14 abril 2008

DIRIGIDO POR... FA: Josef Von Sternberg y THE SALVATION HUNTERS (1925)

LA PUESTA DE LARGO DE UN GRAN INCOMPRENDIDO

("El hombre es el peor enemigo del hombre. Una ciudad está llena de enemigos")

La espléndida carrera de este centroeuropeo se nos presenta a la larga como un ejemplo más de la incompresión que la industria de Hollywood ejerció sobre sus más grandes talentos. Parangonable en rebeldía y autosuficiencia creativa a un Stroheim o un Welles, el director de El ángel azul debio padecer la panoplia de un mundo cinematográfico superficial ya desde esta su primera película. The salvation hunters fue acusada de lentitud, amén de lo desagradable que era la misma exposición de un tema incómodo para una Norteamerica tan boyante económicamente como era la de la década de los años veinte: esto es, la miseria en su estadio puro y duro. Si acaso a la primera objeción habríamos de encontrarle ciertos fundamentos, en tanto que película de muy irregular ritmo dramático, en la segunda definiría la voluntad hipócrita de eterna felicidad de una Meca que nadaba en la abundancia negándose a mirar a otros lados. Esos lados invisibilizados de la sociedad a la que precisamente iba destinado el filme: un cuadro indicaba que iba dedicado expresamente a los desheredados de la tierra.

Von Sternberg se traía de Europa unas cuantas lecciones bien aprendidas de pesimismo, idóneas para ser plasmadas visualmente mediante la estética expresionista de sus paisanos alemanes. Dicha plasticidad estaría destinada a crear escuela o moda en Norteamerica no bien el crack del '29 dejó a todos los yanquis al borde de la desolación más absoluta, encontrando en el cine de gangsters de los años 30 y aún en el posterior cine negro ( lo que se dio en llamar neo-expresionismo) su mejor vehículo transmisor. La pléyade de directores exiliados harían el resto, entre ellos Von Sternberg que, olvidados sus primeros lances en el sonoro con su trilogía gangsteril (La ley del hampa, La redada y Los muelles de Nueva York) se introduciría en los alambicados homenajes a su Galatea teutona (Marlene) en una serie de películas que en su conjunto eran un "más dificil todavia" en consonancia a un autor barroco de onanismo tan angustiante como genial. Si bien en esta etapa marlenesca el realismo brillaría por su ausencia habría que rastrear en estas obras previas a El angel azul para ir hallando rastros embrionarios que demostrarían que Pigmalion ya se iba decantando por una suerte de dualidad temática basada en la mujer y la abstracción.
Pero volviendo al concepto de realismo descarnado que incomodó tanto en su momento, nadie en su sano juicio le adjudicaría a Von Sternberg el valor de haber inventado el estilo (algunos estudiosos hablan de Ferdinand Zecca, mano derecha de Gaumont, como el introductor de la corriente si bien desde una óptica tremendista, por no decir folletinera) pero sí que, en cambio, debió ser el primer extranjero que puso en la palestra las miserias de los más desfavorecidos del pais que lo cobijó. Y en eso fue implacable. En esta historia contada de manera atípica, que a ratos quiere volverse comedia ligera (pues el autor aprieta pero no ahoga) los tres protagonistas (el, ella y el niño huerfano) que se conocen en ese trabajo ruín de las dragas (proletarios con los pies de barro) tan pronto abandonan su inercia rural y se van a buscarse la vida en la gran ciudad se darán cuenta de que la situación puede ser tanto o más dura que antes y de nuevo recuperan su inercia dejando ver el mundo pasar. Ese mundo Von Sternberg no se ha parado a maquillarlo: nos golpea las conciencias con planos aterradores de lo lumpen en retratos congelados que ni Las Hurdes. Los sin techo ya a la intemperie. Pero también los buscavidas, los primeros hampones, bocetos de Scarface que los cobijan en edificios vacios, utilizados como celdas de espera ante un posible donativo demasiado parecido al simple soborno.

El hecho de que un niño (y un niño en calidad de huerfanín desvalido, para más inri) estuviera implicado en esta no- acción debió de arrancar más de una lágrima al sensiblero Charles Chaplin, pues fue gracias a el y a su socio de la United Artist Douglas Fairbanks que la película pudo ser distribuida al mundo entero. Es precisamente ese niño quien pone las notas de color frente a los dos antiheroes adultos, bien distintos pero a la larga equiparables en su sentido trágico de la existencia humana. Resulta ilustrativo de la idea de parálisis moral que quiso infundir a esta pareja Von Sternberg, el instante en que ella y el crio esperan la llegada del varón con las habichuelas (¡que nunca llegan!) y en el que ante un mínimo balanceo de piernecitas del crio en el camastro, la muchacha le obliga, como haría una madre a un hijo inquieto ante un posado para una foto, a que se quede inmóvil. Y Sternberg, tras el crio obedecer, retrata esa inmovilidad pues es metáfora puramente psicológica. Es su propia angustia que se contagia al propio espectador mediante esa falta de dinámica tradicional. No en vano, una didascalia del principio ya nos anunciaba que íbamos a asistir a un arte no sujeto a las convenciones narrativas al uso, antes bien sería un estado de ánimo, cine al servicio de una idea, a la fotografía del pensamiento.
A pesar de que los rótulos que aparecen constantemente ilustrando las imágenes vacilan entre la retórica bíblica (siempre obvia) y la alección moralista (como tal muy envejecida) habría que entenderlos antes que nada como un intento- tal vez imperfecto pero encomiable por lo arriesgado- de dotar al cine de una sustancia poética que lo aproximaría de nuevo a la vieja Europa y a las aportaciones francesas de los impresionistas del momento. Esa amalgama de estilos visuales confluyen felizmente con un gran poder de fascinación, aunque a ratos. Son choques bruscos, algo forzados pero que no deberían molestar al fanático sternbergiano porque, como bien sabe éste, el propio autor ya se iría puliendo según su carrera siguió su curso. Pero el plano casi documentalista o verité, tomado en contrapicado de unos parados holgazaneando a pie de acera seguido de un plano interior que reproducía la sombra enorme de un viejo avaro reflejada en una pared (es decir: el expresionismo y sus claroscuros) es sintomático del afán de asombrar de todo recién llegado con personalidad y bagaje cultural detrás.

No había mentado todavía a los actores protagonistas . El, George K. Arthur tiene la importancia de ser además el creador del proyecto y quien confió en Von Sternberg la labor direccional. Ella era Georgia Hale, una mujer maravillosa de la que Chaplin precisamente se prendó en esta película y a la que le daría el papel protagonista de su posterior obra maestra La quimera del oro. Si Chaplin tuvo entonces tiempo de jugar con su encanto según sus coordenadas de autor enamorado, habría que apuntar que ya antes Von Sternberg lo habría probado con increible fortuna. Porque la Hale compone un personaje de mujer vivida que es pura perfección. Hay una escena en la que es acosada en el trabajo por un compañero embrutecido a lo que la chica reaccionará de forma tan atípica como conmovedora, sin apenas inmutarse, sólo devolviéndole al abusón una mueca de hastío que significaría: ¡pero qué buscas de mi, no ves que el hambre me impide moverme siquiera para colocarme en la posición que tu quieras!. Esa pasividad crónica también será abandonada llegado el caso ante la cobardía de su compañero de correrías. Entonces pegará un respingo y lo insultará con saña, luego cogerá de puerta y saldrá al exterior para buscarse algo que echarse a la boca. Todos lo presentíamos, pues en la draga ella fumaba. Allí tras él recriminarla (Las chicas buenas no fuman) contestaba muy diáfana, sin mover los labios ni con didascalias innecesarias: simplemente agarrándole el pitillo y colocándolo con desdén en los labios (y con su sóla mirada ya estaría expresando que no era una chica buena o, al menos, convencional).

Plásticamente nada parece indicarnos que Von Sternberg esté empezando a crear ese arquetipo de mujer fatal que tanto juego le dio en los años 30. Tal icono primerizo pertenecería por derechos propios a la Evelyn Brent de Underworld (1927), aquella Feathers (o sea, Plumitas) que desde la fascinación del artificio anticipa claramente a la Dietrich, pero también es verdad que en determinados primeros planos del rostro de Georgia se estaba gestando un mimo por el encuadre decorativo femenino que en el caso de la alemana terminaría alcanzando cumbres de puro paroxismo sublimador. La Hale es además un juguete espléndido para los experimentos cultos del director que, en un plano decisivo (el antes aludido de su salida al exterior en el que, por cierto, no conseguiría ni doblar la esquina, tan débil se sentía), se transformaría incluso en sombra expresionista. Y no en una simple sombra: la Hale encorvadita y manchón negro sería un Nosferatu en bello que habría encantado a la propia Lotte H. Eisner (efectivamente, era la flor del romanticismo que se habría teñido en sangre). Son sugestiones personales ante un filme que no por irregular se agotaría en si mismo a niveles de insinuación. Asi el personaje extraño, sonambúlico de la mujer encerrada en una de las habitaciones a merced del hampón (casi un hipnotizador de voluntades ajenas como Caligari) se nos presenta bajo un rótulo esclarecedor de cuál es su auténtica función en aquel lugar (Una mujer cayó tan bajo como sus medias).
Y si el humor se vislumbra en la figurilla del niño de una manera ingenua, muy naif, la mordacidad y el sarcasmo cruel parten de los carteles que coronan las testas de nuestros antiheroes en al menos un par de ocasiones: una, en la habitación donde aparece un marquito en el que se puede leer: Dios honre este hogar; y dos, al final: en la innecesaria secuencia del picnic de las dos parejas que acaba en pelea en la que vence el bueno sobre un letrero que dice Aqui tus sueños se hacen realidad.
Cabe decir que el final mantiene cierta esperanza en cuanto al futuro de los tres protagonistas, con lo cual no dejaría de ser este slogan un anuncio de efecto liberador en tanto que los happy ends- incluso para los parias del mundo- también son posibles.

continua mañana

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