15 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (3)

LA BRUJA (1954. Chano Urueta)

Chano Urueta pasará a la historia para el mundo anglosajón (y para esta España nuestra tan dada a psicotronizarlo todo) por ser tan sólo uno de los directores típicos del cine de terror mexicano. Apreciación muy injusta. Urueta fue antes que nada, como Bustillo Oro, como cientos más, un hábil artesano que se desenvolvió a las mil maravillas en los asuntos más dispares: los musicales con charros, el melodrama burgués, las de cómicos..., todo lo que hubiera. Y, desde luego, en la edificación del mito Peluffo y sus desnudismos inolvidables para La ilegítima (1956) o su exaltación- más allá del tópico nacional- de la figura del luchador en La bestia magnífica (1953), filme cuya carga pasional en clave de trio amoroso lo acercaría más al Trapecio de Carol Reed que a las patochadas de los Santos de turno. Ni siquiera deberíamos tildarlo de oportunista cuando a finales de los cincuenta se esmeró en aportar al fantástico una larga serie de películas en lo que era la edad de oro del género, primero porque las suyas fueron unas contribuciones más que estimables (El Barón del terror, por ejemplo) y, luego, porque ya desde 1953 hallamos en su filmografía precedentes maestros, a decir de los entendidos, con El monstruo resucitado, cinta que recuperaba la creación shelleyana empeltrándola a una atmósfera típicamente latina (siento no poder hablar de ella tal como deseara, dedicarle un capítulo, considero que imprescindible dentro de una serie así, pero hasta la fecha no he encontrado ninguna copia de la susodicha. Otro lastre de este coleccionable va a ser la ausencia de El ladrón de cadáveres, nueva espina con algo de estaca que añadir a mi dolor de completista frustrado) y La bruja, para muchos una secuela de la anterior en tanto que a nivel temático se prorrogaba la inclusión de un mad doctor que desea cambiar el proceso biológico normal de las personas en pos de una superación profesional del todo desorbitada o como forma de llevar a cabo una venganza implacable. Ambas partían además de una muy libre adaptación de antiguas leyendas de los paises balcánicos, de ahí que los personajes detenten nombres tipo Serguei Rostov, Crommer o Mischa. Sobra aclarar que cualquier veracidad en la ambientación brillaría por su ausencia, lo que siempre otorga a estos productos por un lado un humor involuntario y por otro una fascinación ante la delirante estilización de un paisaje, un decorado, un vestuario completamente falsos.

Dentro de un tono gótico más que evidente, la historia de La bruja nos presenta al mad doctor que vive con su jóven hija y que gusta de moverse por los ambientes marginales de la localidad con el fin de que algún desarraigado le ayude a conseguir sus fines más oscuros. Estos especímenes son los verdaderamente originales de la historia. Tarados, pobres, impedidos, borrachos, vagabundos, atracciones de feria.... monstruos de los bajos fondos, en resumidas cuentas que se reúnen en una suerte de cueva subterranea y en donde han focalizado su mundo privado a expensas de una sociedad que los rechaza. Tamaña asociación ha ido constituyéndose en secta maligna que adora al científico loco, el único que les respeta y les da manutención. Entre esta parade insólita se encuentra la bruja, así apodada por su espantosa faz. El personaje irá cobrando privilegios en la acción a partir de que la hija del doctor aparezca asesinada por unos secuaces pagados por médicos sin escrúpulos que desean robarles ciertas fórmulas secretas de su laboratorio. En sus ansias de venganza, obligará a la bruja a tomarse el bebedizo del embellecimiento para que en su nuevo estado (no sólo físico, pasaría a ser una hermosísima condesa) conquiste a los tres infanticidas y ya en sus garras- disfrazadas de encanto- los elimine sin contemplaciones (bien atrayéndolos al escondrijo de los sectarios, bien matándolos de un susto al pasársele el efecto de la pócima embellecedora). Básicamente este es el meollo de una trama que discurre de manera muy entretenida, con los sobresaltos de rigor cuando la condesa pierde su hermosura o se producen los asesinatos consabidos. Y aún estas situaciones previsibles Urueta las expone con una sofisticación admirable.
Asi pues, la bruja (ahora cargada de alhajas, envuelta en abrigos de pieles, vestidos de raso o estolas de visón hasta los pies) al introducirse en salones refinados nos introduce a su vez a nosotros en una ambientación llena de una elegancia típica de un filme de Hollywood o, en su defecto, de cualquier melodrama mundano de la diosa Félix (un estilo que México bordaba). Y a partir de él, expuesto a que surga una historia de amour fou entre ella y el galán-víctima más apuesto de los tres elegidos por el mad doctor: el actor Ramón Gay (de apellido). Esta pareja funciona muy bien a nivel carismático. La actriz Lilia del Valle, o sea la bruja, posee una belleza muy Maria Felix pero sin ese último hervor que la acercaría definitivamente a la máscara de la Doña (y la suya ya debería haber quedado aclarado que, más que máscara, era una careta muy fea).

Pero tras el desfile de soireés y slow fox quedaría la parte truculenta, la que daría el sentido terrorífico al filme. Los mitos de Jeckyll & Hyde planearían más que los de La bella y la bestia. Pero antes que nada, veríamos en este Urueta una curiosa relación con el capital I vampiri del italiano Riccardo Freda (reminiscencia, por otro lado, de la Bathory de toda la vida) con la que el mexicano se le anticiparía un par de años. Hilando de influencias italianas, deberíamos tener presente que Chano había trabajado en su previa El monstruo resucitado con el guionista Arduino Maiuri, escritor nacido en el Lazio aqui en su etapa mexicana, antes de volverse a su país, entre otras cosas, para adaptar junto a Bava el célebre Diabolik (1968). Y ya que hablamos de escritores italianos, también podríamos divagar en si la formidable secuencia del duelo/ritual de rufianes que se disputan en el refugio la muerte de una de sus víctimas no se habría inspirado en el mismísimo Salgari de las novelitas del Corsaro nero.
Sin duda es muy rica en elucubraciones toda esa parte con los desheredados. Con Buñuel (Los olvidados con incrustaciones de la profana cena de Viridiana, ergo Goya), Tod Browning (Freaks) y ¿por qué no? con el juicio popular al vampiro langiano como ingredientes a añadir en esa fórmula mágica la película queda aún más redondeada. Recuerdo, para finalizar, una crítica cubana de la época (que la ponía a parir, por cierto) que dudaba si no se habría planeado para ser exhibida en formato 3d. Detalle delicioso por lo ingenuista el de este torpe crítico, sin duda. Pero que no carecería además de cierta lógica. Eran años en que el cine norteamericano había probado -aplicándolo al horror- el fugaz invento con Los crímenes del museo de cera (1953). Tal vez Urueta decidió probar por si mismo (sin mayores relieves que la traviesa lente de su cámara) cual sería el efecto que produciría un primerísimo plano de bruja que se acerca para -narrativamente- asesinar a su víctima (aunque deseante en dobles intenciones de saltar al patio de butacas para asustar hasta el delirio a los espectadores) seguido de otro con la víctima que obra a la inversa (o sea, retirándose bruscamente de la cámara devoradora) al tratar de huir de la homicida.


continuará mañana con...


EL PANTANO DE LAS ANIMAS (1956. Rafael Baledón)