20 marzo 2008

ALBUM DE CROMOS ITALIANISIMAS AL DENTE

Cromo nº 42: MONICA VITTI (1931- )

Hay pocos casos tan radicales de transformismo en el mundo del cine como el de Monica Vitti. Pasó de ser una estrella del "arte y ensayo" a ser una de las divas favoritas del público más popular (el mismo, sólo que de diferentes épocas, ante el que actuaba en los teatrillos belle epoque en su Nini Tirabusció). Ni siquiera la genial Shirley McLaine llegó a tanto, siendo como era una mujer de mil caras. Porque no hubo ningún director norteamericano que le ofreciese la oportunidad de ser como Monica una fiel representante de la alienación del siglo. Y todo en una trilogía de la incomunicación que haría en su dia correr ríos de tinta.
No era un tema original en la historia del cine, desde luego. Sólo que el italiano lo abordó de un modo más lento. Y causó sensación. No hubo director europeo más influyente en los años sesenta que Antonioni. Si acaso Bergman, aunque este último siempre fue más dificil de copiar. Monica entonces no era una advenediza, estaba diplomada en la Accademia Nazionale d'Arte Drammatica y había trabajado en numerosas comedias en el romano Teatro delle Arti. A mediados de los años cincuenta colaboró en breves papeles en filmes en los que a menudo iba sin acreditar (Una pelliccia di visone, Adriana Lecouvreur). Antonioni la descubrió doblando la voz de Dorian Gray en Il grido (1957) y le pareció idónea para integrarla en el reparto de L'avventura (1960), su gran revelación. Ya hemos hablado bastante de ella en el cromo correspondiente a Lea Massari. Pero es importante reincidir en el hecho de que tanto esta primera como las restantes que componen la trilogía son constantes vueltas de tuerca en el estudio del ser aislado y que vive en (o proviene de) zonas industriales.
Antonioni conforme pasaron las películas fue radicalizando más sus propuestas. Las historias son únicamente pretextos, los objetos adquieren mayor valor que los personajes humanos y el empleo del color sólo puede venir desde la saturación cromática en tanto que la realidad pierde una entidad como tal pasando a ser simplemente una ilusión apocalíptica. Es por ello que muchos hayan etiquetado a Il deserto rosso dentro del género de la ciencia ficción. Pero Il deserto no es más que un paso adelante dentro de las múltiples audacias de un director experto en distanciarse de cualquier moda. En su previo El eclipse el final incluía uno de los montajes más bellamente terroríficos de la historia del cine: las calles nocturnas ven como los objetos van sustituyendo a las personas hasta convertirse en una especie de ciudad muerta o, a lo sumo, estéril.
La Vitti, siendo una profesional de la comedia, debió en todas aquellas cintas de refrenar su tendencia a la mueca (a no ser que esta significase hastío) conforme a su entidad y simbología, salvo en Il deserto donde su desequilibrio emocional le permitía lucir durante todo el metraje un rostro de loca perdida. Máscara que no abandonaría del todo en su carrera posterior tan pronto se presentaba la ocasión adecuada (para soliviantar a Albertone o asombrar a un Enrico Maria Salerno). En declaraciones posteriores, la actriz admitió haberse aburrido soberanamente en las películas de Antonioni. A pesar de que en la fiesta privada con sus amigas de El eclipse, por ejemplo, disfrutó con un número de travestismo a cuenta de la cultura africana (entonces empezaba a ser reivindicado el tercer mundo por los sectores más snobs de la burguesia).

Y al final, el radical giro se produjo. Fue un giro muy temprano, pese a lo que pudiera parecer al público español (no olvidemos que los filmes antonionescos se estrenaron en nuestro país en plena democracia). Ni siquiera tuvo que dejar de colaborar con Antonioni para que la pluma aflorase en ella. Ocurría en uno de los sketches, el dirigido por Blasetti, de Las cuatro verdades (1962) donde estaba maravillosa como la esposa aristocrática de Rossano Brazzi, que no se conforma con que su marido disfrute de su amante (la Koscina) con total impunidad y asi les irá poniendo todas las zancadillas del mundo para conseguir que el latin lover termine obsesionado de nuevo con su mujercita. Y todo discurriendo en el ambiente chic de los grandes hoteles y las poblaciones costeras. La Vitti se marcaba un twist cadencioso que causaba sensación. En Il disco volante (1964. Tinto Brass) se encontró por primera vez con Alberto Sordi, aquí desdoblado en múltiples papeles. La trama era de lo más pintoresca: una invasión marciana a las afueras de Roma. A partir de este hecho alucinante la Vitti, la Mangano y Sordi (a cual mejor) reaccionaron como buenamente pudieron (en el caso de Monica, perdiendo el sostén en el descampado donde la había pillado el ovni junto a Sordi).
Imbuida en la boga de las películas por episodios nos encantó su rol de acosada que pide a gritos que la acosen en Le fate (1966). El segmento lo dirigió Luciano Salce y ella como Fata Sabina provocaba sexualmente a aquellos hombres que de manera samaritana la recogían en los coches, con lo cual la historia se iba repitiendo de forma concatenada al surgir nuevos e ingenuos rescatadores desde la carretera. Terminabas con la sensación hilarante de que la muchacha no vivía para otra cosa más que para pasarse el día entreteniéndose con este juego tan retorcido. En substancia, aquello no dejaba de ser una justificación del machismo latino desde el más puro disparate.


Pronto llegó Modesty Blaise a su vida y, si bien, la película es una de las favoritas de los aficionados al fetichismo femenino de los años sesenta, habría que reconocer con una mirada objetivista que la elección de Monica era bastante inapropiada. De poco vale que le pusieran ropajes ultramodernos, la actriz no daba el pego como chica del comic anglosajón (en su descargo, habría que apostillar que tampoco lo dio Jane Fonda de Barbarella poco después). Aún por encima, se la veía algo relegada en aquel barroquismo delirante que casi la devoraba por entero. En realidad, el verdadero protagonista es el esplendoroso diseño de producción. Y si hubiéramos de quedarnos con elementos humanos no habría duda de que tanto Dirk Bogarde, en su encarnación del mal como una suerte de fusión entre Oscar Wilde y Andy Warhol (o sea, un gay luciferino y snob) y Terence Stamp, con su ambivalencia sexual tan idónea para representar la pasividad típica que se le presuponía al ayudante de Modesty, estaban muy por encima de nuestra Vitti. Y pese a que La ragazza con la pistola (1968. Mario Monicelli) parecería por el título un nuevo expolio al mito del comic que no fue capaz de erigirle Losey, en cambio era todo lo contrario. Y para ella era algo mejor. La ragazza restituía a Monica su vena más popular. Bien en lo jocoso, bien en lo desmadrado terminamos adorándola sin reservas en una serie de comedietas que arrasaron en taquilla gracias principalmente a su carisma (y al de sus partenaires, claro). Por ejemplo, en Amore mio, aiutami (1969. Alberto Sordi) se veía a las claras que aquella reunión iba a suponer un festin para amantes de monstruos sagrados. El tándem Vitti-Sordi interpretaban a un matrimonio en principio típico de clase media que ve alterada su normalidad por la obsesión desmedida que ella dice sentir de la noche a la mañana por otro hombre que, encima, no le hace ni caso (si es que la llegó a conocer en algun momento). Albertone termina desquiciado y propinándole a su esposa una soberana paliza que entraría hoy en dia dentro de lo más políticamente incorrecto pero que servirá al marido para enderezarla durante una temporada (como nos ha enseñado siempre el humor negro). Lástima que la película sea tan irregular. No basta con dos intérpretes excepcionalmente dotados para la comedia para sostener un filme muy alargado (en realidad, era carne de sketch), pese a esa primera hora excelente.
En Dramma della gelosia (1970) en cambio no falta ni sobra nada (no en vano contaba con un guión de los infalibles Age-Scarpelli). De nuevo todo lo que nos parecería normal (o anodino) terminará reducido al absurdo. En este filme de Ettore Scola que es uno de los favoritos de su intérprete masculino, Marcello Mastroianni, un albañil comunista se enamoraba de una florista snob y psicópata que tenía un amante de lo más enrevesado, de nombre Giancarlo Giannini y de profesión pizzaiolo. El triángulo sentimental (al que habría que añadirle el antipático moscardón, especie de anti Cupido que les traía desasosiego) derivaba constantemente hacia los terrenos del delirio, aunque con oportunas referencias "serias" al post Mayo del 68 (manifestaciones sindicales, luchas de clases y demás banderolas anunciaban que se estaba viviendo en Italia el comienzo de los años de plomo). Marcello obtuvo un premio en Cannes.

Los créditos de Monica en la estrenada nueva década brillaban muy altos. Y lo confirmó con creces en su siguiente hit: La mujer más explosiva del mundo (Niní Tirabusció, la donna che inventó la mossa). Como soubrette a su pesar (se esforzaba porque la considerasen una actriz seria), como inventora por casualidad del meneito que luego Elvis patentaría como suyo (ya vemos que no fue asi) la Vitti estuvo arrolladora, a pesar de que servidor siguiese sin encontrarla demasiado erótica (o sensual). Encima a partir de aqui la tiendo a asimilar con otra antierótica de gran personalidad, la Streisand. Ambas se deleitaron interpretando personajes de la Belle Epòque que les permitían aparecer vestidas de manera muy recargada y, como hacían de mujeres del espectáculo, sin amilanarse a la hora de dar rienda suelta a todos sus histrionismos. Si Mina pareció bajarse de repente de aquel tren (aunque dando la apoteosis, la traca final en sus Milleluci televisivos), la Vitti se regodeó con una mayor convicción (y cantando muy a su manera).
En esta divertidísima comedia aparecía incluso un autoparódico Pierre Clementi de poeta futurista haciendo peligrar con sus experimentos artísticos de nueva hornada el tirón popular bien ganado de la moza (desde un rincón de la platea, más de un espectador se sonrojó. Antonioni incluido).
En Le coppie (1970) tuvo a su disposición dos sketches de variable comicidad: Il frigorifero e Il leone. Más divertido este segundo que dirigió De Sica, nos presentaba a la pareja de amantes (Sordi y Vitti) atrapados sin escapatoria en el apartamento de contactos debido a la presencia en la terraza de un león.Y cual Frégoli femenino (como la MacLaine de tantas tonterias de los años sesenta) se reencarnó en múltiples tipos de mujer para un Dino Risi ya poco inspirado en Noi donne siamo fatte cosi (1971). Desde luego que no se reparó en sutilezas, dando lugar a momentos tan descacharrantemente surrealistas como el del festival eurovisivo con monjas y curas interpretando canción protesta (la Vitti llevaba los hábitos, huelga decirlo, con mucho salero).
Polvore di stelle (1973. Alberto Sordi) resulta visto en la actualidad un filme bastante emotivo, aún dentro de sus imperfecciones (que son muchas). Las vicisitudes de una compañia de revistas transhumante durante el período de la segunda guerra mundial es todo un testimonio de unos momentos clave para la historia del entretenimiento de la Italia ocupada, con la presencia viva de su máxima representante de entonces: Wanda Osiris. Pero, por encima de todo, debería ser entendida como una evocación tierna y sincera de los años mozos de un Sordi que aquí pretendía construir su Amarcord personal sin saber que en realidad estaba adelantándose al propio Fellini en su futuro Ginger y Fred. Monica hacía de inseparable compañera artística y sentimental del capo Sordi hasta que se dejaba deslumbrar en su debilidad por las ostentosidades venidas de Norteamerica. El leitmotiv musical Stardust justificaba perfectamente el devenir de unos personajes cutres pero embelesados por el falso oropel, redondeando un filme de visionado imprescindible.

Pero la Vitti todavía no había dado lo mejor de si misma. Esto llegaría en seguida en su recreación maravillosa de la conocida heroina operística Floria Tosca. La Tosca (1973. Luigi Magni) fue una adaptación entre descreída y modernizada (sobre todo en lo que atañía a la música) que no surtió efecto en taquilla. Una injusticia, desde luego, porque tanto ella como Gassman en el siempre agradecible rol del malvado Serpieri estaban inmensos. Monica ampliaba sus registros ahora hacia el terreno de la tragedia, sabiendo en determinados momentos seguir haciendo sonreir a sus fieles admiradores. Era una grande, y como tal aqui alcanzó el cénit. Después de aquello, no nos quedó duda de que en el futuro (pese a la mediocridad de un cine que no merecía ya a ninguna de las grandes divas del ayer más o menos reciente) no habría género que se le resistiese.

FIN DEL COLECCIONABLE

5 comentarios:

filomeno2006 dijo...

Ramón Novarro (Ramón Gil Samaniego), primo de Dolores del Río. Gran lector de novelas españolas (¿Currito de la Cruz?). Su trágica muerte.....¿Inspiró escena de "La Naranja Mecánica"?
Por cierto, hablando de "Scaramouche"......¿Conoces la parodia "Los hijos de Scaramouche", 1975, con George Martin(Francisco Martinez Celeiro), Los Hermanos Calatrava, Verónica Miriel........?

maciste II dijo...

Aquel enorme falo de mármol o plástico con el que asesina Alex a la tipa aquella... Cierto. Estupenda acotación.

Y sé que existe esa parodia,si. Cuando estuve en la radio me esmeré en localizar a George Martin para entrevistarlo pero estaba totalmente missing.

Un saludo, Filomeno.

filomeno2006 dijo...

Amigo Maciste: tengo entendido que George Martin vive en Miami, USA, donde tiene una agencia inmobiliaria.

maciste II dijo...

Glups!.Pues hará cosa de cinco años aún conservaba un teléfono particular de una casa en Barcelona el señor Celeiro,pero no contestaba nadie. Sería que estaba en Miami.

filomeno2006 dijo...

Está en Miami desde el año 80, aproximadamente. El apellido "Celeiro"......¿Suena como galaico, verdad?