16 abril 2008

DIRIGIDO POR... FA: Frank Borzage y dos westerns de anteayer

No es la primera vez (y espero que tampoco ésta sea la última) que nos acercamos a la figura de Frank Borzage. De su espléndido sentido del romanticismo (dentro de una aureola casi mística) ya hemos dado buena cuenta en algún que otro Dirigido por... fa a propósito de su gran obra maestra del mudo El río. Habida cuenta de que se trataba de un pionero de la colonia hollywoodiense, está claro que este filme no era sino la consecuencia de cientos de horas de trabajo previo en montones de títulos que conformarían una de las filmografías más prolijas de artesano dentro del período comprendido entre 1913 (fecha de su debut como director) y 1929 (fecha de la realización del filme citado). No obstante, al primerísimo Borzage no convendría adjudicarle el mismo interés que el que podría tener un Vidor. Si pensamos que en 1915 había realizado veinte películas, se entenderá que por encima de cualquier otra cosa el jóven realizador buscaba antes un dominio de lo técnico que un real impulso por dotarse de una autoria intransferible. Asimismo proseguía con su faceta de actor en calidad de galán (era un hombre apuesto) lo que en el fondo serviría para dar lustre a una generación de todoterrenos que en el medio cinematográfico, tarde o temprano, terminarían inventándolo todo mientras se inventaban a si mismos.

El primer Borzage se mueve en los ambientes del western por algo más que unas simples exigencias del guión. No en vano trabajaba en la mítica Inceville (los estudios californianos del indispensable Thomas H. Ince -ver foto izqda.-, autor referencial de la épica west, junto a Porter, Griffith y Ford). Será una época en la que este género (quizá el que mejor representaría la épica del siglo XX) ocupaba el privilegiado honor de reflejar con más exactitud que ningún otro género el espíritu nacionalista de los Estados Unidos. Apoyándose o no en novelistas poco considerados a niveles elitistas como Fenimore Cooper y luego Zane Grey, inventándose mitologías centáuricas con ese star system de caballistas únicos (William S. Hart, Tom Mix, Billy Boyd) determinarían un estado anímico colectivo en el que la reivindicación de lo rural se antepondría al implacable avance de la sociedad urbana. En el oeste, la nueva Arcadia alcanzó una madurez tal que, abandonados esos primeros años de la acción por la acción (tan típica de Ince y, por descontado, del extremadamente vertiginoso Griffith), daría ejemplos de auténtica poesía con los maravillosos John Ford o Howard Hawks (ya en el sonoro).
Siendo Borzage un cineasta ultraterreno (algún crítico le reprocharía en su momento de mayor prestigio -finales del mudo / principios del sonoro- su poco respeto por los límites de lo real: sus antiheroes sentimentales, bañados en luz y sobreviviendo en plena Depresión económica gracias al Amor), en cambio cuando afrontó el western apenas pasó de ser un rutinario artesano, ajeno a ese lirismo posterior, tal vez con esporádicos destellos de creatividad personal pero sin capacidad de desarrollarlos plenamente, quiza motivado a la sujeción a la que se hallaba frente al totémico Ince.

THE PITCH O' CHA
NCE (1915)
Según se consulten diversas fuentes, ésta o bien sería la primera o bien la segunda película del maestro. Tenía veintidos años. Su único valor en la actualidad radica en el hecho anecdótico de comprobar como se desenvolvía ante las cámaras el galancito con espuelas y sombrero de cowboy. De cómo se trabajaba bajo las directrices de Thomas H. Ince, capaz de reducir las historias a lo más elemental, buscándose la preponderancia de la acción. Los escenarios son siempre los mismos, igual que la cuadra de intérpretes. Lo que prima es la maravilla de los exteriores, toda una California a disposición de la cámara y de un cineasta (Ince) que encontraría en el paisaje mayor expresividad que la que pudiera ofrecer ningún actor.
Lastimosamente hay que reconocer que la labor de Borzage en la dirección es harto mediocre. A la cortapisa elemental de deber de sujetarse a las implacables exigencias del montaje y sus leyes de asociación o a las invenciones griffithianas de las acciones paralelas y el last minute rescue, se le sumaba su poca pericia en el medio. Los planos secuencia son tan breves, de un vértigo tan desagradable (ya que no aportan emoción alguna) que el espectador contemporáneo se va perdiendo en el confusionismo de su planificación simultanea: las de los tres personajes principales (el heroe que vence en el juego y somete en lo sexual, el jugador arruinado por las trampas de aquel y la chica que es parte del trofeo de dicha competición de saloon). En media hora de trote renqueante o desbocado se salvarían un par de detalles que al cinéfilo deberían hacerle pensar: el atisbo romántico entre la pareja perdida en la pradera (un amor que parte de la negación del mismo) y dos encuadres de cabalgadas de estupenda precisión estilística.

THE PILGRIM (1916)
El año de la realización de este filme es el más productivo de toda la carrera de Borzage: veinte títulos la conforman, como escribí al principio. Imposible dar una obra maestra ante tamaña labor. The Pilgrim está de nuevo protagonizada por el y se plantea un tema típico de la iconografía del género del Oeste: el vaquero solitario que llega a un pueblo para buscarse la vida y que abandonará no bien deje allí amor y muerte. Es el espíritu errante que hemos visto tantas veces en las obras mayores de John Ford o Anthony Mann. The Pilgrim bien podría ser la plasmación visual de una vieja tonada country (no en vano, Kris Kristoferson tiene una canción con ese mismo título). Y ahí radicaría el mayor encanto de esta otra rutina borzagiana. La perezosa existencia del vaquero que consume su ociosidad en el saloon de los lios, los involuntarios posicionamientos outsiders , el arrepentimiento del héroe que curará las heridas del matón y esa situación sentimental (siempre obligada) que a la fuerza terminará mal. Pues es de ley que el vaquero solitario acabe siempre como vino: a lomos de su fiel caballo y buscando dónde prolongar su erratismo ultraromántico, a ser posible desde horizontes crepusculares.

continua mañana