suspense y hasta catarsis. Sucede en el museo de cera. Se imponen las acciones paralelas: entre Salazar y Yerye y entre el conde y la Welter. Todo sucederá como los cánones más ortodoxos del género han decretado desde que el cine es cine. Vence el bien sobre el mal: Lavud acaba siendo atravesado por una lanza, primero en su metamorfosis de murciélago y luego en la más humana. El efecto visual es sorprendente y muy novedoso.
Pero aún a pesar de estos aciertos, el filme no se salvaría de la mediocridad. Quedémonos pues con estos momentos aislados y con esa atmósfera, de la que los mexicanos parecían disponer ya de una buena patente.

continuará el mes que viene

5 comentarios:

Use dijo...

Creo que te amo.

el link es una parte de mí.

Use dijo...

www.fotolog.com/aquellamarioneta

maciste II dijo...

Para ti:

"la familia de esqueletos ellos ya sabían
el anciano señor bebía en jóvenes
los lirios que no quiso dejar en prenda
su muerte en las almohadas
No dijo el mar no estoy en esa esquina
De bolas ciegas No dijo la niña
No cuentes que escribo canciones de amor

Princesita azul y tú dulce principito
De tarlatan ¿se os comieron la lengua?
no habría en el mundo tarántulas bastantes
para enseñar lo que debéis saber
que los niños son tiernos
y que es tan dulce el llanto de los muertos
cuando sangran crecen en ellos
una luna venérea
tan dulce al aparecer de los pequeños cuando asesinan
a las puertas del bar entre mutantes blancos
el taxi no llega el artista del cuchillo
tiene miedo
el que no sabe espera que una sombra
abandone jirones en su cuerpo
la familia de esqueletos vivía en su armario de amígdalas
tubos viejos y luces macilentas
cañerías rotas un camino tan largo

el anciano señor absorbía demasiado gas era terrible
una molestia había que acabar
con la ictericia de sus huérfanos...

y el cielo disimuló sus pliegues"

EDUARDO HARO IBARS Pérdidas blancas.1978

diegogue dijo...

Hola!
este blog ha ganado el premio
Blogger Sapiens Award:
http://68revoluciones.com/?p=751

maciste II dijo...

Muchas gracias por mi parte. Ya le he dejado un comentario en su revolucionario blog. Espero que se haya publicado.