27 marzo 2008

MOVIOLA


Revisión y ampliación del post publicado en FANTASIA MONGO II el 23 de junio de 2006


ALBUM DE CROMOS LATINO MOZOS

Cromo nº1
: RAMON NOVARRO (1899-1968)


El gran Novarro fue un galán encantador. Y de una modestia impensable en otros casos de divos de su época, logrando además arrancar aspectos místicos a unos personajes que parecían requerirlos de verdad. Cuando trabajó con el espiritual Rex Ingram fue de una idoneidad ejemplar, que en modo alguno daba el afectado Valentino (por otra parte gran revelación de los Cuatro jinetes del Apocalipsis, de este mismo director). Si a eso añadimos sus constantes destapes físicos, su homosexualidad notoria y manifiesta y su origen latino, está claro que Ramón no debía faltar en nuestros álbumes, en Fantasia Mongo.

Llegó a Los Angeles huyendo de la revolución del general Huertas. Conoció un montón de trabajos. Lo más aproximado al espectáculo fue su paso como bailarín en la compañia itinerante de Marion Morgan. Esto le abriría las puertas del cine.
El prototipo que le tocó desempeñar era el de aventurero romántico, algo blandito, particularmente afeminado en la mejor tradición valentinesca (y de Valentino fue su más serio rival. Hubo choques de latin lovers que no llegarían a lo privado pues ambos, hasta el final de la vida del italiano, fueron buenos amigos) . En Los Cuatro Jinetes... Novarro era extra sin frase, creo que aún se apellidaba Samaniego, su apellido auténtico. El propio Ingram se lo cambió por el más sonoro e igualmente latino Novarro y lo incluyó como cabecera del reparto en Mujeres frivolas. Hacia un doble papel, igual que Barbara Lamarr (con la que ya había trabajado en El Prisionero de Zenda, por cierto). La aportación del actor a la mitología de heroes cinematográficos es importantísima. No sólo fue el primer Ruperto de Hentzau (luego vendrían Douglas Fairbanks Jr. y James Mason en las posteriores revisiones de 1937 y 1952, respectivamente), también tuvo el honor de estrenar el Scaramouche de Sabatini (aunque la inmortalidad del personaje haya que adjudicársela en este caso a Stewart Granger en la definitiva versión de 1952, dirigida por George Sidney) y haber sido el primer Príncipe Estudiante que se matriculó en Heidelberg, más príncipe que estudiante como sabemos todos los aficionados a la opereta de Sigmund Romberg (luego convertida en vehículo idóneo para el lucimiento del tenor Mario Lanza en la voz y de Edmund Purdom en la presencia). La culminación de tanto derroche de iconografías bigger than life se llamó Ben Hur (1925).



Habría que señalar que aunque El prisionero de Zenda (la historia del rey prisionero y el rey usurpador: Lewis Stone, todoterreno de la Metro aqui desdoblándose) sea un filme que haya envejecido mal en cuestiones de ritmo narrativo, en cambio sigue maravillando el especial mimo y cuidado por el detalle en cuanto a dirección artística: los decorados son espléndidos, la escenografía brillantísima (el diseño del interior del castillo, mismamente). No en vano Ingram era un reputadísimo esteta que tanto aquí como en Scaramouche no se amilanó a la hora de derrochar excelencias, aupándose para eso con todos los medios de los que disponía la Metro (que eran todos y más). Scaramouche todavía causa admiración por el empleo de elementos arties (de un gusto desusado en el cine norteamericano). Además a nivel argumental fue más fiel a la novela de partida que la siguiente (y preferible, ya digo) versión de 1.952, estupendo cine industrial pero sin los matices y, acaso, la complejidad de la de Ingram. Los logros no acabarían ahí, obligado el espectador a tener que concentrarse en la realidad política de una Francia a las puertas de la Revolución (ese final que evidencia una soberbia maestría en la utilización de los movimientos de masas - los sans culottes- es de quitarse el sombrero). Y Novarro como Ruperto de Hentzau parecía estar inmune a los peligros de la exageración (tan típicos de los malvados, y más en el cine silente), al resolver algunos de sus dislates con un curioso (y expresivo) arqueo de ceja.

Pese a que proliferó en su curriculum el personaje histórico (o heroe de ficción de época) yo lo prefiero en ámbitos contemporáneos. Asi una de mis interpretaciones favoritas fue aquella de muchacho ingenuo que se ve abocado por las añagazas del destino a caer en las redes del hampa en The red lily (1924. Fred Niblo). Película de gran belleza, resulta doloroso que permanezca casi en el anonimato entre las obras del mudo por cuanto que en cuestiones de romanticismo en nada tiene que envidiar a un Amanecer (Murnau) o The crowd (King Vidor). Esta es la historia de dos star crossed lovers que ven como sus vidas se distancian por un infortunio, yendo ambos a perderse cada uno por su lado en el Paris de los bailes apaches y los antros de mala nota. Finalmente, se reencuentran pero ya nada es lo mismo: ahora ella es prostituta, él un pobre hampón que la desprecia.
Novarro está extraordinario en su proceso de degeneración. Muy alejado de su blandura clásica. Sobre todo, está creible. En cuanto a la chica, la sublime Ennid Bennett, he visto muy pocas interpretaciones más impresionantes que la que nos da aquí, a la altura de una Lillian Gish. Sencillamente estremecedora. Esposa en la vida real del propio director, alcanzó en The red lily la inmortalidad.
Pero la que fue para Novarro pareja oficial se llamaba Alice Terry, esposa de Ingram y belleza extraterrena, en tres ocasiones consecutivas: El Pescador de Perlas (1923), Scaramouche (1923) y El árabe (1924) . En esta última los partidarios de Valentino se batían con los de Novarro defendiendo cada cual a su ídolo en sus respectivos empeños de ser caids a su manera (el de Rodolfo más arrogante, el de Ramón más metafísico).

1925 es un año clave en la carrera del mexicano pues acaba quitándole el papel de Judah BenHur al primo de Raoul Walsh (más mazas pero menos taquillero) en lo que fue la segunda (y mejor) versión cinematográfica de la novela del general Lew Wallace. Meritos aparte de la más conocida de Wyler hay que señalar que esta gozaba de todo el lujo, el erotismo, la solemnidad suntuosa que se exigía a una película que había nacido con voluntad de asombrar. Fue el capricho del wonder boy de la Metro, Irving Thalberg y la superproducción más costosa hasta la fecha. En cuanto a Novarro estuvo gallardo, exhibicionista, romántico y reflexivo en un papel complejo y lucido al que se aferró con su peculiar modestia. Charlton Heston tendría mejores tetas pero la inspiración (casi religiosa) la tuvo el mexicano mucho antes.
Con Lubitsch cargadito de confitura vienesa y la reinona Shearer de camarera Kathi ( y su carita de constante asombro) apareció en una opereta muda, nada menos que la emotiva y antes citada El Príncipe Estudiante (1927) -que ya pedía a gritos el sonoro (Drink, drink, drink!) a pesar de que partía de una novela y no de un libreto: Juventud de Príncipe- y cuando llegó el milagro hecho micrófono hasta entonó melodías (y muy bien) en El Pagano de Tahiti (1929), como casi siempre semi desnudo.
Digamos que lo único sonoro del filme tahitiano era su tonada, una y otra vez puesta en sus carnosos labios, como si pretendiesen hacer de ella una canción del verano (a lo mejor la primera de la historia). Lo que cuenta de este agradable filme mudo de aventuras exóticas con respecto al actor (aparte de su simpatía y sus mínimas gesticulaciones, las cuales le abrían las puertas del cine hablado con todos los derechos) es su tendencia a un exhibicionismo de sarong (él fue el primero en vestir la prenda con afanes fetichistas; luego vendrían Dorothy Lamour, su Jon Hall o Tyrone Power), que llega a extremos de osadía, al adoptar mil y una posturas para realzar sus piernazas al aire mientras toca el ukelele tumbado sobre la arena. Como sea que el director Van Dyke era un especialista en cine de acción, no todo fueron contemplaciones Novarro y hubo peleas, raptos de la bella (la linda Renée Adorée) y panorámicas típicas de documental (la rapiña de cocos).
Su obsesión por el culto al cuerpo, tan típica de los años veinte, alarmaría algo a los directivos cinematográficos. Su muy pública condición sexual además no le hacía demasiado favor. Las fotografias en ropa interior (o ni eso) definían a la perfección la personalidad de un galán que luchaba a contracorriente por romper clisés.

En torno a Across to Singapore (1928. William Nigh) escribía un servidor en este mismo sitio: "Sin duda uno de los mayores aciertos de la película es la interpretación del ídolo latino que aquí estaba viviendo el momento de mayor popularidad. Al atravesar por diferentes fases vitales el actor se permite un despliegue de recursos interpretativos que van del mero juego de comedia típico de un niño grande a la estampa de galán romántico, pasando por una espiritualidad que ya parecía ser marca de la casa. Si como travieso está adorable (parece una premonición del futuro Cary Grant con añadidos de los cómicos del slapstick), como místico está sublime, siendo lo más envejecido sus aportaciones románticas (detalle no privativo de él en aquel período, claro. Sólo que su tendencia al pizpiretismo amanerado en oposición a la energía masculina de una activa Joan Crawford a punto estuvieron de terminar en intercambio de roles sexuales). Pese a todo, da gusto mirarle pues Novarro fue un hombre muy guapo. Su renuncia constante a la mujer que ama, haciendo prevalecer el amor incondicional que le debe a su hermano está por encima de la subtrama y, de resultas, da sentido a toda la historia elevándola a alturas casi religiosas. El plano último de los tres abrazados en vertical es uno de los momentos más hermosos de la historia del cine en el que participó el mexicano". (Dirigido por.. fa: 7 Mayo 2007). Finalmente apuntar que este Across to Singapore estaba basado en la novela de Ben Armes Williams "Todos los hermanos eran valientes".
Hizo su concesión al patriotismo norteamericano y, de paso, al filón de películas sobre escuelas militares en la entretenida The flying fleet (1929. George W. Hill), sobre los cadetes del aire, en donde no faltó ni un tópico: escenas de barracón de mucho beefcake, novatadas de mucho homoerotismo, momentos de permiso con la pizpireta de turno (la inmortal Anita Page), dilatadísimas pero magníficas secuencias de maniobras aéreas y un sentido casi místico de la amistad entre varones (y en donde Novarro se puso las botas). Nada que luego no dejase de copiar al pie de la letra la mediocre y, aún asi, fetiche generacional Top Gun (1986. Tony Scott). Aun siendo el de Durango cabecera de cartel, el triunfo se lo llevó limpiamente Ralph Graves, en un papel dramático lleno de intensidad y desgarro.

En la década de los treinta comienza el declive. Tras el dificil trance de enfrentarse al vigorismo de una Crawford a punto de convertirse en una luchadora de la Depresión, pasa por el aro Garbo ( siempre una prueba de fuego para cualquier actor de prestigio que se precie de tal) en Mata Hari (1931. George Fitzmaurice). En realidad era un material muy pobre para una actriz tan rica como la sueca (aunque ya empezaba a acostumbrarse a la mediocridad) asi que el latino se permitió el triste lujo de llamarla en varias ocasiones simplemente Mata, mientras se deshacía en admiraciones hacia la diosa que baila y espía. Formaron una pareja atípica pero entrañable. Novarro era soldado ruso y se prendaba un poco como un niño (¡ay, lo edípico!)y otro poco como un fan de aquella mujer de rara femineidad (algunos la definirían como masculina) acentuada más si cabe ésta por los deslumbrantes modelitos que le preparó as usual Adrian, su modisto favorito.



Reinterpreta para el público hispano los éxitos USA en las dobles versiones (lo que le da la oportunidad de disfrutar de criaturas deliciosas como Conchita Montenegro, por ejemplo) y sirve de comparsa a los trinos de Jeanette McDonald (El gato y el canario) o de divas teatrales que en cine no cuajaron como Helen Hayes (Canción de Oriente).
Cultivó mucho el cante con efectos de embrujo lúbrico para captar a la riquísima Mirna Loy en una estupenda majadería de Sam Wood: The barbarian (1933), a propósito de la moda egipcia que se había impuesto en Hollywood de repente (y siempre al socaire de las excavaciones realizadas a finales de la década anterior con el consiguiente descubrimiento de la tumba de Tutan Kamon). El bárbaro del título era un señorial, exquisito Ramón en tesituras de comediante romántico, un pícaro guia turístico con maneras de caid. Mirna una norteamericana con ascendentes egipcios que se niega a ser atrapada por la galanura del otro. Juntos formaron una pareja impropia pero irresistible (había que verlos caminando por las dunas del desierto o reposando en los oasis. Pero, sobre todo, sería de obligación disfrutar una y otra vez de una Loy en la bañera, apurando las divinidades del pre code). Nuestro galán asombraba por su dulce y melosa voz, pese a su deficiente dominio del inglés. Era un árabe, en realidad, arrastrado de las sombras del cine mudo. Pero reajustable en el sonoro.

Ya en los años cincuenta se conformó como otros galanes de su generación (Antonio Moreno, por ejemplo) con ser secundarios de honor. Asi lo vimos en un impreciso pais sudamericano de ayudante de un dictador repugnante, aquejado de un tumor cerebral (el siempre insoportable Jose Ferrer) en Crisis (1950. Richard Brooks), ópera prima del autor y ya tan briosa y enérgica como los mejores títulos del mismo.
Lentamente el gran Ramón se fue retirando (en El pistolero de Cheyenne volvió a mostrarse eficaz en el terreno de las villanías) y tal vez atendiendo a las peculiaridades psicológicas que él aportaba a sus papeles un dia confesó hallarse en una etapa mística que le llenaba de paz y sosiego.
Desde luego su muerte no fue nada sosegada. Fue horrible. A manos del chulo Paul Ferguson, habitual de las duchitas AMG de Bob Mizer. Se lo había trajinado Ramón una mala noche y en su casa le robó y luego lo asesinó asfixiándolo con el consolador de ónix que le había regalado en los años veinte su amigo Rodolfo Valentino. Triste final para una de las leyendas más memorables del Hollywood prehistórico. Uno de los primeros latino mozos que hicieron fortuna en Tinseltown desde la sensibilidad y la belleza reposada (son altamente disfrutables las fotitos que he colgado. Sobre todo los perfiles) . Ah, que aún no lo había mentado, era primo segundo de otra inmortal, la orquidea Dolores del Rio.

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