19 abril 2008

DIRIGIDO POR... FA: Alfred Lind y EL CIRCO VOLADOR (1912)

VAMPS DE CARROMATO

Mira que me dio a mi siempre mal rollo el mundillo del circo puro y duro (apreciación muy personal que se fundaría en elementos tan contundentes como fue mi experiencia como espectador infantil de muchos de estos espectáculos, en realidad mediocres, coincidentes en época con la gran crisis general del circo, alejado ya de todo el glamour con el que me los engalanaba la pequeña pantalla en los pases de Trapecio y similares, o de las más "estudiounistas" gansadas de sitcom de la troupe Aragón), el que llegaba a mi ciudad anunciándose en furgonetas desvencijadas más propias de los gitanos del Este que de la realeza de clan de los arlequines de arte (al menos Renoir me hacía soñar con que los comediantes nómadas algún dia terminarían heredando carrozas de oro para poder trasladarse en ellas de manera suntuosa acorde a su status de aristócratas del entretenimiento). Me satisfacía el cine ambientado en el circo porque repito que éste siempre supo enredar sus tramas con detalles a mi gusto, tal que historias pasionales, triángulos amorosos que acababan siempre en homicidio o en suicidios redentores a gran altura, con la cuerda floja y sin redes que los amparasen. DeMille fue el que mejor supo reflejar la esencia del espectáculo milenario quizá porque, gracias a su olfato para la grandeur, tuvo desde siempre claro que ambas artes en el fondo se nutrían de un público al que se debía fascinar en un contínuo más dificil todavía.

Las manifestaciones de lo circense en el cinematógrafo se remontarían a los albores del siglo XX. El hecho de que muchos cómicos, payasos y atletas fueran captados por el invento respondía al afán de los cineastas por equipararse a otros medios de expresión popular más consolidados. En el fondo el cine, por aquellos años, no era otra cosa que un fenómeno lúdico para su exhibición en recintos feriales. En el caso de la cinta que traemos hoy era además uno de los primeros filmes con argumento salidos de una productora danesa (la Skandinavisk-Russiske-Handelshus), cuyos años precedentes se había especializado, junto a la Nordisk, en el campo documentalista pero que con la década de los años diez parecía arrancar de manera decidida hacia mayores pretensiones. Con el tiempo y la irrupción de realizadores prodigiosos como Benjamin Christensen, Carl Th. Dreyer y, en menor medida, August Blom yAlfred Lind, la influencia de la escuela danesa fue importantísima erigiéndose junto a Suecia y, en otro sentido, Italia como el país europeo que más daría que hablar en Hollywood.
Este The flying circus (Den flyvende cirkus) por lo tanto tiene el valor de los pioneros. O sea, capacidad para recoger fórmulas anteriores (el documental) a la vez que experimentando en otras aún no desarrolladas (la ficción) con fines a la maduración de una narrativa clásica. De lo primero, uno se percata sobre todo en las primeras tomas de la llegada de la compañia circense a la localidad. De lo segundo, con todo el meollo de una historia de amor entre el funambulista y la hija del alcalde y en donde surgiría la figura perturbadora de la malvada domadora de serpientes, en un amago de trío pasional que no logra cuajar del todo (dado que se trata de un filme que tantea más que asienta, el triángulo no consigue esa geometría perfecta, pero tampoco la pretendía).

Más que esta relación amorosa, importa a niveles míticos el papel de la domadora. La maravillosa actriz Lili Bech compone aquí una vampiresa déspota y soberbia, en lo que era uno de los primeros retratos del "especímen" que aparecían no ya sólo en Dinamarca, sino en la cinematografia mundial. Independientemente de que se le adelantase en un par de años la eximia Asta Nielsen (considerada la mejor actriz danesa del mudo, y la más fatalista), no estaría de más recordar a los tiquismiquis de las fechas que la Bech pudo ampliamente adelantarse a Theda Bara (la actriz que pasa por ser la que asentó el término vamp a escala universal) en un papel de mujer nociva a la que se le bautizaba como tal ya desde el mismo título del filme. No hablo precisamente del circense, sino el que interpretó un año después para Mauritz Stiller: Vampyren (1913), genuina anuladora de voluntades masculinas, de donde la Bara bien pudo haber sacado más de una enseñanza para su vampira kyplingiana en A fool there was (1915. Frank Powell). En cualquier caso, Theda renunciaría a su condición satánica desde el mismo momento en que declaró en una ocasión "Las vampiresas que interpreto representan la venganza de mi sexo contra sus explotadores. Tengo cara de vampiresa pero corazón de feminista".
Si hemos de creerle esta concepción anti maniqueista del concepto vampírico, Lili Bech en comparación sería una bastorra pura y dura. Intratable y egocéntrica, siempre armada con una fusta que usará hasta con su criadita a la que veja y explota como a una fierecilla más. Sus últimos alardes de redención, al ver que el amor de ese funambulista por el que se ha encaprichado es imposible de conseguir mediante la tiranía, son en el fondo una innecesaria demostración de la capacidad para el desgarro de toda diva silente. Si la Bara afirmaba tener corazón (aunque fuese sufragista), a la Besch la preferimos sin él. Su vampirismo, tomado siquiera a efectos referenciales, sigue siendo válido: sus conversaciones en el carromato con el mono uniformado, sus gestos al fumar, sus ojeras y forma de caminar, su aspecto rollizo... La domina soñada por cualquier Marqués de Vinent. Y cuya apoteosis más obvia la encarnaría la Olga Blacanova del Freaks (1932) de T. Browning.

Volviendo a la labor de Alfred Lind, este artesano mantiene el interés del espectador pese a esos intercalados románticos entre la hija del alcalde y su pretendiente (que no es aceptado debido a su oficio de dudosa seriedad por el padre de ella) o el estatismo de una cámara que apenas se atreve a moverse un ápice. Sin embargo, Lind consigue hacer a partir de su timidez o de su falta de riesgo una (y muy concreta) proeza: justo en el momento del salvamento de la chica en el incendio por parte del acróbata. Es un plano fijo en donde la cámara se situa dentro de una habitación y en la que ésta está enfocando la ventana del edificio de enfrente (que es donde deberá acontecer el rescate). Asi pues vemos sin necesidad de cambios de plano o movimientos de cámara todo el proceso dramático sin perder un ápice de los detalles y, de resultas, originándose una emoción hasta angustiosa. Nos sorprende para bien ese hallazgo maestro en el que la profundidad de campo y el juego visual de las perspectivas toman un relieve destinado a trascender en lo sucesivo (sin duda, Welles y el pequeño Kane jugando con su trineo no inventaron nada). Otros instantes de tensión serán resueltos de una forma menos original, al eliminar planos superfluos que influirían en un desarrollo adecuado de la acción en cuanto a coordenadas de tiempo: por ejemplo, la secuencia de la escapada de la ostentosa serpiente del carromato de Lily, que trepará hasta la cuerda donde realiza el funambulista la gran prueba fatídica de la subida a la torre (y que le llevará, si lo consigue, a su aceptación como yerno). El largo peregrinaje del bicho no es lineal: tal cual sus ondulantes movimientos, los planos se van cortando en sus diferentes fases para evitar la sensación de tedio, recuperándose el tempo real en ese climático desenlace.

Debido al éxito del filme, a los pocos meses Lind retomó la historia en una secuela (el cine sonoro no inventó las segundas partes) en El domador de osos (1912), de nuevo con Lily Bech de protagonista. De todas formas, debería el lector pensar más que en una explotación descarada de un éxito previo tal como el cine actual viene haciendo con afanes mercantilistas, en una intencionalidad de serialización, tal como empezaba Feuillade a proponer desde Francia con sus heroes de bas fonds tipo Fantomas o Judex. Y permítanme que apure del hilo de esta argumentación, pues me parece deliciosa. Durante el imperio de los seriales (la década de los 10, sobre todo), hubo maravillosas amazonas de la intrepidez como Perla Blanca que conseguirían ser reinas de la pantalla a través de la emoción de la aventura desbocada, de un continuará con efectos de puro enganche. Asi pues, y acordándonos de que entre ellas pululaba una señorita francesa de nombre Berthe Dagmar, que se profesionalizó en la doma de serpientes, es bonito pensar que nuestra Lily bien habría podido con este folletín de dos episodios habérsele también, una vez más, adelantado.

continua mañana