18 abril 2008

DIRIGIDO POR... FA: Louis Delluc y FIEVRE (1921)

LAS PRIMERAS PUTILLAS DE VANGUARDIA

Entre el Surabaya Johnny de Bertold Brecht / Kurt Weill y el Tatuaje de Rafael de León siem
pre han habido más analogías que diferencias. Al menos sustanciales. Ya sé que mientras la primera iba destinada al halago de las minorias selectas europeas, la segunda encarnaría la inmortalidad de la copla española. De acuerdo, pero el tema sería el mismo: la puta portuaria de taberna que espera al marinero que al fin llega y en donde el destino trágico (típico de la heroina negativa) ofrecía el desenlace correspondiente al que parecen ir abocadas siempre las gentes de la malavida. Además ambos textos eran magníficos. Louis Delluc, buen escritor y afecto desde la teoría (más que en la práctica) a la sencillez y lo anti artificial conseguiría con esta Fievre, acercarse a la esencia de ambas tonadas. Era como ponerle imágenes a un hipotético clip en donde la spagnolade (siendo como era un francés muy francés) en cambio no tendría jamás cabida. Ni siquiera en su anterior guión para su compañera Germaine Dulac, La fiesta española (1919), había caído en el falso pintoresquismo de una pasión cargada de manolas salerosas y facas a la luz de la lunita lunera. Y es que Delluc era un estudioso del cine norteamericano y nórdico. Por un lado, del primero aprendería lo que suponía la fuerza de las imágenes en movimiento, la validez decisiva del montaje para hacer progresar la acción, el ritmo siempre adecuado para mantener en vilo al espectador. De los nórdicos, era lógico que se prendase de las posibilidades que aquellos desarrollaban con la iluminación y las audacias técnicas (las sobreimpresiones, básicamente). Por lo tanto Delluc, puestos en su altar privado -con la misma importancia y categoria- De Mille y Sjöstrom, se convirtió a mediados de los años diez en el adalid de un grupúsculo de autores que se dieron en denominar los impresionistas (tambien conocidos como "la primera vanguardia" para que no se indujera a confusiones con respecto a los impresionistas pictóricos del siglo anterior). En cambio, lo de impresionistas sería una etiqueta que les venía más que adecuada. Pues sus integrantes (que eran cinco: Gemaine Dulac, Jean Epstein, Marcel L'Herbier, Abel Gance y él) optaron por un estilo etéreo, nada explícito, destinado a sugestionar, a "impresionar" al espectador. Siendo muy diferentes entre sí, mantuvieron esa audacia de rehusar una lectura convencional de la historia, la cual era despojada de todo artificio, procurando lo más diafanamente posible que esta se entendiese por si misma, sin añadidos ni falsas dramaturgias. Partían pues de la forma para llegar al fondo. Las obras que dejaron para la posterioridad no serían obras maestras pero al menos servirían para restituirle a la palabra "vanguardia" su más honesta significación: esto es, algo que sirve para hacer avanzar un arte, no un ejercicio narcisista con el único fin de acojonar.

Louis fue el teórico
, decíamos. El pionero, además, de la crítica cinematográfica (por encima del seminal Ricciotto Canudo), el fundador, decano de los Cineclubs. Por desgracia, su poderío creativo pronto se derrumbó a consecuencia de su muerte de tuberculosis a los 34 años. Es pues, un caso de obra fílmica breve y, a vuela pluma, no tan importante en comparación con la de sus otros colegas de grupo. Pero, al menos, dos de sus títulos si que estarían considerados como pilares fundamentales del movimiento. Uno fue La mujer de ninguna parte (1922) y otro este Fievre.
En ambas trabajó c
on su esposa, la actriz teatral Eve Francis, tratada siempre en calidad de diosa (su poder de fascinación era muy grande, algo de lo que no estaban exentas pocas mujeres de su generación, desde luego). Si bien en un filme anterior a los acabados de citar, El silencio (1920), película perdida del francés, había utilizado como recurso preminente elementos de escritura interior, un poco a la manera literaria (tal como venían haciendo un Proust o un Joyce), en Fievre buscó más referencias en el mundo del cine, concretamente en el nórdico. Su película es menos importante a nivel argumental como a nivel de sugestión. Ya hemos hablado de que la acción recrea ese ambiente de tasca de puerto con sus golfas y sus marineros. Lo que prima es mediante el montaje dotar en el espectador una sensación de pesimismo y de angustia que, por otro lado, no carecería de implicaciones teóricas ajenas al medio (así, en el espíritu de desesperanza de la literatura fin de siecle y en la eclosión médica del psicoanálisis). Durante media hora de metraje los estímulos a los que nos somete Delluc reincidirían en la intensidad de miradas (de deseo, de nostalgia, de odio, de muerte) y movimientos (el baile, la gresca, la mímica). El exotismo aparece en la persona de la china que se trae del barco el marinero Militis y que causa los celos de Eve Francis (Sarah), a su vez liada con el camarero Topinelli (el actor Gaston Modot, visto en esta época en algunos filmes de Abel Gance y Luis Buñuel), al que le llena de ira la llegada del viejo amor de su chica. Esto último provocará el altercado final, después de haberse bebido en exceso. El final trágico es muy interesante por cuanto las sensaciones provocadas se agudizan en el cerebro del espectador ante una serie de imágenes en realidad espléndidas: la flor como símbolo de pureza a la que se aferra la muchacha oriental, el dolor que ella misma nos transmite mediante su postura reclinatoria (pero sin llegar a acuclillarse en el suelo), la teatralidad justa y necesaria de la Francis que abraza el cadáver del marino. Es decir, momentos donde el montaje se revela desnudo de toda técnica, digamos, supletoria (mismamente en el arranque del filme las constantes yuxtaposiciones del interior del antro con las tomas del barco que arriba al puerto acababan delatando cierta monotonía).
Repito que la corta labor autoral de este cineasta no debería ensombrecer sus verdaderos logros en el campo de la
teórica cinematográfica (su estudio de la "fotogenia", por ejemplo) y, por descontado, su herencia artística que fue muy grande pues sería retomada (y perfeccionada) por sus compañeros de generación (entre otros seguidores) con mayor tiempo y riesgo.

continua mañana