28 abril 2008

MOVIOLA

(Revisión y ampliación del post publicado en FANTASIA MONGO I el 19 de octubre de 2005)


ALBUM DE CROMOS "SUEÑOS DE JUVENTUD"

Cromo nº 19: BRANDON DE WILDE (1942-1972)


Youth is like spring,
an over-passed season
SAMUEL BUTLER


Mira que le tengo repelús a eso de los niños prodigio y en cambio el caso de Brandon de Wilde nunca me ha dejado de asombrar. Hipersensible, natural, nada repipi y para siempre ligado ya a la memoria de una obra maestra de George Stevens, un western poético y sublime titulado Shane ( en España "Raices Profundas"). Su tierna interpretación le valió todos los elogios y en la terna de los Oscars una nominación al mejor actor revelación. Pocos años antes ya había sido ganador de un prestigioso premio teatral en Broadway (como curiosidad decir que fue el primer niño en ganarlo sobre unas tablas). Fue por su papel en la representación de The member of the wedding, aquella obra sobre campesinos desarraigados, hartos de la vida y con las ansias puestas en algo mejor: en la huida a la capital. Avalaban su éxito las casi quinientas funciones representadas. Para un crío de siete años esta previa experiencia en el teatro sirvió a la larga de mucho. Y aunque abandonaría pronto el medio para dedicarse al cine y la televisión, su voluntad de elegir en lo sucesivo trabajos con cierto aroma dramatúrgico, por no decir a teatro filmado, revelarían en él unos níveles de autoexigencia directamente ligados al arte de Talía.
La obra de cariz realista, muy en la línea de un Thornton Wilder, escrita por Carson McCullers (la de Reflejos en un ojo dorado, efectivamente) pasaría pronto al cine bajo la dirección de un Zinnemann aún afecto a retratar a seres humildes y algo desarraigados. En el casting estaban Julie Harris de irresistible protagonista, la magna Ethel Waters de criada y, de nuevo, el niño Brandon repitiendo su acertado rol de hijo taciturno y dotado de cualidades muy maduras con respecto a los de su edad (no hablamos de un sabelotodo). Para rematarlo, unas gafitas acentuaban más si cabe su vulnerabilidad, dejando entrever de paso que era un ser pensante y acaso diferente.



Hijo de actores, fue su padre el que le inscribió para las pruebas de la obra antes citada. Pero sería con el western de Stevens justo donde el pibito alcanzaria la inmortalidad. La película contaba con un reparto inmejorable. Su grandeza radica en la total conjunción de elementos a cual mejor, que irían desde un romanticismo excelso, un tono de honda melancolía, una composición de personajes perfecta (y en donde lo alusivo de las relaciones entre ellos primaría frente a cualquiera evidencia) y, por descontado, con esa utilización de la figura del niño en el west alejada de cualquier tópico previsible (mismamente, del mero decorativismo). Es más, el rol de Brandon podía equipararse en importancia argumental y psicológica con el del resto de personajes adultos. Stevens captó muy bien el potencial del menor y supo sacar de él hasta los mínimos gestos "naturales" motivados por un acto sorprendente, una impresión de dolor o de injusticia. Y frente a esa verdad el espectador sigue descubriéndose a cada nueva revisión de Shane. El plano final del crio despidiéndose del héroe cansado (Alan Ladd, nunca tan gigante en su enanez) pertenece todavia al reino de la emoción y está presente en la memoria colectiva de toda gente minimamente sensible a las imágenes. La partitura de Tiomkin hizo el resto.



El personaje del pequeño Joey marcaría en lo sucesivo a Brandon De Wilde. Se convirtió en un country boy, con toda la carga de inocencia rousseauniana que esto trae consigo. Ese mismo año ya pilotaba su propia serie de televisión, Jamie donde era un huerfanín criado por su tia Polly Rowles. Al término de ésta, el maravilloso William Wellman lo requirió para el papel de Skeeter en la extraordinaria Goodbye, my lady (1956). Este filme menor, apenas exhibido, para muchos ignoto, es en cambio uno de los westerns más entrañables de la década. Con evidente tono familiar, se presenta la relación que mantiene un niño con una perrita perdida, a la que educará y de la que finalmente deberá desprenderse por mandato de sus dueños. Lo más importante de toda esta historia, que hubiese hecho feliz a Disney, fue el tratamiento exquisitamente delicado que le otorgó un Wellman cada vez más afecto a trabajar con críos (Dean Stockwell en The happy years, por ejemplo). Y, desde luego, su magnífica elección de la pareja protagonista: Brandon era emparejado con Walter Brennan. Es decir, que de alguna manera se juntaban ahí el mejor niño del western con el mejor anciano del mismo. Y, huelga decir, que Brandon no volvía a tener padres, se había educado con este tío que bien podía ser abuelo.
De menor importancia deberíamos calificar sus dos siguientes oestes: Night passage (a pesar de encabezar el cartel James Stewart) y The Missouri traveler (donde tuvo la oportunidad de conocer a Lee Marvin, actor que estaba por fín despegando en Hollywood con una imágen concreta y que sabría perfeccionar gracias a su talento: la de hombre duro, rozando con lo villanesco).




A finales de la década de los cincuenta y principios de la siguiente, Wilde tuvo que afrontar los cambios físicos de su edad: pasaba de ser un niño a un púber. Y hay que decir que el rechonchete "Joey" del west con el tiempo daría un buen estirón, aunque conservando las bondades naturales que le hicieron especial. Larguirucho, aún rubio y un poco culón apareció perdido en varios filmes que aprovechaban un prototipo infalible: el de adolescente inseguro que idolatra al protagonista principal. Asi lo vimos en Hud, vehículo al servicio del narcisismo de Paul Newman y en All fall down, vehículo al servicio del narcisismo de Warren Beatty.
La primera serviría para asentar la imágen de macho man de un Newman que parecía querer definitivamente despojarse de cualquier retórica marlonbrandesca en pos de un estilo más personal. Lo único que trascendería con ésta era su efigie en poster sometiendo a la magnífica Patricia Neal que lo contemplaba arrodillada cual felatriz indecorosa (la Neal lo superaba con creces en todos los aspectos en un papel ingrato pero muy típico también de la época: al menos algunas de estas glorias del pasado apostaban por romper clisés haciendo borrachas o ninfómanas dentro de una boga innecesaria, sin duda, visto lo mal que envejecieron títulos como The Helen Morgan story o From the terrace). Curiosamente al público y a la crítica les gustó mucho la Neal (que pocas glorias había recibido en el pasado pues siempre fue una gran desaprovechada) en tesituras de hembra con fuegos interiores y el filme en general, pues tanto ella como Melvyn Douglas se llevaron sendas estatuillas. Newman, que estaba nominado, debió ver como el premio se lo arrebataba Sidney Poitier por Lilies of the field. En cuanto a Brandon, al menos saldría a recoger la de Mr. Douglas, ausente por hallarse en Israel por aquel entonces.
En All fall down, afortunadamente para el despegue a la madurez del actorcillo, tanta adoración hacia el adulto se evaporaba viendo las acciones de un insufrible Beatty, hermano mayor, más propias de un niño grande (y repletito de neuras Strasberg) que de un heroe a imitar. Ciertos escarceos platónicos con Eva Marie Saint, una de las actrices feas más atractivas de los años cincuenta-sesenta, supusieron una novedad en cuanto a las calenturas hormonales de nuestro cromo (la Saint corroboraba que el chavea era un bombón. Está para comérselo, le añadía a Angela Lansbury).
Sin embargo, en estos terrenos el muchacho ya lo había dado todo en 1959 con uno de los títulos más agradecibles de la era del rock'n'roll. Quizas la última sorpresa grata que nos dio a los cinéfilos paidófilos el yogurin vino con este filme de culto y muy abrazado a la lolitesca Carol Linley. Hablo de Blue Denim que abordaba el por entonces espinoso tema de la sexualidad entre adolescentes (con embarazo imprevisto de fondo) : Brandon era un precoz daddy teenager en una operación de cambio de imágen que resultó valiente y muy conmovedora.

Otra vez el origen de una pieza expresamente escrita para la televisión otorgaba al actor la posibilidad de utilizar recursos ex

presivos antaño aprendidos sobre las tablas (era muy dialogada, e incluía momentos tanto para el lucimiento dramático como para lo ligero). Pese a que el punto de interés se centraba en la parejita de inconsciencia juguetona, había además una interpretación soberbia del amigo de ambos: el moreno, casi achaparrado Warren Berlinger, que estuvo a punto con sus extraordinarios registros de robarles la película a los otros dos. Memorable en muchos aspectos, Blue denim se beneficiaba asimismo de una sensual banda sonora de Bernard Hermann, casi calcadita a Vértigo (como si el gran compositor ante este filme modesto hubiese optado por elegir los restos deshechados de aquel) y que favorecía en el ánimo del cinéfilo una identificación instantánea con ciertas insanias que, por razones obvias, ni el director de Blue denim, ni el encorsetamiento teatral de la obra de partida, ni la propia censura pudieron (o quisieron) enseñar (ay, el aborto clandestino de la Linley).
El fan actual disfruta mucho con esta rareza. Adivina en Carol más de un parecido razonable con nuestra teenager Rocío Dúrcal, chasquea los dedos con el rock'n'roll liofilizado que se marcan Berlinger y la hijita cantora de Dinah Shore, se sobresalta con el impulso que pide el contacto de piel

es con el pretexto de una simple revista de fisioculturismo que Carol le arrebata en signo de burla (el narcisismo de los chicos), sueña con el primer semen de un encorbatado Brandon en trajecito de fiesta de secundaria, odia a los padres de éste por ser idiotas, burdos ejemplares de una clase media que se niega a ver a su alrededor algo más que no sea confort marca Kennedy.
Convendreis conmigo que esta película fue el cénit del muchacho, que a lo largo de los sesenta vio reducida su actividad cinematográfica, recalando en el inexorable cementerio que fue la televisión (y que, como todos sabemos, admitía a todos los perdidos, tuvieran la edad que tuvieran).


La vida de Brandon De Wilde fue corta. A los 30 años de edad se mataba en una accidente de coche en Denver (Colorado). En 1972, fecha del luctuoso hecho, ya casi nadie -salvo unos cuantos fanáticos del mundo adolescente más recomendable- se acordaban de él. Curiosamente se acababa de estrenar una película maravillosa que en más de un sentido podía significar un homenaje encubierto a su figura: Verano del '42 (1971. Robert Mulligan). De alguna manera este filme realizado por un director tan delicado como Mulligan se nutría de unas vivencias personales de las que no fue nada ajeno el pequeño astro a finales de los años cincuenta. Aquellos otros tiempos, no tan permisivos y en los que De Wilde abriría camino a futuros adolescentes con derecho a encararse, sin morir en el intento, con Venus y Eros. Aunque estos diosecillos vistieran en blue jeans.