16 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (4)

EL PANTANO DE LAS ANIMAS (1956. Rafael Baledón)

Este es un claro ejemplo de cómo el cachondeito latino puede aguarnos la fiesta a los amantes del terror ingenuo (ya de por si provisto de buenas dosis de humor involuntario). La obstinación (comercial) de Baledón de picar de varios géneros sin quedarse en ninguno le aportan una molesta hibridez que en muy poco haría justicia al título de la película (siempre los títulos y, por descontado, los carteles anunciadores prometen más en la imaginación del aficionado de lo que en verdad dan).
El pantano
es muy mediocre, no sólo por esa indefinición. Su director, en cambio, en muchas ocasiones demostraría ser un profesional más que solvente (entraría por derechos propios en el grupo de artesanos gloriosos del cine mexicano de los años cincuenta y sesenta) y, mismamente, en el terror lo preferiremos mil veces en su fabuloso Orlak (1961) que aquí. No obstante, siendo indulgentes, podríamos sacar momentos regocijantes en un filme que no por impuro (y ya pasado nuestro cabreo ante tanto desviacionismo) dejaba de ser medianamente ameno.

El arranque es magnífico. Los diez primeros minutos son de un gran estilo con ese pantano adornado con criaturas nada tranquilizadoras, con calaveras diríase que acechantes sobre piedras milenarias, un pantano atravesado en barca por enterradores y la familia del difunto que portan el féretro con intención de trasladarlo para que repose en la otra orilla. O la apertura de la caja para comprobar que el cadáver ha desaparecido, aflorando asi en la mente de los paisanos la creencia de las maldiciones y los espíritus en pena. Es decir, que ese muerto ahora reposa en el interior del pantano hasta que se le dé por emerger de sus aguas para clamar alguna venganza. Supersticiones y remordimientos de la hermana ciega que guarda un secreto de pretéritas traiciones que la llenarán de un temor rayano en la locura. Hasta ahí bien. Y, claro, muy bien cuando en seguida Gavaldón nos muestra que en los fondos del pantano se halla una criatura espantosa, de piel de reptil y figura humana con instintos asesinos. Tal monstruo es un verdadero plagio de la mítica Criatura de la laguna negra (1953. Jack Arnold) que hizo peligrar tanto la integridad de las cuerdas vocales como el virgo (si lo hubiere) de la encantadora Julie Adams tres años antes (y que gozaría de una secuela, ahora con Lori Nelson). Este detalle delicioso es estropeado constantemente por la ineficacia de un tratamiento chabacano y bufonesco que le restarían al amenazante tan siquiera un mínimo de sentido truculento (ya de por sí tan deficitario, pues si el monstruo de Jack Arnold nos lo creíamos desde la compasión a este ya nos lo tomamos directamente a chirigota). La incorporación de chistosos sin gracia y de héroes del western fronterizo demasiado blanditos rematarán por hacernos olvidar muy pronto asuntos de leyendas y de maleficios.

De alguna manera ya nos lo anunciaban los títulos de crédito. Los principales protagonistas de la película iban a ser Gastón Santos (torero y caballista de fama fugaz en México) y su caballo Rayo de Plata (aunque en la historia se llamaba Duque). Este muchacho que encima del equino se daba un aire a Audie Murphy y al bajar de él, sobre todo cuando miraba raro a la chica, era calcadito a James Dean en la Plaza de las Ventas, ya había realizado unas películas del Oeste siempre con idénticos cometidos que, a la fuerza, deberían resultarnos entrañables a todos los aficionados al cine de pipas. Y es que cuando este pantano termina transformado en pradera de western loco no deja de pasársenos brevemente por la cabeza lo buenos que eran los centauros del serial norteamericano: los Cisco Kid o Hopalong Cassidy de muchas niñeces.
Como en el rejoneo debió de ser muy querido, el tal Gastón tiene un buen numerito con el caballo bailongo. Ahora que lo pienso, el actor torero no está tan mal. Además, la mejor secuencia del filme (después de la del arranque) requeriría de su participación indispensable (y es que reconozco que a la larga uno le coge cariño). Me refiero a su pelea submarina con el animalejo (asi lo han bautizado los chistosos del lugar). Gastón ataviado con un simple slip de competición de color encarnado, retorciendo su apolíneo y esbelto cuerpo en dura pugna, piel sobre piel, con el escamoso aportaría un sano erotismo al género (el hombre y el monstruo dieron gratos sucedáneos de polvo también en la secuela hollywoodiense del filme de Arnold: en este caso, era John Bromfield el bestialista).

Y ya puestos a sentir conmiseración, ampliaríamos nuestras simpatías al bicho en si, al que le vemos bastante lento bajo el agua (por lo tanto quienes no sabemos nadar como Esther Williams ahí nos identificamos de pleno), medio ciego por una careta entre besugo y castor bastante incómoda cuando sale a flote lo que motiva que no vea nada y, por lo tanto, no consiga esquivar nunca los variados tablones y sillas, entre otros mobiliarios, que le van arrojando para matarlo. Al menos antes de palmarla pudo echarle las garras durante unos segundos a la señorita Manola Saavedra, aqui en calidad de Julie Adams de tres al cuarto (en realidad, sobrina del muerto desaparecido) para ingresar en un supuesto poster de apocrifismos.
El final, con esos diálogos, es tan ridículo que no haría más que coronar de forma absurda un filme que partía ya de un despropósito. Al arrancarle la máscara al animalejo, Gastón y la chica comprueban que se trataba del difunto, ahora "difuntado" del todo.
Gastón: Es tu tío
Manola: Qué horror
Gastón: Se aprovechó de la ceguera de tu tia con fines despreciables

Sobran comentarios.


continuará mañana con...


EL VAMPIRO (1957. Fernando Méndez)