02 abril 2008

MOVIOLA


MI NOCHE CON... NINON SEVILLA

(Revisión y ampliación del post publicado en FANTASIA MONGO II el 28 de noviembre de 2006)


" ¿Está Ninón b
ailando para la gloria?. De ningún modo, nunca. Está bastante claro que ella baila para el placer "
FRANÇOIS TRUFFAUT.1955

Ninón ¿de Lenclos?
El impacto causado en Francia por la maravillosa rumbera Ninón Sevilla sigue siendo un hecho insólito dentro de la historia de la crítica cinéfila. Si a las declaraciones lejanas de Truffaut le añadiéramos la no menos lejana anécdota de que el prestigioso escritor Ado Kirou le levantó todo un altar (siendo, si mal no recuerdo, este señor además el sumo sacerdote del culto Louise Brooks) entonces podríamos afirmar sin riesgo a equivocarnos que la señorita en cuestión fue piedra angular y básica en la construcción del edificio de las heterodoxias que darían inicio a la nueva sensibilidad de los años sesenta.
¿Cuáles eran los poderes de esta diosa cubana de la pantalla para despertar tantas admiraciones?. ¿Acaso era una simple salida de tono de unos señores propensos a la boutade, a lo epatante o es que en realidad podemos acercarnos con devoción a una larga serie de películas basura de argumentos despreciables que, en cambio, tienen un algo que las vuelve ironicamente geniales?. Hablamos de un cine sentimental y bizarro, repleto de pasiones desbocadas y desmelene autóctono. El melodrama latino quintaesenciado en la figura sinuosa de alguna rumbera a pie de prostíbulo que es vejada por chulos y señoritos, por madres impropias y alcahuetas de cabaret. Es el culebrón actual pero mejor, con más canciones y bailes alegres. Es la fiebre novelística de Corín Tellado pero enmarcada a partir de la letra de un bolero de Agustín Lara.



Justificación de lo execrable

-Esas, ¿porqué tienen abrigos de pieles y yo no?
(Ninón Sevilla)

Tal vez desde lo paradójico entendamos que nos fascinen sus marañas absurdas, el hecho de que vayan encajando a la perfección en una sinopsis loca de contrariedades y confusiones amorosas. A los cinco minutos de la proyección de cualquier bazofia de Ninón estamos tan imbuidos en sus debacles que la búsqueda de la lógica se revela perfectamente innecesaria.
Este subcine tuvo muchas heroinas (Tongolele, Maria Antonieta Pons, Blanquita Amaro, Meche Barba, la Rosa Carmina del gallego de origen Juan Orol...) pero la rimbombante Ninón fue la mejor. Su gran clásico sigue siendo Aventurera (1949) de Alberto Gout, el director con el que más trabajó (por lo menos media docena de películas más tienen en su haber) y mucho mejor artesano que Orol, por ejemplo. El caso es que no podemos afirmar que Aventurera sea una obra maestra, porque no lo es: es quizá, todo lo contrario. Y, en cambio, hay momentos de pulso narrativo, de mimo por el encuadre, de tensión dramática de verdadera antología. La evolución del personaje de Ninón parece tener un poco de autobiográfico. Su Elena no iba para artista de la noche (cuenta la leyenda que la Sevilla estuvo estudiando para el noviciado hasta que lo dejó por la rumba y el son) sino que la vida le fue enseñando que todo es una mierda, que el acoso sexual está ahí, a la vuelta de la esquina, sea cual sea el trabajo. Un mal dia comete el error de entrar en un cabaret, pues un futuro chulo la invita a almorzar en uno de tantos. Y entre el y la dueña la retienen con artimañas muy feas (le dan un bebedizo chungo). Ya dentro no podrá salir, pues ahí todo es mafia tequilera, con gangsters que parecen charros y una atmósfera tan turbia como una subasta de mulatas disfrazada de show business bananero.




En alas del danzón


-Con estas piernas, ¿qué otra cosa podría yo hacer?
(Ninón Sevilla)


Ya metida en jarana, Ninón baila de muerte, se sale del escenario, requiere un plató cinematográfico para ejecutar sus propias coreografías: En un mercado persa es el delirio en su potencia máxima, como odalisca con brillos falsos y destellos de bisuteria alcanza la grandeur; en su samba no se sonroja ni siquiera ante el posible recuerdo de Carmen Miranda; en la cubanía aporta su gran hallazgo, el baile santero y con él, se multiplica en numerosas Ninones oníricas, como si se tratase de un sueño psicotrópico. Y sueño ya era, pues el cafetucho se ha transformado en un escenario de grandes dimensiones.
Es decir, que sus actuaciones son éxito seguro pues están a la última moda del cinema internacional: puede ser María Montez, la Miranda e incluso la Bannister de Orson Welles en la secuencia de los espejos (y aqui iríamos de Rita en Rita, e hilvanaríamos con Gilda, de donde bebería bastante su Revancha, uno de los títulos más endebles de su filmografía, tal vez sólo recordable por este hecho -hostia incluida- y por la dedicatoria que era homenaje sin concesiones en los títulos pre crédito a los nombres de Ninón, Lara o Vargas, cual monstruos sagrados de la memoria colectiva mexicana). En Pecadora, su primera película y en donde ella no era protagonista (detalle poco importante pues cuando la vedette salía en pantalla todo se difuminaba a su alrededor, esto último parafraseando a Roger Vadim que al parecer creó a la BB partiendo del carisma de la cubana), gozó de un primer número en donde el director tuvo el rostro de colocar su grúa en el techo del cabaret cual Berkeley de la baratura para poder filmar las audacias geométricas que componían (como pudieron) las coristas y con Ninón en el centro-cereza. Y un nuevo primer número -ahora en Perdida- nos volvió a asombrar (con ironía) por cuanto invocaba la rumbera al mismísimo Superman como quien lo hace a yemanyá. Lucía un tocado que juraría que lo formaban dos barritas de kryptonita, mientras sus boys querían volar disfrazados con sus capas de hombres de acero correspondientes. Para redondear el delirio, el decorado respondía a una estética neo- expresionista de purito Dick Tracy. Y de ahí al onirismo del psicoanálisis sólo hubo un paso (de jazz). En Aventura en Rio (pese al título, uno de los mejores Ninones que he visto en mi vida: retorcido y morboso, convencional y a la vez arriesgado, insólito y a la vez tópico) fue cuando le tocó sentarse en el diván de Freud. Pobrecita madonna de las siete rondas. Menos mal que entre teoría y teoría aún pudo soñar con sus piernas al aire dentro de un ballet surrealista y que trataba de explicar el caos mental de la protagonista, afectada de amnesia. Aunque los compases pertenecían a la bella pieza Deep purple el ballet estaba claramente inspirado en Un americano en Paris (inspiración de muchos musicales miserables de entonces. Toda una hazaña, pues la obra de Gershwin-Minelli si por algo se caracterizaba era por la fastuosidad visual y las pretensiones culturales. Ahí tendríamos a El fantasma de la opereta, producción argentina del urgentemente reivindicable Enrique Carreras, con el tándem Amelita Vargas-Alfredo Barbieri, justo en el número parisino, jugando a los carruseles y las máscaras de carnaval, en dudosa reminiscencia de un mundo Lautrec).Y en la línea Arthur Freed, algo de la apoteósis de Cantando bajo la lluvia se podía sonsacar del fabuloso numerito "Harlem Mambo" para No niego mi pasado (1952. Alberto Gout), justo en el momento en que Gene Kelly entraba en aquel cabaret donde lo esperaba la despampanante Charisse. Huelga decir, que aqui Ninón se desdoblaba en Kelly y Cyd con sumo desparpajo. Menos pretensiones tenía el Baile del pinguino de esa misma cinta, en la que ella y unas cuantas coristas disfrazadas de Mamá Noel, bailaban sobre una pista de hielo adornada de iglúes, mientras caía nieve artificial a porrillo.
Pero no se vayan a pensar que Ninón era una bailarina de plástico, un producto provinciano a expensas de lo gringo. Como coreógrafa (al alimón con su inseparable Jorge Harrison) se crecía en los ritmos más ancestrales de su país de origen, éstos -por otro lado- siempre presentes en lo que era una admirable hermandad Mexico-Cuba y cuya culminación aparecería en un título sublime de las postrimerías de la artista: Yambao (1957). Para mi gusto, la única película de terror que osó interpretar la rubia. Ennegrecida, a ratos achocolatada por la luna (al estilo de la Aida Loren), para un director (Alfredo B. Crevenna), afecto a lo lúgubre (uno de los primeros adaptadores a la gran pantalla de H.G.Wells, por cierto). Los bailes ancestrales nos indican en todo su esplendoroso blanco y negro la identidad de una Cuba colonial cuyos máximos rasgos de independencia frente al dominador son la superstición y la magia (génesis de su parte africana). Yambaó Sevilla, hija buena de hechicera mala. Y la grandeza coreográfica pero imposible de separarse del todo del kitsch eterno, al fin ennoblecido en su justa medida por el recurso al mito de Yemanyá; o sea, despojado de ornamentaciones putescas, aún menos de mini Broadways del tres al cuarto. Sus duelos entre una juvenil (y magnífica) Olga Guillot cantando y la otra enfrente contoneándose (las dos lanzando a su manera conjuros) es de lo mejor del cine mexicano de todos los tiempos. El romántico halo de un amor imposible concretizan el filme como un Orfeo negro de la cubanía. O un Porgy and Bess. Pero plenamente autónoma frente a estas dos obras.




Burdelerías


- Voy a arañarte cuando se seque el esmalte de mis uñas
(Ninón Sevilla)

Volvamos a su gran clásico. Aventureras en sus burdeles. Sus enfrentamientos verbales con la mala, la dueña del cabaret, esa Andrea Palma que quien la hubiese visto quince años atrás en La mujer del puerto jamás la podrá olvidar, mantienen la atención del espectador folletinero. Cuántos desplantes, dobles intenciones, dimes y diretes... La Palma (con quien la rumbera repetiría en la inenarrable Llévame en tus brazos), es una dama sáfica de envergadura (ya sé que aquí tiene dos hijos -y los dos enamorados de Ninón- pero hay un algo en su olfato para captar presas femeninas, una exactitud milimétrica a la hora de levantar la ceja mientras intenta estrangular a nuestra heroína que la harían perfecta para simbolizar a una Lisístrata de palenque). Poseedora de una doble vida, regenta en Ciudad Juarez localuchos que acogen a artistas del calibre de Pedro Vargas, Ana María González o Los Panchos. Y cuando la Sevilla se libera de su yugo cae como ovejita descarriada en uno nuevo: el de la mafia impía. Se perpetra el atraco a una joyería y tendrá que huir (policíaco cutre pero muy á la páge). Cae en los brazos de Ruben Rojo (se descubre que es hijo de la Palma, tremendo momento de miradas perplejas y música altisonante). Entonces la chica, maleada por los vicios del destino, sólo deseará vengarse de esa señora, casándose con su hijo, y luego poniendo a la familia en ridículo con los ademanes arrabaleros que se gasta al bailar en las fiestas privadas y, finalmente, seduciendo al hermano menor de Rubén (que no es Gustavo Rojo, claro es. Gustavo, mi favorito de los dos, más fornido que Rubén, tal vez menos guapo pero igual de pésimo actor). Tras la escena del conato de homicidio de Ninón por la Palma, la chica vuelve a su existencia errática, buscándose la vida en Ciudad Juarez. Locales como Cafe Fausto, el Jockey Club, el Tivoli, Kentucky Bar, Río Grande o el Café Charmant le abren o cierran las puertas. Pero todos podrían albergarla, a no dudarlo. Todos tienen un denominador común: la fantástica insania de los boleros de Agustín Lara.
Algo parecido sucederá en Víctimas del pecado (1951), la película que hizo con el prestigioso "Indio" Fernández, tal vez el último título a considerar seriamente de su autor. Un autor que supo alejarse de su temática habitual (épica rural, falseada de manera sublime gracias a su talento innato para lo lírico y la narrativa clásica y a unos colaboradores de excepción como los iluminadores Figueroa o Alex Philips) para incorporarse al género tan en boga de las rumberas. En eso fue de lo más ortodoxo (actuaciones musicales, trama de cine negro, melodrama donde el pasado desaparece para volver a reaparecer desencadenando la tragedia) y esa mirada puesta en la emblemática La mujer del puerto, antes citada (clásico donde los hubiere). Hay perlas auténticas de lo mejor de la Sevilla en sus encuentros con la impar Rita Muntaner (descubridora de Bola de Nieve). Toda Rita es una gozada con sus ademanes vulgares, su interpretación del pornográfico son Ay José, descaro genial que sabe contagiarle a la propia Ninón que nunca vimos tan suelta, tan ordinaria, tan frescachona, tan cubana. Y perlas de los mejores momentos del Indio antes de desvirtuarse (la secuencia del matón golpeándola con virulencia en la cobacha donde ejerce la prostitución y donde oculta al recién nacido de la fulana que lo abandonó tomado desde encuadres típicos del cine de terror). Y cuando ya pensábamos que el director había sabido prorrogar con "espíritu nacional", sin buitreos gildescos, el buen sabor de boca que nos había dejado en Salón Mexico (de ambientación similar) nos sale en los quince últimos minutos (por otro lado, soberbios) con una apropiación de la obra capital de De Sica El ladrón de bicicletas (mensaje cristiano final incluido), lo cual me hace reflexionar sobre la autenticidad o no de un genio llamado Emilio Fernández y ya de paso (y como puesto a huevo), atendiendo a lo desvirtuado que acabó el italiano, equiparar al Indio con De Sica como casos de personalidades que empezaron bien y acabaron en el desastre artístico más absoluto.



Lara
en noches de ronda

"A ti,
Mujer ingrata

Pervertida mujer
A quien adoro"

(Agustin Lara)

Cantautor de amores enfermos. Músico en su piano y pianos donde verter la ceniza de muchos cigarros consumidos a pie de alterne. Teclas blanco semen y negro mugre que acompañan a las Perdidas, Señoras Tentación, Pecadoras... Lara es el perfecto maestro de ceremonias de Ninón. No sale fisicamente en Aventurera, pero su canción da título y sentido al filme. El instante en el que Pedro Vargas arrulla meloso la tonada mientras la Sevilla lo escucha, enfundada en un traje de lamé segunda piel, apoyada a una columna y sosteniendo un cigarro en la mano, es acojonante. Porque el rostro de la hembra exterioriza unos sentimientos de identificación perfectamente. Vende caro tu amor, aventurera /Da el precio del dolor a tu pasado. /Y aquel que de tus labios la miel quiera /que pague con brillantes tu pecado. Un autor en estado de gracia, que pudo bien en el filme haber desempeñado el papel ingrato de Miguel Inclán como Rengo (matón a sueldo, feo de morir, casi un Rondo Hatton de los estudios Churubusco) enamorado en silencio de Elena. En Coqueta (1950) Agustín Lara supo en cambio amarla, si no en silencio, si en penumbra pues era ciego con lazarillo. Ciego de sifilis, promiscuo antigalán.
Ante tanta pasión, el cariz dramático excede lo racional y adquiere al final tonos bíblicos. No exagero. Pensemos que existe una secuencia muy parecida a la que luego retomaría Kazan en Al Este del Edén ( novelón de Steinbeck sobre Caines y Abeles en el viejo Sur) con James Dean presentándole a su hermanito querido (o mejor: metiéndole en las narices) a su espectral madre (dueña del prostíbulo de saloon). En Aventurera es Ninón la encargada de mostrarle a su esposo la doble vida que lleva su supuesta intachable suegra. En Perdida (1950), que mira a Hollywood sin clemencia alguna (a veces parece Cumbres Borrascosas antes de Buñuel, a ratos la Gilda de los night clubs de Veracruz), Lara ( a tono con su síndrome necrofílico onda Rebeca de Wynter) cree regenerar a Ninón, pero todo es en vano. Ella vuelve a la mezcalina (ella que ya era una brasa ardiente) hasta que, llegado el caos, la enviciada no ve más solución que arrancarse la vida. En un bar se traga de golpe el veneno que ha vertido en su vaso mientras una cantante de rancheras, entre humaredas de tabaco negro, la iba punzando directo en el corazón a cada estrofa (no hacía falta un blues o una torch song, la sustitución era igual de perfecta). En esta escena memorable, Lara reaparecía pues la buscaba como un perro. Recogía su cuerpo medio moribundo para llevársela de nuevo al hogar y finalmente allí lanzaba su último suspiro, en sus brazos.


Ventanita colonial
Toda esta acumulación de elementos ruinosos transforman el bodrio en un sublime ejercicio de narración surrealista. Yo descubrí aquel universo hace ya unos años y quedé prendado de él (y de ella). Fue a través de los pases televisivos de muchos de estos filmes en la época del Quinto Centenario del descubrimiento de América (sí, el tristemente célebre 92). El horario era malo (las once de la mañana), asi que muchas las dejaba a medio visionar, pero ya andaba yo susceptible a aquellas sensaciones, quedando arrobado por el pizpiretismo de la rubia Ninón, de nariz chatilla, peinados excéntricos y bailes graciosos. Con el tiempo, recuperar su filmografía (inédita en España) se ha convertido en mi particular obsesión.

"La mujer del arroyo no es mala, es sólo víctima". PACO IGNACIO TAIBO I

Otros títulos representativos:

* Señora Tentaci
ón (1948)
* Coqueta (1949)
* Sensualidad (1951)
* Victimas del pecado (1951)

* No niego mi pasado (1952)
* Llévame en tus brazos (1954)
* Amor y pecado (1956)


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