14 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (2)

EL HOMBRE SIN ROSTRO (1950. Juan Bustillo Oro)

"Un melodrama psiquiátrico", asi denominó El hombre sin rostro el escritor y crítico cinematográfico Emilio García Riera. No seré yo quien contradiga a este estudioso del cine mexicano, pues la definición la considero muy acertada. Y es que es un drama con música (y su música sería premiada con un Ariel en 1951. Score del habitual en el género Raul Lavista que no cae en los excesos ni lo altisonante típicos del cine azteca, por cierto) y psiquiatria hay para parar un carro. Pensemos en la época. El cine norteamericano se había cansado de acercarnos los misterios que se esconden en el diván de Freud en repetidas ocasiones durante toda la década de los años cuarenta. Estaba entonces de moda la interpretación de los sueños, la disección de las complejidades de la mente humana, en cuyo desmenuzamiento el género policíaco (principalmente) hallarían un idóneo recurso para la reelaboración de asuntos architrillados: básicamente la explicación de lo criminológico. El gángster eterno pues, pasaba a formar parte de la neurosis colectiva del siglo XX y cuando James Cagney en la memorable (pero tardía) Al rojo vivo (1949. Raoul Walsh) anunciaba momentos antes de su muerte estar en la cima del mundo no hacía más que evidenciar un fuerte componente edípico que haría temblar a las madres de medio mundo por el futuro de sus hijos pequeños. Hasta el cine musical (bien mirado, demasiado propicio para evasiones fantasiosas) se rindió al fenómeno onírico en la mediocre Lady in the dark (1944. Mitchell Leitsen) para explicar nosequé estrés que sufren las directoras de revistas femeninas en eterno conflicto con el sexo opuesto.

Hitchcok hizo su agosto y a Hitchcok habremos de recurrir más de una vez en este acercamiento mexicano a la figura del psicópata que aqui encarna Arturo de Córdova. La paradigmática (y también aburridísima) Spellbound aka Recuerda (1945) acabaría por sentenciar (independientemente del talentoso que firmase el producto) cuán grande era la capacidad de la industria de Hollywood para banalizar los textos de Freud (o, al menos en el caso del gordo inglés, desde su proverbial elegancia, de elevarla a una suerte de psicoanálisis de salón, sólo para ambientes chic). El contar con Salvador Dalí, un artista del cuento, experto en explotar los más histéricos sueños, para dar materia plástica al subconsciente no deja de suponer una consecuencia lógica del anterior proceso de fácil digestión (elemental manera de no ahuyentar al público de las taquillas, máxima por antonomasia de todo producto comercial) al que antes aludí. Pero es que incluso filmes malditos que han pasado a la historia del cine como acercamientos serios al pensamiento freudiano, tal es el caso de Freud, pasión secreta de John Huston, no nos debería impedir ver en su didactismo infantilista (algo así como un A-B-C para iniciados) una nueva manera de simplificar tesis que estemos de acuerdo o no con ellas (y algunas han envejecido un horror) han resultado decisivas para el devenir del estudio de la mente humana en los últimos cien años. En última instancia no convendría confundir los términos seriedad y gravedad, caso del coñazo hustoniano.

No sería de inferior profundidad este filme de Juan Bustillo Oro con respecto a la cueva de Monty Clift, por ejemplo. Poseería además mayores capacidades de sugestión. Resultando algo embarullada (esa sucesión de flash backs dentro de flash backs tienden a hacernos perder el hilo del real interés de la acción que es el conflicto interior que sufre Arturo de Cordova) es, en cambio, una película de lo más curiosa. No se había visto antes nada igual, algo que oscilase admirablemente entre lo lúbrico, lo demencial, lo paradójico y lo macabro, jugando con géneros dispares como el policíaco, el terror, el melodrama y lo cabaretil. Si bien la influencia de los previos filmes de Hitchcock son notables también es verdad que en ese afán de dar una vuelta de tuerca a todo lo propuesto con anterioridad por Yanquilandia, Bustillo Oro se adelantó- gracias a su imaginación (e inteligencia)- al futuro y emblemático Psicósis (1960). Y eso ya es todo un puntazo.
Convendría pues explicar un poco el argumento para que asi podais entender mejor mis palabras. De Córdova es un médico policial que vive traumatizado por el recuerdo de su fallecida madre, una madre posesiva que le impidió un acercamiento normal a las mujeres. El miedo al acto sexual obliga al torturado personaje a cometer horrendos crímenes siempre dirigidos hacia mujeres de la noche. Las felonías nocturnas las olvida al llegar el día en una especie de síndrome Jeckyll & Hyde mezclado con Jack the ripper que si bien le mantienen impune durante un tiempo irán lentamente ofuscando su mente hasta convertirse en un ser hostil con sus más allegados. Por ejemplo, con un compañero de la Policia, otro médico de la mente que poco a poco va a sacar de él todo ese dolor que le reconcome y que le hace sufrir terribles pesadillas. Ni que decir tiene que ahí entraría a colación el temita de la interpretación de los sueños, profusamente ilustrado en imágenes oníricas que constituyen, a no dudarlo, lo más apasionante del filme. De Córdova persigue al hombre sin rostro en decorados surrealistas donde la niebla es artificial, las farolas de formas retorcidas, los espacios vacíos, las escaleras anchas en estructura de caracol, las figuras humanas estáticas, semejantes a esqueletos ( a su vez idénticos a árboles muertos) y que representan a las prostitutas que va aniquilando el asesino o el espeluznante hombre sin rostro, de una robustez insólita si pensamos que se trataría de su propia madre dictándole órdenes desde la zona onírica (y aún más insólito habría de resultarnos si conociésemos que tras ese traje se hallaba el magnífico luchador Wolf Rubinkis, aquí en uno de sus primeros y más extraños personajes de enmascarado con disfraz). Hay también un plano secuencia soberbio del protagonista imaginándose en la soledad de su casa con las manos ensangrentadas y que es aterrador. Y, de nuevo, insólito en una filmografía como la mexicana.

Bustillo Oro demuestra aqui su dominio para la composición de planos, utilizando angulares tan atrevidos como eficaces, otorgando ese toque visual tan cinematográfico a una historia que partía de orígenes teatreros (era un proyecto que el director había ido acariciando desde hacía muchos años).
La elección de un actor tan excesivo como Arturo de Córdova no fue nada desacertada. Le confirió al personaje una dramaturgia idónea para alguien al límite (o ya inmerso en la locura). De hecho, Arturo se había especializado en dar vida a galanes trágicos, siempre acosados por dudas interiores, normalmente nacidas de sentimientos de culpa y que sólo se redimían mediante el amor o, tal vez, el suicidio. El había sido un buen Conde de Montecristo, un bohemio rico- pobre en Que Dios se lo pague, un swashbuckler romántico a lo De Maurier en El pirata y la dama (en su breve periplo norteamericano)... Y pronto llegaría el sabio Buñuel para inocularle el suero letal de los celos (El. 1952) y, por descontado, Gavaldón para que convirtiese en esqueleto a aquella insoportable Señora Morales.
La experiencia de revisionar El hombre sin rostro sigue siendo grata por su densidad a muchos niveles. No sólo visuales. Los diálogos, independientemente de las explicaciones seudo científicas del amigo de Arturo ante tanto sueño, admiten polisemias más que regocijantes. Y como momento cumbre, la bajada de los dos protagonistas masculinos al cabaret de las mujeres perdidas. Ese bolero que se refocila letrísticamente en los sentidos, un canto turbio de amor y muerte, mientras la puta lo baila y se deja besar por el cliente... Y Córdova que explica entre sudores febriles sus mil sensaciones de hombre reconcomido por una dualidad que amenaza con salir al exterior... De gran morbidez y, ¡por qué no!, adelantándose a una futura hitchcockiada (burda imitación, puntualizemos) que firmó el aborrecible Ken Rusell bajo el título de La pasión de China Blue (1984) y con el histriónico Perkins de protagonista ahora de todos los tormentos.



continuará mañana con...

LA BRUJA (1954. Chano Urueta)