13 mayo 2008

MIS TERRORES MEXICANOS (1)

LA HERENCIA DE LA LLORONA (1947. Mauricio Magdaleno)

¿Historia real o cuento de viejas?. Eso es lo que se preguntan descreídos algunos personajes de esta muy indirecta adaptación del mito de la llorona. Tal vez fuera en la fecha de su realización parte del sentimiento de una nueva generación que se negaba a creer en sus fantasmas más arraigados, dejando a los abuelos la labor de conservar al menos un respeto por las supercherías milenarias. Sea cual fuere el nivel de agnosticismos o de fés ciegas de las poblaciones rurales como las de Sacramento en 1937 (fecha en la que se sitúa la acción), el caso es que esta vez no nos encontramos ante una película que aborde por entero el tema, como sí lo hizo su precedente de 1933 dirigido por el cubano Ramón Peón. Sí, en cambio, esa atmósfera de miedo y superstición se palpan a lo largo de un metraje que, por otro lado, discurre agradablemente entre el sobresalto y lo jocoso en una mezcolanza de géneros típica, tal como veíamos ayer, de época. No se trata de terror, aunque haya partes tenebristas que ingresarían por derechos propios en una antología del género en ese país. Lo que prima es el misterio, siendo en sus partes más intensas fiel reflejo de una boga internacional que tendría como modelo la maravillosa Rebeca de Hitchcock.
La proliferación de sombras, bien sean de una llorona en entredicho, de un detective en calidad de inquilino o de los variados villanos con aires de bandoleros (verdaderos "monstruos" inmersos en una trama cuasi policíaca) indican a la perfección que la deuda con la ex señora de Wynter es más que una mera intuición de entendido en la materia. Aunque suenen canciones entre el bolero y la ranchera ( y esto sucede en una primera media hora realmente anodina), lo que en verdad le pegaría ( sobre todo a esa segunda parte, más brillante) sería un fox enfermizo que en la España de la posguerra haría furor y que se titulaba precisamente Sombra de Rebeca (lo cantaba Rafael Medina y hablaba de "Sombras misteriosas, de cadenas en el cautiverio, de quimeras y de mujer"), parte macabra de un país en negro capaz de lanzar a su vez hits bailongos como el Rascayú de Bonet de San Pedro o las Dos Cruces aquellas de necrofílico subido.

El espíritu en pena de la llorona consigue duramente mantenerse hasta el final, a pesar de que su inclusión sea breve y parca en apariciones, de que el interés del director parezca radicar en desviarnos de la vieja leyenda y centrarnos en el plan funesto de unos rateros que invaden la hacienda de una familia respetable, con el único afán de desalojar a sus miembros para poder vender los terrenos donde residen. Esto último no deja de tener su gracia, pues para el espectador actual la verdadera crueldad del filme se produce con los medios empleados y, por extensión, con la forma con la que nos los presenta el reivindicable Magdaleno. Esa familia, con hija a punto de casarse, con madre de salud delicada y con abuela que en su fortaleza aún posee la capacidad de infundir respeto por las tradiciones (y aún las más oscuras), reciben con júbilo al hijo perdido durante muchos años, ingresado al parecer en un sanatorio víctima de una grave enfermedad. Ese hijo recobrado, que al final resulta no serlo pero que hasta entonces nos lo creemos como tal, aparece con un temperamento muy agresivo, dominante, capaz de neutralizar el poder matriarcal en favor de su nueva autoridad (en verdad, implacable) con el concurso además de un par de amigos que han venido con él. Impide el matrimonio de su hermana, envenena a su madre y la hace desaparecer engañando a todos con el falso hecho de que la va a llevar a un sanatorio de la capital. Y al reaparecer al cabo de un mes, sin ella, anunciando de alguna manera con su mirada que está muerta, planea apoderarse de la casa sin contemplaciones (aún le queda el definitivo paso de envenenar a la abuela, pero una luz que se enciende en media de la noche se lo impedirá en el último momento). El que creamos que un hijo llegue a hacer esto convierte al personaje en un prodigio de negatividad lindante en lo luciferino. Lástima que el actor con su imágen de bandido fronterizo (o su equivalente USA de ratero de un western serie B) aminore su carga nociva. Ahí está el lastre. Pero no sólo afectaría a este actor. La incorporación en la segunda parte de la película de un detective algo costroso al que ayudará en sus pesquisas de TBO el cómico de turno (ataviado, por encima, de un grotesco gorrito que aspira a recrear una remota e imposible parodia de Sherlock Holmes allá en el Rancho Grande) no ayudará tampoco a dar empaque a la realización pero, al menos, el cinéfilo curtido sonreirá con lo que a buen seguro era un esfuerzo comercial del autor hacia una plausible internacionalización de sus maneras.

Desde luego no estaríamos hablando de un novato. El tal Mauricio Magdaleno fue un nombre muy importante en el cine mexicano de los años cuarenta, no tanto en sus labores de director como en las de guionista para múltiples obras maestras del Indio Fernández (Maria Candelaria, Flor silvestre, Salón Mexico, Pueblerina) asi como su aportación en la consolidación de las mitologías respectivas de Marga López (Azahares para tu boda) o Maria Felix (La mujer de todos) . Reliquias aztecas que hasta muy recientemente la crítica pareció mirar con desdén. Esta profesionalidad es la que mantiene vivo el interés de un filme como La herencia de la llorona, rancio en formas pero cuyos mejores instantes se hallan cuando más oscura aparece la pantalla (es decir, cuando Magdaleno juega al expresionismo de luces y sombras). Permanece fijo en el recuerdo el plano de la protagonista femenina (Paquita de Ronda) encendiendo sendos cirios en su alcoba en señal de duelo tras conocer la noticia fatal de la defunción de su madre.
Para una aproximación más fidedigna hacia la figura de la llorona habremos de esperar hasta 1960 con la célebre adaptación de René Cardona e interpretada por la divina María Elena Marqués, no sé si en calidad de podridita Malinche o de renovada Genoveva de Brabante demasiado afecta a las salidas nocturnas. En cualquier caso, saliéndole mares de sus ojitos de mujer marcada por el destino, más allá de la vida.


continuará mañana con...

UN HOMBRE SIN ROSTRO (1950. Juan Bustillo Oro)