17 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (5)

EL VAMPIRO (1957. Fernando Méndez)

Ayer, entre tanto "torero pinturero", se me pasó mencionar a Ramón Obón, un nombre importantísimo en toda esta historia. El fue el guionista de El Pantano, de este Vampiro, de unos cuantos títulos más en la misma onda. Y cuando se vio capacitado para afrontar la dirección dejó su firma en la analizable Cien gritos de terror (1965), ya en las postrimerías de la edad de oro del género. Afortunadamente, El vampiro en cuanto a argumento es menos chabacana y más homogénea que El Pantano. No elude además el tratamiento poético en lo que a niveles visuales se refiere (quiza la parte más positiva del filme aún hoy en día). En cuestiones de importancia histórica, fue una pionera pues era de las primeras veces (si no la primera) que se abordaba el fenómeno vampírico en la cinematografía azteca. Y dicho fenómeno además se perpetraba desde la originalidad de un guión que no partía del texto de Stoker (ni siquiera de la pieza teatral que inspiró la inmortal creación lugosiana de los años treinta) sino que la acción se situaba en el propio México (aunque en una zona muy indeterminada y, desde luego, irreal) y donde sus protagonistas conservaban la idiosincrasia del lugareño: el jóven descreido que va venciendo el miedo natural a lo desconocido a través de la guasa (pues, por desgracia, la ironía en el azteca más populista siempre está más próxima al cachondeo y a lo chusquero), la chamaca ingenua y temerosa ante los misterios de la vida, la cohorte de personajes maduros plagaditos de supersticiones tan identificables con la ignorancia de las capas más humildes de la sociedad.... Ahí estaría un logro importante en este Vampiro.

Otro más: se adelantaba un año a la resurrección del mito que efectuaba a todo color Terence Fisher en la Hammer. Y ese dato también sería necesario de retener. El cine mundial estaba huérfano de Draculas más o menos decentes, puesto que aunque la serie B norteamericana conmtinuaba recurriendo a tan honorable personaje (y algún caso aislado, exotismo ignoto, como aquel Dracula turco de principios de los cincuenta que, por cierto, en sus intercalados de music hall parecía querer inventar una suerte de musical macabro, tan típico de futuros artefactos diseñados a mayor gloria de la cofradia del Santo) lo hacía tan toscamente que lo degradaba al límite.
Hasta la aparición de Christopher Lee en las pantallas mundiales, o Germán Robles a escala más localista, el mito no tomaría nuevos e importantes brios. Un mito que, por descontado, casi huelga aclarar que partía de la bastardía y de la falsedad ya desde los lejanos tiempos del filme de Browning (1931). Aceptando sin prejuicios que Dracula hubiese sido un hombre con capa voladora y colmillos (al menos desde nuestro subconsciente asi lo fue siempre, desde nuestra más tierna y asustadiza infancia, la de toda una generación de espectadores, pobres presos de las trampas de la memoria) entonces cualquier adaptación apócrifa siempre será bien recibida. Cuanto menos, lo único que deberemos exigirle al glamouroso conde es que lo sea: esto es, que conserve una mínima elegancia (en las formas, en el vestir) y su dicción resulte impecable. Ambos requisitos ya sabemos que Lee los cumplía a la perfección. Pues bien, Germán Robles también los encaró con gran dignidad.
Lástima que a su lado tuviese a una compañera tan irreprochable como la cubana Carmen Montejo, cuya categoria de ser espectral (la vampiresa) casi consigue hacernos olvidar al conde (Carmen viste de negro, porta un enorme velo que siempre ondea detrás de su cabeza debido a un persistente viento que la acaricia cuando sale a tomar el relente. Semeja un invento de Poe con aspiraciones a "madre guapa" a lo Torrado). Pero el conde Karol de Lavud tampoco es manco en asombrosas apariciones. La más destacable es la primera: incorporándose de su ataud con ansias de chupar sangre. Y no voy a ser yo quien le critique el gusto en cuestión de elección de sus víctimas. Un adorable muchachito, rayano en la edad del efebo, se le pone a tiro en medio del bosque brumoso. Y el no lo duda un instante, al percatarse de las virginales prendas que se gasta el rapaz.

Comentaba antes que una de las partes más brillantes de la película corresponderían a la ambientación. Casi toda la acción se desarrolla dentro de una hacienda, con sus salones, alcobas y patios interiores (aunque al final se pretenda hacernos creer que también cuenta con criptas subterraneas a las que se accedería a través de pasadizos no terminamos de verlo del todo claro). Es en el patio interior donde la estilización plástica emerge cargada de sugestiones, en tanto que permanece el recinto difuminado por una ténue neblina, aderezada a su vez de unos insólitos focos de luz. El resultado decorativo transmite ese misterio tan necesario en una historia de estas características.
En cuanto al montaje de escenas, revelan en Fernando Méndez a un hombre provisto de golpes de inspiración muy apreciables. Pongamos el momento en que Robles se acerca a la estancia de la bella Ariadna Welter en su primera noche en la hacienda. El conde consigue morderla con suavidad y destreza. Hay un fundido en negro de un par de segundos. El siguiente plano es el que nos muestra las dos marcas de sangre en la nuca desnuda de la muchacha (Mendez no opta por pasar a otras estancias y a otros personajes. Prorroga la tensión del hecho vampírico de una forma delicadamente cortante y, como tal, alcanza una suerte de poética visual del todo bien resuelta). Otro momento mágico, en estructura teatral casi de melodrama, es aquel en el que la Welter se da cuenta de que su tia es vampira, al no verla reflejada en los espejos. Ese momento no se ha enfatizado con la música, ni siquiera con planos innecesarios, o con el grito de una muchacha que descubre el horror. Todos estos aspectos se solucionan de forma contenida y, por descontado, con una truca de objetos que se mueven solos -a ojos de los mortales- que siempre impacta. Algo impensable en otros hits de una cinematografía como la azteca, tan dada a lo brutesco.

Por desgracia, El vampiro tiene muchos defectos para poder considerarlo una obra maestra. La incongruencia que resulta el hecho de que el espectro de la tía bondadosa y penante (Alicia Montoya) deposite un crucifijo esa noche sobre la almohada de Ariadna como medio de protección contra las criaturas chupadoras parece que se olvida por completo, pues ya hemos indicado cómo el conde sacia sin ningún problema su sed de sangre fresca en el cuello de la recién llegada. O cuando la muerte repentina de Ariadna tras desvanecerse fulminantemente, en donde sólo encontraremos en los minutos correspondientes al intento de reanimación en su dormitorio al médico Abel Salazar (los otros testigos del infortunio, acontecido en el salón, habrían insolitamente desaparecido: principalmente Carmen Montejo, la tía vampira de la Welter que la quiere tanto).
Con todo, es muy agradable contemplar el filme en ediciones de lujo (la caja con dos Cds de la compañia Casa Negra, con ésta y su continuación El ataud del vampiro) y percatarnos de detalles que seguirían demostrando por encima de cualquier detalle identitario que los artesanos mexicanos fueron unos cinéfilos empedernidos. Y cuyas referencias y recursos vendrían de los sitios más inimaginables: ¿acaso ese final, en verdad un poco absurdo, con la parejita Welter-Salazar despidiéndose (pero no) en la estación del tren, ese instante concreto de Salazar declarando su amor y que no lo oimos pues el ruido de un tren que pasa en ese momento no nos lo permite, no sería una copia de una escena igual de On the waterfront (1954. Elia Kazan) en donde el estruendo de la sirena del muelle impedían, en metafórico, entender la parrafada de aquel Brando instigado por una "ley del silencio" que le conduciría al calvario final?.


continuará mañana con...


EL ATAUD DEL VAMPIRO (1957. Fernando Mendez)