17 abril 2008

DIRIGIDO POR... FA: Henry King y FLOR DEL DESIERTO (1926)

APOTEOSIS DE LO ESPECTACULAR AL FINAL DEL MUDO

Un gran espectáculo visual. Eso es lo que es esta cinta del artesano Henry King. Contiene todas las dosis necesarias para mantener todavía al aficionado sujeto durante hora y media en la butaca. Gracias a una reedición primorosa en DVD en la que se ha limpiado de manera escrupulosa el celuloide, retintado de manera sublime sus fotogramas (del amarillo al azul noche), reinterpretado el score que incluiría leves risas de público asistente a la nueva grabación, el cinéfilo nostálgico puede concluir en el siglo XXI que después del cine mudo sólo vendrían reiteraciones y deja vús. No pensaron lo mismo los críticos beatos en su momento, aquellos pesados en seguida rechazarían a Henry King de manera cruel, agarrándose al fácil tópico de su condición de servilista al star system. Bien es verdad que en una prolífica carrera que abarcaría un centenar de títulos hubo de todo, pero hubo más bueno que malo y, casi siempre, resuelto con gran maestría. Películas como Las nieves de Kilimanjaro, El Pistolero, El cisne negro o Margie revelarían que algún día Hollywood fue una industria capaz de parir productos de entretenimiento perfectos e irrepetibles. Y casi siempre firmados por hombres educados en el cine mudo, a la sombra del omnipotente David Wark Griffith pero también interesados a su manera por las avanzadillas europeas (el impresionismo francés, el expresionismo alemán y el realismo ruso, básicamente).
El imperio del dólar afectaba a unos productores que coartaban a los directores sus ansias de innovación si ésta implicaba en el resultado final una dificil lectura del filme. Ante tamaño
conservadurismo de las formas, aún sorprende que hubiesen surgido gracias a una generación de artistas tantas películas de calidad y riesgo. A años vista maravillan las pequeñas osadías que al no ser enfatizadas mantuvieron inalterable el agrado incondicional de amplios sectores de público. De lo primero la crítica ortodoxa pareció no querer enterarse, pues resultaba más llamativo lo segundo y, evidentemente para ellos, lo más imperdonable. Tal inopia nos resulta a años vista una prueba más de la insensatez de los tiempos. Con la perspectiva que da el poder retener los títulos clave de sus diferentes períodos y, sobre todo, sus enormes películas de los años veinte, la carrera de King exigiría una reivindicación urgentísima.

En 1.921 su reputación toda
vía brillaba mucho, casi en lo más alto. Su Tol'able David era un ejemplo espléndido de cine naturalista, con un estilo sencillo y diáfano, con un interpretación a la vez comedida y conmovedora de Richard Barthelmess, era casi un Griffith íntimo que el público acudiría en masa a ver, un poco hartos de tanto derroche de extravagancias marca Cecil B. DeMille. La crítica entonces se rindió a sus pies. A posteriori, el genial realizador ruso Pudovkin incluiría alguna escena de este drama de provincianos para su libro Filme Technique como ejemplo de perfecto empleo del material plástico.
De ahi hasta esta Flor del desierto hubo (por mentar quiza lo más sobresalien
te) un par de momentos Gish de tanto empaque como La hermana blanca (1923) y, sobre todo, Romola (1924) con una ambientación de época (la Italia Renacentista) de auténtica fantasía.
Al llegarle el proyecto de l
a historia de la jóven adoptada y el ingeniero al que confia el padre de la chica la construcción de un dique en medio de una tierra salvaje ( o sea esta Flor, cuyo título original fue The winning of Barbara Worth), el eficaz Henry King lo afrontó con todo el sentido de la comercialidad que se le exigiría a cualquier artesano: narrativa limpia y fluida a lo Griffith, romanticismo capaz de satisfacer a los públicos femeninos y, por supuesto, con ese empezar a lo grande para acabar a lo colosal, según las leyes del espectáculo del más puro Cecil. Todo lo anterior lo cumpliría a rajatabla.

A medio camino entre el western y las aventuras exóticas (al menos, el paisaje del desierto con sus tormentas parece siempre idóneo para sugerirnos tanto misterio como peligro ante lo ignoto, aunque sea un desierto del Colorado) King apura a la perfección todo el material del que dispone (técnico, literario y humano) edificando de paso la creación de un nuevo mito, destinado a perdurar en nuestra memoria por los restos, Gary Cooper. Fue su primera película importante y la que le valdría un contrato fijo con la Paramount. Su papel era circunstancial, al menos estaba supeditado a las divinidades de Ronald Colman y Vilma Banky, a la sazón una de las parejitas ideales del cine norteamericano en los años veinte. Ante los consolidados, Cooper realizó una interpretación más que convincente: era rudo pero albergaba buenos sentimientos, era un precipitado pero al final apuntaba a un ser reflexivo. Y por descontado, era muy americanote, los arreos de cowboy parecían haber sido creados para él (él, al que tan bien le quedaban los trajes estilizados de los años treinta) y era muy alto y muy guapo. En cuanto a Colman, decir que este inglés estaba irreprochable. Con su bigotito característico y aún sin sus sienes plateadas de senior interesante, mandaba en cada plano. La Vanky era su húngara, al menos compartieron amores en cinco ocasiones, una actriz bellísima y que aquí se debatía entre ambos machos con todas las dudas del mundo.

Volviendo a la dirección de Henry King, cabría destacar la parte final de la inundación de todo un pueblo por la riada (rota la presa, tal como Colman les indicaba que podría suceder, puesto éste y de improviso en contra del resto de la comunidad por culpa de un puñado de tercos y ladinos). Es un auténtico prodigio, una planificación de planos absolutamente soberbia que se ampara en las leyes de la épica sin amilanarse a la hora de poner en práctica las innovaciones venidas del exterior. Hay un instante sobrecogedor de cámara a ras del suelo que reproduce un carruaje que va a aplastar a una persona tirada en la arena (la cámara subjetiva) que es de antología y que sin duda King lo había aprendido de Eisenstein, por poner un ejemplo más que obvio. Se mostraba la tensión del pueblo amenazado por fuerzas mayores (en el Potemkin era la masa policial del régimen zarista, aqui sería el fenómeno natural del agua) en forma de mayestático grito visual. No importaba la traslación. Liberado King de todo ideologismo, no estaba otra cosa más que apropiándose - y con derechos propios- de la maniera sovietica justo cuando una matrona de Colorado expresaba en su rostro todo el horror del instante tal cual lo hubiera hecho cualquier obrerita perdiendo el equilibrio en las escalinatas de Odessa.

Aunque sean muy diferentes, en Flor del desierto hallaríamos concomitancias c
on el posterior Suez (1938) de Allan Dwan, otro enorme pionero y compañero circunstancial de King en la Fox. La construcción del canal, la figura del arquitecto romántico (aquel maravilloso Tyrone Power disfrazado de Fernando de Lesseps), que deberá hacer imponer sus sueños de progreso a una aristocracia, a un gobierno ajenos a cualquier cambio... En cuanto a su aportación al cine de catástrofes, King incidiría en ello en su venidero Chicago (respuesta de la productora al San Francisco de la Metro y, de nuevo, con "Ty" como protagonista).

continua mañana